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 José Luis Lago García

Oporto, vinos, puentes y cruceros por el río Duero

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La importancia de esta ciudad se encuentra en su propio nombre, ya que se dice que de Oporto deriva el nombre del país: Portugal, seguramente procede del viejo topónimo de Porto Cale. La segunda ciudad de la nación destila personalidad para el viajero, que disfruta del paseo en réplicas de barcas antiguas por la desembocadura del río Duero y la inevitable visita a enormes bodegas, repletas de grandes toneles de roble en los que maduran los vinos que dan fama mundial a la ciudad. Monumentos históricos por el centro de la urbe, o un romántico paseo en un tranvía vetusto bordeando la orilla del gran río, son otros de los personales atractivos de esta capital del norte.

La ubicación de Oporto, al norte del país, consigue que sea un destino menos visitado, eclipsado por la siempre poética Lisboa, el glamour de Estoril, las soleadas playas del sur en el Algarve, o la piadosa visita a Fátima.

Del mismo modo que en Lisboa con el río Tajo, la urbe de Oporto queda divida por un gran torrente, el Duero, -aquí denominado Douro-, que separa dos ciudades en dos orillas. Otro paralelismo con la capital lisboeta es que un caudaloso río encuentra la antesala del fin de las aguas dulces, la desembocadura que abraza el inmenso Océano Atlántico, tras un cauce de más de 900 kilómetros.

Pero además del carácter que imprime el Duero a la ciudad, también destaca su coqueto casco antiguo, que trepa escalonadamente una colina desde la orilla del río, surcando un recorrido por callejuelas estrechas, algunas con carácter humilde y decadente, en cuyos altos se encuentran una variedad de miradores al río. Muchas de estas terrazas coinciden en los más importantes monumentos, como la Sé o Catedral, pero sin duda algunas de las mejores vistas se contemplan en la cúspide de los elevados puentes que sortean el torrente.

El carácter de Porto, -como se le conoce en portugués-, se encuentra en la antigua zona portuaria, donde perduran las típicas casas de estilo luso, de arquitectura estrecha y alargada. Unos edificios con carácter propio, donde resalta su revestimiento con azulejos de estridentes colores y balcones con barandillas forjadas, en las que se cuelga la ropa a secar hacia la calle, que recuerda escenas de antiguos barrios mediterráneos.

Este antiguo puerto fluvial, conocido como la Ribeira, se extiende por las orillas del río próximas a la urbe. Actualmente se ha convertido únicamente en un atractivo turístico, un vestigio del pasado glorioso de cuando controlaban los ingleses el comercio del vino de Oporto, dibujando una estampa que conserva aún el encanto de otros tiempos.

Y este paisaje arquitectónico antiguo se refuerza con la presencia en los muelles de las barcas tradicionales, conocidas como rabelos, cuyas alargadas siluetas reflejan esta ruta fluvial, y rememoran con su diseño al de embarcaciones de civilizaciones milenarias. Estas viejas reproducciones, convertidas también en cartel publicitario de las principales marcas de vino, imprimen a la ciudad el viejo esplendor de la capital del vino europeo. Recuerdan, como un vestigio, cuando se transportaban los pesados toneles por el cauce, surcando un angosto periplo fluvial que empezaba cien kilómetros río arriba, desde los fértiles valles del Douro, donde se cultivan aún en la actualidad las uvas que fermentan estos caldos.

Estos viejos muelles fluviales, ubicados en este barrio del Barredo, o Cais da Ribeira, nos transportan al auténtico sabor de otros tiempos. El viejo barrio, a pesar de conservar su antigua estampa, se ha ido adaptando al atractivo turístico que despierta. Las viejas dependencias portuarias se han transformado en tascas y tabernas con encanto, donde poder tomar un tentempié.

