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PRIMERA. Sinfonía en blanco y azul
Poco podía imaginar el piadoso clérigo musulmán de nombre algo
complicado, Abou Said ibn Khalef ibn Yahia Ettamini el Beji, a quienes
sus fieles anteponían el calificativo de Sidi (señor), que el lugar que
eligió para aislarse del mundo y dedicarse a la oración, la meditación y
los debates teológicos junto a sus seguidores, acabaría convirtiéndose,
con el paso de los años, en uno de los centros de peregrinación de
artistas, escritores y bohemios de todo el mundo y también en lugar de
encuentro de todo tipo de viajeros. Pero aunque ahora ya no sea ese
sitio solitario y aislado en el que Sidi Bou Said, como solían llamarle
de forma abreviada, y otros soufitas (místicos) se recluían para estar
más en contacto directo con Alá, algunos de los atractivos que les
llevaron a este lugar siguen inalterables. Aquí el mundo parece haber
desaparecido, el firmamento está más cerca aupado sobre un acantilado
vertical de 140 metros, incluso los colores azul y blanco que inundan
toda la ciudad parecen reproducir los de ese cielo impoluto que se
acaricia con la punta de los dedos.
Nadie puede pasar por este lugar sin detenerse en su célebre Café des
Nattes, también conocido como Café de las Esteras, con las que está
decorado su suelo, aunque los tunecinos lo conocen simplemente como el
Kahwa el alya -el café en lo alto-. Las columnas interiores, con suaves
tonos rojos y verdes, los colores del Islam, recuerdan que el lugar
formó parte de la mezquita zaouita. Es un espacio tranquilo y lleno de
recogimiento, donde los hombres juegan al dominó o a la chkoba, un viejo
juego de cartas heredado de los napolitanos, o fuman con calma un
narguile, esa pipa tradicional árabe que permite absorber el humo del
tabaco a través del agua perfumada, limpiando sus impurezas. Pero lo más
solicitado son sus dos pequeñas terrazas que dominan parte de la ciudad
con el mar al fondo y ofrecen una buena perspectiva sobre su calle
principal, cuajada de tiendas donde se venden toda clase de recuerdos
típicos y puestos donde se puede, y se debe, practicar el difícil arte
del regateo para conseguir a precio de ganga una deliciosa muestra de la
artesanía local entre las que ocupa un lugar importante la confección de
jaulas de intrincado trabajo. El rito exige pedir un delicioso té a la
menta que sirven con un montón de piñones.
En el recorrido por Sidi Bou Said hay dos encuentros imprescindibles. El
primero es con sus gatos, que abundan de todos los colores y tamaños,
que aparecen recostados a la puerta de una casa, sobre los bancos de los
cafés o jugueteando entre los jardines. El segundo es con los vendedores
de ramilletes de jazmines, flor fetiche de Sidi Bou Said, que los
hombres llevan con frecuencia colgados tras la oreja y las mujeres
formando un collar alrededor del cuello, y cuyo penetrante aroma forma
parte de la ciudad.
Otro símbolo de ella son sus puertas. Puertas monumentales que dan
entrada a los palacios suntuosos, puertas modestas que ocultan zocos y
viviendas, puertas con arco de medio punto u ojivales, puertas de un
azul intenso o de un blanco luminoso, tachonadas de clavos y herrajes,
puertas rojas, verdes o negras, sí, aquí es el único espacio en que se
permiten una fantasía colorista. Y junto a ellas, las ventanas, las
rejas, los balconcillos con persianas, los toldos y las lonas que cruzan
las calles.
SEGUNDA. Las ruinas de la memoria
Al otro lado de la colina en la que eleva Sidi Bou Said se conservan las
ruinas de Cartago. Se trata, claro, del Cartago romanizado, ya que el
cartaginés, como se recordará por los manuales de Historia, fue
totalmente arrasado y cubierto de sal por un egregio miembro de la
familia patricia de los Escipión tras la tercera guerra púnica. Aunque
no queda gran cosa, el lugar ha merecido formar parte del Patrimonio de
la Humanidad.
El mejor punto de partida es la colina de Byrsa, que domina la zona y
proporciona una perspectiva general desde su cima. A sus pies se
encuentra la catedral de St Louis, visible desde algunos kilómetros a la
redonda. Es una construcción de proporciones descomunales, que fue
erigida por los franceses en 1890 y dedicada al rey santo que murió muy
cerca de aquí. El Museo Nacional es el gran edificio blanco ubicado en
la parte posterior de la catedral, y sus exposiciones, renovadas,
merecen un vistazo. La muestra púnica, en la planta superior, es muy
recomendable.
