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La botica de Ximeno, en Peñaranda de Duero

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La botica de Ximeno nace a finales del siglo XVII, Andrés Ximeno Camarero instaló una botica en Peñaranda de Duero con la intención de que, en ella, ejerciese su hijo, Lucas Ximeno Briongos, boticario examinado en el Tribunal del Real Proto-Medicato de Madrid. Tal y como correspondía a la época, el establecimiento se acondicionó con el uso y las necesidades de aquel tiempo y las exigencias de las ordenanzas de farmacia entonces vigentes, es decir, disponiendo un sinnúmero de material, utensilios, instrumentos y medicamentos en cinco dependencias bien diferenciadas: botica, rebotica, laboratorio, almacén y jardín.

Hoy, a pesar del tiempo o, quizás, gracias a ello, la botica de Lucas Ximeno sigue siendo la farmacia del pueblo y, aunque las viejas recetas han sido sustituidas por los modernos reactivos, el aroma de hace tres siglos permanece cuando el curioso, o el enfermo, acierta a traspasar la puerta de entrada. Por fortuna, la saga de los Ximeno ha sido capaz de mantener el mismo oficio de padres a hijos y, con el cariño propio de aquello que ha crecido junto con la familia, no sólo mantienen la farmacia abierta al público, sino que conservan todo el sabor y los instrumentos de antaño.

El recorrido por la botica debe ser, ante todo, visual. El curioso podrá dejar avanzar sus pies entre los estantes, pero es inhabitual, pues, como antaño, para recibir un remedio, se debe llamar al timbre y, el encargado (encargada, en este caso), abrirá la parte superior de la acristalada puerta. Allí, se intercambian síntomas y recetas por el medicamento adecuado, mientras los ojos serán atraídos por la desgastada presencia de albarelos, orzas y pildoreros.

Unos y otros pueblan los muchos estantes de la botica y la rebotica. Llegados desde Talavera de la Reina, su cerámica luce en blanco y azul (el águila bicéfala del escudo de los Austrias, pintada en azul cobalto sobre fondo blanco-lechoso), mientras no queda más que preguntarse si aún resta algo en su interior. Quien sabe si los desmenuzados huesos de animales, las hierbas secas recogidas en el campo o el amenazante albarelo marcado con el término cianuro, aún contienen resecos restos de artes antiguas. Igual de resecos que el pergamino que, perdidas las tapas, lucen algunos, remedio casero ante el, siempre presente, por el uso y por los siglos, riesgo de rotura de aquellas.

El ojo de boticario
Indudablemente, la ciencia ha avanzado mucho. Lejos quedan las recetas con cuerno de ciervo, citado por la Farmacopea Española de 1905 como absorbente y antiácido en cocimientos, aunque era muy habitual en las recetas de este siglo: en polvos antisépticos, polvos dentífricos, gelatina, espíritu y sal volátil, etc. Además, las astas de toda especie de venados se usaban como antidiarréicos y el marfil, la uña de alce, las zapatillas de liebre y otros huesos animales, reducidos a polvo, aliviaban la alferecía, la perlesía, la apoplegía y demás enfermedades de la cabeza.

Del mismo modo, han avanzado los útiles de sanar. En la estancia principal de la botica de los Ximeno, los anaqueles están repletos de frascos y botes, preludio de la moldura superior donde un friso de carteles enseñorea los nombres de los farmacéuticos de la familia, junto a la fecha en que fueron titulares del lugar. Y casi sucede igual con la rebotica, recinto abovedado con hornacinas donde se alinean botes talaveranos y recipientes de vidrio de variados tamaños y formas, con etiquetas y tapas originales y primitivos medicamentos. Mientras, en la parte baja, una doble fila de cajones guarda y conserva productos medicinales de origen vegetal, muchos de ellos criados en el propio jardín de la botica “con mimo como pedazos que eran de su propio espíritu”, según se puede leer en las paredes.

Arcón conocido como el ojo del boticario.Aunque el lugar más atractivo y, al mismo tiempo, más disperso es el antiguo laboratorio donde los boticarios elaboraban los medicamentos y las fórmulas magistrales. Allí, es tal la cantidad de utensilios que es difícil fijar la vista. Alambiques, morteros, matraces, crisoles, hornillos, peroles, cazos, pesas, medidas, pildoreros, clíster, espatuleros, una buena colección de libros, farmacopeas, recetarios, formularios, tinteros de cerámica de Talavera, tratados antiguos…

Los ojos buscan y rebuscan. A un lado, una interesante colección de morteros y almireces, de varios tamaños y formas; de piedra, jaspe, bronce e, incluso, uno, de grandes proporciones, de fundición de campana, grabado con el nombre del boticario Jacinto Ximeno, año 1833. A otro, una curiosa y remota prensa de madera utilizada para obtener zumos y jugos medicinales de plantas y frutos. Arriba, diversas plantas y animales disecados que prestaron sus principios activos para preparar medicamentos.

