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La ubicación de Oporto, al norte del país, consigue que sea un destino
menos visitado, eclipsado por la siempre poética Lisboa, el glamour de
Estoril, las soleadas playas del sur en el Algarve, o la piadosa visita
a Fátima.
Del mismo modo que en Lisboa con el río Tajo, la urbe de Oporto queda
divida por un gran torrente, el Duero, -aquí denominado Douro-, que
separa dos ciudades en dos orillas. Otro paralelismo con la capital
lisboeta es que un caudaloso río encuentra la antesala del fin de las
aguas dulces, la desembocadura que abraza el inmenso Océano Atlántico,
tras un cauce de más de 900 kilómetros.
Pero además del carácter que imprime el Duero a la ciudad, también
destaca su coqueto casco antiguo, que trepa escalonadamente una colina
desde la orilla del río, surcando un recorrido por callejuelas
estrechas, algunas con carácter humilde y decadente, en cuyos altos se
encuentran una variedad de miradores al río. Muchas de estas terrazas
coinciden en los más importantes monumentos, como la Sé o Catedral, pero
sin duda algunas de las mejores vistas se contemplan en la cúspide de
los elevados puentes que sortean el torrente.
El carácter de Porto, -como se le conoce en portugués-, se encuentra en
la antigua zona portuaria, donde perduran las típicas casas de estilo
luso, de arquitectura estrecha y alargada. Unos edificios con carácter
propio, donde resalta su revestimiento con azulejos de estridentes
colores y balcones con barandillas forjadas, en las que se cuelga la
ropa a secar hacia la calle, que recuerda escenas de antiguos barrios
mediterráneos.
Este antiguo puerto fluvial, conocido como la Ribeira, se extiende por
las orillas del río próximas a la urbe. Actualmente se ha convertido
únicamente en un atractivo turístico, un vestigio del pasado glorioso de
cuando controlaban los ingleses el comercio del vino de Oporto,
dibujando una estampa que conserva aún el encanto de otros tiempos.
Y este paisaje arquitectónico antiguo se refuerza con la presencia en
los muelles de las barcas tradicionales, conocidas como rabelos, cuyas
alargadas siluetas reflejan esta ruta fluvial, y rememoran con su diseño
al de embarcaciones de civilizaciones milenarias. Estas viejas
reproducciones, convertidas también en cartel publicitario de las
principales marcas de vino, imprimen a la ciudad el viejo esplendor de
la capital del vino europeo. Recuerdan, como un vestigio, cuando se
transportaban los pesados toneles por el cauce, surcando un angosto
periplo fluvial que empezaba cien kilómetros río arriba, desde los
fértiles valles del Douro, donde se cultivan aún en la actualidad las
uvas que fermentan estos caldos.
Estos viejos muelles fluviales, ubicados en este barrio del Barredo, o
Cais da Ribeira, nos transportan al auténtico sabor de otros tiempos. El
viejo barrio, a pesar de conservar su antigua estampa, se ha ido
adaptando al atractivo turístico que despierta. Las viejas dependencias
portuarias se han transformado en tascas y tabernas con encanto, donde
poder tomar un tentempié.
Tras el recorrido por la urbe, nada más reconfortante que comer un
típico y sabroso bacalao sentado en una terraza, mientras se contempla
la mejor panorámica del caudal y el trajín de barcos de otra época.
Nunca podría ser el mismo paso por esta ciudad sin recorrer una ruta por
el río en uno de los barcos turísticos que realizan los cruceros por el
Duero.
Un puente con personalidad
Pero además de las viejas casas portuarias, otro icono que dota de
personalidad a la Ribeira, y a la misma ciudad, es la silueta del gran
puente metálico Luis I, diseñado por un discípulo del famoso Eiffel.
Esta estructura inquebrantable, elevada ya a la categoría de pieza
artística, se convierte en una pasarela imprescindible para cruzar el
Duero, andando o en coche, y sobre todo para llegar a las famosas
bodegas que se apiñan en la otra orilla.
El puente hace de frontera ficticia con Vilanova de Gaia, otra ciudad
distinta, aunque parezca una sola, separada de Oporto únicamente por el
cauce del río, aunque la perspectiva parece unificarlas. En Vilanova se
apiñan los enormes almacenes que albergan estas famosas cavas, donde
madura en sus penumbras el célebre vino de Oporto durante décadas, cuyos
caldos han dado durante siglos prestigio mundial a esta ciudad.
Otro de los atractivos de esta ciudad de la otra orilla, además de las
numerosas bodegas, consiste en caminar por su cuidado paseo fluvial,
donde también atracan otras réplicas de viejos barcos rabelos. Un lugar
para relajarse, mientras se contempla el mejor perfil del casco antiguo
de Oporto, y vistosos atardeceres desde el otro lado del río.
La visita a cualquiera de las 16 cavas, donde envejecen los toneles de
roble, es todo un paso por la cultura del vino, que tiene su recompensa
con la degustación de una copita de este licor. Eso sí, el fin del
recorrido coincide junto a una gran tienda, por aquello del que quiera
llevarse botellas a su casa. La mayoría de las bodegas no cobran la
entrada, ya que se contempla como una estrategia de marketing, por lo
que mejor te informes la visita que es gratis, para evitar pagar unos
euros sin necesidad.
Navegar como los antiguos toneleros
De vuelta al puerto de la Ribeira, no puedes dejar de lado un crucero en
las enormes réplicas de rabelos por el río Duero, una experiencia
imprescindible para completar el paso por este ambiente marinero añejo y
de la cultura del vino. En el puerto parten casi cada hora travesías de
unos 50 minutos que llegan hasta la desembocadura. Un recorrido que pasa
por debajo de los puentes históricos y modernos, que tiene un precio
aproximado de unos siete euros.
