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Hace
más de cincuenta millones de años, un grupo de mamíferos terrestres, denominado Archaeocetos
(de donde surgen los dos grupos de cetáceos) se aventuró en el mar. Pero el regreso al
agua, implicó solucionar una serie de problemas que han sido verdaderos retos evolutivos.
Los más importantes son el mantenimiento de la temperatura corporal en un líquido donde
la pérdida de calor es más rápida; la configuración de un cuerpo hidrodinámico para
moverse ágilmente en un fluido más denso que el aire; la resistencia a una presión de
muchas más atmósferas que en tierra; la respiración pulmonar allí donde la mayoría de
sus cohabitantes extraen el oxígeno directamente del agua a través de branquias; el
parto y alimentación de las crías en un medio frío, irrespirable y difícil para el
amamantamiento; o el desarrollo de los sentidos donde el tacto y el olfato tienen un papel
menor, la visión se reduce con la profundidad y la comunicación está sujeta a las leyes
del sonido en el agua, donde su transmisión es mayor.
La relación entre pueblos costeros y cetáceos está marcada por la caza
ballenera, practicada por los vascos desde tiempos remotos. Los primeros datos escritos
sobre ello son de los siglos VIII y IX, si bien su gran apogeo llegó en el XIII y XIV |
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Las respuestas han sido
espectaculares. Convirtieron sus extremidades en aletas; hicieron su cuerpo más
hidrodinámico, adoptando un aspecto fusiforme; desarrollaron una capa de grasa y un
complicado sistema de termorregulación para mantener la temperatura corporal y expulsar
el calor excedente; desplazaron la nariz a la parte superior de la cabeza y adoptaron un
sistema de respiración voluntaria; escondieron mamas y genitales en pliegues de la piel;
desarrollaron una compleja comunicación; sustituyeron la falta de visión por la ecolocación
o localización por sonidos; redujeron los latidos del corazón en las inmersiones;
incrementaron la absorción de oxígeno en cada respiración y su acumulación en los
músculos...
Los mamíferos marinos que existen en el
mundo se dividen en tres órdenes zoológicos: cetáceos (ballenas, delfines,
orcas, etc.); pinnípedos (focas, morsas, leones marinos)
y sirenios (manatíes y dugongos). En ocasiones, se han incluido
especies aisladas de otros grupos, como la nutria marina (Enhydra lutris),
un carnívoro mustélido. Pero, por sus características (animales con aspecto de pez,
pero de reproducción vivípara, como los seres humanos; respiración fuera del agua por
pulmones y no por branquias; amamantan a sus crías), los cetáceos han acaparado la
atención de estudiosos y amantes de la naturaleza. Delfines y ballenas son
los más conocidos, pero hay una gran diversidad de especies, cuyo tamaño oscila entre
los poco más de ciento cincuenta centímetros de algunas marsopas a los más de treinta
metros de la gran ballena o rorcual azul.
Los cetáceos se dividen, a su vez, en dos
subórdenes. Uno, los mysticetos, comprende a las grandes ballenas, excepto al cachalote,
que poseen barbas o láminas córneas. Otro, los odontocetos, como
indica su nombre, tienen dientes, aunque, a veces, apenas son visibles, y un sólo agujero
en el espiráculo u orificio de la parte superior de la cabeza. Este no es más que
una nariz desplazada para facilitar la respiración mientras nadan o descansan en
la superficie del agua.
Las aguas que rodean la Península
Ibérica tienen una amplia representación de cetáceos; la presencia de pinnípedos
es esporádica e, incluso, anecdótica, y los sirenios no existen. Las únicas cuatro
especies de estos últimos, mucho más desconocidos que el resto de sus compañeros de
ámbitos acuícolas, se distribuyen en pocos países, sobre todo, de zonas tropicales. Son
el manatí norteamericano (Trichechus manatus), el manatí del Amazonas
(Trichechus inunguis), el manatí africano (Trichechus senegalensis)
y el dugongo (Dugong dugong), especie costera de zonas de manglar.
Antiguas referencias
Desde antiguo, se ha referido la presencia
de mamíferos marinos en aguas de Iberia. Su nombre procede del griego ketos,
que significa monstruos marinos, y el gran tamaño de algunas especies y sus
fuertes soplos, de varios metros de altura, les convirtió en el centro de multitud de
fábulas y leyendas marinas.
