José Ayerra: de profesión, Almadiero. Día de la Almadía. Fiestas de Navarra

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José Ayerra: de profesión, Almadiero


La belleza de este oficio no oculta, sin embargo, su dureza. Durante unos pocos meses, los hombres del valle del Roncal se lanzaban río abajo pensando en ganar un jornal de unas diez o quince pesetas diarias, trabajando a destajo. El salario se completaba con tres jornales más, en compensación por el regreso a pie desde el lugar de destino, con las sirgas al hombro.

Fotografías: D. Medina

© revistaiberica
 

"Era muy duro", recuerda José Ayerra, "pues había que bajar por el río en los meses de más frío, de noviembre a marzo, para aprovechar las aguas del deshielo. Las orillas estaban heladas y en los saltos de las presas te mojabas hasta el cuello. No importaba que lloviera o helara, ibas mojado todo el día hasta llegar por la noche a la posada, a dormir entre la paja que es sucia, pero calentita"..

Ayerra ejerció de almadiero entre 1940 y 1952, "cuando se dejó con el cierre del pantano de Yesa", y, a sus 77 años, habla de la profesión con orgullo y mucho cariño. El tono no engaña: a pesar de lo sufrido, la nostalgia se apodera de sus palabras cuando relata viejas experiencias y la risa aborda sus labios cuando presume de disfrutar de muy buena salud. "No padezco ni siquiera un reuma", asegura.

Como uno de los últimos almadieros, José Ayerra enseña a los más jóvenes del valle del Roncal, donde el río Esca siempre ha ofrecido sus aguas a los madereros. Ahora, este navarro dirige las exhibiciones que, todos los años, se celebran en el pueblo, siendo él el más viejo que se sube a la almadía. "A los chavales les gusta y no queremos que se pierda esta tradición, pues es la más antigua y fue aquí, en El Roncal, donde más tarde se perdió. Pero, ahora, sólo podemos bajar seis kilómetros", rememora.

Los recuerdos, sin embargo, no tardan en abrirse paso. "Entonces no había camiones y había que bajar los troncos por el río. Si la madera era delgada, igual bajabas 120 troncos que formaban seis o siete tramos. Si era gorda, un tramo contaba con seis o siete troncos, por lo que sólo podías llevar veinte o treinta maderos y necesitabas más agua".

La necesidad empujaba a los hombres del Roncal hacia el río. "No había otra cosa. Era eso o de pastor con un cacho de pan y arrea por ahí. Así que... mejor almadiero. Nosotros comíamos bien: judías, bacalao, carne... Nos gustaba y subíamos contentos al monte donde nos juntábamos cien o doscientos entre tres o cuatro pueblos". Mucho trabajo apenas compensado por un sueldo "para ir tirando: cinco o siete pesetas al día en 1936, trabajando a destajo, con el hacha, y desde los quince años, cuando subías con el padre o con las cuadrillas. Pero se ganaba más que de pastor".

La zamarra de cabra, albarcas, boina, jersey y pantalones formaban la indumetaria del almadiero.                                                                                      

El oficio ha pasado de padres a hijos en la familia Ayerra, cuyos miembros han vestido, desde siempre, "zamarra de cabra, albarcas, boina, jersey y pantalones. Ibamos así en la almadía, muy poco abrigados, aunque la zamarra tapa bien los riñones, pero no era raro que se te cayeran las uñas de los pies". Vestimenta que de poco servía cuando había que meterse en el agua o cuando, en los pasos arriesgados, alguien caía al agua: "En El Roncal no pasó mucho, a veces había que nadar, pero en la foz de Arbayún murieron dos al chocar contra una piedra".

El de almadiero, sin embargo, no era un oficio de temporada. Cuando no se bajaba por el río, los hombres subían al monte a preparar la madera. "En febrero, se cortaban las varas de avellano, que luego se retorcían y mojaban para amarrar los troncos que se agujereaban con una barrena. En marzo y abril, subíamos al monte con la tienda de campaña a trabajar la madera, hasta agosto, cuando se bajaba a los ataderos con burros". Momentos de trabajo y soledad, pues las mujeres se quedaban en el pueblo. "Sí, pero no había ganas, pues se trabajaba a destajo y bastante era si llegabas a la cama". Aunque a las féminas no les desagradaban los almadieros, más bien al contrario si se tiene en cuenta lo que relata Ayerra sobre las "muy atrevidas jóvenes" de Caparrosa que, lavando en la orilla, gritaban al paso de la balsa: "Almadillero, que fresca la llevarás ¿eh?".


 

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