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Viajes por el mundo
Jordania
en diez escenas
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Jordania es un país seguro, tranquilo, hospitalario, de fascinante variedad y de hermosos contrastes. Es la tierra del Antiguo Testamento y del Bautismo de Jesús. El país de Petra, de Aqaba en el Mar Rojo, del desierto del Wadi Rum y del Mar Muerto. Antiguo y moderno, cuna de la civilización y símbolo de paz y tranquilidad.
Texto y fotografías: Enrique Sancho
© revistaiberica
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Sin duda la joya de
los grandes atractivos de Jordania es Petra que ha sido recientemente
elegida como la segunda nueva Maravilla del Mundo, en una votación en la
que han participado millones de personas de los cinco continentes y es
cierto que sólo por conocer Petra y su mágico entorno vale la pena hacer
el viaje a Jordania, pero el país ofrece mucho más en una abigarrada
mezcla de culturas y paisajes.
Jordania es un país de cultura, belleza y sorprendentes contrastes. Es
una tierra antigua, y un reino moderno, que ofrece al viajero perspicaz
una fascinante diversidad y la tradicional hospitalidad de su pueblo.
Pocas naciones pueden presumir de una afinidad tan próxima a las grandes
épocas de la historia del mundo y también de su agradable clima durante
todo el año. Aquí el verdadero destino de la humanidad se ha visto
definido, una y otra vez, en el transcurso de los siglos, dando lugar a
espectáculos inigualables de naturaleza y logros humanos.
ESCENA 1. Una capital llena de vida
El viaje suele empezar en Amman, la moderna capital de Jordania,
conocida a lo largo de la historia como Rabbath Ammon y en los tiempos
grecorromanos como Filadelfia. La ciudad es un activo centro comercial y
administrativo con un gran número de hoteles, restaurantes, galerías de
arte y museos. Amman está coronada por la Ciudadela, una colina con las
ruinas del Templo de Hércules, el Palacio Omeya y una Iglesia bizantina.
En este enclave, que posee más de 3.000 años de antigüedad, se
encuentran numerosos restos arqueológicos romanos, otomanos y de otras
culturas, que están siendo recuperados por especialistas. Una visita al
lugar, sin duda, permitirá ver los diferentes restos de las antiguas
civilizaciones que pasaron por aquí.
En el Palacio Omeya, arqueólogos españoles están recuperando los restos
antiguos y poniendo en valor el interior en una restauración moderna y
rigurosa, bajo los auspicios de la Agencia Española de Cooperación
Internacional que lleva ya doce años trabajando en la zona.
También aquí arriba se encuentra el Museo Nacional de Arqueología, un
recinto un poco destartalado que, sin embargo, alberga un precioso
tesoro de todas las épocas, desde cráneos de Jericó de hace 6.000 años a
obras de arte omeyas, incluyendo algunos de los manuscritos del Mar
Muerto hallados en Qumrán. El orgullo del museo son tres estatuas de Ain
Ghazal, de las más antiguas del mundo, datadas hace 6.500 años y con una
sorprendente y moderna belleza.
Al pie de la Ciudadela se asienta el teatro romano con 6.000 plazas, muy
bien conservado y donde se siguen celebrando obras de teatro y
conciertos. Desde el propio teatro parten las calles principales que
llevan al animado centro de la ciudad, a sus zocos y mercados, a las
infinitas salas de té y a los restaurantes rápidos donde disfrutar de un
hummus, un kanafa o un shwarma.
ESCENA 2. El esplendor intacto de Jerash
Sólo a media hora en coche al norte de Amman se halla la ciudad
grecorromana de Jerash (Gerasa en los tiempos antiguos) que ha estado
habitada ininterrumpidamente desde hace más de 6.500 años. El lugar está
reconocido actualmente como una de las ciudades provinciales romanas
mejor conservadas del mundo, con pavimentos y calles adornadas con
cientos de columnas, templos elevados, espectaculares teatros,
espaciosas plazas públicas, mercados, baños y manantiales.
