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Pueblos, caminos, ríos, paisajes, árboles
y flores. Todo esto forma parte de la realidad de una comarca por la que dicen que estuvo Julio Cesar por lo menos diez siglos antes de
empezar a construirse las iglesias románicas que le han dado bien merecida fama.
Curiosamente, quien fuera máximo gobernante de uno de los mayores imperios de la
historia, debió visitar estas tierras en busca de las propiedades curativas de las aguas
termales de Caldes de Boí.
La Vall de Boí atesora múltiples y variados
accidentes orográficos: de las altas cumbres al cauce del Noguera del Tor existe un desnivel de dos mil
metros. Aquí se concentran cimas que superan los tres mil metros de altura: Punta Passet, Besiberri Sud, Besiberri Nord, Besiberri Mig y Coma-les-bienes. Aquí el agua cobra muy
diferentes formas: fuentes, cascadas, torrenteras y riachuelos. Todo ello, se debe a los
fenómenos de erosión glacial y fluvial. Alrededor de Barruera, el valle presenta un fondo casi plano y
sus vertientes son especialmente abruptas y verticales, confirmación de la antigua
existencia de un gran lago glacial. No obstante, lo que realmente distingue este lugar son
sus habitantes. Gentes que conservan los caminos tradicionales; que atraviesan los valles
mientras pastan los rebaños; que práctican la pesca; que admiran cómo se funde la
nieve; que han construido sus pueblos sin dañar el paisaje.
La historia de Boí está ligada, desde el siglo XII, al
señorío de Erill, antiguo linaje feudal
dependiente del Condado de Pallars y
documentado desde el año 1077. Las poblaciones del valle estuvieron bajo la égida de
este linaje y disfrutaron título de baronía desde el siglo XII. Posteriormente, hasta el
final del antiguo régimen, fue condado de Erill.
Las construcciones románicas fueron resultado de la protección de los señores de Erill y el mecenazgo ofrecido a artistas,
constructores y pintores románicos.
Por todo ello, el arte
románico más genuino y representativo de Cataluña
encontró aquí el escenario más adecuado. Los pueblos de Coll, Cardet,
Barruera, Durro, Boí,
Erill-la-Vall y Taüll poseen esbeltos campanarios, tallas y
retablos. Fueron construidas entre los años finales del siglo XI y los principios del XII
y corresponden al periodo del románico lombardo. A su considerable, y muchas veces
inestimable valor arquitectónico, es obligado sumar el conjunto de pinturas murales que
decoraron algunos de sus interiores y que, hoy, es posible ver en diversos museos del
mundo.
La
aventura de los ábsides
A mediados del siglo XIX, el movimiento
romántico imperante rastreaba en la historia y en las tradiciones culturales, las señas
de identidad nacional. Así, estudiosos y coleccionistas descubrieron la pintura románica
en diversas exposiciones celebradas en Vic y
en Barcelona y que culminaron, años más
tarde, con la publicación, a cargo de la Junta de
Museos, de un catálogo en el que se describen las pinturas murales existentes en Cataluña.
Mas, en 1918, se descubrió en Mur que un grupo de financieros y anticuarios
extranjeros habían comprado en bloque la mayor parte de los frescos con la idea de
arrancarlos y llevarlos a Estados Unidos. El
negocio fue emprendido por el empresario y coleccionista Lluís Plandiura i Pou, quien no tuvo problemas
para convencer sacerdotes, alcaldes y vecinos de unos pueblos muy alejados de los
ambientes culturales. Así, consiguió comprar piezas únicas y obras maestras con
bastante facilidad y se inició el arrancamiento masivo de pinturas murales. Los mejores
especialistas del mundo fueron contratados para arrancar las pinturas de los ábsides y
montarlas en estructuras de igual tamaño sin que sufrieran desperfectos.
Un año más tarde, los hechos fueron conocidos por la Junta de Museos de Barcelona, que inició desesperadas
negociaciones para impedir el tráfico de las obras. La Junta de Museos recompró casi todas las pinturas,
aunque sigue siendo un misterio la cantidad pagada. Se perdieron algunas, como las
pinturas del ábside mayor de la colegiata de Mur,
que se encuentran actualmente en el museo de Boston.
Las que fueron recuperadas se pueden contemplar en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, ubicado en Montjuïc.
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