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Las manos desgastadas por el tiempo
de los vecinos de Castillo de Alba de la comarca. Un
silencio demoledor que sólo rompe la llegada del forastero y el paso lento y
sosegado del ganado por alguna calle asfaltada. Vías que se pierden entre
las casas y que se pierden entre la maleza. Callejones sin salida que otean
el horizonte. Un horizonte recortado por la imponente silueta del antiguo
castillo, viejo y egregio a la vez, como los vecinos de la aldea.
Las tardes
frente al sol se vuelven más amenas y siempre hay tiempo, mucho tiempo, para
regar las plantas o para dejar que la luz bañe la imagen de un
Jesucristo
desvaído por los años y por el sol, al que se le ofrecen un par de rosas y
algunas flores de geranio.
Mucho tiempo
para contar cada una de las piedras que componen las fachadas de las casas
cubiertas de teja o el trajín de los canes en busca de algún pedazo de pan
duro que llevarse a la boca.
La paz de
Castillo de Alba contrasta, enormemente, con el
trasiego diario que en este lugar debió de darse cuando
era cabecera del señorío de los
Alba de Aliste. Carros, alforjas y carretas cargados con
exquisitas viandas y con caldos para el mejor de los
banquetes; arcas, baúles y arcones repletos de delicadas
sedas cortadas en forma de hermosos trajes y múltiples y
relucientes joyas que, a la hora del baile, adornaron el
cuello y las manos de damas y caballeros.
Hoy día, el
amplio surco de agua que es el río Aliste
sigue protegiendo el promontorio de Castillo de Alba.
Mientras, por el lado contrario, un arroyuelo, muchas veces desecado,
completa el cinturón de esta fortaleza, en tiempos, inexpugnable. Su perfil,
a pesar de la ruina, todavía se muestra insolente, dando fe del poderío que
debió ejercer en pasados siglos. Así, su elegante torreón conserva todo el
sabor del medievo y deja entrever que, desde lo alto, más de un guardián
avistó, con premura, al enemigo.
Enemigos
que, seguramente, no tuvieron fácil el asalto del castillo. Y es que la
situación de Castillo de Alba fue codiciada desde los
vettones, que construyeron sus hogares en el promontorio, y por
civilizaciones posteriores. Así, los romanos ocuparon el lugar y
ejercieron su influencia sobre aquéllos, del mismo modo que el
Condado de Aliste decidió situar en este cerro el centro de
operaciones de su señorío.
Mas, ya no
existen amenazantes ejércitos y, por ello, menos costoso resulta para el
viajero acceder al castillo tras una pequeña excursión. Desde sus ruinas, es
posible contemplar una bella vista de las tranquilas aguas del río
Aliste
y del pequeño pueblo.
Aunque, bajando del castillo por una imperceptible vereda, aún resuenen los
ecos de la ilustre sangre de esta saga numerosa. Un eco silencioso que,
también, se repite en el pueblo, cómplice de historias no desveladas. De
secretos imaginados que hacen de la paz y el sosiego, seguramente, el mayor
tesoro del lugar.
Los Enriquez: la estirpe de Fernando el Católico
Enrique Enríquez de Mendoza,
primer conde de Alba de
Aliste, contaba por
ascendencia materna con la
nobilísima sangre de los
Ayala y Mendoza, emparentado
por ella con la más alta
nobleza castellana del siglo
XV. Por parte paterna,
procedía de los reyes de
Castilla, ya que era
biznieto de Alfonso XI, pero
por su abuela paterna tenía
sangre judía. Paloma, que
así se llamaba, era natural
de la sevillana Guadalcanal
y su padre Alonso fue quién
tomó el apellido Enríquez,
en agradecimiento a su tío
Enrique II, que le repuso en
sus dignidades. La belleza
de la joven Paloma ha sido
relatada en las más diversas
crónicas. De estos Enríquez,
que no han de confundirse
con la saga de Salamanca,
desciende también doña Juana
Enríquez de Córdoba, reina
de Aragón, madre de Fernando
el Católico y prima
del segundo conde de Alba de
Aliste. Además, varias hijas
de don Alonso Enríquez
dejaron descendencia en
muchas de las más nobles
casas de Castilla.