Tras el recorrido por la urbe, nada más reconfortante que comer un típico y sabroso bacalao sentado en una terraza, mientras se contempla la mejor panorámica del caudal y el trajín de barcos de otra época. Nunca podría ser el mismo paso por esta ciudad sin recorrer una ruta por el río en uno de los barcos turísticos que realizan los cruceros por el Duero.

Un puente con personalidad
Pero además de las viejas casas portuarias, otro icono que dota de personalidad a la Ribeira, y a la misma ciudad, es la silueta del gran puente metálico Luis I, diseñado por un discípulo del famoso Eiffel. Esta estructura inquebrantable, elevada ya a la categoría de pieza artística, se convierte en una pasarela imprescindible para cruzar el Duero, andando o en coche, y sobre todo para llegar a las famosas bodegas que se apiñan en la otra orilla.

El puente hace de frontera ficticia con Vilanova de Gaia, otra ciudad distinta, aunque parezca una sola, separada de Oporto únicamente por el cauce del río, aunque la perspectiva parece unificarlas. En Vilanova se apiñan los enormes almacenes que albergan estas famosas cavas, donde madura en sus penumbras el célebre vino de Oporto durante décadas, cuyos caldos han dado durante siglos prestigio mundial a esta ciudad.

Otro de los atractivos de esta ciudad de la otra orilla, además de las numerosas bodegas, consiste en caminar por su cuidado paseo fluvial, donde también atracan otras réplicas de viejos barcos rabelos. Un lugar para relajarse, mientras se contempla el mejor perfil del casco antiguo de Oporto, y vistosos atardeceres desde el otro lado del río.

La visita a cualquiera de las 16 cavas, donde envejecen los toneles de roble, es todo un paso por la cultura del vino, que tiene su recompensa con la degustación de una copita de este licor. Eso sí, el fin del recorrido coincide junto a una gran tienda, por aquello del que quiera llevarse botellas a su casa. La mayoría de las bodegas no cobran la entrada, ya que se contempla como una estrategia de marketing, por lo que mejor te informes la visita que es gratis, para evitar pagar unos euros sin necesidad.

Navegar como los antiguos toneleros
De vuelta al puerto de la Ribeira, no puedes dejar de lado un crucero en las enormes réplicas de rabelos por el río Duero, una experiencia imprescindible para completar el paso por este ambiente marinero añejo y de la cultura del vino. En el puerto parten casi cada hora travesías de unos 50 minutos que llegan hasta la desembocadura. Un recorrido que pasa por debajo de los puentes históricos y modernos, que tiene un precio aproximado de unos siete euros.

El recorrido ofrece una panorámica inigualable de toda la ciudad antigua, puentes de varias épocas, así como el perfil de las enormes bodegas, mientras en la senda acaricia la brisa del río al pasajero y se puede vislumbrar el abrazo natural de la desembocadura del río con el gran océano.

Para los amantes de estas expediciones fluviales, las navieras ofrecen distintas posibilidades, de una jornada, incluso de varias noches, alguna de ellas alcanza la mismísima frontera española, con tarifas diversas.

Saliendo de la Ribeira
Normalmente la visita habitual a Oporto suele empezar y acabar por el viejo puerto, contemplando su puente metálico y las bodegas, ya que muchos de los turistas realizan una corta parada de poco más de medio día para conocer este barrio antiguo y proseguir el viaje por otros puntos del país.

Pero en el centro de Oporto hay otros puntos que alargarían una agradable y variada visita a esta ciudad, como la famosa iglesia de San Francisco, cuyo interior destaca por el impresionante revestimiento de oro en sus tallas barrocas. Una exhibición de riqueza que produjo la indignación de los propios franciscanos, que incluso prohibieron el culto por incumplir el voto de pobreza que pregona esta hermandad.

Otro de los lugares más visitados está en este barrio próximo al puerto da Ribeira, en la misma plaza de esta iglesia de San Francisco, es un enorme edificio conocido como Palacio de la Bolsa, sede de la Asociación Comercial de Oporto y que se puede acceder como si fuera un museo. Aparte de su arquitectura y curiosidades artísticas, destaca por la posibilidad de visitar su pintoresco Salón Árabe, una amplia sala inspirada en nuestra Alhambra de Granada y que sirve para recepciones de grandes mandatarios.