La zona ha sido habitada desde el Neolítico y perteneció a la Decápolis,
bajo el dominio del emperador Pompeyo, una liga comercial de diez
ciudades a través de todo Oriente Próximo. Jerash alcanzó su esplendor a
principios del siglo III, pero comenzó a decaer después de sufrir una
serie de invasiones cristianas y musulmanas, seguidas de un terremoto en
el año 747. Aunque las excavaciones empezaron en la década de 1920, se
calcula que sólo un veinte por ciento de la ciudad ha sido descubierta.
La entrada de Jerash fue antaño un Arco de Triunfo pero actualmente se
accede por la Puerta Sur. Dentro de la muralla urbana se puede admirar
el Templo de Zeus y el Foro, con forma oval. Detrás del templo está el
Teatro del Sur, construido en el siglo I, que tuvo capacidad para unos
cinco mil espectadores, y más al norte se levanta la calle de las
columnas de 600 m de longitud. El edificio de mayores dimensiones es el
templo de Artemisa, en el centro.
La compañía teatral "Jerash Heritage Company" lleva a cabo una
reproducción diaria del proyecto RACE en el hipódromo de Jerash. Las
siglas significan Roman Army and Chariot Experience y hacen referencia a
la representación del ejército y las cuádrigas romanas que ocuparon la
ciudad. El espectáculo tiene lugar dos veces al día y presenta a
cuarenta y cinco legionarios vestidos completamente con una armadura e
inmersos en una demostración del ejército romano, con sus técnicas e
instrucciones militares, diez gladiadores que luchan "hasta la muerte" y
varias cuádrigas romanas que compiten en una clásica carrera de siete
vueltas por el antiguo hipódromo.
El Festival de Jerash, que se celebra todos los años en julio,
transforma la antigua ciudad en uno de los acontecimientos culturales
más emocionante y espectacular del mundo.
ESCENA 3. La privilegiada posición de Umm Qais
Además de Amman y Jerash, Gadara (ahora Umm Qais) y Pella
(ahora Tabaqat Fahl) fueron en un principio, ciudades de la Decápolis y
ambas son de un atractivo único y particular. Famosa por la historia
bíblica de los cerdos gadarenos, Umm Qays está reconocida actualmente
como un importante centro cultural. Se encuentra encaramada en la cima
de una colina dominando una zona fronteriza formada por Israel, Jordania
y Siria, frente a los altos del Golán y con vistas al Valle del Jordán y
el lago Tiberiades. Desde la terraza del restaurante, situado en lo alto
de la colina, se contempla una extraordinaria panorámica y durante el
invierno, en días claros, se puede incluso ver la cumbre cubierta de
nieve del monte Hermon.
Por este enclave pasaron Alejandro Magno, los seleúcidas, los romanos,
el Imperio Bizantino y finalmente los árabes. Cada civilización dejó su
huella cultural en esta tierra que hoy se puede contemplar en forma de
restos arqueológicos, como el teatro de piedra basáltica negra, la
basílica, el mausoleo subterráneo y los baños públicos que dan fe de la
importancia que la ciudad tuvo en el pasado. Sus esbeltas columnas de
basalto negro, que dominan todo el paso natural del valle del Jordán,
son un auténtico sello de identidad.
Las ruinas no son tan impresionantes como las de Jerash, pero a cambio
se puede disfrutar de ellas casi en soledad porque los turistas no son
tan abundantes. También ofrecen el original contraste entre la ciudad
romana en ruinas y una aldea de la época otomana relativamente intacta.
El encanto de Um Qais todavía permanece hoy en día. Una gran parte del
Teatro Romano del oeste ha sobrevivido a los avatares de la historia.
Sobre los corredores abovedados se apoyan las filas de asientos,
construidos con piedra basáltica de gran dureza. Cerca de la orquesta se
abre una fila de asientos escarbados finamente elaborados destinados a
las autoridades, y en el centro, se elevaba una gran estatua de mármol
sin cabeza que representaba a Tyché y que ahora se muestra en el museo
local.