Pero, sobre una mesa, el objeto que recibirá la mirada más prolongada, la más curiosa, la más ávida, será el ojo de boticario, el mueble donde el boticario guardaba sus remedios más preciados y al que no perdía de vista. En él, bajo dos cerraduras de doble candado, se confinaban los fármacos más reputados: “el jacinto, que mengua la fiebre; el jade, para prolongar la vida; el topacio, que corta los flujos de sangre; la amatista, talismán para tranquilizar el ánimo y evitar que los vapores del vino inunden el cerebro; el zafiro, que mitiga el dolor de cabeza; el granate, que combate la melancolía; el rubí, que alegra el corazón; el jaspe, suavizador de lujurias; la madreperla, filtro del amor y la amistad…”.

El viejo oficio de curar
Fue Carlos IV quien independizó los estudios de farmacia de la Facultad por Real Orden, de diciembre de 1799, disponiendo la creación de la Junta Superior Gubernativa de Farmacia y la redacción de las Ordenanzas, plasmadas en Real Cédula de 24 de marzo de 1800.

En 1810, se otorgó a la citada junta el poder de establecer los Colegios de enseñanza y las Ordenanzas de 1804 dispusieron que el primer Colegio de Farmacia, con el prefijo Real, se hallase en Madrid. En 1806, se llamó de San Fernando y fue ejemplo para crear, en 1815, las de San Victoriano, en Barcelona; San Carlos, en Santiago de Compostela; y San Antonio, en Sevilla.

Pero, en 1820, desaparecieron los colegios y se reunieron los estudios de Farmacia con los de la Facultad Reunida, creando la Escuela Especial de la Ciencia de Curar. Poco después, restablecida la autoridad de Fernando VII, se anularon las disposiciones anteriores a 1823, recobrando su actividad los colegios de Madrid y Barcelona. Ambos se incorporaron a la universidad con el rango de facultades en 1845. Cinco años después, se creó la Facultad de Farmacia de Granada y, en 1857, se reorganizó la de Santiago como facultad. Durante ciento seis años se ha aprendido a curar sólo en estos cuatro lugares, hasta la apertura de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra en 1963.

Observaciones Visita a La Botica de Ximeno
Cerrado domingos y festivos; se trata de la farmacia del pueblo, por lo que no recibe visitas habitualmente. Tel.: (+34) 947 552 006

Datos Prácticos
Desde Madrid, por la carretera N-I, en dirección a Burgos, hasta alcanzar la población de Aranda de Duero. Una vez allí, hay que desviarse por la carretera C-111 que llega a Peñaranda de Duero en apenas veinte kilómetros.

Peñaranda de Duero ha crecido a los pies de un imponente castillo del siglo XV que no ha perdido altivez a pesar de sus muros rotos. La torre del homenaje aún vigila el caserío, cuya historia está ligada al señorío de los López de Avellaneda, emparentada, después, con los Zúñiga. La creación de ducado, a favor de Juan de Zúñiga y Avellaneda data de 1608, título que pasó, posteriormente, a la Casa de Alba.

Los restos de la antigua muralla se lucen en el vistoso arco apuntado que da acceso a la empedrada Plaza Mayor, donde se yergue el antiguo rollo jurisdiccional. El foro está rodeado por casas sobre soportales, el elegante palacio ducal y la monumental iglesia. El palacio de los Zúñiga y Avellaneda, condes de Miranda, es un edificio renacentista, del siglo XVI, con una elaborada portada plateresca ornada con mármoles jaspeados. En el interior, un hermoso patio de dos pisos con arquerías, profusamente decorado, es el preludio de numerosas estancias y salones cuyos techos exhiben artesonados mudéjares, góticos y renacentistas y un valioso mobiliario.

La iglesia de Santa Ana, antigua colegiata abacial, se levantó a mediados del siglo XVI. Objeto de numerosas reformas (portada barroca del siglo XVIII con columnas romanas procedentes de Clunia), enseñorea un retablo neoclásico en el cual participó Ventura Rodríguez. En el presbiterio, un relicario guarda el corazón de Cipriano de Portocarrero, conde de Montijo y padre de la que fue emperatriz de Francia. En las afueras, se encuentra el convento del Carmen, con una iglesia clasicista del siglo XVI.

 

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