El anfiteatro romano en la parte occidental de Byrsa, a 15 minutos
andando desde el museo, fue uno de los más grandes del Imperio, aunque
hoy queda poco de su esplendor. La mayoría de sus piedras fueron
extraídas para otros proyectos de construcción en siglos posteriores. El
conjunto de enormes cisternas situado al noreste del anfiteatro
constituía el principal suministro de agua de Cartago durante la era
romana. Las termas de Antonino se localizan al Sur, en el frente
marítimo, e impresionan básicamente por su tamaño y situación. El barrio
de Magon es otro parque arqueológico próximo al mar, a unos pocos metros
al sur de los baños. Excavaciones recientes han descubierto una
interesante zona residencial. El santuario de Tofet ha suscitado un gran
interés desde que fue excavado por primera vez en 1921. El Tofet era un
lugar de sacrificios con un cementerio anexo, donde los hijos de los
nobles cartagineses eran asesinados y quemados para apaciguar a las
deidades de Baal Hammon y Tanit.
TERCERA. De la playa a la medina
Hammamet, a pocos kilómetros al sur de Túnez capital, es con toda
certeza el más celebre símbolo del descanso en Túnez. Es aquí donde mar,
cielo, sol, palmeras y naranjos combinan sus encantos para recrear la
imagen que muchos tienen hoy en día del destino ideal para las
vacaciones. Desde hace años, ha sido elegido por ilustres huéspedes para
desconectar del mundo: Winston Churchill, Oscar Wilde, Andre Gide, Paul
Klee Franck Lloyd Wright, Sofía Loren y muchos más.
A pesar de la afluencia turística, Hammamet ha estado en la vanguardia
de la conservación y protección del medio ambiente, una norma
urbanística exige que ningún edificio hotelero tenga más altura que los
cipreses o palmeras de la zona y que todos los hoteles antes de recibir
los permisos necesarios para su construcción, tengan previsto en sus
planes un espacio jardín de acuerdo con la superficie de sus
edificaciones.
Aquí se encuentran también sofisticados centros de talasoterapia, spas y
lugares para el turismo de salud, belleza y medicina, fórmulas en las
que Túnez está ocupando un lugar predominante, tanto que en Francia se
ha prohibido la promoción turística de Túnez en estas áreas por temor a
la competencia en un país muy dispuesto a ellas.
Y a un paso está Susa que en principio parece una prolongación de lo
anterior, con sus playas doradas y limpias, con sus modernos hoteles,
con sus amplios paseos... Pero dentro de Susa hay otro Susa, el antiguo,
la vieja medina encaramada a un montículo que se asoma al mar y al que
se entra por la plaza Des Martyrs, junto a la plaza Farhat Hached, donde
hay una brecha causada por los bombardeos del 43. Esta puerta del mar
--Baba el Bahr-- permitía el acceso de los barcos al puerto interior. Y
es que por entonces el mar golpeaba inclemente toda la cara este de las
murallas de la medina.
El color pardo de la piedra y la cal de las fachadas enjalbegadas
definen los volúmenes de la medina de Susa frente a los azules del mar y
el cielo, donde se ha remansado durante siglos la vida tradicional de la
ciudad musulmana. Aquí se ofrecen todo tipo de productos de artesanía de
calidad, en los que el trabajo manual mantiene precios moderados en
comparación a los europeos.
La mejor perspectiva de la medina y el puerto se alcanza desde la torre
Khalaf al Fata, a cuya parte alta se llega subiendo una escalera de
caracol de más de treinta metros de altura. Las mezquitas y las
residencias se entrelazan con sus colores azules y blancos típicos de la
costa de Túnez, y el pasado guerrero aflora en la fortaleza del Ribat,
del siglo VIII, que levantaron los almorávides sobre ruinas bizantinas.
Hoy es un escenario cultural.
CUARTA. Espejismos reales
En medio de los enormes arenales que esbozan el comienzo del gran
desierto del Sahara surgen vastas plantaciones de palmeras cuajadas de
dátiles; tablas de surf vuelan sobre el espejo que forma un gran lago...
sin agua; millones de estrellas iluminan un pueblo desierto que celebra
una cena beduina entre miles de velas; antiguas fortalezas y viviendas
trogloditas perdidas en la arena sirven de escenario para historias
futuristas...