El absentismo de los condes
de Alba de Aliste en la
cabecera de su señorío y la
pobreza del terreno,
ayudaron al deterioro de
esta bella fortaleza y al
empobrecimiento, aún
palpable, de la población.
La
cabecera del Señorío
Construida sobre un antiguo castro vettón, la derruida
fortaleza de Alba de Aliste
debió estar fuertemente
romanizada, pues es posible
encontrar algunas aras con
inscripción latina formando
parte de los muros de la
fortaleza y en el cercano
pueblo del mismo nombre.
Su historia medieval se
pierde entre los enigmas de
los templarios, aquella
orden caballeresca fundada,
en 1118, por ocho caballeros
dirigidos por Hugo de Payens.
La Orden de Caballeros del
Temple o Templarios, cuyo
nombre proviene de haberse
instalado en una casa
construida sobre el solar
que, en otro tiempo, ocupó
el templo de Salomón, debía
dedicarse a la protección y
defensa de los peregrinos.
Fue una más de las ordenes
religiosas que estaban
sometidas a los votos de
pobreza, castidad y
obediencia, pero que se
fueron transformando en
militares al añadir como
cuarto voto la obligación de
cumplir sus fines con las
armas. El valor derrochado
en combate les valió todo
tipo de concesiones y
privilegios, por lo que
acumularon grandes riquezas.
Su llegada a España debió
ser gracias a la simpatía
que cultivaron en el rey
aragonés Alfonso el
Batallador.
Pero sus propias riquezas
causaron su caída. Los
Templarios llegaron a poseer
más de diez mil fortalezas y
conventos por toda Europa,
una gran flota y una
poderosa banca. Sus
actividades degradaron hacia
la especulación y las
finanzas y las austeras
normas dictadas para ellos
por Bernardo de Claraval
dejaron paso a escandalosas
orgías. Impopulares y
envidiados, éstas últimas
fueron la excusa para que
Felipe el Hermoso de
Francia, buscando apoderarse
de sus bienes, les acusara
ante la Inquisición.
Los Templarios poseyeron
el castillo hasta 1310,
fecha en la que el
Comendador de Alba de
Aliste, Fray Gómez Pérez, se
refugió en él, después de la
expulsión de Castilla de
esta orden, unos años antes
de que fuera reprimida por
la bula "Vox in excelso"
otorgada por el Papa
Clemente V en 1312. De esta
época, de su pertenencia a
la Orden del Temple de
Jerusalén, data el soberbio
torreón de planta cuadrada y
suaves formas piramidales
con saeteras en lo alto.
En 1430, pasó a ser
propiedad del infante don
Pedro de Aragón, de quién
pasó a don Alvaro de Luna y,
de éste, a su sobrino del
mismo nombre. En 1445, fue
cedido a don Enrique
Enríquez de Mendoza, que
ostentó el cargo de conde de
Alba de Aliste desde 1449 y
debió de construir la torre
principal de la cual sólo
permanece un ángulo. El
castillo y el pueblo del
mismo nombre se convirtieron
en cabecera del señorío
jurisdiccional de los Condes
de Alba de Aliste, que, más
tarde, construyeron un
esbelto palacio en la ciudad
de Zamora, actual parador de
turismo.
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Cómo
llegar:
A Castillo de Alba
se puede llegar desde Zamora por la
carretera ZA-900 hasta
Carbajales de Alba. Desde
aquí, parte la ZA-907
que, en poco más de siete
kilómetros, alcanza la población.
Desde la localidad hasta el
castillo, es posible realizar un
tramo en coche por un camino sin
asfaltar y, luego, subir al castillo
andando por una senda. Lo mejor es
realizar todo el trayecto a pie,
pues no es dificultoso. Las vistas
desde la fortaleza son
impresionantes. Según la temporada,
el arroyo permite darse un baño
refrescante. Aguas arriba, en el
embalse del Esla,
se pueden practicar deportes
náuticos.
YANTAR Y
PERNOCTAR
Estos pueblos apenas
cuentan con infraestructura. Por
ello, lo mejor es ir provistos de
viandas y agua. Para dormir,
Zamora y sus alrededores son la
mejor opción.
Parador de Turismo Conde de Alba
de Aliste. Plaza de Viriato, 5.
Tel.- 980 51 44 97.
Oficina de
Información de Zamora..
Tel.- 980 53 18 45.
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