ESCENA 4. La ciudad de los mosaicos
El viaje hacia el sur de Amman a lo largo de la Carretera del Rey de
5.000 años de antigüedad, es uno de los más memorables periplos en
Tierra Santa, que recorre un rosario de lugares antiguos. La primera
ciudad que se encuentra en el camino es Madaba, mencionada en la Biblia,
y conocida como "la ciudad de los mosaicos". La principal atracción en
la ciudad es un maravilloso mapa mosaico bizantino procedente del siglo
VI que representa Jerusalén y Tierra Santa. Está formado por dos
millones de piezas y muestra con pulcra minuciosidad el Nilo, el mar
Muerto y Jerusalén, incluida la iglesia del Santo Sepulcro. Este mosaico
se halla en la iglesia griega ortodoxa de San Jorge. La mayor parte de
Madaba es en la actualidad un parque arqueológico cuidadosamente
restaurado, que incluye las iglesias del siglo VII de la Virgen y la del
profeta Elías, y el templo de Hipólito. Este último alberga un mosaico
que refleja escenas de la tragedia de Fedra e Hipólito, también se
encuentran cientos de otros mosaicos repartidos por las iglesias y casas
de toda Madaba.
No muy lejos del museo se encuentra la innovadora Escuela de Mosaicos de
Madaba que bajo los auspicios del Ministerio de Turismo forma técnicos
en el arte de la reparación y restauración de mosaicos. Es el único
proyecto de este tipo en Oriente Medio. El reconocimiento del valor que
supone invertir en conservación y conocimientos históricos, ha atraído a
Jordania a los mejores y más modernos estudiosos y artistas, desde
arqueólogos hasta arquitectos, interesados en colaborar en la
conservación e interpretación de sus valiosos mosaicos. Para conservar
distintas piezas importantes recientemente descubiertas, se ha
construido en Madaba, un amplio parque arqueológico y un complejo
museístico para albergarlos.
El parque reúne los restos de diversas iglesias bizantinas, entre ellos,
los fantásticos mosaicos de la Iglesia de la Virgen y el Vestíbulo de
Hipólito. Algunos de los edificios adyacentes al complejo son la sede de
una escuela para la restauración y conservación de los mosaicos
antiguos.
ESCENA 5. El monte de Moisés
A diez minutos hacia el oeste desde Madaba se encuentra el lugar más
venerado de Jordania, junto al río Jordán: el monte Nebo, el monumento a
Moisés y donde presuntamente murió a la edad de 120 años y fue enterrado
el profeta. Desde una plataforma situada delante de la iglesia se puede
disfrutar de una espectacular vista sobre el valle del Jordán y el Mar
Muerto. Esta es la misma que Dios mostró a Moisés, con el fondo de la
Tierra Prometida, pero a la que jamás pudo llegar.
Poco más hay en esta cumbre. El museo contiene interesantes mosaicos y
un mapa en tres dimensiones de la zona y en la basílica, con partes del
siglo VI, hay un espectacular mosaico de 9 x 3 metros muy bien
conservado que representa escenas de caza y pastoreo, así como una
amplia variedad de animales africanos.
En el mirador hay un gran monumento moderno en bronce que representa el
sufrimiento y muerte de Jesús en la cruz y la serpiente que Moisés
levantó en el desierto. Parece el lugar ideal para hacerse una foto,
como en su visita hizo Juan Pablo II.
Otros lugares de interés en las proximidades son Machaerus (ahora
Mukawir), la fortaleza de la cima de la montaña, donde Juan el Bautista
fue encarcelado y decapitado; y Umm ar-Rasas, que aloja algunos de los
más finos mosaicos de iglesias bizantinas en Oriente Medio y la torre
bizantina de 15 metros de altura.
ESCENA 6. Mágico camino a Petra
Sin duda el punto central de una visita a Jordania es Petra. Pero
como ocurre, por ejemplo, con las óperas, a veces la obertura impresiona
más que la trama central. Así ocurre en cierto modo en Petra. Tras la
entrada principal, y después de sortear o aceptar a los chavales que
ofrecen hacer el recorrido en burro, caballo o calesa, el visitante
llega al comienzo del impresionante "Siq", que al principio parece un
corto paso entre rocas y pronto se descubre como una inmensa grieta en
la piedra de arenisca que se abre a lo largo de un kilómetro y medio
entre profundos acantilados que en ocasiones ofrecen 200 metros de
altura por sólo cuatro de ancho.