La historia de la
Península Ibérica y los cetáceos está íntimamente relacionada. En el siglo I
antes de Cristo, Estrabón indicó la gran abundancia de éstos cerca del Estrecho
de Gibraltar y dijo que "parece surgir cuando respiran una especie de columna
nebulosa si se mira desde lejos". También Plinio el Viejo, en el
siglo I, constató su presencia en el Golfo de Cádiz, el ataque de las orcas
a las ballenas y múltiples curiosidades y leyendas, como los náufragos salvados
por delfines, la susceptibilidad de éstos a la música o su ayuda a las tareas de
pesca. Fábulas oídas aún hoy y confirmadas por la arqueología, que ha encontrado
restos óseos de ballenas en asentamientos prerromanos del sur de Portugal.
Pero la relación entre pueblos costeros y cetáceos está
marcada por la caza ballenera, practicada por los vascos desde tiempos remotos. Los
primeros datos escritos sobre ello son de los siglos VIII y IX, si bien su gran apogeo
llegó en el XIII y XIV. Esta práctica alcanzó tal fama que la especie capturada fue
llamada ballena vasca e, incluso, durante mucho tiempo, recibió el nombre
científico de Balaena euskariensis. Realmente, era una población de ballena
franca (Eubalaena glacialis) que, en su migración anual, llegaba al Golfo
de Vizcaya desde las frías aguas árticas hasta el Cantábrico para aparearse.
Para cazarlas, se oteaba el mar desde atalayas costeras y,
tras divisar sus soplos, se alertaba a la población. Entonces, en pequeñas barcas o txalupas
botadas desde la costa, los marineros remaban al lugar indicado por el atalayero y, con
arpones de mano, cazaban, primero, a las crías, tanto por ser más fácil como para
evitar que las madres huyeran, esperanzadas en recuperar a su vástago. |
Un sólo ejemplar proporcionaba
cientos de toneladas de carne y otros muchos productos (barbas, huesos) muy usados por
estos pueblos. El famoso aceite de ballena impulsó la caza, en una época en la que el
único combustible disponible para iluminarse era el aceite animal y de un ejemplar podía
extraerse cientos de barriles de grasa.
La caza intensa extinguió estos
ejemplares, hoy, desaparecidos de las costas ibéricas. Pero, su escasez animó el
desarrollo de sistemas para navegar cada vez más lejos en busca de presas y se configuró
la flota ballenera que atravesaba el Atlántico buscando nuevas poblaciones. Son
muchos los testimonios escritos de estas expediciones, reforzados, en los últimos años,
por los descubrimientos arqueológicos de Terranova (Canadá). Allí, la
presencia de marinos vascos se remonta al siglo XV e, incluso, a antes del descubrimiento
de América por Cristóbal Colón.
La
paulatina carencia de animales provocó una fuerte crisis que, prácticamente, hizo
desaparecer la caza ballenera de los puertos peninsulares. El desarrollo de la tecnología
adecuada para perseguir otras especies, como los abundantes rorcuales, mucho más
rápidos y difíciles de subir a bordo, provocó un nuevo auge de la actividad en el siglo
XX. Así, si durante siglos, sólo se capturaron las llamadas ballenas verdaderas (ballena
franca y de Groenlandia) y el cachalote, por sus lentos movimientos y
porque, una vez muertos, sus cuerpos flotan en el agua, los grandes rorcuales, más
rápidos y que se hunden al morir, no se cazaron hasta la invención del cañón lanza
arpones, mejorado por los arpones explosivos y los sistemas para insuflar aire en el
animal para mantenerlo a flote. Sin embargo, los vascos no retomaron la actividad y las
industrias se situaron en Galicia (donde también se cazaban ballenas desde el
siglo XIII) y el Estrecho de Gibraltar. Desde aquí y con la ayuda de buques
factoría, los balleneros ampliaron sus horizontes y el número de especies, abarcando rorcuales
comunes, boreales, azules, orcas...
