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María
carga un cubo repleto de claveles rosas, blancos y rojos. Es sábado por la tarde y sus
pasos se encaminan hacia la parroquia de São Miguel Arcanjo, en Fermelã,
una pequeña aldea, como otras muchas de Portugal, en las que, junto a la iglesia,
se encuentra el cementerio. María limpia el panteón, lo redecora con claveles
frescos, saca brillo a la lápida de azulejos que, con tanto esfuerzo, pagó en su día y
conversa con aquellos que perdió. Utiliza el mismo cubo como defensa contra el sol,
mientras, íntimamente, con mucho sigilo, cuenta a los suyos que la artrosis está
afectando a su cuerpo y cómo, cada vez, le cuesta más subir la pequeña cuesta que lleva
hasta la iglesia.
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La
ciudad de las capillas |
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Además de ser calificada como Ciudad-Museo del Azulejo,
Ovar es conocida también como la Ciudad de las Capillas. A las del Calvario, Da
Praça,
de Santo António, Das Almas y de São Pedro, se debe añadir un curioso via crucis
formado por siete capillas denominadas todas dos Passos. Estas se encuentran dispersas por
su término municipal. Es imprescindible el recorrido por las calles José
Falcão,
Alexandre Herculano, Padre Ferrer y la Plaza de la República, cuajadas de azulejos, el
taller de azulejería de Marcos Muge, y el Museo Municipal, que alberga una interesante
colección de objetos de la vida tradicional de la ciudad que, en otra época, gozó de
una pujante industria pesquera, junto con un buen número de piezas de arte africano.
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La historia de esta portuguesa es una
pequeña muestra de la vida cotidiana. Un pedazo de intrahistoria hecha presente cualquier
fin de semana junto a las imponentes parroquias que, revestidas de azulejos, se dejan ver
en las poblaciones que se dispersan entre las ciudades de Aveiro y Ovar. Son
treinta y cuatro kilómetros de fachadas y paneles, de fuentes y bancos, de frontales y
frisos en las que esta secular técnica de decoración se exhibe con todo su esplendor.
El itinerario que transcurre por los
concejos de estas dos ciudades, al que merece la pena sumar el de Estarreja, es uno
de tantos de los que se pueden diseñar por el rostro de la antigua Lusitania.
Pero, seguramente, será difícil hallar otra iglesia como la Matriz de Válega, en
el término de Ovar, cuya imponente mole ha sido revestida, desde sus cimientos
hasta su cúpula, con azulejos. Una fachada multicolor, impresa por las más variadas
escenas religiosas, que requiere una parada, un cómodo asiento y más de un minuto de
contemplación.
Ahora bien, si la fachada tiene la capacidad de
sobrecoger el ánimo al más pintado, el marco que le rodea no posee menos valor, pues,
delante de la misma, como un extraño vestíbulo al aire libre, se extiende el cementerio
de la población. Camposanto el que no existe lápida que no guarde, con mimo, la
fotografía del difunto.
En un lateral, los panteones se levantan
ricamente decorados con reflejos en blanco, negro y azul. Mientras, en la parte posterior
del templo, la azulejería en azul y blanco dibuja las más diversas y complejas figuras
geométricas y grecas, apenas interrumpidas por algunos paneles marianos y otros de
grandes vasijas con flores.
Pobre material, rica
imaginación
Sin embargo, poco antes de llegar a Válega,
los pueblos de Canelas y Estarreja despliegan un juego de color entre sus
quintas, plazas, calles y paneles. La primera, es una población perteneciente al concejo
de Estarreja y, al igual que en el resto de las pequeñas poblaciones del
itinerario, el cementerio se encuentra junto a la iglesia principal o matriz. La de São
Tomeo, en Canelas, es un bello templo recubierto, en todo su interior, con
azulejería en azul y blanco. Aunque tampoco desmerece, en absoluto, la capilla de Nuestra
Señora de la Salud, muy cercana a la iglesia, con un panel dedicado a la virgen que
irrumpe sobre la geometría de las figuras que recubren su fachada.
