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De Aveiro a Ovar. Reflejos de lapislázuli

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En Portugal, el azulejo es todo un símbolo y un estilo de vida. Calles, plazas, iglesias, fuentes y hasta cementerios así lo demuestran. Un paseo desde Aveiro, famosa por sus canales, hasta Ovar, considerada ciudad-museo del azulejo, es tan sólo una de las mil excursiones que se pueden realizar por las ciudades y aldeas lusitanas para disfrutar del influjo de esta técnica de decoración secular.

María carga un cubo repleto de claveles rosas, blancos y rojos. Es sábado por la tarde y sus pasos se encaminan hacia la parroquia de São Miguel Arcanjo, en Fermelã, una pequeña aldea, como otras muchas de Portugal, en las que, junto a la iglesia, se encuentra el cementerio. María limpia el panteón, lo redecora con claveles frescos, saca brillo a la lápida de azulejos que, con tanto esfuerzo, pagó en su día y conversa con aquellos que perdió. Utiliza el mismo cubo como defensa contra el sol, mientras, íntimamente, con mucho sigilo, cuenta a los suyos que la artrosis está afectando a su cuerpo y cómo, cada vez, le cuesta más subir la pequeña cuesta que lleva hasta la iglesia.

La historia de esta portuguesa es una pequeña muestra de la vida cotidiana. Un pedazo de intrahistoria hecha presente cualquier fin de semana junto a las imponentes parroquias que, revestidas de azulejos, se dejan ver en las poblaciones que se dispersan entre las ciudades de Aveiro y Ovar. Son treinta y cuatro kilómetros de fachadas y paneles, de fuentes y bancos, de frontales y frisos en las que esta secular técnica de decoración se exhibe con todo su esplendor. El itinerario que transcurre por los concejos de estas dos ciudades, al que merece la pena sumar el de Estarreja, es uno de tantos de los que se pueden diseñar por el rostro de la antigua Lusitania. Pero, seguramente, será difícil hallar otra iglesia como la Matriz de Válega, en el término de Ovar, cuya imponente mole ha sido revestida, desde sus cimientos hasta su cúpula, con azulejos. Una fachada multicolor, impresa por las más variadas escenas religiosas, que requiere una parada, un cómodo asiento y más de un minuto de contemplación.

La iglesia de San Cristóbal, en Ovar, está revestida en cerámica desde sus cimientos hasta el techo. Ahora bien, si la fachada tiene la capacidad de sobrecoger el ánimo al más pintado, el marco que le rodea no posee menos valor, pues, delante de la misma, como un extraño vestíbulo al aire libre, se extiende el cementerio de la población. Camposanto el que no existe lápida que no guarde, con mimo, la fotografía del difunto.

En un lateral, los panteones se levantan ricamente decorados con reflejos en blanco, negro y azul. Mientras, en la parte posterior del templo, la azulejería en azul y blanco dibuja las más diversas y complejas figuras geométricas y grecas, apenas interrumpidas por algunos paneles marianos y otros de grandes vasijas con flores.

Pobre material, rica imaginación
Sin embargo, poco antes de llegar a Válega, los pueblos de Canelas y Estarreja despliegan un juego de color entre sus quintas, plazas, calles y paneles. La primera, es una población perteneciente al concejo de Estarreja y, al igual que en el resto de las pequeñas poblaciones del itinerario, el cementerio se encuentra junto a la iglesia principal o matriz. La de São Tomeo, en Canelas, es un bello templo recubierto, en todo su interior, con azulejería en azul y blanco. Aunque tampoco desmerece, en absoluto, la capilla de Nuestra Señora de la Salud, muy cercana a la iglesia, con un panel dedicado a la virgen que irrumpe sobre la geometría de las figuras que recubren su fachada.

La de Válega, en el término de Ovar es, posiblemente, una de las iglesias más impresionantes de la zona. Sin duda, la última parada de la ruta es la mejor para poder contemplar la riqueza cerámica desarrollada por los artistas lusos. No en vano, Ovar está considerada como la ciudad-museo del azulejo. Grandes paneles se dejan ver por toda la ciudad, aunque las principales muestras se hallan en las calles Alexandre Herculano, José Falcão, Padre Ferrer y la Plaza de la República, donde apenas existe una sola fachada de cemento. Miles de colores conforman una perfecta geometría, perfilan figuras de santos que guardan los hogares y recogen retorcidas imágenes que trepan desde el suelo hasta el techo. Curiosamente, los azulejos que se exhiben por toda la ciudad no son muy antiguos. Se dice que el más remoto pertenece al siglo XVIII. Los restantes datan de mediados del siglo pasado, muchos de ellos gracias a los emigrantes que, a su vuelta, dejaban constancia de su regreso en las fachadas y en diversos paneles. Ovar ha sufrido en los últimos ciento cincuenta años periodos de verdadero éxodo.

