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Casi
tres mil horas de sol al año hacen de Sierra de Gata un lugar excepcional lleno de
contrastes. Allí, se funden el mar y la montaña creando un conjunto difícil de
describir en el cual, a pesar de la aridez que se aprecia a primera vista, es posible
contemplar un tipo de belleza distinto, alejado de las altas cumbres cubiertas de espesa
vegetación. En Cabo de Gata, por el contrario, las plantas muestran una
desacostumbrada rudeza, producto de su necesaria adaptación, y palmitos, pitas y
chumberas preludian el paisaje del cercano desierto de Tabernas. Un horizonte
reseco y polvoriento en el cual se intercala una estrecha línea costera rota por negros
acantilados y bellas calas.
Los acantilados no pueden ocultar su origen volcánico,
pero si encierran pequeñas playas semivirgenes a las, habitualmente, sólo se puede
llegar a pie y, en algunas ocasiones, únicamente por barco es posible acceder a ellas. En
cualquier caso, el contraste de la roca negruzca con el agua argentina es suficiente
invitación como para intentar, al menos, verlas desde la altura del barranco. Otras, más
grandes, como Monsul, El Playazo o la Isleta del Moro se muestran
más accesibles, pero no menos hermosas, pues comparten el negror de la roca, la limpidez
del agua y aportan dorada y fina arena en abundancia.
Con tales condiciones, no es pues extraño que se haya
declarada una concreta protección sobre la zona. Así, el Parque Natural del Cabo de
Gata-Níjar abarca el extremo oriental del municipio de Almería capital,
alargándose por el sur del término de Níjar hasta alcanzar Carboneras. El
lugar obtuvo tal declaración en 1987 y ocupa un total de veinte seis mil hectáreas de
tierra y otras doce mil de mar. Una especie de rectángulo que se extiende de norte a sur,
teniendo como eje principal la propia línea de la costa y que no puede negar la
influencia del cercano desierto almeriense que baja desde el Campo de Tabernas y
desde la sierra Alhamilla, localizándose dunas y salinas en la franja costera y un
paisaje de sierra de escasa altura azotada duramente por la erosión del viento, del sol y
de las aguas marinas.
Como tal, la sierra de Cabo de Gata se originó
durante un periodo volcánico que duró unos diez millones de años y que terminó hace
unos siete millones de años. En ese periodo de tiempo, se sucedieron varias fases de
reposo, erosión e influencia marina que, en la actualidad, se expresan en los tonos y las
texturas de las rocas. Además, se registra una rica variedad mineralógica, que incluye
oro, jaspe, ágata
especies todas ellas que se relacionan directamente con
alteraciones hidrotermales.
En el parque luce el sol durante 2.900 horas al año, lo cual
permite que las temperaturas medias se mantengan realmente altas, oscilando entre los doce
grados centígrados de mínima y los diecinueve grados centígrados de máxima. Del mismo
modo, las precipitaciones lluviosas son muy escasas, aportando no más de 170 milímetros
cúbicos de agua por metro cuadrado. Escasez acompañada de una completa irregularidad,
tanto en el espacio como en el tiempo, que puede provocar que, en un solo día, llueva
hasta el cuarenta por ciento de dicha cantidad en puntos muy concretos. Por ello, no es de
extrañar que sea un territorio sensiblemente seco, por el que corren algunos arroyos y
sólo tres ríos, San Pedro, Aguas y Las Negras, que llevan caudal en
los cortos periodos de lluvia. Además, en la mayoría de los casos los recursos hídricos
se encuentran contaminados por sales (cloruros y sulfatos de sodio y magnesio).
Todo ello, da como resultado un conjunto de paisajes erosionados,
tierra calcinada y vegetación rala elegido como único enclave europeo por el camachuelo
trompetero y donde crece la única palmera europea autóctona, el palmito.
El faro de Gata
Sin embargo, el paisaje no sólo se compone de dunas, arenas, reseca
lava y mar. En Cabo de Gata, al que se llega a través del oleaje artificial
compuesto por los plásticos que cubren los múltiples invernaderos, el paisaje se suaviza
y se endurece al mismo tiempo. La carretera se interna por algunas zonas húmedas y,
frente a la interminable playa del cabo, gira para correr paralela al mar. Al fondo,
espera la población de Almadraba de Monteleva y, aún más allá, la silueta negra
de la sierra.
Antes, Cabo de Gata ha ofrecido su hospitalidad,
propia de las pequeñas poblaciones de pescadores y veraneantes. El pueblo se levanta a la
orilla de la citada playa que, por la derecha, alcanza la capital y, por la izquierda, las
estribaciones serranas. Los restos arqueológicos hallados aseguran la presencia humana en
el lugar, desde, al menos, la época romana. De hecho, durante la dominación árabe era
ya un pequeño enclave de pescadores y en sus lagunas ya se extraía sal en el siglo XVI.
