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Los blancos monjes del Císter hace tiempo que
abandonaron el recogimiento del monasterio de Santa María de Valbuena. El susurro
de murmuradas oraciones y leves pasos sobre las benditas piedras apenas permanece en el
recuerdo perpetuo de los muchos muros que aún resisten el embate del tiempo, aunque
otros, no tan firmes, parecen haber claudicado al paso de los siglos.
Rendición no firmada que, sin embargo, ha sido incapaz
de expulsar de este recinto el verdadero espíritu del Císter, filosofía bajo la
cual, el 15 de febrero de 1143, la condesa Estefanía (hija de Armengol V,
conde de Urgel, y de María Ansúrez, hija del señor de Valladolid,
el conde Pedro Ansúrez), fundó el monasterio con monjes procedentes de la abadía
francesa de Berdonas, de la línea de Morimond.
El susurro de murmuradas oraciones y leves pasos sobre las
benditas piedras apenas permanece en el recuerdo perpetuo de los muchos muros que aún
resisten al embate del tiempo |
La carta fundacional indica que se
dedicaba "a Dios y Santa María" -como es habitual en los monasterios de
la orden- a "San Martín, San Silvestre y Todos los Santos". Santa
María de Valbuena, cuyo primer abad se llamó Martín, se conformó como un
importante centro espiritual y económico a orillas del Duero, sobre todo, tras las
donaciones realizadas al mismo por Alfonso VII y los posteriores monarcas
castellanos.
En 1151, Ebrardo, uno de los monjes
franceses, sucedió a Martín y, en 1163, regía los destinos de la comunidad el
abad Guillermo, época en la cual Alfonso VIII le concedió el monasterio de
San Andrés de Valvení, trasladado más tarde a Palazuelos. No sería la
única adscripción, pues, en 1186, siendo abad el español Nuño, también figuran
como filiales los cenobios de Rioseco y Bonaval.
Una puerta ojivela, sin capiteles y de arquivoltas lisas, permite acceder al interior del
templo, cuyos desnudos muros dan una perfecta idea del espíritu del Císter
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Las graves contiendas que se sucedieron en 1430
entre el abad fray Fernando de Benavente o de Santa Colomba, y los monjes
obligó a Juan II y al obispo de Palencia, Gutierre, a nombrar abad a
fray Martín de Vargas, fundador de la reforma española o Congregación de
Castilla en Montesión tres años antes. Así, Valbuena se convirtió en
la segunda abadía que formaba parte de la Observancia, siendo un auténtico vivero
de insignes personajes de la Orden, como lo demuestra el hecho de que se formaron
en el cenobio un total de veintitrés generales de la Congregación de Castilla.
Aire de misterio
La Desamortización de Mendizábal de 1835
dejó el cenobio en manos del abandono, aunque la mayor parte del conjunto monástico de Valbuena
se conserva en buen estado, principalmente, la iglesia que ha permanecido intacta, tal y
como la dejaron los monjes.
El acceso al cenobio se realiza por la iglesia, cuya
austera fachada posee cierto carácter militar gracias a la hilera de almenas y la
pequeña torre sita en un lateral de la misma, recuerdo, quizás, de la estrecha relación
mantenida entre el Císter y algunas de las más importantes órdenes de frailes
guerreros de la Edad Media (Temple, Calatrava, Alcántara, Aviz).
Una puerta ojival, sin capiteles y de arquivoltas
lisas, permite acceder al interior del templo, cuyos desnudos muros dan una perfecta idea
del espíritu del Císter. La planta es de cruz latina, con tres naves, siendo la
central más alta y ancha que las laterales. En sus dos primeros tramos, la iglesia cuenta
con una altura inferior dada la presencia de un coro alto de estilo plateresco. Esta era
la parte del templo ocupado por los conversos, que, si bien no eran monjes vivían en el
monasterio y se ocupaban de las labores del campo, mientras que los monjes ocupaban la
parte cercana al altar.