El recorrido ofrece una panorámica inigualable de toda la ciudad
antigua, puentes de varias épocas, así como el perfil de las enormes
bodegas, mientras en la senda acaricia la brisa del río al pasajero y se
puede vislumbrar el abrazo natural de la desembocadura del río con el
gran océano.
Para los amantes de estas expediciones fluviales, las navieras ofrecen
distintas posibilidades, de una jornada, incluso de varias noches,
alguna de ellas alcanza la mismísima frontera española, con tarifas
diversas.
Saliendo de la Ribeira
Normalmente la visita habitual a Oporto suele empezar y acabar por el
viejo puerto, contemplando su puente metálico y las bodegas, ya que
muchos de los turistas realizan una corta parada de poco más de medio
día para conocer este barrio antiguo y proseguir el viaje por otros
puntos del país.
Pero en el centro de Oporto hay otros puntos que alargarían una
agradable y variada visita a esta ciudad, como la famosa iglesia de San
Francisco, cuyo interior destaca por el impresionante revestimiento de
oro en sus tallas barrocas. Una exhibición de riqueza que produjo la
indignación de los propios franciscanos, que incluso prohibieron el
culto por incumplir el voto de pobreza que pregona esta hermandad.
Otro de los lugares más visitados está en este barrio próximo al puerto
da Ribeira, en la misma plaza de esta iglesia de San Francisco, es un
enorme edificio conocido como Palacio de la Bolsa, sede de la Asociación
Comercial de Oporto y que se puede acceder como si fuera un museo.
Aparte de su arquitectura y curiosidades artísticas, destaca por la
posibilidad de visitar su pintoresco Salón Árabe, una amplia sala
inspirada en nuestra Alambra de Granada y que sirve para recepciones de
grandes mandatarios.
No dejamos esta parte de Oporto, próxima a la Ribeira, para montar en
uno de los vetustos tranvías, parecidos a los que circulan por Lisboa,
que recorren la orilla del río hasta llegar en unos cuatro kilómetros a
las playas de Foz. En este punto costero, se pueden saborear agradables
caminatas bordeando su paseo marítimo, que franquea al fiero océano,
escenario de tantas gestas de valientes descubridores portugueses.
Resultaría inacabado el viaje por esta ciudad sin probar un recorrido en
estos vagones de antaño, saboreando el traqueteo entre detalles
vetustos, como asientos de mimbre o campanas de cobre, mientras se
contempla desde la ventanilla las estampas marineras o los viejos
astilleros junto al caudal.
Una experiencia excitante para los amantes de este romántico transporte,
que tiene también su complemento en el Museo del Tranvía, donde se
exponen auténticas reliquias históricas en impecable estado de
conservación, incluso hay unidades que datan del siglo XIX. Podrás subir
y bajar por estos vehículos únicos, inmóviles en una antigua central
eléctrica, que recuerdan que Oporto fue la primera ciudad de la
Península,-por tanto, antes que en España-, en la que circularon los
tranvías.
Y además de los tranvías, también los trenes tienen su rincón histórico,
concretamente en la estación de Sao Bento, ubicada en el centro de la
ciudad. El vestíbulo principal se reviste casi en su totalidad con
20.000 azulejos que se pintaron en 1915 y en los que se representan
cuadros o pinturas con escenas históricas del país y oficios populares,
parece más un museo que una sala de espera ferroviaria.
Por el centro, hay otras visitas inevitables, como la famosísima Torre
de los Clérigos, que se dice que es el campanario más alto de Portugal,
con 76 metros de altura. Diseñada en el siglo XVIII por un afamado
italiano, el único inconveniente es que hay 225 peldaños que trepar. Eso
sí, tras los inevitables jadeos, en las alturas, gozarás de una
envidiable vista de la ciudad, parecerás su amo.
En la misma plaza que se ubica los Clérigos hay un rincón con
personalidad: la librería Lello&Irmao, abierta desde 1906. En su
interior destaca su exuberante decoración en madera y vistosas escaleras
de caracol. Para los portugueses es la librería más bella del mundo,
posiblemente no encentres otra igual en toda la península.
Otro establecimiento con encanto es la antigua cafetería Majestic, con
un estilo de Belle Epoque y que transmite ese aire elegante de época
dorada, un toque romántico que recuerda aquellos lugares de tertulia de
artistas e intelectuales.
Cerca de esta cafetería, más comercios sacados de otros tiempos, una
tienda típica de ultramarinos, conocida como la Peroa do Bolhao, que
expone en sus vidrieras los productos más típicos de Portugal, pero los
que llama su atención es su fachada modernista de 1917, que se decora
con artísticos dibujos
En esta ruta por lugares antiguos y vetustos con encanto, sobresale el
mercado del Bolhao. Una vuelta al pasado donde vendedoras del campo
ofrecen productos fresquísimos que despertarán tus sentidos; pescados,
frutas, vinos carnes, pan artesano, bacalao... no es difícil encontrar
las más variadas y sorprendentes materias primas, que dan el sello de
calidad y toque artesanal a los mejores restaurantes de la ciudad.
Y por esta zona, en la misma avenida donde se ubica la cafetería
Majestic, podrás disfrutar de compras de todo tipo de moda en la calle
comercial de Santa Catarina.
No tendrás tiempo de aburrirte en Oporto, puedes pasar perfectamente
varios días. La cantidad de monumentos, museos e iglesias que se
reparten por la ciudad, permiten realizar rutas por distintas épocas
arquitectónicas, no es de extrañar que la UNESCO la declarara Patrimonio
Mundial de la Humanidad.
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