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Partiendo de Ponferrada hay que tomar la N-536 para dirigirnos
a las Médulas. Después de atravesar Santalla y tomar el desvío para
Villavieja, una
estrecha carretera conduce, entre viñas y prados, al castillo de Cornatel, encaramado en
un peñasco de piedra caliza. El amplio lienzo de muralla, en el que destaca la torre del
homenaje, impide apreciar la verdadera naturaleza de este nido de águilas colgado sobre
un enriscado de piedra caliza. Tras escalar hasta su entrada, bien definida, se accede a
su irregular patio de armas y pudiendo asomarse al precipicio de
Rioferreiros. Cerca de la
entrada, a la derecha, quedan vestigios de lo que probablemente fue la capilla. Su
historia se remonta a la Alta Edad Medio (siglo XI) en que se le conoció como castillo de
Ulver. Desde comienzos del siglo XIII estuvo en manos de los templarios de Ponferrada
hasta su disolución en 1.312. Después, y tras algunas reformas, pasaría a manos de los
condes de Lemos y marqueses de Villafranca.
Volviendo de nuevo a la N-536, la siguiente parada conduce
al lago de Carucedo. Este lago tiene un perímetro de alrededor de 57 hectáreas, rodeado
de abundante vegetación de encinas, castaños, sauces, juncos y cañaverales, en el que
anidan gran número de variedades de aves. Sobre su
origen se han vertido numerosas teorías, aunque hoy nadie duda de que surgiera como
consecuencia del cierre del valle por los lavados auríferos de las Médulas.
Durante siglos, el lago perteneció a los monjes de
Carracedo, del que extraían suculentas anguilas para su bien abastecida mesa. Al sur, por
donde rompe en épocas de crecida para desaguar por el arroyo Valado, en el término de
las Pedreiras, quedan restos de una villa romana, recientemente excavada. En la iglesia de
Carucedo, de origen románico, se encuentra una custodia rococó (s. XVIII), una de las
piezas de platería más importantes del Bierzo. En esta localidad se encuentra el desvío
hacia Orellán. Su mirador, nos permitirá contemplar el conjunto de las Médulas desde
arriba, obteniendo una amplia panorámica del conjunto, apreciando tanto los desmontes
como la red hidraúlica. Se dominan también desde aquí distintos asentamientos
arqueológicos y se aprecia cómo van variando las especies vegetales a medida que se
abandona el valle y se alcanzan las montañas. La panorámica, sobrecogedora de por sí
(los barrancos tienen una profundidad de más de 100 m.), es especialmente bella y
misteriosa a la puesta del sol.
También desde el mirador observará a la derecha una
amplia salida de bocamina. Se trata de una de las múltiples galerías excavadas en la
montaña, por las que entraba repentinamente el agua provocando la erosión y el
derrumbamiento de las masas aluviales, de las que se extraía el oro tras el consiguiente
lavado de los lodos. Son 650 m. de longitud que puede
recorres (es necesario una linterna), desde la entrada que se encuentra al pie del
mirador. Este balcón natural es un lugar ideal para observar otros elementos que fueron
fundamentales a la hora de acometer la explotación. Por ejemplo los canales,
imprescindibles para trasladar el agua desde el nacimiento de los ríos. De ellos se
aprecian restos en la parte alta del Monte Placías, situado al sudeste del mirador.
Aunque hoy son casi imperceptibles, es posible apreciar tres
sendas que no son sino el trazado final de canales de una longitud de varios kilómetros.
Antes de ser introducida en las galerías, el agua se almacenaba en embalses cuyas
compuertas se abrían en el momento oportuno para que el agua recorriera con fuerza los
túneles a fin de ocasionar el derrumbe.
En las Médulas
Es posible llegar en coche hasta el mismo cuenco de la
explotación; sin embargo, se recomienda hacer el último tramo (1,8 km.) a pie a fin de
disfrutar más del entorno; el paseo entre los castaños, por ejemplo, resulta delicioso
en cualquier época del año, especialmente en otoño. Precisamente, en esta época el acceso permanece cerrado al tráfico durante
varios días (normalmente la segunda quincena de octubre) para facilitar a los lugareños
las tareas de recolección de la castaña.
A 800 m. se
divisa fácilmente un sendero, a la derecha, por el que se sube hasta el mirador de
Orellán. Se trata de un agradable recorrido, a pesar de la pendiente existente. A la
entrada de este mismo camino encontrará, a su diestra, una fuente donde saciar su sed
antes de emprender la marcha.
Si continúa por la carretera, irá
dejando a ambos lados senderos que le conducen a diferentes rincones, con vistas siempre
sorprendentes de los diferentes aspectos de la explotación aurífera.