De los pies al crucero, las bóvedas son de
crucería simple. Los arcos son ojivales y apoyan sobre gruesos pilares que llevan
adosadas columnas gemelas con los característicos capiteles de decoración vegetal
típicos en el arte de la Orden. El aire sobrio de la iglesia, los tímidos
intentos de lograr mayor luminosidad y altura en los muros son una expresión más de la
nueva época que empezaba a vivirse en la Europa de la segunda mitad del siglo XII
y que se vio reflejada en un nuevo arte: el protogótico.

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En el brazo norte del crucero, tapada por un retablo barroco, está la puerta de los
muertos, por donde se llevaba a los monjes fallecidos al cementerio situado junto a los
ábsides
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El crucero, nave transversal que
corresponde al travesaño corto de la cruz de la planta, se cubre con bóveda de cañón
apuntada, excepto en el tramo correspondiente a la capilla principal, sobre el cual se
levanta una cúpula del siglo XVI sobre las trompas del primitivo cimborrio medieval.
La cabecera, orientada al este, costa de cinco
capillas. La central es más amplia y semicircular, igual que las dos adyacentes,
cubiertas por bóveda de crucería y de cuarto de esfera, respectivamente. Los dos
absidiolos de los extremos tienen planta cuadrada y bóveda de crucería. Los ventanales
aún conservan lajas de alabastro en lugar de cristales, lo que da un encanto especial y
cierto aire de misterio a la zona de la cabecera. Tanto el tipo de cabecera como los
pilares son característicos de la llamada Escuela Hispano-Languedociana, siendo la
iglesia de Valbuena uno de los mejores ejemplares.
Antiguamente, debió alzarse en el brazo del crucero
una escalera que llevaba al segundo piso donde se hallaba el primitivo dormitorio de los
monjes. Esta escalera se sustituyó por otra que lleva al piso alto del claustro. Mas aún
subsiste una puerta que daba acceso a la sacristía medieval. En la actualidad, la
construcción cisterciense ya no existe, pues fue destruida en época barroca para unirla
a la sala capitular y formar una sacristía mayor.
En el brazo norte del crucero, tapada por un retablo
barroco, está la puerta de los muertos, por donde se llevaba a los monjes
fallecidos al cementerio sito junto a los ábsides.
La capilla del tesoro
No hay que olvidar los hermosos retablos barrocos
que aún adornan la iglesia y que son, con el coro alto y el cimborrio, los únicos
añadidos al antiguo edificio medieval. En la nave lateral norte, hay dos pequeños
retablos con sendas imágenes de santos de la Orden del Císter (uno es Roberto,
el fundador; otro, Raimundo, abad de Fitero y creador de la Orden de
Calatrava). Cubriendo toda a capilla principal se levanta otro exuberante retablo
barroco, pleno de oros, ángeles e inscripciones, dedicado a Santa María Virgen,
objeto de especial veneración entre los monjes blancos.
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EL
CISTER. La Orden
del Císter, bajo cuyos designios se fundó el monasterio de Santa María de
Valbuena, tuvo sus orígenes en las inquietudes de un monje benedictino francés de
nombre Roberto, que vivió a finales del siglo XI. Entonces, Europa vivía
en un clima de profunda efervescencia espiritual y religiosa, unida a un ansia de
renovación y regresó a los auténticos valores evangélicos. La orden benedictina de
Cluny,
con sus numerosas y ricas abadías, era un centro de poder económico y temporal y, por
ello, se le acusaba de haber abandonado los ideales de pobreza que debían regir la vida
de la iglesia.
Bajo este espíritu renovador, se fundó el monasterio de
Citeaux
(en latín, císter) Borgoña, que dio nombre a una nueva orden religiosa
cuyos miembros vestían de blanco en contraste a los negros hábitos de Cluny.
Además del propio Roberto, otras dos grandes personalidades de estos primeros
momentos, Alberico y Esteban Harding, fueron también abades de Citeaux.