Este es el camino hacia el Tesoro, la senda permitida dentro del gran
parque nacional que es Petra. La Policía del Desierto, con sus túnicas
verde caqui, sus fajines, los cuchillos al cinto y los fusiles al
hombro, se encargan de disuadir a los visitantes aventureros de acampar
en las montañas, como hasta hace poco solían hacer. Lo que los turistas
llaman Petra, es una fracción --la más espectacular-- de un área de 264
kilómetros cuadrados, Parque Arqueológico Nacional desde 1993.
Desde su centro, Petra se ramifica, durante 853 kilómetros cuadrados, en
un laberinto de wadis o cauces de ríos secos, y antiguas rutas de
caravanas que llevaron incienso de Omán a Gaza y regresaron cargadas con
brazaletes de oro de los talleres de Alepo, hacia los zocos de Yemen. Un
entramado de siglos que empezó a forjarse cuando el pueblo nabateo llegó
a Petra en el siglo IV a.C., y desalojó de estas tierras a sus antiguos
pobladores, los edomitas.
Este pueblo de pastores nómadas supo comprender que el enclave era
perfecto para controlar las rutas comerciales, recaudando aranceles por
atravesar el territorio que hicieron suyo. Las quebradas, riscos y
barrancos de Petra se convirtieron en su fortaleza de piedra. La
bautizaron Requem, nombre semítico que alude a una tela de variados
tonos, con que el que evocaron las coloridas vetas y jaspeados de las
rocas de Petra, de las que se extraen polvos de arenisca de nueve
tonalidades.
Pero mucho más que nueve tonos se descubren en el paseo hacia el corazón
de la misteriosa ciudad. Da lo mismo la hora en que se haga porque con
el sol alto o bajo, incluso a las luz de las velas y las estrellas, las
luces y sombras crean un mundo fantástico y fantasmagórico que cambia
radicalmente de aspecto con solo volver la vista atrás.
En este "Siq" no importa tanto descubrir el magistral canal que dirigía
el curso del agua, o los resto de calzada de la época de los romanos o
incluso algunas figuras en relieve que reflejan las múltiples caravanas
de camellos que hasta aquí llegaban. Lo realmente impresionante es
sentirse envuelto por la magnitud de las rocas, por los reflejos del
sol, por la escasa vegetación que pugna por hacerse un hueco entre las
piedras.
Todos saben que al final del camino está la joya que tantas veces han
visto en fotos y películas, pero no hay que tener prisa por llegar.
Incluso si al final del largo pasillo no hubiera nada, ya habría
compensado el viaje.
ESCENA 7. La piedra majestuosa
Pero, claro, al final del camino está Petra y, como primera imagen
de lo que luego espera, nada menos que la fachada impresionante de El
Tesoro. Unos metros antes, las parejas se cogen de la mano emocionadas,
los grupos guardan silencio, los pasos se aminoran hasta conseguir que,
como un telón que estuviera descorriéndose, los dos abismos de piedra
vayan aumentando el hueco y dejen paso al escenario.
Por mucho que se haya visto, que se haya imaginado, que se haya soñado,
la primera visión de la fachada terrosa y rosada de El Tesoro con sus
relieves carcomidos por el tiempo, la lluvia y el viento, sus columnas
corintias, sus hornacinas que contienen esbozos de figuras, sus
capiteles... todo ello ganado pacientemente a la piedra por manos
nabateas deja un poso de asombro difícil de superar. Un buen conocedor
de estas tierras, Lawrence de Arabia, lo expresó sabiamente: «Nunca
sabrás qué es Petra realmente, a menos que la conozcas en persona».
