Disney - Disneyland Paris, el mágico mundo de los sueños

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Disney, el mágico mundo de los sueños
 


Los anuncios de los parques Disney invitan a conocerlos con una máxima breve y conocida sobre regresar a la infancia y vivir una experiencia mágica. Y no se equivocan, grandes y pequeños disfrutan por igual en ellos, y no sé si diría que casi lo hacen más los adultos. Nosotros fugazmente y por unos días volvemos a soñar y disfrutar de nuestra imaginación adormecida por la carga de las responsabilidades.

Textos y fotografías: Mariam Benítez

© revistaiberica

 

Por añadidura, los parques se encuentran en Francia y muy cerca de París –a tan sólo 32 kms-, la ciudad del amor según Hollywood, también declarada en su momento ciudad de las artes, las luces y la cultura. Muy cerca de la entrada al complejo de ocio Disneyland Resort Paris está la estación de tren de cercanías Marne la Vallée-Chessy Parcs Disneyland, perteneciente a la red de TGV, que une el municipio de Chessy, en el que está ubicado el conjunto de parques temáticos, con la capital. De este modo, es fácil para el viajero que disfruta de una estancia en alguno de los hoteles Disney, o de los alrededores, hacer una visita a la hermosa ciudad bañada por el Sena.

De hecho, las diferentes mayoristas que ofrecen paquetes turísticos en los parques brindan al viajero que lo desee la oportunidad de contratar una excursión diurna, o bien nocturna, para conocer París acompañados de un guía que les mostrará las zonas más interesantes, legendarias y monumentales.

La estancia en los hoteles Disney hará las delicias de niños y adultos con sus diferentes decoraciones fantásticas. Impresionantes fachadas y estructuras exteriores provocan la ilusión de que el viajero se alojará en un castillo de cuento de hadas, un barco, un casino de Las Vegas o un pueblo del salvaje oeste. Por las mañanas, los más pequeños, y todo adulto que se sienta de nuevo como un niño, podrán fotografiarse en la entrada de sus hoteles y antes de acudir a los parques junto a sus personajes favoritos a tamaño natural.

La llegada al parque, paseando a pie por el camino que circunda el maravilloso lago que media entre los diferentes hoteles y que conduce al complejo, o subidos al autobús que hace el recorrido del resort a la zona hotelera y viceversa durante todo el día, es francamente difícil de describir sin perderse en un mundo de fantasía. Según uno se acerca lo primero que vislumbra aún en la lejanía es la inmensa fachada rosa del Hotel Disneyland, a las mismas puertas del Parque Disneyland que, con sus torretas y almenas, simula ser el castillo de alguna de las princesas surgidas de la imaginación del gran mago de las ilusiones llamado Walter Elias Disney.

Antes de llegar a los parques y, claro está, también al salir de éstos, se encuentra el gran centro comercial llamado Disney Village que, lleno de luz y color y con su variada oferta en tiendas, centros recreativos y restaurantes, invita a efectuar todas las actividades y compras que quizá las emociones del parque no nos hayan permitido realizar aún.

El ambiente se llena con los colores y sonidos que, llenándonos los sentidos, nos retrotraen a la infancia. La decoración general, con sus calles y edificios de siglos anteriores o épocas imaginadas, tiendas-almacenes construidas en madera y tabernas de piratas nos permite viajar sin billete y sin sonrojarnos al país de los sueños olvidados. Los personajes nos reciben saludando atentos y cariñosos, invitándonos a vivir con ellos la experiencia de abandonar la vergüenza y los prejuicios por un instante y rendirnos ante los cuentos en los que hace ya mucho tiempo que no creemos. Ver la sonrisa pletórica de los niños cuando entran sólo es comparable a la de los mayores que les acompañan y que, boquiabiertos, sonríen con la inocencia recién recuperada reflejada en sus rostros iluminados.

Más que las atracciones, enfocadas en su mayoría principalmente a los más pequeños, es la magia que impregna cada rincón la que cautiva a todos sus visitantes. Las cabalgatas, los paseíllos en trolebuses antiguos, o las actuaciones en las que vemos al gruñón Pato Donald que hizo las maravillas de nuestra niñez riñendo a sus sobrinos, o a Mickey y Minnie patinando enamorados bajo la luna, o a maravillosos bailarines y cantantes que nos cuentan con estupendas coreografías la más actual historia del Rey León son las verdaderas atracciones del parque.

Justo al lado se encuentra el Parque Walt Disney Estudios, en el que también nuestra vista se recrea con una decoración fantástica que nos va conduciendo a través de sus edificios por las diferentes películas con firma de la factoría. También aquí se puede disfrutar de cabalgatas, espectáculos y personajes, además de las atracciones típicas de un complejo de ocio de este tipo.

La oferta en restauración dentro y fuera de los parques, en toda la extensión del resort, es amplia y variada, pudiendo elegir comer en un mesón mejicano, un bar de comida rápida americano, un restaurante colonial del siglo XIX, o una hamburguesería actual por poner algunos ejemplos. Una experiencia aconsejable y que sin duda se recordará a lo largo de los años es comer o cenar con los personajes, que se dejan fotografiar amablemente junto a quien se lo solicita, en el Restaurante Mickey del Village.

El personal del parque es amable y multirracial por lo que no es difícil dar con algún azafato o azafata que hable tan perfectamente como tú tu idioma sea cual sea éste. En general acuden solícitos ofreciendo su colaboración ante la más mínima vacilación o duda del visitante.

El conjunto de ocio, si bien es grande, se puede ver en su totalidad en tan sólo dos o tres días, está bien comunicado y son muchas las facilidades para llegar en avión, tren o coche, lo que hace de él el lugar ideal para pasar un magnífico fin de semana o puente, con niños o sin ellos.
 


 


 

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