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Viajes, Rutas y destinos por la Comunidad de Madrid


Edificios modernistas de Madrid
                      Ver Modernismo en Madrid Ruta 1, Calle Mayor y Centro >>>

Modernismo en Madrid (y II)


L
a definición y el desarrollo de esta ruta va a ser diferente a la anterior. Va a ser un paseo mucho más de observación, fundamentalmente por un motivo: buena parte de los edificios que la componen son producto de la observación; mía, o de los míos. A cambio, obtendremos ventajas: el número de obras que veremos será mayor y, además, encontramos en el transcurrir de nuestro peregrinaje la que posiblemente sea la mejor muestra del modernismo madrileño, el Palacio Longoria.

Por Ricardo Muñoz - Fotografías: R.M / J.M.


Empezamos la ruta junto a otro de los escaparates de la arquitectura madrileña de principios de siglo: la nueva (entonces) calle Alfonso XII. Centrándonos en el objeto de esta ruta, nuestro primer punto de observación será la Casa Marqués de Morella , en la calle Montalbán, 7, de Felipe Mario López Blanco (1.906), arquitecto que me atrevería a juzgar de esencialmente modernista, hipótesis reforzada porque su otra obra que conozco en Madrid, la entrada a la Colonia de la Prensa, en la calle Eugenia de Montijo de Carabanchel Alto, que recomendamos visitar, más aún porque queda fuera de nuestras dos rutas. De todas formas, conozco tan poco de él que cualquier afirmación rotunda carecía del mínimo rigor.

La Casa Marqués de Morella es modernista, sobre todo, por sus asimetrías. El portal, que más parece del edificio contiguo que de él mismo, la torre en el segundo hueco (sobre 4), el número par de vanos, etc. Los miradores dan el contrapunto decorativo al modernismo funcional del resto del edificio.

Un poco más allá, está la Plaza de la Independencia y la Puerta de Alcalá. Nos alejamos del centro de Sol por la castiza calle y pocos metros más allá, no puedo dejar de mencionar, aunque no sea modernista, sita en los prolegómenos a la calle Lagasca, una de las obras capitales del principio de siglo madrileño,   la Iglesia de San Manuel y San Benito, que es imposible pasar de largo, cual imán se tratase. Seguimos por Lagasca hasta el número 18. Realmente siento no poder decir mucho más de Lagasca, 18 , porque no poseo dato alguno de él. Su estado de conservación es algo mejor que regular, posee poderosos miradores con elementos florales y curvos en muchas de sus partes. El almohadillado es otra de sus características, tan presente en otros  muchos edificios modernistas, como también su coronación con elementos florales en forma de herradura.

Reanudamos la marcha, buscamos Jorge Juan y cogemos el sentido Velázquez y Príncipe de Vergara. Una vez en ésta, semiesquina a la calle Alcalá, hacemos la tercera parada de nuestro periplo: Viviendas c/Alcalá,121, creación de Julio Martínez Zapata (1.908). Estamos ante un edificio situado en las formas más conservadoras de la arquitectura modernista. El autor se permite pocos elementos decorativos, aunque no renuncia a elementos florales en los inicios y finales de las pilastras que dispone a lo largo de ciertos entrevanos. El lenguaje más atrevido de la obra surge en la concepción de la torre y la cúpula que la corona, dentada, consiguiendo un efecto de radical asimetría por su arriesgada concepción con vertientes a las dos calles, Alcalá y Príncipe de Vergara. Impresiona la osadía del mirador en esquina, contrapunto de los pocos riesgos decorativos en las rejerías de éstos y de los balcones, en dónde destaca el detalle de la estrella como cénit.

Un poco más arriba de la calle Alcalá, encontramos Antonio Acuña, que tomaremos hasta el número 3. Antonio Acuña, 3 es un edificio discreto, que sólo muestra su semblante modernista en la decoración que ciñe huecos de ventanas y balcones. Más no puedo argumentar, es un descubrimiento prácticamente de anteayer y, por ahora, me conformo con citarlo.       

La continuación de Antonio Acuña es General Pardiñas, que caminaremos hasta la calle Goya. En esta calle, encontramos 3 muestras, muy próximas, del estilo que enmarca nuestro periplo. Una al lado de la obra, tenemos Goya, 61 y Goya, 59 . Son edificios de muy similares características, que, si sólo les echáramos un vistazo, incluso podían aparentar ser los mismos. Una observación un poco más detallada, solo un poco más, nos haría caer en la cuenta de que son de diferente color. En ambos, los miradores están en los extremos y la decoración floral recorre sus perfiles. Las cornisas, en azotea, muestras más ornamentación vegetal. Un último y más concienzudo examen nos descubrirán otras diferencias, como la arbitraria ubicación de los motivos plásticos a lo largo de las fachadas, comprobar que todos los ornamentos florales no se disponen de la misma forma ni siempre tienen son representaciones únicas, y desentrañar las diferencias en los coronamientos, para así elegir, por ejemplo, cuál de ellos nos gusta más.