Pero no sólo las casas reflejan luz y colorido. La parroquia de São Cristovão, se levanta altiva, totalmente recubierta, desde sus cimientos hasta su cubierta, de motivos en azul y blanco. Todo un espectáculo, a veces distinto, a veces decadente, que pone un toque de encanto a estos pueblos y ciudades que extienden sus manos hacia el Atlántico.

Muchas de las fachadas de las casas de Ovar presentan pequeños paneles de santos para salvaguardar el hogar.

Pulidos azules árabes
El término azulejo proviene de lapislazuli, que es una piedra azul semipreciosa. La palabra azul dio lugar a zulejo, que significa pulido. En la Península Ibérica, fue introducido por los árabes. Al principio, se fabricaban con la técnica del alicatado, que unía piezas monocromas de barro vidriado recortadas de forma geométrica. Más tarde, se utilizó la denominada cuerda seca, en la que un cordón de aceite separaba los diferentes esmaltes. Estos, una vez fundidos, proporcionaban un color más oscuro.

El azulejo plano o italiano fue introducido en España por Nicolás Pisano que, a mediados del siglo XVI, empieza a fabricarlo en Sevilla, reproduciendo dibujos y figuras geométricas. Esta nueva técnica, mucho menos costosa que las anteriores, comienza a tener eco en Manises, Talavera de la Reina y Cataluña, donde se inicia la producción a gran escala.

La rua Alexandre Herculano, junto con las de José Falcao y Padre Ferrer, son las calles en donde se encuentran las mejores muestras de azulejería de Ovar, aunque no es difícil hallar muestras por cualquier punto de la ciudad. En Portugal, el azulejo llegó de la mano del rey Don Manuel I que, deslumbrado por la Alhambra, quiso decorar con este tipo de arte su palacio de Sintra. Gracias a ello, trabajaron en tierras lusas maestros procedentes de Triana y Talavera, propagándose la técnica por todo el país y llegando hasta nuestros días. Los azulejos dejaron de importarse una vez que se impulsó la producción nacional en tierras lusas. A diferencia de España, el azulejo portugués goza de todo un diseño barroco en el que predomina, fundamentalmente, el azul inspirado por los perfiles talaveranos, las influencias de la cerámica china y la azulejería holandesa de la ciudad de Delft.

La iglesia tuvo mucho que ver en la expansión de estos azulejos, pues las fachadas y los frisos de sus templos fueron profusamente decoradas con revestimientos cerámicos. De dicha costumbre deriva la imitación que hacen muchas obras de azulejería de los antiguos cobertores que cubrían los altares. Además, era mucho más barato.

Durante el siglo XVII, se produce un auténtico florecer del azulejo y el gusto por ellos permite que palacios y casas nobles tengan sus zócalos totalmente recubiertos con esta técnica. Lisboa y Coimbra, importantes centros del estilo manuelino, fomentaron la azulejería. Mientras, en Rota da Luz, donde se levantan los concejos de Aveiro, Estarreja y Ovar, a finales del siglo XIX y principios del XX, comenzó a utilizarse el revestimiento cerámico en fachadas urbanas, con gran profusión de motivos. La fuerte demanda permitió la implantación de nuevas fábricas y la exhaustiva formación de operarios especializados que incrementaron la producción de la pintura en paneles. Entre ellas, destaca la fábrica de Fonte Nova, fundada en Aveiro, en el año 1882, y cuyos paneles poseen la denominación propia de arte nova.

Ovar. La ciudad de las capillas
Además de ser calificada como Ciudad-Museo del Azulejo, Ovar es conocida también como la Ciudad de las Capillas. A las del Calvario, Da Praça, de Santo António, Das Almas y de São Pedro, se debe añadir un curioso via crucis formado por siete capillas denominadas todas dos Passos. Estas se encuentran dispersas por su término municipal. Es imprescindible el recorrido por las calles José Falcão, Alexandre Herculano, Padre Ferrer y la Plaza de la República, cuajadas de azulejos, el taller de azulejería de Marcos Muge, y el Museo Municipal, que alberga una interesante colección de objetos de la vida tradicional de la ciudad que, en otra época, gozó de una pujante industria pesquera, junto con un buen número de piezas de arte africano.

