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La
confusión que recibe el visitante una vez que llega a Mayorga, auspiciado
por algún rumor desaparece pronto de su mente. Entre otras cosas porque el
Vítor es una fiesta donde nadie se siente ajeno. Un sentimiento fraternal
parece inundar el ambiente de estas calles. Y es que, en la provincia
de Valladolid no es difícil que por algún otro pueblo se hable de "que ya se
aproxima el vítor de Mayorga" y que "habrá que ir preparando las ropas para
ir la procesión".
En esta localidad
vallisoletana, a orillas del río Cea, se sienten muy orgullosos de su fiesta
principal. Ese mismo orgullo transmitido de generación en generación durante
siglos, por su más ilustre vecino, Santo Toribio de Mogroviejo, una de las
principales figuras evangelizadoras de América.
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Evangelizador en Las Américas |
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Nace en 1538 Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo.
Estudia en el Convento de San Francisco de Mayorga, destacando por
su inteligencia.
Con sólo trece años, ya estudia en Valladolid.
En 1562 estudia en Salamanca, en la Facultad de Cánones.
Se traslada a Coimbra.
1574. Es nombrado inquisidor de Granada y posteriormente arzobispo
de la Ciudad de los Reyes del Perú. |
Se convierte en una de las principales figura de la Evangelización
en América. Lucha por defender a los indios, además debautizarles
recorriendo en mula y a pie más de 40.000 kilómetros.
Elabora el catecismo en castellano, quechua y aimarac para que los
indios pudieran comprenderlo.
Muere en Perú en 1606, causando gran tristeza en todo el territorio
peruano.
Es canonizado en 1726.
Llega a Mayorga la primera reliquia del santo, una costilla en
relicario de Plata.
Se funda en 1734 la Congregación de Santo Toribio Alfonso de
Mogrovejo, en su mayoría clérigos vecinos de Mayorga, con el fin de
promover el culto hacia el santo.
Se construye en 1737 la ermita en su honor.
Llega la segunda reliquia el 27 de septiembre de 1737. La tradición
cuenta que dicha reliquia fue recibida con los vecinos con
antorchas, para celebrar la llegada. |
En la fiesta, declarada de
Interés Turístico Regional, participan propios y foráneos. De hecho, acuden
gentes de todo Castilla y León, extendiéndose también a vecinos de Navarra o
Asturias. Tampoco es extraño ver pasear a algún extranjero que acude a la
fiesta ante la curiosidad suscitada por la lectura de algún un reportaje en
revistas internacionales.
El día veintiseis de septiembre, todas las miradas se hallan puestas en la
casa de Angel Fierro, lugar al que con una insignia acuden los mayordomos y
punto de partida para la salida del vítor, una especie de estandarte que la
villa dedica a Santo Toribio y que se conduce hasta la iglesia. Es el
comienzo de "las vísperas". Será a las diez y media de la noche cuando se
procede a la quema del "cubo", donde se introduce el eje de un carro de
madera. Esta quema simboliza todas las ciencias que el santo estudió:
gramática, filosofía, geometría, astronomía, cosmografía, teología y
jurisprudencia. Es el preludio de el gran festejo que se celebrará el día
veintisiete.
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Los "hombres de la
pez" y los pellejos de Covarrubias |
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Singulares
son los vecinos de Mayorga en su noche grande ataviados con ropas
viejas y guantes, portando largos y pesados varales de los que
cuelgan pellejos de vino. Curiosamente a los mayorganos les cuesta
cada vez más encontrar talleres que realicen estas piezas.
Actualmente traen pieles de cabrito de Covarrubias, en Burgos. Con
mucho mimo las llenan de pez, las sacan aire y secan, las meten
siete días en vino y las vuelven a secar, para tener a punto los
pellejos el día de la procesión. |
Durante esta jornada, tras la
misa matinal y la procesión vespertina, alrededor de las cinco, los vecinos
retornan a sus casas para cenar y sacar de los viejos arcones las ropas
viejas. El momento más culminante de la fiesta se aproxima. A las diez
y media el repique de las campanas, la música y los cohetes anuncian el
comienzo de la procesión cívica El Vítor. Es, por ello, el momento de
conmemorar la llegada de una de las reliquias del santo a Mayorga.
Todo
Mayorga, ataviado con ropas viejas, sombreros de paja y guantes en las manos
esperan la salida de El Vítor de la iglesia. Cada vecino porta largos
varales de los que cuelgan pellejos de vino. Viejos pellejos de vino que,
una vez prendidos comienzan a gotearla pez ardiente. En cada calle, la
procesión realiza una parada, momento para bailar y cantar. Los pellejos
esperan a que se queme uno de estos fuegos de cuyo interior sale la estampa
de Santo Toribio y Santa Rosa de Lima. En este punto, los mayorganos se
ponen de rodillas para cantar la salve. Terminados los fuegos, El Vítor se
dirige al Ayuntamiento. Alrededor de las cinco de la madrugada se dirigen a
la iglesia, apagan los pellejos encendidos y rinden el último homenaje del
año a su santo. Es uno de los momentos más emocionantes. De la algarabia
provocada por la música y el cante se pasa al silencio y, posteriormente a
entonar la Salve y el Himno a Santo Toribio.
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