Por cierto, atención a Goya, 57, que mantiene ciertas similitudes con sus siameses de ladrillo y piedra, y que no me atrevo a definir como modernista hasta realizar un estudio más pormenorizado de él.

Goya, 32, (1.908), casi enfrentado a los anteriores, acoge todos los preceptos expuestos para sus compañeros de la acera de enfrente. Pero este edificio va mucho más allá. Aunque con formas más clasicistas que el modernismo catalán en la concepción y tratamiento de fondo de la fachada, no cabe duda de que estamos ante un proyecto único. Elefantes (muy socorridos en la arquitectura madrileña de la época), profusión decorativa, esculturas femeninas, flores, guirnaldas, abarrotan una fachada que parece casi un ser vivo. Y digo casi porque le falta la línea curva para hacerle respirar y empezar a andar. Un capítulo aparte merece su arquitecto, José Espeliús, ecléctico siempre (suyos son el Museo Naval -actual Cuartel General de la Armada-, el Teatro Reina Victoria o Tapicerías Gancedo), que aquí abandona, probablemente por primera y única vez en su vida, su estilo habitual para obsequiarnos con este primoroso proyecto. ¿Realmente lo abandona?. No del todo. Tal como ya he indicado, la osadía de Espeliús no es total, al no querer dar más continuidad, a través de la línea curva, al conjunto.

Nos desviamos por Príncipe de Vergara hasta el número 43. El Colegio Nuestra Señora del Pilar ocupa una manzana entera y es una creación de Manuel Aníbal Álvarez (1.910-6). La mayoría de los encargos religiosos de la época casi siempre inciden en el neomúdejar, y, cuando no, en el neógotico. Y, efectivamente, este colegio tiene raíces neogóticas, que nunca se consiguen sustraer del modernismo, que rapta a aquél en muchos de los lances de la obra. La monumentalidad del edificio nos permite la contemplación de detalles por doquier y la posibilidad de ver diferentes portadas y contraportadas. A mí, particularmente, me fascina la disposición de los ventanales, escalonados y asimétricos, que consiguen dar mucho movimiento a un edificio que corre el riesgo de ser confundido con una mole, algo que claramente dista mucho de ser.

Tomemos aire. Ahora hemos de andar un poco más para pasar al otro lado de la Castellana. En el  Paseo de la Castellana, 15 , encontramos un edificio de oficinas cuyo modernismo es explicitado en su autopublicidad en internet. Si es de este estilo, está muy combinado con elementos clasicistas y del estilo de los Luises. Es muy interesante su torre cupulada en esquina.

Desde aquí, seguimos la trayectoria Plaza de Colón-Paseo de Recoletos, Bárbara de Braganza y Marqués de la Ensenada. En el número 8 de ésta, se encuentra el Liceo Francés (1.902), antiguo Teatro Lírico, creación de uno de los grandes de la arquitectura del Madrid de la época, el catalán José Grasés Riera, otro arquitecto no modernista, tal vez más porque para sobrevivir en el Madrid del momento se necesitaba ser camaleónico en el estilo que por deseo propio, porque cuando tuvo rienda suelta de ideas, nos deja obras que han pasado a la historia de la arquitectura española. El antiguo Teatro Lírico es de líneas muy clasicistas, con elementos decorativos modernistas intercalados y, una vez más, elefantes-capiteles, constantes en toda su trayectoria, enmarcados en sus obras, independientemente del estilo utilizado.

 Por la Plaza de la Villa de París accedemos a la de las Salesas y a la calle Fernando VI, donde disfrutaremos de otras 2 obras modernistas.  Para abrir boca, el Edificio Lamarca Hermanos (1-902), en muy mal estado de conservación, creación de Santiago Castellanos. Estéticamente no llama mucho la atención, pese a lo cual me gustaría resaltar un par de connotaciones. Por un lado, es un edificio de uso industrial o comercial basado en el ladrillo y, sorprendidos por el material utilizado, con reminiscencias clasicistas. El segundo punto a comentar, es su desarrollo más a lo largo (ocupa los números 10 y 12 de la calle) que a lo alto (consta de planta baja y primer piso).

Ya estamos muy cerca de la obra cumbre del modernismo madrileño. Cuatro números más allá de Lamarca, en el número 4, vemos, es imposible que pase desapercibido,el Palacio Longoria, actual sede de la Sociedad General de Autores. Obra de José Graves Riera (1.902), con libertad absoluta de diseño, plasma toda la estética del modernismo catalán. Así, es impresionante la continuidad espacial; no se adivina una sola línea recta en todo el conjunto. La decoración vegetal envuelve la composición, hasta tal punto que parece transformarlo en un jardín o, mejor, en una especie de árbol frondoso y bello, carente de tronco, ¿o éste es el edificio?, y no de ramas.