Porque en Petra, en la inmensa ciudad que es Petra, con sus más de 500
tumbas que decoran las paredes rojizas del valle, lo que priman son las
emociones más que el asombro arquitectónico o el misterio de su origen.
Si esto es una ciudad ¿dónde están las viviendas? La luz escoge
caprichosa su tonalidad, siempre en la gama de los rosas, decorada con
vetas amarillas, blancas, verdes, naranjas y grises. Piedras que en
pequeños pedazos venden los niños que persiguen al viajero, polvos de
nueve colores naturales con los que habilidosas manos crean diminutos
dibujos en el interior de botellas, un arte que comenzó Mohamed Abdullah
Othman en la década de los 60 cuando tenía 10 años en el interior de una
ampolla de penicilina y que hoy sigue su hermano Hussein y unos cientos
de pacientes artistas más.
En el recorrido por la ciudad, que algunos hacen a caballo, en calesa,
en burro o en camello, salen al paso la Tumba de la Seda que destaca
precisamente por el color de su fachada, así como la Tumba Corintia se
distingue por la bella combinación de sus elementos clásicos y nabateos.
La de la Urna, que posteriormente fue transformada en una iglesia
bizantina, contaba con una habitación inmensa en su interior, que quizás
servía de triclinio para festejos funerarios.
Pero la mejor forma de recorrer Petra es caminando lentamente, con un
buen repuesto de agua y un sombrero que proteja del implacable sol. Hay
que reservar las fuerzas, porque en el tramo final espera la caminata de
una hora hasta el colosal Monasterio --de formas parecidas al Tesoro,
pero mucho mayor--, una tortuosa ruta excavada en la roca, con más de
800 peldaños. Desde allí se domina el magnífico paisaje de riscos y
quebradas y se vislumbra el impresionante desierto rocoso que rodea a
Petra.
Poco de lo que ahora contempla el viajero pudo disfrutar el primer
occidental que penetró en Petra, el joven explorador suizo Johann Ludwig
Burckhardt, quien tardó tres años en labrarse la confianza de las tribus
árabes que merodeaban por la zona, aprendió árabe, vestía como un
beduino, se convirtió al Islam y adoptó el nombre Ibrahim Ibn Abd Allah...
Todo para estar un único día en medio de este paraíso y poder reflejar
escuetamente en su diario: «Si mis conjeturas son ciertas, este lugar es
Petra». Era el 12 de agosto de 1812. Las prisas del suizo tenían que ver
con la desconfianza de sus anfitriones, pero también con su acelere
vital: todavía tenía que descubrir Abu Simbel y explorar la Meca. Hizo
todo eso antes de morir con sólo 33 años.
ESCENA 8. Un desierto sin arena
Tras las emociones de distinto tipo que despiertan los restos
de imponentes culturas, se hace necesario buscar el relajo de la
naturaleza que aquí se presenta sobre todo en forma de desiertos. Cierto
es que los desiertos de Jordania están salpicados de fincas agrícolas,
fuertes, pabellones de caza, caravanserais y antiguos castillos, alguno
tan impresionante y bien conservado como el de Qusayr'Amra declarado
Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con muros y techos interiores
cubiertos de pinturas al fresco y habitaciones que aún conservan sus
suelos de mosaico colorista. Cierto también que cerca está la Reserva
Natural de Dana, de 300 kilómetros cuadrados, que se extiende desde la
cima del valle del Rift hasta las tierras bajas desérticas de Wadi
Araba, que acoge especies como el orix árabe, el avestruz, la gacela, el
onagro y el íbex nubian, y en la que se puede hacer escalada de cascadas
y otras aventuras.
Pero sin duda su principal maravilla natural es el paisaje desértico más
imponente del mundo, Wadi Rum. Este inagotable desierto es un paraíso
para los amantes de la naturaleza. Aquí, los montañeros más atrevidos
desafían sus montañas y los amantes de los paseos disfrutan de la paz y
la tranquilidad de sus maravillosas vistas, las paredes de roca y los
interminables espacios abiertos.
