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Con nombre propio
La leyenda del
Camembert |
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Vamos a contarles de un queso y de su leyenda,
aunque en ello no hay novedad porque todos los
quesos tienen la suya: leyenda y mito. El que
hoy nos ocupa tiene filiación francesa, y aunque
su recorrido histórico suma ya más de doscientos
años, probablemente es el más joven de los
quesos del vecino país; desde luego, sin duda
alguna es uno de los más célebres: el Camembert.
Por Manolo Méndez @ (*)
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La mención de viene muy a
cuento de fecha, aunque es verdad que un tanto pillada en papel de
fumar, y es que se cumplen en estos días 81 años de la inauguración,
solemne y oficial, con presencia incluso del presidente de la República
en aquel tiempo, Alexandre Millerand, de la estatua que el 16 de abril
de 1928 se erigía, en el centro de la pequeña villa normanda de
Camembert, a mejor gloria de una campesina local, de nombre Maria Harel,
en la que la historia reconoce la invención –aunque esto habrá que
matizarlo ahora- del famoso queso, lo cual habría ocurrido en una fecha
no precisada de finales del siglo XVIII, muy probablemente hacia el año
de 1791.
Digamos, por situarnos
en precedentes, que el caso del Camembert es singularmente curioso; así
sólo sea por la circunstancia extraordinaria de que en la pequeña villa
de Camembert , en el corazón profundo de Normandía, ni en sus
alrededores comarcales, apenas se cuentan fábricas de entidad que
elaboren este célebre queso. Las grandes fábricas de Camembert, al menos
durante más de un siglo, estuvieron muy lejos de allí, en las
proximidades de Paris, en Holanda, aquí en España alguna...y en muchos
países, entre ellos Estados Unidos; en Ohio concretamente, donde a
principios del siglo pasado radicaba la de mayor producción del mundo.
Ocurrió entonces que el propietario de aquella fábrica estadounidense se
decidió a viajar a Europa con el propósito de rendir homenaje a Maria
Harel, a la que él tenía por inventora del queso que le había procurado
tanta fortuna. Pero ocurrió que, al llegar a la aldea de Camembert y
preguntar por su tumba, nadie supo darle noticia de ella, ni siquiera
garantía documental de que en realidad hubiera existido tal personaje.
El de Ohio se sintió muy decepcionado, pero no se amilanó tras la
noticia, y ofreció sus dólares para que se investigara concienzudamente
la cuestión.
Y así fue que, al paso de algún tiempo, las pesquisas dieron resultado:
la tal María, efectivamente, había existido, y a falta de prueba en
contra ciertamente a ella cabía atribuir el primer comercio de aquel
queso nuevo; aunque probablemente la novedad no se había debido a su
magín inventor sino a la circunstancia de haber acogido en su casa, como
refugiado en los años terribles post-revolucionarios, a un clérigo
fugitivo que procedía de la región de Brié. Aquel sacerdote le habría
transmitido la fórmula que dio lugar a un queso nuevo, diferente al de
Brié –aunque claramente emparentado-, pero con características
radicalmente únicas. El tal queso está elaborado enteramente con leche
de vaca cruda, de una pasta blanda que forma en su exterior una corteza
amarillo-anaranjada que el efecto de unas oportunas bacterias acaba por
recubrir de una fina capa vellosa de color blanco, lo que le infunde un
gusto ligeramente amargo, muy agradable.
El proceso de consolidación de imagen se completó en 1890, cuando otro
personaje también muy a tener en cuenta de reconocimiento en esta
historia, monsieur Ridel, inventó la cajita redonda para conservarlo. El
Camembert universal cobraba así su definitiva tipología. Y decimos
“universal”, siendo tan francés, porque la guerra judicial de los
normandos por lograr para ellos solos el reconocimiento de Denominación
de Origen duró más de cien años, e incluso casi doscientos, ya que no
fue hasta 1983 cuando se logró la demandada Denominación, que ni
siquiera es “Camembert” sino “Normandía”. Y es que durante todo ese
larguísimo período de pleitos y demandas, no fue posible demostrar que
las características sápidas diferenciales del queso en cuestión podían
asimilarse como causa particular y directa ni con el tipo de leche, ni
con la cualidad singular de los prados, ni con ninguna específica
circunstancia de la climatología o las tierras locales, que confiriera
al queso esa definición propia. De ahí que en Lugo, y en Jaén, en Tudela
o en León, puedan hoy hacer su Camembert, que lo será en plenitud si
está bien hecho, legítimamente; aunque, eso sí, no podrá ser nunca,
claro está, un Camembert ...de “Normandía”. Buen provecho.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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