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Ningún espejismo es capaz de
generar tantas efímeras bellezas como la pura realidad que puede
contemplarse en la zona más profunda de Túnez, allá donde las inmensas
arenas siluetean el mayor desierto del mundo, que con sus nueve millones
de kilómetros cuadrados es compartido por once países africanos. Decía
Saint-Exupéry por boca de su Principito, que lo que embellece al
desierto es que esconde un pozo en cualquier parte, pero contemplando la
mágica belleza de las dunas infinitas o es fácil pensar en el agua, por
muy profunda que se encuentre.
La capital de este espectacular paisaje es Tozeur, un lugar presidido
por la arena y el agua, donde el horizonte desaparece para dejar espacio
a tres desiertos entremezclados, el de arena, el
erg,
donde el viento esculpe incansablemente dunas móviles, el de los chott,
serir,
de cristales brillantes que devuelven sorprendentes espejismos y el de
roca, el hamada,
inmensidad pedregosa donde se pierde la mirada. Un mundo por descubrir,
para dejarse conquistar o para fundirse con él, en un viaje fuera del
tiempo, lleno de sensaciones, donde se mezclan cultura, tradiciones y la
hospitalidad se practica como el valor más enraizado y verdadero.
Su palmeral único, regado por más de doscientos manantiales que
suministran casi 60 millones de litros por día, y donde se cultivan los
mejores dátiles del mundo y su insólita arquitectura de ladrillos
compactos de originales dibujos geométricos de origen misterioso, le dan
un encanto particular. En noviembre el palmeral acoge el Festival del
Oasis, una reproducción de los festejos que tradicionalmente organizaban
los pueblos nómadas y que llena de color la ciudad: bailes
marobout,
trajes a la antigua usanza, tragos de
lagmi
y el rito de la recolección del fruto del árbol sagrado: el dátil de la
palmera Jarid.
Recorriendo Tozeur
Tozeur posee una
completa infraestructura para el turismo, hay numerosos hoteles, algunos
espectaculares en tamaño y equipamiento, buenos y variados restaurantes,
interesantes museos e infinitas posibilidades de compras y para la
práctica inevitable del regateo. La ciudad queda definida por el aspecto
homogéneo de todos los edificios, de un ladrillo ocre que se fabrica en
esta región, y las más de 200.000 palmeras que la convierten, de hecho,
en un perfecto oasis. El mérito de este milagro se debe en buena medida
al matemático Ibn Chabbat, que ideó en el siglo XII el sistema de
irrigación por acequias que aún hoy es la vida de estas gentes. En otoño
los recolectores se afanan haciendo piruetas en las palmeras para
recolectar los preciados dátiles, sobre todo la variedad
deglat ennour,
dátiles translúcidos, dulces y jugosos, considerada la más sabrosa del
mundo. Los dátiles siguen constituyendo hoy una parte importante de la
alimentación de los tunecinos y tiene un alto valor simbólico para todos
los musulmanes: tres dátiles y un sorbo de agua marca el final del ayuno
de Ramadán.
El palmeral de Tozeur cuenta con un curioso zoo y un jardín botánico que
parece extraído de un cuento de Las mil y una noches: El Jardín del
Paraíso, donde se comprueba cómo le planta cara la vegetación del oasis
al desierto, cómo a los pies de las palmeras crecen granadas, higueras,
parras y varios tipos de legumbres.
La zona más animada de la ciudad es la avenida Habib Bourguiba, donde se
encuentra la mezquita el-Ferdous, a la que no se permite la entrada a
los no musulmanes, y el mercado central, un buen lugar para comprar a
precios locales dulces, piezas de artesanía o el tradicional turbante,
que vendrá bien antes de adentrarse en el achicharrante desierto. Hay
que pedir al vendedor que muestre cómo enrollárselo en la cabeza,
aunque, como el rebozo mexicano o el tropical pareo, hay mil formas de
hacerlo. Alguno tal vez se anime a ponerse la mucho más tradicional y
elegante shashia,
el típico gorro de lana rojo que se utiliza en Túnez desde el siglo XIII.
El barrio de Ouled el Hadef, que data del siglo XIV, merece un paseo
tranquilo, sus calles pasan bajo espesas bóvedas y desembocan en
animadas plazoletas, las fachadas de las casas, de las
zauía
y de las mezquitas están adornadas con ladrillos que forman dibujos
geométricos, versos coránicos y motivos florales. Siguiendo por al
avenida Abdulkhacem Chebbi, se llega al complejo Dar Cheraït. En él se
ubica un lujoso hotel, una galería de arte y un museo etnográfico,
construido siguiendo el modelo del palacio de un ciudadano notable, con
escenas cotidianas en la vida tunecina, como los preparativos de una
boda o el interior de un hammam. Otra de las grandes atracciones del
complejo es la exposición permanente
Dar Zaman, 3.000 años de
historia tunecina,
un curioso túnel del tiempo por la historia del país en escenarios
verdaderamente sorprendentes. Aunque si se hace caso a la historia, el
título se queda corto, ya que en estos oasis hubo viva ya en el 8.000
antes de Cristo. Una voz en off, disponible en castellano, guía por las
distintas escenas del recorrido.
Más reciente es el Parque Chak Wak, creado igualmente por el antiguo
alcalde de Tozeur, en el que se recrea una interpretación liberal de la
historia y la religión, y en el que no faltan el arca de Noé, el paso
del mar Rojo por Moisés o las hazañas de uno de los tunecinos más
ilustres: Aníbal. No muy lejos está Planet Oasis, un gran entro cultural
en el que se realizan representaciones musicales con tecnología de
última generación que suele definirse como "la tienda bereber más grande
del mundo".
