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Rumania,
mucho
más que Drácula
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Este
desconocido país tiene mucho que ofrecer a los viajeros. Aunque su icono
más conocido es Drácula, casi nadie vincula al personaje con los lugares
en los que vivió y suele quedarse con la imagen truculenta que leyenda e
historia han dado de él. En realidad, hay mucho más que ver en este país
que, como dice su eslogan, es más que sorprendente.
Por Enrique Sancho
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En el extremo oriental de
Europa, entre el Mar Negro y los Cárpatos se esconde el último tesoro de
Europa. Un país bastante virgen al turismo, donde todo permanece en
estado puro y donde los precios parecen sacados del túnel del tiempo.
Rumania tiene ciudades medievales ancladas en el pasado, monasterios
ortodoxos plagados de arte, paisajes deslumbrantes y unas gentes
sencillas y acogedoras que reciben al viajero con los brazos abiertos.
Hay que darse prisa por conocer Rumania, antes de que las cosas cambien.
El marketing turístico, las promociones comerciales, la necesidad de
títulos brillantes han hecho casi imprescindible encontrar una
justificación para emprender un viaje. Se buscan rutas insólitas,
nombres rimbombantes, aniversarios o citas históricas para explicar que
hay que ir a un determinado lugar. Así han nacido muchas referencias no
siempre reales que, sin embargo, suelen tener éxito. Rumania, un país
casi virgen para el turismo, no podía ser una excepción y así ha ido
creciendo una vez más el mito de Drácula y las rutas que pretenden
seguir sus huellas.
Curiosamente, un personaje abominable e inexistente parece causar cierto
morbo en los visitantes que quieren encontrar a la fuerza su rastro.
Pero la tarea es complicada. Drácula, el conde Drácula, el protagonista
de la célebre novela de Bram Stoker, es un personaje ficticio creado por
un escritor que jamás pisó tierras rumanas y, aunque se documentó
bastante bien sobre Transilvania en la Biblioteca Británica, la mayoría
de los lugares y escenarios que menciona en su obra no existen, o al
menos no como él los describe. El otro Drácula, el príncipe Vlad Tepes,
al que se conocía como Vlad Draculea (hijo de Dracul, el apodo de su
padre en la orden del Dragón) sí es real y habitó estas tierras, pero la
mayoría de los lugares relacionados con su vida son supuestos: donde
nació, los castillos que habitó, su tumba...
A pesar del "tirón" turístico que la figura de Drácula puede ofrecer a
ciertos turistas, los rumanos apenas han explotado el filón, en parte
porque sus esquemas turísticos son bastante rudimentarios. A muchos de
ellos incluso les ofende un poco esa popularidad. El Drácula literario y
cinéfilo es casi ignorado, porque Ceaucescu prohibió la traducción al
rumano de la novela (la más leída en Gran Bretaña tras Shakespeare y la
Biblia) y la proyección de sus películas (más de 200) y sólo después de
1990 empezó a ser conocido, pero todavía no ha despertado un gran
interés; y el Drácula real, al que se llamaba por el apelativo de "el
Empalador" por el método que solía emplear para torturar y matar a sus
muchos enemigos y buena parte de sus amigos, fue un personaje muy
controvertido, entre héroe nacional y sanguinario sátrapa, cuya vida
está envuelta en el misterio.
La mayoría de la gente conoce más o menos al príncipe Drácula cruel,
vengativo, sádico, que disfrutaba paseando o incluso cenando rodeado de
un bosque de empalados. Los rumanos conocen al Tepes que acabó con la
delincuencia, protegido del Papa, defensor de sus tierras, sanguinario
sí, como muchos reyes y mandatarios de la época, que utilizaba el terror
para disuadir a sus enemigos y, en el fondo, evitar nuevas muertes.
En un viaje por Rumania no es raro escuchar a alguna gente quejarse
porque no se le ha dedicado una calle en Bucarest, o porque su retrato
no figura en la galería de héroes rumanos, o a otros que añoran la
tranquilidad y prosperidad que el príncipe Vlad consiguió durante su
mandato. Hay alguno incluso que incluye en el amplio santoral rumano a
"san" Drácula.
