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El toro se cría en las inigualables dehesas de Extremadura, Andalucía o
Salamanca. Dehesas salmantinas donde la arboleda no es sólo sombra. Dehesas extremeñas
donde crece la bellota dulce que tanto gusta al toro. Dehesas andaluzas de variados
matices, donde el toro puede correr y moverse con plena libertad.
Mas, ante el riesgo de las caídas del
toro en la plaza, algunos ganaderos pasean al animal un mes antes de la lidia. Para ello,
se recogen con los bueyes los toros apartados para la corrida y se les obliga a andar y
correr unos kilómetros. En la primera salida, al toro le cuesta abandonar el cercado e
intenta pelear con sus compañeros antes de coger la puerta. En la segunda, el toro ya
sabe dónde va y obedece a vaqueros y cabestros.
Si hay un barranco en el camino, es
frecuente que los toros se arranquen contra alguno de los flancos. Si el terreno no es muy
duro, hunden los pitones para sacar tierra húmeda. Y si encuentran algún ganado, tienden
a acercarse, reburdeando, mientras el vaquero los deje.
En el extremo de la marcha, los toros dan
la vuelta por querencia. Entonces, al galope corto de los caballos, se les obliga a correr
hasta el cerrado, donde llegan con la boca abierta, la lengua fuera de ella. Incluso, ya
llegando, adelantan a los bueyes, ávidos de alcanzar su lugar de costumbre.
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