No dejamos esta parte de Oporto, próxima a la Ribeira, para montar en uno de los vetustos tranvías, parecidos a los que circulan por Lisboa, que recorren la orilla del río hasta llegar en unos cuatro kilómetros a las playas de Foz. En este punto costero, se pueden saborear agradables caminatas bordeando su paseo marítimo, que franquea al fiero océano, escenario de tantas gestas de valientes descubridores portugueses.

Resultaría inacabado el viaje por esta ciudad sin probar un recorrido en estos vagones de antaño, saboreando el traqueteo entre detalles vetustos, como asientos de mimbre o campanas de cobre, mientras se contempla desde la ventanilla las estampas marineras o los viejos astilleros junto al caudal.

Una experiencia excitante para los amantes de este romántico transporte, que tiene también su complemento en el Museo del Tranvía, donde se exponen auténticas reliquias históricas en impecable estado de conservación, incluso hay unidades que datan del siglo XIX. Podrás subir y bajar por estos vehículos únicos, inmóviles en una antigua central eléctrica, que recuerdan que Oporto fue la primera ciudad de la Península,-por tanto, antes que en España-, en la que circularon los tranvías.

Y además de los tranvías, también los trenes tienen su rincón histórico, concretamente en la estación de Sao Bento, ubicada en el centro de la ciudad. El vestíbulo principal se reviste casi en su totalidad con 20.000 azulejos que se pintaron en 1915 y en los que se representan cuadros o pinturas con escenas históricas del país y oficios populares, parece más un museo que una sala de espera ferroviaria.

Por el centro, hay otras visitas inevitables, como la famosísima Torre de los Clérigos, que se dice que es el campanario más alto de Portugal, con 76 metros de altura. Diseñada en el siglo XVIII por un afamado italiano, el único inconveniente es que hay 225 peldaños que trepar. Eso sí, tras los inevitables jadeos, en las alturas, gozarás de una envidiable vista de la ciudad, parecerás su amo.

En la misma plaza que se ubica los Clérigos hay un rincón con personalidad: la librería Lello&Irmao, abierta desde 1906. En su interior destaca su exuberante decoración en madera y vistosas escaleras de caracol. Para los portugueses es la librería más bella del mundo, posiblemente no encentres otra igual en toda la península.

Otro establecimiento con encanto es la antigua cafetería Majestic, con un estilo de Belle Epoque y que transmite ese aire elegante de época dorada, un toque romántico que recuerda aquellos lugares de tertulia de artistas e intelectuales.

Cerca de esta cafetería, más comercios sacados de otros tiempos, una tienda típica de ultramarinos, conocida como la Peroa do Bolhao, que expone en sus vidrieras los productos más típicos de Portugal, pero los que llama su atención es su fachada modernista de 1917, que se decora con artísticos dibujos. En esta ruta por lugares antiguos y vetustos con encanto, sobresale el mercado del Bolhao. Una vuelta al pasado donde vendedoras del campo ofrecen productos fresquísimos que despertarán tus sentidos; pescados, frutas, vinos carnes, pan artesano, bacalao… no es difícil encontrar las más variadas y sorprendentes materias primas, que dan el sello de calidad y toque artesanal a los mejores restaurantes de la ciudad.

Y por esta zona, en la misma avenida donde se ubica la cafetería Majestic, podrás disfrutar de compras de todo tipo de moda en la calle comercial de Santa Catarina. No tendrás tiempo de aburrirte en Oporto, puedes pasar perfectamente varios días. La cantidad de monumentos, museos e iglesias que se reparten por la ciudad, permiten realizar rutas por distintas épocas arquitectónicas, no es de extrañar que la UNESCO la declarara Patrimonio Mundial de la Humanidad.

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