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A los ocho o diez
meses, tiene lugar el destete o desahijar, tarea laboriosa que requiere orden, ritmo,
caballos bien domados y vaqueros adiestrados. Hoy, por comodidad, se utiliza el corral de
las plazas de las fincas, dejando salir por la puerta a la madre y cerrándola delante del
becerro.
Antes, el ganado se reunía en un pequeño cercado. Luego, un vaquero
se metía dentro, separando las vacas con el caballo, mientras otro cortaba el ternero de
la vaca y un tercero cuidaba la puerta para dejar salir solo a la vaca. La vaca huía por
querencia; pero, al verse sin la cría, intentaba volver, por lo que otro vaquero estaba
detrás de la cancela.
Todo sucede en pocos metros, donde los cuernos de las vacas pasan y
repasan a un milímetro de los pechos de los caballos. Algunas, hostigadas, se arrancan y
el caballo debe recortarlas en metros. Ahí se muestra el adiestramiento que le permite
cortar la vaca del becerro y esquivar sus arrancadas con hábiles y lentos quiebros, sin
enervar ni a la vaca ni a su hijo. Con suerte, cien vacas pueden despacharse en media
hora. Pero si los becerros son tercos, vaqueros y caballos acaban empapados en sudor y
fátiga.
Por la noche, empiezan los berridos. Algunas vacas andan, despacio, al
hilo de las tapias, al olor y la nostalgia del hijo. Así, hasta que baja la inflamación
de las ubres.
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