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En Andalucía, las crías más prematuras nacen a primeros de septiembre
y, las más tardías, a principios de mayo, pues los toros se echan a las vacas entre el 1
de enero y San Juan (24 de junio). El ganadero suele mantener las fechas para que el campo
tenga abundante pasto abundante para alimentar a la madre durante la crianza. En el centro
peninsular, los partos son más tardíos para evitar que los becerros nazcan en los meses
más fríos, cuando las dehesas se cubren con un manto de nieve.
Para parir, la vaca busca sitios
resguardados. Suele tumbarse, pero, si el vaquero está cerca, pare de pie. Una vez que
nace la cría, la madre se come las pares o envoltura que lo cubre y hasta que no lo
limpia por completo, no le hace mucho caso. Después, la vaca brava lo defenderá contra
cualquiera que se acerque. Por eso, los vaqueros deben esperar para cumplimentar, los
partes de nacimiento semanales, donde detallan el nombre de la vaca que da a luz y si es
becerro o becerra. Curiosamente, hay años o lunas en que las vacas machean o hembrean.
A muy poco de nacer, los becerros
intentan levantase, vacilantes y, a veces, se caen. La vaca vuelve a secarle con su
lengua, hasta quitarle el entumecimiento con su calor. Tras mamar los calostros, la madre
lo esconde para que duerma el sueño calostral, mientras ella va a comer. En cuanto siente
al hombre, la vaca se separa de donde ha escondido el becerro. Las jóvenes se espantan
poco; las viejas aparecen por el lado contrario. Algunas ganaderías marcan, ahora, la
señal de la oreja, pues se hace menos daño, la herida cura antes y goza del poder
cicatrizante de la lengua materna.
Un mes después, el becerro corre, juega,
se pelea con sus compañeros, embiste y topa contra lo que tenga delante.
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