Sin duda, la última parada de la ruta es la mejor
para poder contemplar la riqueza cerámica desarrollada por los artistas lusos. No en
vano, Ovar está considerada como la ciudad-museo del azulejo. Grandes paneles se
dejan ver por toda la ciudad, aunque las principales muestras se hallan en las calles Alexandre
Herculano, José Falcão, Padre Ferrer y la Plaza de la República,
donde apenas existe una sola fachada de cemento. Miles de colores conforman una perfecta
geometría, perfilan figuras de santos que guardan los hogares y recogen retorcidas
imágenes que trepan desde el suelo hasta el techo. Curiosamente, los azulejos que se
exhiben por toda la ciudad no son muy antiguos. Se dice que el más remoto pertenece al
siglo XVIII. Los restantes datan de mediados del siglo pasado, muchos de ellos gracias a
los emigrantes que, a su vuelta, dejaban constancia de su regreso en las fachadas y en
diversos paneles. Ovar ha sufrido en los últimos ciento cincuenta años periodos
de verdadero éxodo.
Pero no sólo las casas reflejan luz y
colorido. La parroquia de São Cristovão, se levanta altiva, totalmente
recubierta, desde sus cimientos hasta su cubierta, de motivos en azul y blanco. Todo un
espectáculo, a veces distinto, a veces decadente, que pone un toque de encanto a estos
pueblos y ciudades que extienden sus manos hacia el Atlántico.
Pulidos azules
árabes
El término azulejo proviene de lapislazuli,
que es una piedra azul semipreciosa. La palabra azul dio lugar a zulej, que
significa pulido. En la Península Ibérica, fue introducido por los árabes. Al
principio, se fabricaban con la técnica del alicatado, que unía piezas monocromas
de barro vidriado recortadas de forma geométrica. Más tarde, se utilizó la denominada
cuerda seca, en la que un cordón de aceite separaba los diferentes esmaltes. Estos,
una vez fundidos, proporcionaban un color más oscuro.
El azulejo plano o italiano fue introducido
en España por Nicolás Pisano que, a mediados del siglo XVI, empieza a
fabricarlo en Sevilla, reproduciendo dibujos y figuras geométricas. Esta nueva
técnica, mucho menos costosa que las anteriores, comienza a tener eco en Manises,
Talavera de la Reina y Cataluña, donde se inicia la produción a gran
escala.
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Al
borde del agua |
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La historia de Aveiro ha estado siempre
vinculada al agua, pues, en su fundación, estaba ubicada a orillas del mar y, con el
posterior cierre de la bahía, quedó dispuesta en la ribera de una extensa ría. Un gran
canal llega hasta la ciudad, donde sus multicolores moliceiros, embarcaciones de proa alta
con las que se extrae de la ría el moliço compuesto por algas y limo, ofrecen un
particular colorido a la ciudad, que se completa con paneles de azulejos dispuestos por
las diferentes calles. Los anales de la historia se han
encargado de dejar constancia de su carácter salinero y de su importancia como centro de
transporte pesquero. La preferencia por las comunicaciones marítimas, más eficaces por
rapidez y mayor seguridad, permitió a las ciudades portuarias adquirir un enorme valor. Y
Aveiro no se quedó atrás. El infante Don Pedro mandó amurallar la urbe y él mismo fue
el impulsor de la feria anual que se celebra en el mes de marzo y que todavía conserva
vigencia. El periodo de mayor esplendor llegó en el siglo XVI, momento en el que las
ciudades del norte portugués realizaron diversas campañas de pesca en aguas de
Terranova. Pero, a finales de éste, en 1570, la desembocadura del Vouga comenzó a
enarenarse cerrando el acceso al puerto. Fue una etapa de enorme decadencia de la que no
se observó recuperación alguna hasta finales del siglo XIX, momento en el que se
construyó un canal que llegaba hasta el mar y permitió la nueva apertura del puerto. Un paseo por la ciudad obliga a
contemplar el amontonado barrio de pescadores, donde innumerables casas blancas se
aprietan en estrechísimas calles, y participar de la vida cotidiana en el Mercado del
Pescado. Si el acceso a Aveiro no se realiza por vía férrea, es preciso acercarse a la
estación de ferrocarril donde observar unos paneles que describen los principales
atractivos de la región. La barroca iglesia de la Misericordia se halla profusamente
decorada con azulejos en su interior. No hay que marchar sin disfrutar de un paseo por la
ría en barca.