Llegados al final de la carretera asfaltada, desde donde se obtiene una visión general de
los sistemas de explotación empleados, seguirá a pie por una empinada cuesta, situada de
frente a la carretera, por la que se llega a la Cuevona y a la Cueva Encantada, dos
bocaminas de una misma galería con una altura de casi 30 m., especialmente interesantes
porque pueden observarse restos de la red hidraúlica y derrumbes (posteriores a los
romanos), que permiten obtener una imagen semejante a la que provocaría el sistema de
explotación extensivo de la "ruina montium". Este
es también uno de los lugares del yacimiento donde mejor puede observarse el bosque de
castaños, tanto silvestres como cultivados.
El oro
Desde el punto de vista geológico, el
yacimiento aurífero de Las Médulas es de tipo secundario, lo que significa que el oro no
se encuentra en filones o de forma masiva en la roca. Se
trata de un "aluvión del Mioceno, formado por conglomerados a base de cantos rodados
y arenas o arcillas".
El contenido en oro o ley oscilaría desde 60-300 mg/m3 en los aluviones más
profundos, hasta 20-100 mg/m3 en los más superficiales. La cantidad de oro
extraído por los romanos ha sido uno de los aspectos más discutidos; de hecho, existen
importantes diferencias según los autores. David Gustavo López habla de que "el
total de oro extraído pudo rondar los 960.000 kg". En su opinión, se lavaron 240
millones de m3 de aluvión, con un contenido en oro de 1,98 gr/tonelada.
Tomando como referencia los datos aportados por Plinio el
Viejo, Javier Villalibre obtiene la cifra de 1.635.000 kg en toda la zona noroeste
(calculando 250 años de explotación); si Las Médulas representaban en torno al 50% del
volumen general, "no es aventurado pensar que se extrajeron del orden de 800.000
kg.", sostiene. García Bellido, refiriéndose a las Asturias, calcula que se obtuvo
un rendimiento de 1.500.000 kg: si se aplica de nuevo el porcentaje del 50% la cifra de
oro extraído se situaría en torno a los 750.000 kg. Sin
embargo, las últimas investigaciones apuntan a que se removieron 100 millones de m3 de
aluvión, lo que significaría que el oro obtenido no pudo alcanzar cifras tan
abultadas.El momento de mayor apogeo de la explotación se habría producido en la época
de Trajano (finales del s. I, principios del s. II). El declive llegaría a partir del año 150 d.c., culminando
con el abandono definitivo del yacimiento en los primeros años del siglo III,
coincidiendo con las luchas internas por la sucesión del poder de Roma.De acuerdo con un
reciente trabajo sobre la Zona Arqueológica de Las Médulas publicado por la Junta de
Castilla y León, la explotación del oro está directamente relacionada con la creación
por parte de Augusto de un sistema monetario basado en el "aureus".
La evolución y ritmo de la extracción del metal estuvo siempre condicionado por los
cambios, necesidades de moneda y devaluaciones de ese sistema monetario, de forma que su
crisis hacia comienzos del siglo III supuso el final de las labores mineras.
Antes de la
conquista romana la Zona Arqueológica de Las Médulas estaba habitada por indígenas cuyo
núcleo de población eran los castros. El Castrelín
de San Juan de Paluezas es un ejemplo de lo que fueron aquellos poblados fortificados que
se emplazaban en cerros más o menos aislados desde los que los indígenas divisaban
fácilmente el entorno más inmediato y, en particular, sus tierras de cultivo.
La independencia era una de las características de los castros, de ahí que existiera una
distancia considerable de unos a otros. Su población
era autárquica y autosuficiente; y no sólo con relación a otros asentamientos sino
incluso dentro de la propia estructura interna.
Otro de los castros prerromanos de gran interés es La Corona del
Cerco de Borrenes, destruido seguramente como consecuencia de la ocupación romana.
Conserva una importante estructura defensiva, foso y muralla, a lo largo de todo su
perímetro. Es, además, un perfecto balcón para contemplar el valle de Borrenes y otros
asentamientos humanos posteriores a la conquista. Algunos
de ellos continúan presentando las características propias del castro prerromano; sin
embargo, se aprecian los cambios significativos, sobre todo por lo que se refiere a una
menor independencia dentro del territorio.
El nuevo esquema organizativo impuesto por los romanos
hará que los asentamientos se diferencien de acuerdo con su funcionalidad: Cabuerco de
Valdelobos, el Castro de Puente de Domingo Flórez o La Corona de Yeres acogieron la mano
de obra minera por encontrarse más cerca de la explotación; El Castro Rupiano y el de
Corporales estuvieron habitados por gentes cuya misión era el mantenimiento de la red de
canales que conducían el agua hasta Las Médulas.