Ramón Guerra afirma que el autor, consciente de la genialidad de su obra, retranquea ésta de la calle y crea una reja superlativa en las formas, que separa el palacio de la ciudad. Otros autores afirman que este primoroso edificio sobrepasa las fronteras de Madrid para convertirse en una de las principales obras modernistas españolas. Porque si los arquitectos mitifican el medievo como época histórica en que todas las artes trabajan juntas en la creación de una obra, el Palacio Longoria va más allá y asume planteamientos barrocos para transformarlos a su voluntad.

Y aunque nos cueste separarnos de esta plástica genial, hemos de continuar. Pocos pasos más allá está el final de la calle Hortaleza, que horadaremos unos momentos para contemplar otras dos desconocidas: Hortaleza, 104-8  y Hortaleza, 98. La primera es un inmenso edificio que nunca da la impresión de mole. Los motivos vegetales dan gracilidad al conjunto; destacan las formas de tallos en las terrazas. El segundo, menos armonioso, tiene un aire del anterior; yo resaltaría su bien surtida decoración vegetal. De ambos merece la pena detenerse en la observación de los detalles, y tomarnos todo el tiempo que sea necesario.

Cuando éste se agote, volvemos sobre nuestros pasos para avanzar por Mejía Laceriosa, hasta Apodaca y luego Larra. Si nos hemos olvidado de Jesús Carrasco Encina, bueno será porque en el número 14 nos encontramos de nuevo con su creatividad: el Antiguo Seminario Nuevo Mundo (1.906), de nuevo diferente, de nuevo originalísimo. En esta ocasión, Carrasco crea una especie de atrio de entrada soportado por pilares con remates cerámicos. Otro deleite de la vista.

Entiendo que el cansancio puede hacernos flaquear, pero aún no hemos terminado y queda un buen trayecto por realizar. Si volvemos a Apodaca y seguimos hasta su cruce con Fuencarral, allí mismo finaliza la Corredera, primero Alta y luego Baja de San Pablo, que andaremos hasta el número 15.

Allí está el impersonal edificio que alberga el Teatro Lara, que cuenta con una colorida portada modernista de Pedro Mathet (1.916). Probablemente, esta obra se pueda abarcar de un solo vistazo, pero conviene no perderse detalle: estamos ante un caso  único de esta forma de decoración en exteriores en la ciudad de Madrid.

Una vez más en camino, hasta la calle del Pez, que seguiremos hasta la tercera calle a la izquierda, que es la de Pizarro; en el número 14 está el Hostal Pizarro, fácilmente distinguible por su cartelón, antigua sede del periódico El Correo Español, creación de Mauricio Jalvo Millán (1.910-2) que trabaja principalmente en Melilla, y al que yo destacaría por ser de los arquitectos que se separan de la tendencia modernista de Nieto y asume el art -decó.

Lástima el mal estado del edificio, del que, además podemos obtener una perspectiva escasa por la estrechez de la calle. La decoración tiene elementos neogóticos, pero la composición es esencialmente modernista; destacar la columna que soporta y divide el balcón, que parece perder su función de sustento para transformarse en una rama sinuosa que trepa hasta el piso de arriba.

Descendemos la calle Pizarro hasta la del Pez, que nos llevará a la Plaza de Mostenses, General Mitre, Gran Vía, Plaza de España esquina calle Ferraz. Allí tenemos la Casa Gallardo cuya entrada está en Ferraz, 2, otra de las obras fundamentales modernistas de Madrid, proyectada en 1.911 por Federico Arias Rey, del que sé que se formó en Barcelona y poco más. Este edificio es una reforma de otro anterior y destaca sobre todo el movimiento de sus dos fachadas (Ferraz y Plaza de España). Las suaves curvas de su composición y la interpretación de los elementos decorativos, que parecen conferir al arquitecto la condición de escultor. Cuando el espacio se lo permite, Arias incluye arcos de herradura, a menudo de pequeño tamaño, pero también innovadores cuando parecen engullir la cúpula de la torre en esquina.

Aquí podíamos dar por terminada la ruta, aunque un último esfuerzo, nos llevaría a la Estación del Norte, cuyo cuerpo principal no es modernista, aunque sí los Pabellones Comerciales del Paseo del Rey, obra de Demetrio Ribes (1.915), arquitecto valenciano que nos dejó, entre otras, insignes obras en su ciudad natal, como la Estación del Norte o Viviendas en Gran Vía Marqués del Turia, 1. En la contemplación de estos pabellones nos tropezaremos con algunos inconvenientes, tales como su difícil acceso y encontrarnos con una obra que, aunque mantiene esencialmente sus caracteres originales, ha sufrido diversas transformaciones en este casi siglo que tiene de vida.

Fuera de nuestras 2 rutas madrileñas, tengo catalogados 2 edificios más: Entrada Colonia de la Prensa (ya citada) y la Capilla de la Necrópolis del Este (Cementerio de la Almudena). Merecen la pena.

* Ricardo Muñoz es licenciado en Historia. Actualmente se encuentra realizando
un estudio para catalogar los edificios modernistas españoles.


 

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