También como defensa frente a las incursiones de los piratas berberiscos se construyó
una atalaya que aún perdura.
Una vieja iglesia solitaria, construida casi en el borde del agua y
rodeada de arena, exhibe su figura melancólica y desgastada a la entrada de Almadraba
de Monteleva, mientras, sobre la arena, se han instalado casetas y barquezuelas de
pescadores y, un poco más allá, la fábrica de sal. El aprovechamiento salinero se
combina con la pesca del caramoño en las compuertas de las salinas y, a veces, son
visibles, cercanas a la costa, las almadrabas atuneras.
Pasado el pueblo, la carretera asciende y desciende, se estrecha y se
retuerce y el paisaje se torna seco antes de llegar al faro tras cruzar una breve vaguada
por entre rocas sombrías. El edificio no es visitable, pero sus alrededores ofrecen una
perspectiva impresionante, contrastando el suave oleaje con los bruscos recortes de las
montañas. Desde aquí, parte una carretera asciende a la cumbre del acantilado, donde
nace un sendero que lleva a San José. El acantilado está coronado por una antigua
torre defensiva y la altura, capaz de provocar vértigo, se rompe en brusco descenso hasta
la rocosa orilla del mar. A lo lejos, se aprecia la arenosa media luna de la playa de Monsul
y, detalladamente, la línea de costa recorta cada entrante y saliente, ofreciendo a la
vista apetecibles, minúsculas y solitarias calas.
La pétrea mole de Monsul, allí donde el director Steven
Spielberg rodó varias escenas de "Indiana Jones y la última cruzada",
oculta la fisonomía del pueblo de San José. El conjunto urbano, preñado de
blanco, se encuentra en una amplia bahía encajonada entre dos apretados montes. A pesar
del crecimiento que ha experimentado en los últimos años, San José no ha
olvidado que sigue siendo un pueblecito de pescadores en el cual el tiempo parece
transcurrir más despacio y los pasos se hacen lentos y pausados.
No es, sin embargo, el único pueblo donde la serenidad se enseñorea
de las calles. Los pueblos que salpican el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar
tienen un espejo en San José y, manteniendo cada uno su propia personalidad,
comparten tranquilidad y sosiego.
Campo de Níjar
Tal sucede con El Pozo de los Frailes, Las
Negras, Agua Amarga o Los Escullos, pequeños pueblos que han crecido
entre los palmitos, las pitas y el acebuche. Este último es una diminuta población
marinera que se encuentra al borde de la gran playa del Arco, donde aún se levanta
una torre vigía de tiempos árabes. Aunque playas hay muchas donde elegir, destacando,
sin duda, la de la Isleta del Moro o El Playazo de Rodalquilar, las
más grandes entre una serie de preciosas calas que llenan la distancia entre Punta de
Piedra Negra, de La Polacra y del Cerro Negro. Precisamente, en las
cercanías de Rodalquilar, en el Cerro del Cinto, se descubrió, a
principios de siglo, unas minas de oro cuya explotación comenzó en 1928, aunque se
abandonaron hace algunos años por falta de rentabilidad.
El fin de la carretera en el Las Negras obliga, de nuevo, a abandonar la costa e
internarse tierra adentro para alcanzar Carboneras. Estas tierras duras y
desérticas pertenecen a Campo de Níjar y alcanzan altura con rapidez: por Fernán
Pérez, la carretera corre por los mil metros sobre el nivel del mar. Níjar,
cabecera del municipio, es una pequeña ciudad que ocupa las laderas de Sierra
Alhamilla donde el descubrimiento de grandes acuíferos subterráneos han permitido la
introducción de los cultivos de invernadero.
Mas, al contrario que el resto de los pueblos de la zona, Níjar
oculta bajo el blanco de la cal de sus primeras calles una vieja ciudad de origen árabe,
de calles estrechas y empinadas. Los barrios del Portillo y la Ataluya
conservan en bastante buen estado la pureza de su primitiva construcción musulmana, en
cuyo centro se encuentra la iglesia dedicada a Santa María de la Anunciación,
templo construido en el siglo XVI y que luce un artesonado mudéjar con delicadas taraceas
en la nave central. No es el único contraste, pues la torre formó parte de una fortaleza
cristiana, hoy desaparecida, y la espadaña con el reloj fue añadida en el siglo XIX. Níjar
ofrece el aspecto de una ciudad más moderna, desentonando un tanto con el recogimiento
del resto de poblaciones que se integran dentro del Parque Natural, pero puede
presumir de ser un destacado centro alfarero donde se elabora tanto una cerámica
tradicional, vidriada y, fundamentalmente, utilitaria, como piezas de diseño puramente
ornamentales. No es la única artesanía destacada, pues no se pueden obviar sus tejidos,
en especial, las mantas y jarapas, excelente punto final e invitación constante para el
recuerdo de un lugar extraño, distinto y hermoso.
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