Rumbo a la aventura
Desde Tozeur pueden
emprenderse numerosas excursiones a cual más apasionante. Una de las
inevitables es hacer la ruta que cubre el trayecto entre Tozeur y Kebili.
Una llanura blanca, brillante e infinita, interrumpida sólo por la
carretera que se pierde en el horizonte, constituye una visión onírica
con los cristales de sal formando brillantes reflejos azules, blancos y
verdosos. Hasta mediados del siglo XIX este camino era recorrido por las
caravanas de esclavos que se dirigían al mercado de Kebili. El lago
salado de Chott el-Djerid cubre unos 5.000 km2 y la mayor parte del año
está seco, por lo que es posible andar sobre su superficie. Los más
osados pueden animarse a utilizar un medio de locomoción mucho más
original: velas de windsurf unidas a un curioso cochecito o a una tabla
con ruedas en los que volar a 20 kilómetros por hora.
Aquí fue donde el protagonista de la Guerra de las Galaxias, Luke
Skywalker, contempló las dos lunas, y excepto por algún tenderete de
recuerdos, el paisaje sigue presentando el mismo aspecto irreal y uno
parece capaz de repetir el prodigio. Por cierto que el éxito mundial de
la película supuso un gran espaldarazo de promoción para esta zona de
Túnez y parte de las ganancias obtenidas cuando se estrenó la primera
película se destinó a la Fundación Nacional de Ayuda que presta apoyo a
las regiones más pobres del país en su lucha contra el desierto.
Otro recorrido habitual es el que lleva a los oasis de montaña de
Chebika, Tamerza y Midès, casi en la frontera con Argelia. Estas tres
poblaciones, construidas originariamente por los romanos como sistema
defensivo contra las tribus bárbaras que habitaban en el Sahara y
lugares de paso habitual en la ruta de las caravanas, deben su actual
aspecto fantasmal a una catástrofe natural. En 1969, fuertes lluvias
torrenciales devastaron muchas de las casas de barro construidas sobre
las colinas y sus habitantes se desplazaron a las zonas menos elevadas
para construir de nuevo sus viviendas en piedra. Hoy el casco viejo de
estas poblaciones tiene un aspecto fascinante y un tanto fantasmal, sus
callejones deshabitados sólo se ven alterados por pequeñas alimañas y
algún que otro vendedor ambulante.
Suele llegarse hasta aquí en vehículos 4x4, pero haciendo previamente un
breve recorrido en el legendario Lézard Rouge (Lagarto Rojo), un tren de
vía estrecha inaugurado por el bey de Túnez en 1899 que llevaba a los
principales lavaderos de mineral de fosfato. Atraviesa la garganta de
Seldja, de 15 kilómetros de largo. Desde sus vagones de principios del
siglo XX con asientos de cuero rojo se contempla un paisaje
deslumbrante, un camino espectacular abierto a las leyendas.
Oasis de montaña
El tren, los oasis
de montaña y otros lugares de Túnez fueron los decorados elegidos para
muchas de las escenas de la película
El paciente ingles
de Anthony Minghella que consiguió nueve oscars. Aunque otros muchos
directores han encontrado en Túnez el escenario ideal para sus
historias. Además de la mencionada
Guerra de las galaxias
y El paciente ingles,
por aquí se rodaron
En busca del arca perdida,
La vida de Brian,
Piratas del Caribe,
Quo Vadis, Jesús de
Nazaret y hasta se
logró recrear ambientes japoneses para
Madame Butterfly.
En Chebika vale la pena acercarse a su pintoresco manantial con un
pequeño palmeral y una cascada alimentada por pequeños arroyos serranos
subterráneos. Aquí se cultivan, sorprendentemente, albaricoques,
melocotones, granadas, cítricos y plátanos en un terreno totalmente
árido. Incluso tabaco a la sombra de las palmeras. Las casas abandonadas
y las ruinas de la antigua Tamerza conservan su aspecto misterioso y
ofrecen una visión imponente al atardecer. Por la noche se organizan
cenas a la luz de miles de velas realmente espectaculares. En Mides la
naturaleza y el hombre llevan echando un pulso desde que el tiempo
existe. Las casas se encaraman al profundo cañón, que parece inclinarse
cada vez un poco más. Gafsa, el oasis más al norte de la región, cuenta
con un casco antiguo por el que merodear un rato a través de sus
laberínticas calles. En sus singulares piscinas romanas los chavales del
pueblo hacen saltos malabares, especialmente si hay turistas
contemplándoles.
Una cena beduina
No se puede
abandonar el sur de Túnez sin haber disfrutado la hospitalidad y la
originalidad de una cena beduina. Aunque muchas de ellas tienen un
cierto tufillo turístico, vale la pena cumplir el rito.
Uno de los ingredientes imprescindibles es la
harissa,
una parta tradicional bereber de guindilla, ajo, tomate concentrado y
aceite de oliva, que está presente en todos los platos. Dicen que abre
el apetito y que refuerza y desinfecta el organismo, incluido el aparato
respiratorio. Se sirve a veces con pequeños pedazos de atún y aceitunas.
El plato tradicional en el desierto es el cordero asado en un cántaro de
barro a la manera del sur, que se acompaña con ensaladas de tomate,
cebolla, pepino, pimiento y ajo y, naturalmente, con el delicioso Jobz
el Mella, pan cocido bajo la arena del desierto. Además puede haber
mirmiz -un picante guiso de cordero con judías blancas-,y el kabkabu
-otro guiso, con pescado, alcaparras, aceitunas, tomate y cebolla-. Por
supuesto de postre dátiles y para rematar la comida, nada como saborear
sin prisas un narguile o pipa de agua con tabaco de distintos sabores.
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