En 1112, ingresó en el cenobio
Bernardo, verdadero impulsor de
la orden y uno de los personajes más interesantes de la Edad Media. En 1115, ya
estaban fundadas las cinco casas madres de la orden: Citeaux, Clairvaux, Ferté,
Pontigny y Morimond, a partir de las que el Císter se extendió por
toda Europa.
La regla cisterciense retomó la pureza de la primitiva regla
benedictina (ora et labora) y estableció sus cenobios en lugares con agua
abundante, alejados de los núcleos habitados. Los monjes roturaron las tierras, obtenidas
por donación o por compra, plantaron cereales y viñedos y se dedicaron a la ganadería.
Así, los monasterios del Císter se convirtieron en centros de explotación
económica.
Es dentro de este fenómeno de alcance europeo en el que tiene lugar la
fundación del monasterio de Valbuena, reinando Alfonso VII en Castilla y
León. El nombre de la fundadora, Estefanía Armengol, hija del conde de Urgel,
Armengol V, y de María Ansúrez, hija del conde Pedro Ansúrez, a su
vez, señor de Valladolid, es una muestra de las estrechas relaciones existentes en
la época entre las clases dirigentes de las coronas de Castilla y Aragón. |
La capilla de San Pedro, más conocida como Capilla
del Tesoro, quizás por una pequeña cámara oculta situada en lo alto de la misma, es
de gran interés. Es un edificio alargado al que se accede desde al absidiolo situado más
al sur de la cabecera de la iglesia, con ábside trapezoidal y tres tramos con bóvedas de
crucería. Su carácter funerario es claro, ya que todavía se pueden ver algunos
sarcófagos de piedra, aunque sin decorar y sin inscripciones. Deben pertenecer a algún
noble patrono del monasterio, quizás algún descendiente de la condesa Estefanía.
En sus orígenes, el Císter no permitía el
enterramiento de nobles en sus iglesias, norma que se fue relajando paulatinamente, por lo
que, en el siglo XIII, se erigió esta capilla donde destacan las exquisitas pinturas
murales góticas que ornan tres de los lucilos sepulcrales.
Una de ellas, desgraciadamente mutilada por un
ventanal moderno, ilustra un combate entre caballeros castellano leoneses armados hasta
los dientes y musulmanes de rostros caricaturescos. Otra, prácticamente desaparecida,
contiene una representación religiosa. En la tercera, aparecen un rey y una reina de
nombre Urraca, según reza la inscripción, rodeados de pajes.
El claustro
Al claustro se accede por una pequeña puerta,
llamada de los monjes, próxima al crucero en el muro sur del templo. De planta
cuadrada, hoy consta de dos plantas, siendo medieval la inferior y plateresca la superior.
En torno al claustro se sitúan diversas dependencias monásticas, algunas de época
medieval.
Cada una de las cuatro
crujías o galerías del claustro bajo de Valbuena, se dividen en ocho tramos con
bóvedas de crucería. Seis de estos tramos, se abren al patio interior por grandes arcos
ojivales bajo los que se disponen grupos de tres arcos de medio punto, sustentados por
dobles columnas con ricos capiteles vegetales. A veces, por encima de los tres arcos, hay
rosetas o vanos circulares decorativos.
Entre las bóvedas de crucería, aún se ven restos
de pinturas platerescas y renacentistas, representando motivos paganos del antiguo arte
clásico. Al plateresco pertenece también el claustro superior. Entre los arcos, se
disponen decorativos medallones, con bustos de personajes masculinos y femeninos ricamente
ataviados. En Valbuena, hay que buscar el medallón que contiene una pelada
calavera con oreja.
El recorrido por el claustro bajo se inicia por su
ala este, llamada claustro del capítulo o de la sala capitular. Aquí ha
desaparecido el aramarium o alacena para los libros. A continuación, vendría la
entrada a la sala capitular, lugar donde tenían lugar importantes aspectos de la vida
comunitaria de los monjes. En la pared, tapiados, se aprecian los originales arcos de
acceso a la misma. La sala capitular se destruyó cuando, en época barroca, se amplió la
sacristía.