Finalmente, la factoría de Getares,
en Cádiz, cerró a finales de los años veinte, aunque la de Benzú, al
otro lado del Estrecho, se mantuvo hasta 1955. En Galicia, tras cerrar la de
Morás, en San Ciprián (Lugo), continuaron la de Cangas de
Morrazo (Pontevedra) y Caneliñas (A Coruña) hasta 1985, último
año que la Comisión Ballenera Internacional (organismo encargado de regular la
caza) estableció para desarrollar esta actividad, que, a partir de entonces, debería
respetar una moratoria internacional. Ese año, Industrias Balleneras S.A. (IBSA),
que perseguía los rorcuales comunes y los cachalotes que pasaban cerca de
las costas gallegas, cazó sus últimas cuarenta y ocho ballenas.
Nuevas épocas, nuevos problemas
Aunque, la caza comercial se centró en las
grandes especies de cetáceos, delfines, marsopas y otros mamíferos de
menor tamaño también se persiguieron por diversos motivos. Los delfines han sido
capturados para disminuir su población con el pretexto de defender los recursos
pesqueros, evitar que se acerquen a las redes caladas por los pescadores, usar su carne
como cebo para crustáceos o para el consumo humano. No es raro hallar animales varados
con disparos, marcas de arpones u otros utensilios punzantes. A veces, estas prácticas
llegaron a ser subvencionadas por diversos gobiernos, pero, tras su inclusión en las
listas de especies protegidas, se realizan de forma clandestina e ilegal tanto en el Cantábrico
como en el Mediterráneo.
La moratoria acabó con gran parte de la
caza ballenera, aunque países como Noruega o Japón hacen caso omiso de
tales disposiciones. Pero, existen muchos otros problemas que ponen en duda la
supervivencia de estos animales. En la actualidad, una de las principales causas de
mortandad es su captura accidental en algunas artes de pesca, cuya escasa selectividad
provoca que, junto a la especie objetivo, se atrapen cientos de otras distintas. Cada
año, miles de animales caen en los millones de kilómetros de redes caladas en aguas
ibéricas. Una de las más perjudiciales son las redes de deriva, llamadas cortinas de
la muerte, y que pueden superar los veinte kilómetros de longitud. Pescan túnidos y
peces espada, pero acaban, anualmente, con unos quince mil cetáceos en el Mediterráneo
y en el Atlántico. No son las únicas, pues también ocurre con cercos, arrastre,
trasmallos y otras redes fijas.
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Los
cetáceos del Mediterráneo son de los más contaminados del mundo. Ultimamente, han
aparecido animales muertos en las costas con varios kilos de plástico en el estómago u
obturando sus vías respiratorias |
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Los distintos tipos de
contaminación afectan de formas diversas a la vida marina. Las sustancias químicas
tóxicas, procedentes, generalmente, de vertidos de la industria química y de su uso
agrícola, industrial o doméstico, llegan a mares y océanos y a los animales a través
de la alimentación. A la muerte directa por envenenamiento, se unen los efectos
subletales sobre la capacidad reproductiva y el sistema inmunitario. Además, las toxinas
naturales de microorganismos o algas, similares a las que provocan las temidas mareas
rojas, a través de la cadena trófica, pueden afectar a presas de delfines y otros
cetáceos.
Los
cetáceos del Mediterráneo son de los más contaminados del mundo Se han
encontrado delfines con niveles de más de mil partes por millón (ppm.) de PCB
(Bifénilos policlorados) y otras sustancias altamente tóxicas. Aunque ningún nivel de
contaminante es considerado sano, animales con menos de 300 ppm. ya muestran evidencias de
daños (cualquier objeto con niveles de 50 ppm. es considerado residuo altamente
tóxico y precisa un tratamiento especial). Por desgracia, además de los peligrosos
organoclorados, los cetáceos reciben fuertes dosis de metales pesados, hidrocarburos y
otras sustancias, a las que se añaden las basuras flotantes, sobre todo, los plásticos.
Ultimamente, han aparecido animales muertos en las costas con varios kilos de plástico en
el estómago u obturando sus vías respiratorias (un rorcual común varado en el Cantábrico,
a principios de 1998, tenía dentro cuarenta kilos de plásticos).