Ningún espejismo es capaz de generar tantas efímeras bellezas como la
pura realidad que puede contemplarse en la zona más profunda de Túnez,
allá donde las inmensas arenas siluetean el mayor desierto del mundo,
que con sus nueve millones de kilómetros cuadrados es compartido por
once países africanos.
La capital de este espectacular paisaje es Tozeur, un lugar presidido
por la arena y el agua, donde el horizonte desaparece para dejar espacio
a tres desiertos entremezclados, el de arena, el erg, donde el viento
esculpe incansablemente dunas móviles, el de los chott, serir, de
cristales brillantes que devuelven sorprendentes espejismos y el de
roca, el hamada, inmensidad pedregosa donde se pierde la mirada. Un
mundo por descubrir, para dejarse conquistar o para fundirse con él, en
un viaje fuera del tiempo, lleno de sensaciones, donde se mezclan
cultura, tradiciones y la hospitalidad se practica como el valor más
enraizado y verdadero. Su palmeral único, regado por más de doscientos
manantiales que suministran casi 60 millones de litros por día, y donde
se cultivan los mejores dátiles del mundo y su insólita arquitectura de
ladrillos compactos de originales dibujos geométricos de origen
misterioso, le dan un encanto particular. El barrio de Ouled el Hadef,
que data del siglo XIV, merece un paseo tranquilo, sus calles pasan bajo
espesas bóvedas y desembocan en animadas plazoletas, las fachadas de las
casas, de las zauía y de las mezquitas están adornadas con ladrillos que
forman dibujos geométricos, versos coránicos y motivos florales.
QUINTA. Rumbo a la aventura
Desde Tozeur puede iniciarse el recorrido que lleva a los oasis de
montaña de Chebika, Tamerza y Midès, casi en la frontera con Argelia.
Estas tres poblaciones, construidas originariamente por los romanos como
sistema defensivo contra las tribus bárbaras que habitaban en el Sahara
y lugares de paso habitual en la ruta de las caravanas, deben su actual
aspecto fantasmal a una catástrofe natural. En 1969, fuertes lluvias
torrenciales devastaron muchas de las casas de barro construidas sobre
las colinas y sus habitantes se desplazaron a las zonas menos elevadas
para construir de nuevo sus viviendas en piedra. Hoy el casco viejo de
estas poblaciones tiene un aspecto fascinante y un tanto fantasmal, sus
callejones deshabitados sólo se ven alterados por pequeñas alimañas y
algún que otro vendedor ambulante.
Suele llegarse hasta aquí en vehículos 4x4, pero es recomendable hacer
previamente un breve recorrido en el legendario Lézard Rouge (Lagarto
Rojo), un tren de vía estrecha inaugurado por el bey de Túnez en 1899
que llevaba a los principales lavaderos de mineral de fosfato. Atraviesa
la garganta de Seldja, de 15 kilómetros de largo. Desde sus vagones de
principios del siglo XX con asientos de cuero rojo se contempla un
paisaje deslumbrante, un camino espectacular abierto a las leyendas.
El tren, los oasis de montaña y otros lugares de Túnez fueron los
decorados elegidos para muchas de las escenas de la película El paciente
ingles de Anthony Minghella que consiguió nueve oscars. Aunque otros
muchos directores han encontrado en Túnez el escenario ideal para sus
historias. Además de la Guerra de las galaxias y El paciente ingles, por
aquí se rodaron En busca del arca perdida, La vida de Brian, Piratas del
Caribe, Quo Vadis, Jesús de Nazaret y hasta se logró recrear ambientes
japoneses para Madame Butterfly.
En Chebika vale la pena acercarse a su pintoresco manantial con un
pequeño palmeral y una cascada alimentada por pequeños arroyos serranos
subterráneos. Aquí se cultivan, sorprendentemente, albaricoques,
melocotones, granadas, cítricos y plátanos en un terreno totalmente
árido. Incluso tabaco a la sombra de las palmeras. Las casas abandonadas
y las ruinas de la antigua Tamerza conservan su aspecto misterioso y
ofrecen una visión imponente al atardecer. Por la noche se organizan
cenas a la luz de miles de velas realmente espectaculares. Parecidas a
las que pueden disfrutarse en pleno desierto, entre las dunas sinuosas y
alumbrados por miles de estrellas. Un ambiente que hace soñar y recordar
los antiguos versos bereberes: «Todo lo que quiero está aquí, la tribu
en movimiento, los horizontes infinitos».
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