Una excusa para conocer el país
Pero tratar de seguir las huellas al personaje real o al literario es
una excelente excusa para conocer Rumania, un país bello y fascinante,
uno de los últimos tesoros por descubrir en la trillada Europa.
Intentar perseguir a Drácula nos llevará a ciudades medievales en las
que el tiempo se paró hace 600 años, a monasterios ortodoxos convertidos
en auténticas galerías de arte mural, a castillos de estilizadas formas,
a iglesias amuralladas... Y todo ello recorriendo paisajes de insólita
belleza, valles profundos, bosques impenetrables, pueblos de madera que
parecen extraídos de un museo de arquitectura.
Rumania es todavía un país nuevo para el turismo, sin grandes autocares
llenos de japoneses, sin tiendas y puestos de souvenirs artificiales,
sin precios abusivos, sin picaresca. Un país íntegro, que trata de
engancharse al tren de la modernidad, a la globalización y todo eso,
pero sin prisas, y sin perder sus esencias. Al recorrer el país, el
turista se convierte en viajero.
Atravesar Rumania contemplando sus ciudades y pueblos es hacer un viaje
a la Edad Media; viajar por Rumania mirando a sus gentes y a su vida, es
remontarme a la España, o la Italia, o la Francia de los años 60. Con
todo lo bueno y lo malo que ello supone. Por eso, una de las primeras
medidas al iniciar el recorrido es tomarlo con calma. Los rumanos son
latinos no sólo en el idioma, también en la forma de enfocar la vida y
las prisas no van con ellos. Las carreteras que comunican este extenso
país son estrechas, mal señalizadas y llenas de pasos a nivel de tren
que con demasiada frecuencia están cerrados. Además, aunque no hay mucha
circulación, puede coincidir en el camino una combinación de camiones,
tartanas de zíngaros (se calcula que hay más de dos millones en todo el
país) y carros tirados por caballos, que eternicen el viaje. Por eso,
una buena solución es concentrarse en el paisaje, que es precioso.
Casi todos los recorridos por Rumania parten de Bucarest ya que lo
lógico es llegar hasta la capital en avión y luego seguir por carretera.
Pero no hay que dedicarle mucho tiempo porque hay mucho más que ver. La
esencia de Rumania se descubre en Transilvania, un nombre evocador y un
verdadero caleidoscopio de razas y pueblos, tal vez el último de la
Europa del Este. Aquí viven los rumanos que presumen de su ascendencia
dacia y latina, los húngaros que se asentaron en el siglo IX cuando la
tierra era de nadie, los alemanes que permanecieron hasta la caída de
Ceaucescu gracias a un canon que su Gobierno pagaba al dictador, los
gitanos, algunos de los cuáles ocupan las casas abandonadas por los
germanos, aunque la mayoría sigue fiel a sus viejos carromatos.
Sibiu, la ciudad con ojos
Penetrar en Sibiu, puerta de entrada a Transilvania y Capital Europea de
la Cultura en 2007, es meterse de lleno en la Edad Media, con sus casas
de fachadas en colores pastel, las banderolas de hierro que anuncian
comercios y artesanos, las escaleras que comunican la parte alta y la
baja, las pequeñas placitas, los patios interiores... y los tejados que
te miran.
Sí: te miran. Las buhardillas de los enormes tejados tienen unas
extrañas ventanas con forma de ojo humano, con su párpado, sus pestañas
y su mirada que te sigue a todas partes. La "observación" se hace
especialmente agobiante en la Plaza Mayor donde abundan estos tejados,
el lugar obligado de reunión de la gente joven de Sibiu. A partir de
ella, se puede seguir una ruta alrededor de la plaza, siguiendo el
antiguo trazado de la muralla, parte de la cual todavía se conserva.