También sufren enfermedades que, al
alcanzar altos niveles de incidencia, se llaman epizootías (epidemias, entre los
humanos). Algunas, han afectado a las focas del Mar del Norte y del Lago
Baikal, los delfines mulares de Estados Unidos y los listados del
Mediterráneo. Diversos análisis evidenciaron la presencia de un morbillivirus
(un virus que puede ser mortal, similar al causante del moquillo de los perros o al de la
peste bovina). Se desconoce cómo han llegado estos virus a los hábitats marinos, qué
papel juegan en las mortandades masivas o la incidencia de otros factores (en los animales
muertos, se encontraron altos niveles de contaminantes y un pobre estado alimenticio).
La sobreexplotación de los mares por la
flota pesquera mundial está alterando seriamente la cadena alimentaria, por lo que, para
muchos predadores, es más difícil lograr el alimento preciso para completar su dieta.
Esto genera dos problemas: una mayor interacción entre cetáceos y artes de pesca, y un
incremento de animales desnutridos, más vulnerables a enfermedades y tóxicos y obligados
a cambiar hábitos y rutas de alimentación. Empleando más energía para obtener el mismo
volumen de alimento, es más difícil sustentar cuerpos de grandes dimensiones. Diferentes
investigadores han alertado sobre el pobre estado nutritivo de algunas poblaciones y la
disminución de su tamaño. Además, las actividades lúdicas, industriales y militares,
los millones de embarcaciones, las plataformas petrolíferas y las industrias costeras
contaminan acústicamente. En el agua, el sonido tiene una mayor transmisión, por lo que
las perturbaciones han provocado un fuerte estrés en algunas poblaciones, obligadas a
alterar hábitats y rutas migratorias, e, incluso, han desaparecido por completo de
algunos lugares.
Por último, citar los conocidos
varamientos masivos, objeto de gran número de teorías, que abarcan desde la romántica
visión del suicidio colectivo hasta los factores antrópicos, aunque, posiblemente, será
un compendio de todas y explicable cada caso por factores muy distintos. Entre los
factores naturales destacan las enfermedades y un fuerte parasitismo, que debilitan a los
cetáceos y les llevan a acercarse a aguas someras para reducir el esfuerzo de salir a
respirar. Puede ocurrir igual si uno de ellos está fuertemente parasitado, sobre todo, si
es en el oído interno, órgano fundamental para la orientación de los cetáceos. Su
deterioro puede equivocar la ruta a seguir y terminar con sus cuerpos varados.
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En aguas canarias se han visto más de veinte especies diferentes, lo que
las convierte en una de las zonas del mundo más rica en cetofauna |
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Los varamientos son masivos
y no sólo de los animales afectados porque, en la mayoría de los casos, se trata de
especies gregarias y fuertemente jerarquizadas, como calderones y falsas orcas.
Si el macho guía sufre trastornos, el grupo puede terminar varando con él. En ocasiones,
también ocurre cuando pequeños cetáceos son perseguidos por un grupo de grandes
predadores, como orcas. El terror y los intentos de huir les llevan sobre rocas o
playas. Igualmente, pudiera estar producido por actividades humanas (ruidos,
contaminación). Recientemente, se señalan las maniobras militares navales y el uso de
fuertes sistemas de sonar como potenciales culpables de algunos de los varamientos que se
producen en el mundo.
Otras investigaciones trabajan sobre la
hipótesis de las alteraciones en los campos magnéticos producidas por las tormentas.
Especies como las palomas poseen pequeñas partículas de metal en su cerebro que, junto
con los citados campos, utilizan como brújula. Este sistema podría ser usado por algunos
cetáceos al desplazarse por vastas extensiones de agua sin referentes visuales. El
descubrimiento de pequeñas cantidades de monóxido de hierro en el cerebro de algunas
especies ha reforzado esta teoría la posibilidad de que las tormentas puedan alterar su
mapa mental y guiarles erróneamente hacia la costa.
CANARIAS, PARAISO DE CETOFAUNA
La privilegiada situación de las Islas Canarias, entre el Atlántico
norte y las zonas subtropicales, permite ver en sus aguas una gran variedad de especies de
ambos hábitats. Además, están en la ruta migracional de algunos cetáceos que
compaginan las aguas frías, en la época de alimentación, con las más cálidas del
trópico, para el apareamiento y reproducción. En total, en aguas canarias se han visto
más de veinte especies diferentes, lo que las convierte en una de las zonas del mundo
más rica en cetofauna.