Según algunos autores, el Castro de Orellán no es tal
castro sino uno de esos nuevos asentamientos con una función diferenciada, como demuestra
el hecho de que estuviera dedicado a la producción metalúrgica.
Otros, como Las Pedreiras de Lago, albergaron a una
población muy romanizada y seguramente vinculada a la dirección administrativa y
técnica de las explotaciones auríferas.
La ordenación de las viviendas en torno a calles, los
materiales empleados y los útiles hallados son sólo algunos elementos que permiten
hablar ya de "formas de vida plenamente romanas".
Las técnicas
La llegada de los romanos significó la introducción de
sistemas de explotación más avanzados que la técnica empleada hasta el momento por los
astures, centrada en la criba de las arenas de los ríos.
El método
de "ruina montium" o "arrugia" descrito por Plinio corresponde a un
sistema de explotación extensivo (hoy denominado cortas de minado) que fue el empleado de
forma mayoritaria en Las Médulas. El agua se canalizaba desde el nacimiento de ríos y
arroyos transportándola a depósitos ("piscinae" o "stagna") situados
en la parte alta de la montaña hasta llenarlos.
En
el momento oportuno, el agua se soltaba repentinamente y a su paso por las galerías
abiertas en las entrañas de la montaña se conseguía la erosión y el derrumbamiento de
las masas aluviales.La fuerza hidraúlica continuaba actuando, tras el derrumbe,
arrastrando la masa hacia los canales de lavado, las "agogae". Los estériles más gruesos se eliminaban antes de penetrar en los
canales (eso explica los enormes montones de cantos rodados, denominados
"murias", que se ven en todo el entorno) y los estériles más finos se
encauzaban por los canales de evacuación hacia los conos de deyección de estériles o
colas de lavado.
De acuerdo con la descripción que hace Plinio, las
"agogae" estaban hechas con gradas y cubiertas con tojo. "El arbusto es
semejante al romero, áspero y capaz de retener el oro. Cierran los laterales con tablas y
depositan estos matojos en sus escaleras (...) Se hallan así masas que pesan más de diez
libras (...) Después el tojo se quema, lavándose su ceniza sobre un césped de hierba
abundante para que allí se retenga el oro".
Así pues, el paso previo para conseguir
que la montaña se viniera abajo era la excavación de galerías interiores lo que, sin
duda, requirió la presencia de técnicos cualificados. Prueba de ello son las
conclusiones que se han extraído del estudio de las dos que aún se encontraban en
proceso de excavación en el momento de abandonar la explotación: la de Orellán y la de
Yeres. Tras el análisis se ha podido saber que las
dimensiones que presentaban antes de ser sometidas a la erosión continuada del agua
variaba entre los 110 y 190 centímetros de altura y el ancho oscilaba entre 100 y 150
centímetros. La forma ovalada de los túneles pretendía conseguir estabilidad durante la
excavación a la vez que resistencia para que se produjeran amplias secciones antes de
llegar al desplome de los aluviones.
Más sorprendente es el hecho de que los romanos aplicaran
un principio físico que no se enunciaría hasta el siglo XVIII: al trazar las galerías
con sucesivos ensanchamientos y estrechamientos conseguían disminuir la velocidad del
avance del agua con un inmediato aumento de la presión.
El resultado final fue la creación de un auténtico
laberinto en las entrañas de la montaña. Primero se excavaba un túnel principal a
partir del cual se iban abriendo otras galerías secundarias que desembocaban en el
primero. El "ruina montium" se alternó en otros sectores con "sistemas
basados simplemente en la fuerza erosiva y de arrastre del agua arrojada desde depósitos
situados en lo alto de los frentes de explotación". Es el caso de La Rebolar (sobre
el pueblo de Carucedo), La Furnia y El Couso.
En diferentes puntos situados al norte y al oeste del
pueblo de Las Médulas se aplicaron "sistemas de explotación selectivos
exclusivamente sobre los niveles más ricos del aluvión".La explotación de Las Médulas tal como se realizó no
hubiera sido posible sin agua en abundancia. Para procurársela, los romanos construyeron
una "infraestructura hidraúlica de gran envergadura" basada en una red de
canales o "corrugi" que captaban el agua en el nacimiento de los ríos y arroyos
existentes en las vertientes septentrionales y meridionales de los Montes
Aquilianos.
Llegaron incluso a trasvasar agua de la cuenca del Duero a la del Sil.
En total, 325 kilómetros de canalización, excavada en su
mayor parte sobre roca, por la que se conducía el agua hasta los depósitos de
distribución y explotación ("piscinae" o "stagna").
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