Dos pasillos se abren a este claustro. El primero,
era el acceso al antiguo dormitorio de los monjes situado sobre la sala capitular. El
segundo, llevaría al locutorio. Junto a éste, se encuentra el scriptorium
o sala de trabajo de los monjes. Es una majestuosa habitación de dos naves separadas por
tres pilares cistercienses de los que arrancan las bóvedas de crucería que cubren el
techo del recinto y que semejan palmeras de múltiples hojas. La habitación está
iluminada por seis ventanas abocinadas y recuerda el ideal de sencillez que debía
presidir el trabajo de los monjes blancos.
En el ala sur, se halla el claustro del
refectorio, siendo la primera dependencia el antiguo calefactorio, o sala de la
calefacción. Esta fue sustituida por una gran escalera que lleva al claustro superior que
permanece cerrada a los visitantes. El refectorio o comedor, frente al cual se
alzaría en el medievo la fuente para el aseo previo a la comida, es una monumental sala
con bóveda de cañón apuntada iluminada por los ventanales de la pared sur. Al fondo a
la derecha, puede distinguirse el lugar del púlpito desde el cual uno de los monjes
leería los pasajes de la Biblia mientras los demás tomaban sus parcas raciones en
absoluto silencio, tal y como prescribía la regla.
Tras el comedor, se encuentra la cocina, muy
reformada, antes de girar por el ala oeste del claustro, llamado de los conversos o
de la cilla (almacén o despensa). En esta zona se disponían las dependencias de
los conversos y los almacenes de grano y despensa, y sufrió grandes modificaciones en los
siglos XVI y XVII. A esta época, pertenecen varias construcciones anexas al cenobio
medieval, como el gran edificio con balcones adyacente al ala oeste del claustro, la
puerta plateresca de entrada a la abadía y los muros de cierre y fachada columnada que
dan al Duero.
Termina el recorrido del claustro por el ala norte,
o claustro de la lectura, que lleva hasta la puerta de los monjes y, nuevamente, a
la iglesia.
| DATOS
PRACTICOS. Desde Valladolid, hay que seguir la
carretera N-122 en dirección a Aranda de Duero. A apenas veintidós
kilómetros, se encuentra Quintanilla de Onésimo, donde hay que desviarse hacia Olivares
de Duero y, nuevamente hacia San Bernardo de Valbuena, de la que lo separan
apenas doce kilómetros, por la carretera VA-101. YANTAR
En Peñafiel:
Restaurante Mauro. C/ Atarazanas, s/n. Tel.- (983) 88 04 98.
María Eugenia. Plaza de España, 17. Tel.- (983) 87 13 15.
El Corralillo. Plaza del Corralillo, 9. Tel.- (983) 88 03 92.
Asados Don José. C/ Atarazanas, 5. Tel.- (983) 88 01 58.
Restaurante Peñafiel. Avenida Escalona, s/n. Tel.- (983) 88 03 67.
Asados Alonso. C/ General Franco, 14. Tel.- (983) 88 03 67.
El Molino de Palacios. C/ Queipo de Llano. Tel.- (983) 88 05 05.
El Bodegón. C/ José Antonio Girón de Velasco, 16. Tel.- (983) 88 07 43.
El Rincón de Madrid. C/ José Antonio Girón de Velasco. Tel.- (983) 88 00 68.
PERNOCTAR
En Peñafiel:
Hotel Ribera del Duero. Avenida de Escalona, 17. Tel.- (983) 88 16 16.
Hostal Pili. Ctra. Valladolid. Soria, Km. 55,4. Tel.- (983) 88 02 13.
Hostal Linares. C/ Mercado Viejo. Tel.- (983) 88 09 42.
Hostal Chicopa. Plaza de España, 2. Tel.- (983) 88 07 82.
Hostal El Empecinado. Ctra. de Valladolid-Soria, Km. 64. Tel.- (983) 88 07 93.
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