Junto a una de las poblaciones estables de calderones tropicales
de las más conocidas del mundo, asentada al sur de Tenerife, viven especies que
visitan aguas peninsulares, como los delfines mular, común y listado,
el calderón común y gris, el cachalote o el rorcual común;
y otras que no van tan al norte, como el delfín de Fraser (Lagenoceldphis
hosei) o el moteado (Stenella frontalis), la falsa orca (Pseudorca
crassidens), el cachalote pigmeo (Kogia breviceps), el rorcual
aliblanco (Balaenoptera acutorostrata) y el rorcual norteño (Balaenoptera
borealis)...
Los extraños varamientos de ziphidos en Fuerteventura y Lanzarote
han sacado a la luz su presencia. Aparte del frecuente zifio común, se observado zifios
de True (Mesoplodon mirus), de Gervais (Mesoplodon europaeus), de
Blainville (Mesoplodon densirostris) o calderón (Hyperoodon
ampullatus).
LOS CETACEOS IBERICOS
Las aguas españolas han albergado más del cuarenta por ciento de las
especies de cetáceos del mundo y casi el ochenta por ciento de las del Atlántico.
Ahora, las habituales apenas alcanzan la docena, pero la situación de la Península
Ibérica, dentro de muchas zonas de paso y, especialmente, la estratégica situación
de las Islas Canarias, convierten estas costas en uno de los lugares con mayor
número de referencias. La siguiente relación explica las características de los
cetáceos más comunes en aguas ibéricas.
* El rorcual común (Balaenoptera physalus)
Entre las grandes ballenas, el ejemplar más fácil de observar es el rorcual
común o ballena de aleta. El segundo mayor animal que jamás ha
existido sobre la tierra, tras la ballena azul, puede alcanzar veinticinco metros y
más de setenta toneladas. Se puede ver en el Atlántico, en el Cantábrico
y en el Mediterráneo, donde se reúne, en verano, una población de varios miles
de individuos.
Su alimentación se basa, fundamentalmente, en los minúsculos animales
(gambitas - euphausiáceos-, copépodos y pequeños peces) que flotan sobre
la superficie marina y conforman el zooplancton. Necesitan consumir ingentes
cantidades para mantener su enorme volumen. Como en el resto de mysticetos, la
hembra es mayor que el macho y sólo tienen una cría cada dos o tres años. Al nacer,
mide casi seis metros y medio y permanece con la madre hasta los ocho o diez años.
* El cachalote (Physeter macrocephalus)
Frecuente en todas las costas de la Península Ibérica, es el
mayor odontoceto, por lo que luce entre cuarenta y cincuenta dientes sólo en la
mandíbula inferior. El macho es marcadamente mayor que la hembra, alcanzando diecinueve o
veinte metros frente a los doce de su compañera. Los grandes machos adultos viven
separados de los grupos de hembras con crías y los subadultos, a los que se unen para el
apareamiento. Las crías, que nacen tras quince o diecisiete meses de gestación, miden
casi cuatro metros y pesan una tonelada.
El cahalote se alimenta, básicamente, de cefalópodos, sobre
todo, calamares gigantes (superan los ocho metros y viven a grandes profundidades), peces
y crustáceos. Está considerado como un auténtico portento de la naturaleza, pues puede
sumergirse a más de mil metros, con presiones de varias atmósferas (suficiente para
reventar a la mayoría de los animales marinos) y aguantar sin respirar más de una hora.
* El delfín mular o tursión (Tursiops truncatus)
El mayor de los delfines ibéricos sobrepasa los cuatro metros
de longitud y, aunque, en el Mediterráneo, apenas supera los tres metros y medio,
en algunas rías gallegas, se han hallado ejemplares, llamados arroaces, de casi
cinco metros. En otros océanos, hay poblaciones pelágicas, pero en aguas penínsulares
es una especie costera, relacionada con las actividades humanas. Antes más numeroso, hoy,
las poblaciones son, en general, pequeñas y, a veces, muy fragmentadas. Se encuentra en
grupos de ocho a treinta ejemplares, si bien, en Galicia, llegan a concentrarse
varios cientos. Su variada dieta incluye peces y cefalópodos (mújoles, corvinas,
bacaladillas, anguilas, sepias, voladores...) Las crías nacen en verano, tras doce meses
de gestación, con cerca de un metro de longitud. La pigmentación es muy diversa, yendo
del color plateado con motas hasta casi completamente negros.
