La construcción de numerosos chalets a lo largo del término municipal de
Manzanares, ha cambiado por completo la estructura de la que fue una pequeña aldea
madrileña. Cinco son los bastiones fundamentales que caracterizan al pueblo. Como si de
un espejismo se tratara, allá en la llanura, se extiende el embalse de Santillana,
denominado hoy de Manzanares el Real. Constituye uno de los ecosistemas más preciados del
Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, especialmente porque en él viven
importantes aves acuáticas y terrestres. Pero es, seguramente, la firme estampa de su
castillo, la que más sorprenda al visitante. Es una de las mejores muestras de la
arquitectura militar castellana y símbolo de una de las estirpes más renombradas en
Castilla, la de los Mendoza. Pero no hay que dejar de lado las ruinas del castillo viejo,
conocido como Plaza de Armas. En él se hospedó el Marqués de Santillana, hasta que
finalizaron las obras de la nueva fortaleza. Fue Juan II quien creó los títulos de
Marqués de Santillana y Conde del Real Manzanares, que recayeron en Iñigo López de
Mendoza, gracias a su buen comportamiento en la batalla de Olmedo. El castillo de
Manzanares también es un símbolo en la historia de Madrid por acoger el inicio del
proceso autonómico de la Comunidad en 1983.
No menos solera, pero sí tal vez mayor humildad, ofrecen, a
primera vista, los sobrios trazos de la iglesia parroquial, de factura románica y
gótica, dedicada al culto de la Virgen de las Nieves. Igual de recoleta es la estampa que
presenta la ermita de Peña Sacra, sobre una enorme mole de granito.
No hay que marcharse tampoco sin hacer un alto en el camino
en la remodelada Plaza Real, centro neurálgico de esta localidad serrana.