Aveiro. Al borde del agua
La historia de Aveiro ha estado siempre vinculada al agua, pues, en su fundación, estaba ubicada a orillas del mar y, con el posterior cierre de la bahía, quedó dispuesta en la ribera de una extensa ría. Un gran canal llega hasta la ciudad, donde sus multicolores moliceiros, embarcaciones de proa alta con las que se extrae de la ría el moliço compuesto por algas y limo, ofrecen un particular colorido a la ciudad, que se completa con paneles de azulejos dispuestos por las diferentes calles. Los anales de la historia se han encargado de dejar constancia de su carácter salinero y de su importancia como centro de transporte pesquero.

La preferencia por las comunicaciones marítimas, más eficaces por rapidez y mayor seguridad, permitió a las ciudades portuarias adquirir un enorme valor. Y Aveiro no se quedó atrás. El infante Don Pedro mandó amurallar la urbe y él mismo fue el impulsor de la feria anual que se celebra en el mes de marzo y que todavía conserva vigencia. El periodo de mayor esplendor llegó en el siglo XVI, momento en el que las ciudades del norte portugués realizaron diversas campañas de pesca en aguas de Terranova. Pero, a finales de éste, en 1570, la desembocadura del Vouga comenzó a enarenarse cerrando el acceso al puerto.

Fue una etapa de enorme decadencia de la que no se observó recuperación alguna hasta finales del siglo XIX, momento en el que se construyó un canal que llegaba hasta el mar y permitió la nueva apertura del puerto. Un paseo por la ciudad obliga a contemplar el amontonado barrio de pescadores, donde innumerables casas blancas se aprietan en estrechísimas calles, y participar de la vida cotidiana en el Mercado del Pescado. Si el acceso a Aveiro no se realiza por vía férrea, es preciso acercarse a la estación de ferrocarril donde observar unos paneles que describen los principales atractivos de la región. La barroca iglesia de la Misericordia se halla profusamente decorada con azulejos en su interior. No hay que marchar sin disfrutar de un paseo por la ría en barca.

Cómo llegar
Para acceder desde España por la frontera con Salamanca, una vez pasado Ciudad Rodrigo, la carretera se adentra en tierras portuguesas por Vilar de Formoso. Desde aquí, hay que continuar por la N-221, que atraviesa las ciudades de Guarda y Viseu antes de llegar a Aveiro.

Desde Oporto, hay que tomar la N-109 en dirección a Espino. Esta carretera conduce a Ovar y a las poblaciones mencionadas en el itinerario hasta Fermelã. Desde este punto se toma el desvío hacia Aveiro.

Tomando como referencia Lisboa, para llegar hasta Aveiro, el itinerario más directo es la N-I, que une Lisboa y Oporto. Existe otro itinerario alternativo que discurre más próximo a la costa y que va enlazando las poblaciones de Torres Vedras, Batalha, Leiria, Figueira da Foz, Mira e Ilhavo y finaliza en Aveiro.

Yantar
Aveiro es capital, cuya gastronomía se ha ganado merecido reconocimiento, tanto por su variedad como por su riqueza. Sobresalen las calderadas de anguilas, la raya en salsa pitau, las anguilas en escabeche, el caldero a la lampantana, asado en cazuela de barro negro, el lechón asado o las brochetas de mejillón.
En Ovar es conocido el pão-de-ló, un delicioso bizcocho popular, esponjoso y dorado, cuya receta se transmite de generación en generación. .
En ambas existen un buen número de restaurantes en los que poder degustar estas elaboraciones. Cuentan con gran prestigio las mesas de A Cozinha do Rey y Salpoente, en Aveiro.

Pernoctar
Aveiro y Ovar son capitales que disponen de una buena infraestructura para la acogida de visitantes. En ambas es posible encontrar alojamientos y hoteles de distintas categorías y precios. Es recomendable pasar por las oficinas de información (postos de turismo) donde facilitan la documentación necesaria sobre alojamientos y precios.

 

 

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