* El delfín común (Delphinus delphis)
Uno de los más comunes, ha sufrido una fuerte regresión en el Mediterráneo,
concentrándose, ahora, en el Mar de Alborán. De hecho, es raro hallarlo más al
norte de Cabo de Gata. Se agrupa de forma diversa, oscilando de ocho o doce
ejemplares hasta mil individuos. Puede agruparse con delfines listados.
Con cerca de dos metros y medio, posee un diseño peculiar. Sus
laterales se dividen en dos mitades: una, de color grisáceo y, otra, amarillenta. El
dorso es más oscuro, normalmente azulado, y el vientre blanco. Las crías miden noventa
centímetros al nacer, tras una gestación de diez meses, estando junto a sus madres dos o
tres años. Combina hábitos costeros y pelágicos y come peces y cefalópodos,
especialmente pequeños pelágicos como la anchoa o la sardina.
* El delfín listado (Stenella coeruleoalba)
Aunque de hábitos más pelágicos que otros delfines con los que, a
veces, comparte zonas de reproducción y alimentación, puede formar grupos mixtos con el delfín
común. Se encuentran grupos muy diversos, tanto en número como en tipo de
individuos. Muy similar al delfín común, sus bandas laterales le diferencian
claramente. Los del Mediterráneo son ligeramente más pequeños que los del Atlántico.
Su única cría, raramente dos, nace con noventa centímetros de longitud y más de diez
kilos. Su dieta es más rica en cefalópodos que la de otros delfines, aunque la
completa con peces y crustáceos.
* El calderón común (Globicephala melas) y el calderón
tropical (Globicephala macrorhyncha)
Mientras que en el Cantábrico y el Mediterráneo es más
frecuente el calderón común, en Canarias lo es el tropical. Pero,
los dos se han encontrado en ambas latitudes. Animales muy gregarios, viajan en grupos de
varios cientos o miles, divididos en familias de seis a doce miembros (un macho adulto y
varias hembras y subadultos), cubriendo varias millas a la redonda, según el criterio de
un único macho guía.
Casi totalmente negro, salvo unas manchas blancas en el vientre, su
cabeza tiene forma globosa y la aleta dorsal adopta formas muy características, ganchudas
y acostadas sobre el dorso. El calderón tropical es menor y sus aletas pectorales
son más cortas que las del común. Los machos superan los cinco metros (a veces,
seis ú ocho metros) y pesan más de tres toneladas. Las hembras apenas rebasan los cuatro
metros y las dos o dos toneladas y media. Tienen una sola cría cada tres o cuatro años
que mide dos metros y pesa cerca de ochenta kilos. Su dieta se basa en cefalópodos, sin
desdeñar otras presas.
* El calderón gris o delfín de Risso (Grampus griseus)
Igual que sus parientes, los calderones comunes y tropicales,
tiene una cabeza globosa, pero la aleta dorsal es más alta y con forma de garra. Su
pigmentación es muy característica, pues, sobre un fondo gris o casi negro, se dibujan
una especie de arañazos blanquecinos que, a veces, debido a su número, los hacen
casi blancos. Alcanzan los cuatro metros (el macho es mayor que la hembra) y pesan más de
trescientos cincuenta kilos. Las crías miden al nacer un metro y medio tras una
gestación de doce meses. Especie pelágica y presente en todas las aguas peninsulares, en
ocasiones, puede acercarse a la costa. Se han visto grupos de varios cientos, pero,
habitualmente, forman grupos entre cinco a treinta individuos. Comen, sobre todo,
cefalópodos.
* La orca (Orcinus orca)
Difícil de ver y habitual de aguas frías, se presenta todos los años
en las costas ibéricas durante la migración anual de los grandes atunes rojos, a los que
busca en el Estrecho de Gibraltar, cerca de las almadrabas de ambos lados del
estrecho. Es un depredador que consume peces, crustáceos, moluscos y otros mamíferos
marinos, como focas, delfines, marsopas o, incluso, ballenas.