Vale la pena penetrar en algunos de sus muchos patios donde con
frecuencia se descubre un mundo sorprendente. También abundan las
iglesias --evangélicas, católicas, ortodoxas--, que alzan sus torres
sobre los preciosos tejados de Sibiu. En la catedral ortodoxa está
enterrado el hijo natural de Vlad Tepes, llamado el Malo. Se ve que no
conocían bien al padre.
En busca de Drácula
Tras abandonar Sibiu y de camino hacia la etapa reina del recorrido, se
pasa por Biertan donde se alza una más de las numerosas iglesias
fortificadas --o fortalezas con iglesia-- que aparecen esparcidas por
Transilvania y Moldavia. Y por fin, un poco más adelante, aparece
Sighisoara, una deliciosa ciudad medieval, burgo sajón, Patrimonio de la
Humanidad, antigua parada obligada del Orient Express y con la única
ciudadela intacta que sigue estando habitada.
Pero todos sus méritos palidecen ante su otro título: ciudad natal de
Drácula el Empalador. En efecto, a pocos metros de su principal
monumento, la Torre del Reloj, está una humilde casa, hoy convertida en
restaurante, en la que vivió el padre de Vlad y en la que,
supuestamente, éste nació en 1431. Una placa en la puerta simplemente
reconoce que allí vivió su familia entre 1431 y 1435. La certeza de su
lugar de nacimiento, o de su muerte, o de los muchos castillos en que
vivió y las iglesias que protegió, son una incógnita.
Pero no importa. Sighisoara, con Drácula o sin él, es una de las visitas
imprescindibles en Rumania. Sus calles escalonadas, sus arcos, sus
torres de defensa intactas que evocan los antiguos gremios, sus
pasadizos y callejones nos transportan a una ciudadela medieval. Sus
artesanos, sus anticuarios, sus artistas callejeros parecen también
sacados de aquellos lejanos tiempos y siguen ahí, en las empedradas
calles, realizando su trabajo.
La Capilla Sixtina de Oriente
Quien quiera seguir las huellas de Drácula debe iniciar el regreso hacia
el sur. Hacia el castillo de Bran, el más draculiano de todos los
castillos, con sus empinadas torres góticas, sus retorcidas escaleras,
sus siniestros patios y fosos. Pero sería una pena. Porque aunque nada
tengan que ver con el Empalador ni con el vampiro, en el norte del país
se encuentra la región de Bucovina donde se agolpan más de una veintena
de pequeños monasterios, algunos de ellos construidos en apenas tres
meses, deliciosamente decorados y pintados por artistas anónimos que
trataban de ese modo de transmitir la historia de la religión y sus
creencias a los fieles analfabetos, pero que sabían interpretar el arte.
No hay resquicio sin pintar por el que pueda penetrar el Maligno. Las
pinturas del exterior cuentan, como en los tebeos, historias reales y
mágicas, las del interior, vidas de santos y sus retratos. Las de fuera
llevan 400 años soportando la lluvia, la humedad, el frío o el sol
potente. Las de dentro, el humo de miles de velas que trasportan los
méritos de los penitentes. Pero, sorprendentemente, dentro y fuera las
pinturas son luminosas y se mantienen en bastante buen estado.
Todo el conjunto de monasterios está reconocido como Patrimonio de la
Humanidad y sin duda es una de las joyas culturales y artísticas de
Europa. Alguien definió una sola de sus pinturas --la que representa el
Juicio Final en el monasterio de Voronet--, como la "Capilla Sixtina de
Oriente". No exageró porque la delicadeza de sus cientos de figuras, la
expresividad de sus rostros, la transparencia de sus ropajes y su
profundidad pueden competir con la obra cumbre de Miguel Angel. Es
imprescindible visitar, además, los monasterios de Sucevita, Moldovita y
Voronet, pero hay muchos más: Putna, Arbore, Humor, Slatina, Rasca,
Probota, Dragomirna, Baia... un recorrido por el espíritu humano con un
misterioso atractivo. Un camino que, incluso sin ninguna devoción ni
prejuicio religioso, conmueve el alma.
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