Cuentan nuestros abuelos que hace 50 años podíamos encontrar
especies de tamaño y vistosidad comparable a la más bella fauna de los mares tropicales.
La contaminación unido a la sobrepesca (tanto amateur como profesional) nos ha privado de
ver solo parcialmente lo que cuentan los ancianos. Pero, como esbozábamos al principio,
no todo es un desastre, pues poco a poco se han ido protegiendo diversos espacios donde la
fauna se va recuperando de forma espectacular; tal es el caso de famosas reservas
naturales submarinas como las Islas Medes, la Isla de Tabarca, las Islas Columbretes o el
Archipiélago de Cabrera. En estos lugares se vuelven a encontrar grandes bancos de peces
que por un sexto sentido parecen saber que allí no serán pescados.
Esto contribuye a que estas especies
atraigan a sus depredadores, y con ello, un nuevo mundo comienza a renacer. Además,
después de todo, no hace falta recurrir a los grandes peces y mamíferos marinos para
recrearse en la vida subacuática. Casi siempre es más entretenido y gratificante la
observación de su microfauna.
Ante el ojo inexperto, es posible que
recorramos con la vista el paisaje marino sin percatarnos de la bulliciosa vida
invertebrada que se desarrolla a escasos palmos de nosotros, ya que en el mar, la
distribución y formas de vida se alejan enormemente de la configuración típica de los
ecosistemas terrestre. Con unas ligeras nociones de biología marina desvelaremos la hasta
entonces desconocida vida que reina bajo la superficie. Y es cuando disfrutaremos de
verdad de la observación al detalle de la fauna y flora marina, ya que en el medio
acuático muchos animales no aparentan lo que son, pareciendo vegetales lo que son
animales, confundiendo al profano.
Desde el instante mismo en el que permanezcamos una hora en apenas diez
metros cuadrados escudriñando cada hueco del relieve es que habremos empezado a descubrir
el mundo subacuático.
Una de las especies vegetales más
representativas del Mediterraneo, al ser endémica de él, y generadora de uno de los
ecosistemas marinos más importantes, es la Posidonia oceanica, planta
fanerógama acuática, confundida normalmente con un alga, que evolucionó a partir de
plantas terrestres. Precisamente, en estas praderas de Posidonia, no sólo se
realiza una parte importante de la oxigenación de las aguas, sino que también es donde
multitud de animales utilizan su protección tanto para ellas mismas como para sus huevas
y crías recién nacidas.
Los erizos y las salpas ramonean sus hojas, sobre las que también
crecen algas y pequeños animales coloniales, de esos que parecen plantas; las estrellas
de mar, sepias, caballitos de mar e infinidad de peces utilizan este bosque para aparearse
y ocultar sus frágiles puestas de la depredación. A la sombra de sus rizomas se
desarrollan algas propias de zonas más profundas. Alevines de todo tipo de peces,
cohombros de mar, crustáceos, y hasta morenas se movilizan por este laberinto vegetal que
sirve de protección para unos y como territorio de caza para otros.
Aunque los organismos marinos se implantan en todos los hábitats, es
en los sustratos duros, como los pecios, arrecifes artificiales, paredes y fondos rocosos,
al ser más estables, donde la diversidad y la exuberancia son la nota predominante.
Las paredes y grutas submarinas se encuentran tapizadas por gran
cantidad de invertebrados de diversas formas, tamaños y colores. Entre éstos, todavía
encontramos el codiciado coral rojo, muy utilizado en joyería y por el que cientos de
buceadores han perdido la vida al intentar recogerlo, corriendo más riesgos de los
necesarios, pues se encuentra a gran profundidad o en los recónditos huecos de las cuevas
submarinas. Actualmente, protegido con rigor, trata de recuperarse principalmente en
algunas zonas de la Costa Brava.
Y como
todo en la Naturaleza, las cosas no ocurren al azar, por ejemplo, es curioso comprobar que
las algas verdes y pardas están ancladas en el lado iluminado de los fondos rocosos, y en
el lado oscuro o a mayor profundidad lo están las algas rojas. Muchos animales intentan
pasar inadvertidos ya sea mediante coloraciones miméticas, como los lenguados; o con
extraños apendices como los pulpos. Otros exiben descaradamente exuberantes colores para
advertir que son venenosos y que no se los deben comer, como las babosas de mar, las
planarias, etc...
Ya en alta mar, no faltan los exageradamente temidos tiburones, los
simpáticos delfines y focas, sin olvidar las numerosas especies de pesca y el preciado
plancton, base de la cadena trófica.
De todo esto se deduce que el Mar Mediterraneo mantiene todavia una
enorme diversidad biológica, y aunque las empeoradas condiciones mantengan en jaque a
muchas especies y obliguen a adaptarse a otras, debemos intentar interaccionar
positivamente con él.