El macho y la hembra son muy distintos. Aquéllos pueden superar los
nueve metros, pesan varias toneladas y poseen una gran aleta dorsal recta, en forma de
vela, de más de un metro de altura. Ellas, raramente superan los seis metros y su aleta
dorsal es más baja y ganchuda. Los machos se asocian a un grupo de hembras para la
cópula. Las crías nacen tras once meses con poco más de dos metros. Se ven solos o en
pequeños grupos (guiados por una hembra adulta, de la que dependen otras hembras, crías
y subadultos). Son raras las agrupaciones numerosas.
* La marsopa común (Phocoena phocoena)
Antaño más numerosa, está en clara regresión en todo el mundo,
sobre todo, en las zonas más perturbadas por el hombre. Hoy, sólo se halla en costas
gallegas y aledañas, desaparecida del Mediterráneo y del interior del Golfo de
Vizcaya. Es el cetáceo peninsular de menor tamaño, con apenas metro y medio y
ochenta kilos. Las crías nacen con casi setenta centímetros, tras diez u once meses de
gestación. Especie muy costera, se mueve en pequeños grupos de entre dos y veinte
ejemplares y come, principalmente, peces (sardina, caballa, merluza...) y algunos
cefalópodos.
* El zifio común o ballenato de hocico de Cuvier (Ziphius
cavirostris)
Aunque frecuente en aguas peninsulares, es bastante desconocido.
Existen numerosas citas sobre animales varados en las costas del Mediterráneo, el Atlántico,
el Cantábrico e Islas Canarias. Oscila entre cinco y cinco metros y medio,
con raros ejemplares de siete metros y medio y más de cinco toneladas. Las crías superan
los tres metros al nacer. Habitualmente, se ven pequeños grupos en zonas pelágicas.
Principalmente, come cefalópodos. Sólo tiene dos dientes en la parte delantera de la
mandíbula inferior.
ESPECIES NO HABITUALES
Junto a las habituales de la Península Ibérica, se pueden ver
otras especies como rorcual aliblanco, rorcual norteño, delfín de
flancos blancos (Lagenorhynchus acutus), delfín de hocico blanco (Lagenorhynchus
albirostris) y cachalote pigmeo. Más raras y esporádicas son la yubarta,
el rorcual azul (Balaenoptera musculus), el zifio de Sowerby (Mesoplodon
bidens), el de True, el de Gervais o la ballena franca, aunque
los pocos ejemplares divisados de estos últimos deben ser individuos errantes del Atlántico
occidental y no pertenecientes a la extinta población del Golfo de Vizcaya. En el Mediterráneo,
pobre en nutrientes y de alta salinidad, pueden verse la falsa orca, el delfín
de dientes rugosos (Steno Bredanensis), el cachalote enano (Kogia
simus), el cachalote pigmeo, el rorcual aliblanco o el curioso
avistamiento de yubartas (Megaptera novaeangliae) cerca de las Baleares.
LOS PINNIPEDOS
Los pinnípedos aglutinan a una veintena de especies divididas
en tres familias: phócidos (focas y elefante marino), otáridos
(otarios y leones marinos) y odobénidos (morsas). En costas
ibéricas, sólo se han avistado phócidos, aparte del caso atípico de una morsa
en Asturias y Guipúzcoa entre octubre de 1986 y enero de 1987. Y el único pinnípedo
que existía en territorio español era la aislada foca monje (Monachus
monachus), conocida como Peluso, que vivía en las Islas Chafarinas.
Antiguamente, las focas monje habitaban costas españolas del Mediterráneo
y atlánticas de las Canarias, donde los viejos relatos las cifran en miles. Por
desgracia, la caza y la interacción con el hombre las han convertido en el mamífero
marino con mayor peligro de extinción del mundo. No obstante, junto a la de Chafarinas
y un par de avistamientos aislados en Canarias, no es raro ver algún ejemplar de
otras especies de phócidos desviado de sus habituales zonas de reproducción y
alimentación.
Las visitas más comunes son de foca común (Phoca vitulina)
y gris (Halichoerus grypus), frecuentes en el Mar del Norte y las
costas de Gran Bretaña e Irlanda. Más rara ha sido la presencia de algunas
focas árticas como la de casco (Cystophora cristata), la barbuda (Erignathus
barbatus) o la ocelada (Phoca hispida) contemplada en Portugal
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