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¿Te resultó muy difícil
componer un texto en el que se dan cita la historia, la gastronomía,
la ciencia y las numerosas anécdotas que llenan de humor los distintos
capítulos?
Miguel Ángel Almodóvar: La verdad es que no, pero te voy a decir que
no tanto por mi habilidad como escritor, sino por el inmenso interés que
tiene en todos los sentidos la época de España sobre la que escribo. El
cambio que hubo aquí entre 1843 y 1931 fue brutal, nos desarrollamos más
en esos años que en los 10 siglos anteriores. De no ser por nuestro
proverbial cainismo y por el tremendo atraso que arrastrábamos, España
podría haberse puesto a la cabeza del mundo. ¿Cómo es posible que el
submarino de Isaac Peral, después de 22 pruebas exitosas, se fuera al
garete? La respuesta está en nuestro carácter como pueblo. Un periodo en
el que se da la experiencia fallida de la 1ª República, con la
electricidad cambiando todos los paisajes y las formas de vida en las
casas, pues al haber una bombilla en cada habitación las familias ya no
están obligadas a convivir a todas horas en el salón. Al mismo tiempo
cambia la forma de comer, que ya no es sólo alimentarse, sino algo cada
vez más refinado, aparecen los restaurantes con carta, los hoteles...
Una época sin duda fascinante.
¿Cuáles son tus proyectos
más inmediatos?
Estoy embarcado en un nuevo libro en el que pretendo ligar platos
gastronómicos con personajes importantes de la historia. Por ejemplo el
pollo a la marengo, el único plato francés que lleva aceite de oliva,
con Napoleón, o el cerdo con nabos y su importancia en los
descubrimientos de Galileo Galilei. También, a mediados de abril, voy a
realizar un homenaje gastronómico a uno de los personajes más
interesantes de la historia de España, el general Prim.
Tú has trabajado en
periódicos, televisión y radio, y además escribes libros. ¿Qué medio
prefieres, en cuál te sientes más cómodo?
Ahora mismo prefiero la prensa escrita, aunque me gusta mucho la radio.
La televisión ni me gusta ni me disgusta, simplemente ha muerto, así que
no me atrae mucho trabajar en una cosa que no existe. Su única misión es
entretener a un público cada vez más envejecido, pero sin ofrecer ni el
más mínimo espacio para que el espectador reflexione de manera crítica.
Háblame de algún viaje que
recuerdes con mucho cariño.
Siempre me fascinó el Budapest anterior a la caída del Telón de Acero.
Era una ciudad excepcionalmente hermosa. También recuerdo un viaje
extraordinario a Australia, pero si quieres que te diga la verdad, he
visitado tantos lugares maravillosos, EEUU, donde estuve viviendo por
temporadas hace años, Caracas, Bogotá... Damasco también es una ciudad
que me enamoró, con una gastronomía interesantísima, quizá la que más se
aproxime verdaderamente a lo que se ha venido a llamar dieta
mediterránea. Recuerdo también mis viajes a Filadelfia, donde conocí a
los padres de Grace Kelly.
Recomienda a nuestros
lectores algunos restaurantes que merezca la pena visitar.
A mí los restaurantes me tienen que decir algo más, aparte de la oferta
gastronómica. El primero que me viene a la cabeza es el Café Pamplona,
en Boston. Sigue ofreciendo gazpacho y tortilla de patatas como hacía su
fundadora, Josefina Yanguas, que, siendo semianalfabeta, emigró a EEUU
para trabajar como asistenta en las casas de los profesores republicanos
exiliados que enseñaban en el MIT, y a la que arregló los papeles de
residente un joven abogado llamado John Fitzgerald Kennedy, que luego
se hizo muy conocido (risas). Es un local que se hizo famoso entre los
miembros más destacados de los movimientos contraculturales
norteamericanos, lo visitaba gente como Joan Baez, en fin, toda una
institución. Casa Leopoldo, en Barcelona, lugar muy visitado por alguien
a quien admiro profundamente, el detective Carvalho –y su álter ego,
Vázquez Montalbán- . También me gusta mucho El Chiscón, en Madrid, un
lugar donde el jefe de sala sigue controlando los tiempos, y no el chef,
cosa que me parece un tremendo error.
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