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En Portugal, el azulejo llegó de la
mano del rey Don Manuel I que, deslumbrado por la Alhambra, quiso decorar
con este tipo de arte su palacio de Sintra. Gracias a ello, trabajaron en tierras
lusas maestros procedentes de Triana y Talavera, propagándose la técnica
por todo el país y llegando hasta nuestros días. Los azulejos dejaron de importarse una
vez que se impulsó la producción nacional en tierras lusas. A diferencia de España,
el azulejo portugués goza de todo un diseño barroco en el que predomina,
fundamentalmente, el azul inspirado por los perfiles talaveranos, las influencias de la
cerámica china y la azulejería holandesa de la ciudad de Delft.
La iglesia tuvo mucho que ver en la
expansión de estos azulejos, pues las fachadas y los frisos de sus templos fueron
profusamente decoradas con revestimientos cerámicos. De dicha costumbre deriva la
imitación que hacen muchas obras de azulejería de los antiguos cobertores que cubrían
los altares. Además, era mucho más barato.
Durante el siglo XVII, se produce un auténtico florecer
del azulejo y el gusto por ellos permite que palacios y casas nobles tengan sus zócalos
totalmente recubiertos con esta técnica. Lisboa y Coimbra, importantes centros del estilo
manuelino, fomentaron la azulejería. Mientras, en Rota da Luz, donde se levantan
los concejos de Aveiro, Estarreja y Ovar, a finales del siglo XIX y principios del XX,
comenzó a utilizarse el revestimiento cerámico en fachadas urbanas, con gran profusión
de motivos. La fuerte demanda permitió la implantación de nuevas fábricas y la
exhaustiva formación de operarios especializados que incrementaron la producción de la
pintura en paneles. Entre ellas, destaca la fábrica de Fonte Nova, fundada en
Aveiro, en
el año 1882, y cuyos paneles poseen la denominación propia de arte nova.
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Datos prácticos |
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Para acceder desde España por la frontera con Salamanca,
una vez pasado Ciudad Rodrigo, la carretera se adentra en tierras portuguesas por Vilar
de Formoso. Desde aquí, hay que continuar por la N-221, que atraviesa las
ciudades de Guarda y Viseu antes de llegar a Aveiro.
Desde Oporto, hay que tomar la N-109 en dirección a Espino.
Esta carretera conduce a Ovar y a las poblaciones mencionadas en el itinerario
hasta Fermelã. Desde este punto se toma el desvío hacia Aveiro.
Tomando como referencia Lisboa, para llegar hasta Aveiro,
el itinerario más directo es la N-I, que une Lisboa y Oporto. Existe otro
itinerario alternativo que discurre más próximo a la costa y que va enlazando las
poblaciones de Torres Vedras, Batalha, Leiria, Figueira da
Foz, Mira e Ilhavo y finaliza en Aveiro.
YANTAR
Aveiro es capital, cuya gastronomía se ha ganado merecido
reconocimiento, tanto por su variedad como por su riqueza. Sobresalen las calderadas de
anguilas, la raya en salsa pitau, las anguilas en escabeche, el
caldero a la lampantana, asado en cazuela de barro negro, el lechón asado o
las brochetas de mejillón.
En Ovar es conocido el pão-de-ló, un delicioso bizcocho
popular, esponjoso y dorado, cuya receta se transmite de generación en generación. .
En ambas existen un buen número de establecimientos en los que poder
degustar estas elaboraciones. Cuentan con gran prestigio las mesas de A Cozinha do Rey y
Salpoente, en Aveiro.
PERNOCTAR
Aveiro y Ovar son capitales que disponen de una buena
infraestructura para la acogida de visitantes. En ambas es posible encontrar alojamientos
de distintas categorías y precios. Es recomendable pasar por las oficinas de información
(postos de turismo) donde facilitan la documentación necesaria sobre alojamientos y
precios.
Oficina de Información de Aveiro. Tel.: 034-23680 / 20760.
Oficina de Información de Ovar. Tel.: 056-57 22 15
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