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Con nombre propio
De
finos
y
manzanillas |
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Hace unos días, en una sobremesa de buena
digestión, aderezada como bien debe ser con su
jugosa pugna dialéctica, por supuesto incruenta,
vino a suscitarse como controversia a los
postres –estaba la Feria de Abril sevillana
reciente y de añoranza fresca en la memoria de
mi oponente- si el fino y la manzanilla son o no
la misma cosa, si son en verdad productos
exactamente iguales en su fundamento y
elaboración, como yo defiendo (apoyado en esto
en el criterio de calidad que, soto voce, me
confesó y confirmó, en otra memorable noche
cacereña, al amparo de ese templo gigante de la
gastronomía que es el restaurante “Atrio” de
aquella ciudad, el mismísimo presidente de los
Consejos Reguladores de las Denominaciones de
Origen Jerez-Xerès-Sherry y Manzanilla de
Sanlúcar, don Jorge Pascual.
Por Manolo Méndez @ (*)
Fotografías: Luis Medina |
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El tema es peliagudo, porque inciden en él circunstancias de
sentimiento, de prurito identitario, de estrategia comercial y de
tradiciones añejas, que van más allá del puro y estricto criterio
enológico. Don Jorge me confesaba, en pícara confidencia, que ni él ni
ningún panel de catadores serios que se precie podrían distinguir el uno
de la otra. Pero, oficialmente, sí se da esa distinción. Aunque no en
cuanto a la variedad de uva, que es la misma –la Palomino- ni tampoco en
cuanto al reglamento y pautas del proceso de elaboración, que es
exactamente idéntico. La única diferencia tangible que se marca es la
que deriva de la ubicación de la bodega elaboradora, que en el caso de
la manzanilla debe necesariamente estar radicada en Sanlúcar de
Barrameda. Salvo esa peculiaridad de localización geográfica, en ningún
otro término o parámetro hay diferencia alguna entre el fino y la
manzanilla. Incluso cabe que una bodega de Sanlúcar elabore su
manzanilla, y la venda y la etiquete como tal, partiendo de uvas
vendimiadas en Jerez, o en el Puerto de Santa María, o a decenas de
kilómetros hacia el interior. Si el vino “se cría” en Sanlúcar, y en una
bodega que, obligatoriamente también, deberá estar directamente
orientada hacia el mar (ahí, dicen, en ese influjo marino y salobre,
está la sutil clave diferencial), el vino será manzanilla… si no, no.
Esa es la cuestión. La única circunstancia que les distingue.
Y finos y manzanillas, ¿qué son?... Pues unos vinos muy especiales que,
en su más tierna juventud, en poco o en nada se diferencian de los
blancos jóvenes comunes, con sus corrientes 11º o 12º . La clave está en
ese momento crucial del invierno, cuando el bodeguero jerezano, o
sanluqueño, decide el futuro que quiere para su vino: si lo destina a
fino –o manzanilla- entonces lo encabeza con alcohol vínico, hasta
elevarlo a los 15º. Si decide que el destino es ir a mayores, a generoso
o amontillado, el encabezamiento con alcohol será entonces más intenso,
subiendo a los 17º.
La diferencia es crucial, y la escala de graduación alcohólica nada
baladí, porque los vinos que se quedan en esos 15º mantienen en su
superficie la capa de levadura que los preservará de la oxidación por
aire –el famoso “velo de flor”, determinante en la elaboración de los
vinos de jerez- en tanto que los de 17º eliminarán naturalmente ese
“velo”, para continuar su crianza oxidativa en contacto con el aire.
Pero los finos y manzanillas, no. Protegidos por ese “velo de flor”
bacteriano, desarrollarán una especial crianza biológica, lo cual vendrá
a traducirse, entre otras cosas, en el mantenimiento de un tono de color
pálido y claro, característico. En todo caso, deberán permanecer así al
menos cuatro años, antes de ser mezclados con otros caldos y salir al
mercado.
El reglamento indica taxativamente que ni finos ni manzanillas pueden
bajar en ningún caso en su graduación comercial de los 15,5º. Sin
embargo, es creencia extendida –totalmente equívoca, pero de alto
rendimiento comercial hoy en día- que las manzanillas son más ligeras y
menos alcohólicas que los finos; a lo cual ayuda e induce el hecho de
que los elaboradores de manzanilla tienden a apuran el filtrado de sus
finos para conseguir “apagar” aún más el color; que sean más
transparentes. El resultado, aunque sin ningún fundamento, es que cada
vez son más los que creen que entre fino y manzanilla sí hay diferencias
apreciables de tipología. Que la manzanilla es más adecuada para el
consumo de diversión, “ferial”, por ejemplo. Y esta eficaz operación de
marketing –por que no es otra cosa- ha venido disparando en los últimos
años el consumo “veraniego”, digámoslo así, y “festivo” de la
manzanilla, en detrimento del fino, que deberá espabilarse.
Véase, si no, el dato: el consumo de manzanilla en esta pasada Feria de
Abril sevillana multiplicó casi por cincuenta el de fino. Calculen
ustedes: se vendieron más de un millón de medias botellas de manzanilla.
Claro que muchas de ellas acabaron combinadas con “7up”, que es la moda,
ciertamente deplorable, de ese peculiar invento ferial y festivo que han
dado en bautizar como “rebujito”... pero esa es otra historia. Buen
provecho.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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