Las montañas de colores cambiantes con la luz del día emergen de forma
vertical de la llanura arenosa. Lawrence de Arabia pasó buena parte de
su tiempo aquí, y muchas de las escenas de la película de David Lean se
filmaron en esta zona. Wadi Rum es un paisaje de extrañas formaciones
rocosas ascendentes y descendentes, conocidas como jabals. No hay
que perderse la experiencia de contemplar una puesta de sol mientras se
disfruta un té recién preparado, alojarse en un campamento beduino,
saborear un cordero cocinado en la arena y fumar una aromática pipa de
agua bajo millones de estrellas.
ESCENA 9. Un mar de mil colores
Le llaman Rojo, pero bien podría haberse bautizado como verde, rosa,
amarillo, azul, naranja... tantos colores como la naturaleza ha
derramado en estas aguas en forma de corales, plantas y peces. La puerta
de entrada jordana al Mar Rojo, que comparte con media docena de países,
es Aqaba, la única ciudad portuaria de Jordania y seguramente la más
animada y frecuentada por los amantes de los deportes. Sus aguas
cristalinas, la abundante vida marina y el agradable clima, la
convierten en un destino ideal para el snorkel, el buceo y los deportes
acuáticos durante todo el año.
Hace diez años se creó el Parque Marino de Aqaba que alberga el 80% de
las playas públicas jordanas y la mayor parte de los sitios para
practicar submarinismo y bucear. En todo el parque está prohibida la
pesca y se ha limitado el número de barcos. Se han construido
embarcaderos para que los submarinistas y buceadores puedan lanzarse al
agua desde allí en lugar de ir caminando sobre el coral desde la playa.
ESCENA 10. Donde todos los milagros son
posibles
Se acerca el final del recorrido por estas tierras en las que
la religión, la cultura, la naturaleza y los humanos parecen haber
conseguido una simbiosis contagiosa. En el camino hacia el Mar Muerto se
cruzan lugares donde debieron estar Sodoma y Gomorra, las aguas en las
que Cristo fue bautizado, el castillo en el que Salomé se encaprichó de
la cabeza de Juan el Bautista, la cueva en la que Lot se refugió tras
ver convertida a su mujer en estatua de sal...
Cuando se atraviesan los lujosos hoteles y balnearios en la orilla del
Mar Muerto, con las impresiones bíblicas en la cabeza, y se penetra en
sus densas aguas uno podría creerse el mismísimo Jesús y estar caminando
sobre las aguas. Caminar, caminar, no, pero flotar como si no existiese
la gravedad, leer el periódico o tomar una copa sin hacer el menor
esfuerzo por flotar es uno de los milagros que están al alcance de la
mano. Como cambiar de color como Michael Jackson pero al revés, gracias
a los barros terapéuticos. Experiencias de hoy que ya probaron en su día
Herodes el Grande o Cleopatra, entre otros. Ricas en minerales vertidos
desde los valles circundantes, las densas aguas del Mar Muerto tienen
además cualidades curativas.
Sin embargo este prodigio natural corre el peligro de convertir su
nombre en una realidad: un mar muerto con fecha fija, no más de
cincuenta años. Cada año el punto más bajo de la tierra desciende un
poco más, casi un 30% de su superficie original ha desaparecido debido
sobre todo a que apenas recibe agua del estancado río Jordán, por la
utilización de esa escasa agua para el riego o para fabricar potasa y
por la elevada evaporación.
Para intentar invertir esta situación se ha proyectado la construcción
del "canal de los dos mares" de 180 km. entre el Mar Rojo y el Mar
Muerto. El objetivo es frenar la caída de agua, lograr recuperar los
niveles históricos y, de paso, producir electricidad que alimente las
plantas desalinizadoras que habría que construir en Jordania, Israel y
los territorios palestinos. Así, cerca del 45% del agua trasvasada se
convertiría en agua dulce. Sería el último milagro, éste de la mano de
los hombres, en una tierra que parece propicia a ellos. Un milagro que
requiere unos miles de millones de dólares, pero, sobre todo, la
voluntad unida de pueblos vecinos empeñados en vivir en paz.
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