Durante el medievo, el
vino garantizó una absoluta sanidad en una época donde los alimentos transmitían pestes y enfermedades, pero también
suponía una importante actividad económica. El propio Miguel de Cervantes se hizo
eco de la importancia del vino de Ribeiro, el cual se vendía en media Europa,
en el siglo XVII, y era embarcado para América. A mediados del XIX, Galicia
contaba cincuenta mil hectáreas de viñedo, más que, hoy, cuando no existen más de
treinta mil hectáreas. Y en 1890, se constató la exportación de ochocientos millones de
litros.
Pero, entonces llegó el mildíu; luego, el oídio y, finalmente, la
filoxera, plagas procedentes de América que causaron grandes daños. La última,
de hecho, causó estragos irreparables y transformó el paisaje de muchas comarcas. La
solución también llegó de América, con la importación de pies resistentes que
sirvieron de portainjertos a las variedades autóctonas. Todo ello, impulsó unos vinos
que, hoy, cuentan con cinco Denominaciones de Origen: Monterrei, Rías
Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro y Valdeorras.
Los primeros se producen en el valle del mismo nombre, en la zona
suroriental de la provincia de Orense, y gozan de la diferenciación que les
proporcionan la orografía, el clima seco y continental y la concentración. Son cerca de
tres mil hectáreas donde se cultivan las uvas blancas de verdello, doña branca,
monstruosa y verdello louro que ofrecen vinos ligeros, aromáticos y
dorados; y las tintas bastardo, tinta fina, mencía y araúxa
para caldos agradables, ligeros, equilibrados y de graduación media.
De mayor fama gozan los vinos albariños, caíños y loureiros
producidos en las Rías Baixas. Las raíces se anclan en los cenobios y en las
comarcas de Salnés, Condado, Rosal y Soutomaior, asentadas
sobre suelos graníticos, francoarenosos, algo ácidos, poco profundos y con bajo
contenido en materia orgánica. La historia de estos caldos se mantiene, en su mayor
parte, recogida en tierras gallegas, pues sólo la Fiesta del Albariño
lo sacaba del sopor de las
bodegas lugareñas. Pero, en 1988, la aprobación del reglamento del Consejo Regulador
de la Denominación de Origen fue el punto de inflexión para su expansión. Hoy, se
cuentan 127 bodegas, cerca de doscientas marcas, 1.800 hectáreas, cuatro mil
viticultores, siete millones de botellas y trescientos mil litros exportados en 1996.
Los vinos blancos destacan por su calidad y por su prestigio
internacional. De color amarillo, limpios, brillantes, con aromas de frutas y flores,
persistentes y largos en el postgusto, los albariños son perfectos para el
marisco, las almendras saladas, los canapés o el queso. No obstante, siguen escaseando
los tintos, apenas esbozados en espléndidas variedades de jóvenes espadeiros, mencías
y sousones.
Cada otoño, una fiesta
De muy antigua tradición son los vinos de la Ribeira
Sacra, aunque la Denominación de Origen surgió en 1996. En esta zona, pueblos
como Pantón, San Esteban o Bóveda muestran inmejorables ejemplos de
la vinculación de la viña a la cultura monástica, enmarcada en un espléndido y
omnipresente románico. Mientras, el viñedo crece en laderas aterrazadas donde el hombre
se ha esforzado en obtener frutos de un medio hostil entre los ríos Miño, Sil,
Bibei y Cabe.
La comarca se divide en cinco subzonas: Chantada, Quiroga-Bibei,
Ribeiras do Miño, Amandi y Ribeira do Sil. Son 1.400 hectáreas de
viñedo sobre suelos pedregosos, ligeros, orientados al sur y con un clima atlántico de
transición influenciado por los ríos en los que la uva tinta mencía alcanza su
esplendor. No en vano, los de Ribeira Sacra están al frente de los tintos
gallegos. También se cultivan las variedades merenzao, brancellao, mouretón
y garnacha y las blancas palomino, godello, loureira, treixadura,
doña branca, albariño y torrentés. En total, se producen 45.000
hectolitros de tintos y cinco mil de blancos.
No obstante, las fiestas rurales gallegas
siempre se han regado con los vinos de Ribeiro, pues éstos se bebían a granel y
se enviaban a otros mercados transportados en bocoyes, pipas y medios
para su consumo en jarras de porcelana blanca que se llenaban a través de las billas
de madera. Castrelo de Miño, Ribadavia, Arnoia, Carballeda de
Avia, Leiro, Cenlle, Beade, Punxín, Cortegada, O
Carballiño, Boborás, Tén y San Amaro cultivan estos caldos
cuyas plantaciones, bañadas por Miño, Avia y Arnoia, se orientan al
mediodía y recogen la mayor insolación en un clima húmedo y templado. Las uvas treixadura,
godello, torrontés, macabeo, albariño y loureiro dan
origen a los blancos; mientras que caíño, garnacha, tempranillo, sousón,
cerrón, mencía, brancellao y alicante hacen lo propio con
los tintos. Son caldos limpios, brillantes, transparentes, jóvenes, aromáticos y
moderadamente ácidos. Por su parte, la Denominación de Origen de Valdeorras
elabora buenos blancos y tintos. Entre ellos, el godello, vinificado en bodegas de
moderna tecnología, se presenta como un espléndido vino blanco de doce grados, limpio,
frutal, redondo, de color amarillo pajizo, buena estructura en boca, equilibrado y largo.
En tintos, los obtenidos de la uva mencía enseñorean un color rojo cereza y
sabores frutales y persistentes en boca. Ambos son vinos muy apropiados para acompañar
los diversos platos de la cocina gallega y perfecto ejemplo de la honda tradición
vitivinícola de esta comarca sita en la zona occidental de Orense, próxima a El
Bierzo. Una zona atlántica con rasgos continentales, suelos pizarrosos y fuertes
pendientes, entre los valles del Sil y del Jares.
Por último, recordar que, a pesar de contar con cinco Denominaciones
de Origen, Galicia es un mosaico de vinos, pues allí donde el clima y el suelo
lo permiten hay emparrados o viñedos de poda baja. Así, cada casa de labranza es una
bodega; cada paisano, un viticultor; cada otoño, una fiesta.