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Poco queda que
contar de los Sanfermines. Siempre es lo mismo, pero nunca es igual. No en vano quien va,
siempre quiere repetir. Y es quizá esa mezcla de lo religioso y lo pagano, ese espíritu
totémico regado con los mejores caldos, siempre rojos, lo que le de una fuerza,
originalidad, distinción. En definitiva, un carácter propio.
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También muy poco
podía imaginar Fermín, hijo del senador Firmo, en la Pamplona romana, que el culto a su
persona se convertiría en una de las fiestas más emblemática de la antigua
Hispania.

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Cuenta
la tradición que fue Honesto quien evangelizó la ciudad, enviado por San
Saturnino. Fue
entonces cuando el padre del futuro San Fermín se convirtió al cristianismo, junto con
toda su familia. Fermín, consagrado obispo, cristianizó Las Galias. El
destino hizo que fuera encarcelado y decapitado en Amiens un 25 de septiembre. Aún no se
ha conseguido arrancar de los anales de la historia en que fecha fue nombrado patrón
principal de Reino de Navarra, pero si se sabe que se empezaron a realizar conmemoraciones
en su honor el 10 de octubre, coincidiendo con el día que entró en Amiens. Desde 1591 se
celebra en las fechas actuales.
El Chupinazo
Seis de julio. Diez
de la mañana. La plaza del Ayuntamiento y las calles en torno a él se tiñen de blanco y
rojo y sobre ellas, decenas de banderas enarboladas con fuerza, tratan de anunciar un gran
acontecimiento.
A las
doce en punto desde el balcón principal del consistorio, el primer edil prende la mecha
de un cohete y pronuncia las palabras clave: "Pamploneses. ¡Viva San Fermín!. ¡
Gora San Fermín!. La Fiesta ha comenzado y las charangas, los pañuelos rojos en alto y
el griterío popular dan comienzo a una fiesta que finalizará el 14 de julio.
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Son días llenos de
actuaciones, en los que no faltan los fuergos artificiales, las verbenas o los bailes
folklóricos. Pero además de San Fermín, el toro y la fiesta en torno a él, son los
protagonistas. El encierro es, seguramente el aspecto más conocido de la fiesta. El
origen de tan particular festejo tiene sus orígenes en los pastores que llevaban los
toros desde sus dehesas hasta las cercanías de Pamplona. Allí pasaban la noche y el día
de la lidia, a primera hora, entraban a la carrera arropados por toros mansos o cabestros.
Gente a caballo y a pie, con palos, ayudaba a dirigirlos hacia la plaza. Todavía no se
sabe desde cuando se pasó de correr detrás, a correr delante. Así nació el encierro,
que empezó con unos cuantos corredores y hoy, el número de participantes es tan grande,
que puede resultar peligroso, a pesar de las diferentes medidas.
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Pero San Fermín es
mucho más. Es una oportunidad para conocer navarra, para conocer su música, sus vinos,
su rica y variada gastronomía y en especial sus gentes, recias, amables y eminentemente
acogedoras.
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