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VALBUENA
La sencillez de 
los monjes blancos

Por Miguel Fajardo
Fotografías Luis Medina

En el corazón de Castilla, entre Valladolid y Peñafiel, un camino flanqueado de árboles y viñedos desemboca en una plaza empedrada con una cruz de piedra en su centro y un pequeño jardín de boj. Más allá, se alza la austera fachada almenada de la iglesia del monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena, mientras, a la derecha, se extienden las dependencias erigidas durante los siglos XVI y XVII. Atravesar el umbral de la gran iglesia supone traspasar las puertas del tiempo para llegar a un mundo destinado a transmitir paz y serenidad a sus moradores.

Los blancos monjes del Císter hace tiempo que abandonaron el recogimiento del monasterio de Santa María de Valbuena. El susurro de murmuradas oraciones y leves pasos sobre las benditas piedras apenas permanece en el recuerdo perpetuo de los muchos muros que aún resisten el embate del tiempo, aunque otros, no tan firmes, parecen haber claudicado al paso de los siglos.

Rendición no firmada que, sin embargo, ha sido incapaz de expulsar de este recinto el verdadero espíritu del Císter, filosofía bajo la cual, el 15 de febrero de 1143, la condesa Estefanía (hija de Armengol V, conde de Urgel, y de María Ansúrez, hija del señor de Valladolid, el conde Pedro Ansúrez), fundó el monasterio con monjes procedentes de la abadía francesa de Berdonas, de la línea de Morimond.

El susurro de murmuradas oraciones y leves pasos sobre las benditas piedras apenas permanece en el recuerdo perpetuo de los muchos muros que aún resisten al embate del tiempo

La carta fundacional indica que se dedicaba "a Dios y Santa María" -como es habitual en los monasterios de la orden- a "San Martín, San Silvestre y Todos los Santos". Santa María de Valbuena, cuyo primer abad se llamó Martín, se conformó como un importante centro espiritual y económico a orillas del Duero, sobre todo, tras las donaciones realizadas al mismo por Alfonso VII y los posteriores monarcas castellanos.

En 1151, Ebrardo, uno de los monjes franceses, sucedió a Martín y, en 1163, regía los destinos de la comunidad el abad Guillermo, época en la cual Alfonso VIII le concedió el monasterio de San Andrés de Valvení, trasladado más tarde a Palazuelos. No sería la única adscripción, pues, en 1186, siendo abad el español Nuño, también figuran como filiales los cenobios de Rioseco y Bonaval.


Una puerta ojivela, sin capiteles y de arquivoltas lisas, permite acceder al interior del templo, cuyos desnudos muros dan una perfecta idea del espíritu del Císter

Las graves contiendas que se sucedieron en 1430 entre el abad fray Fernando de Benavente o de Santa Colomba, y los monjes obligó a Juan II y al obispo de Palencia, Gutierre, a nombrar abad a fray Martín de Vargas, fundador de la reforma española o Congregación de Castilla en Montesión tres años antes. Así, Valbuena se convirtió en la segunda abadía que formaba parte de la Observancia, siendo un auténtico vivero de insignes personajes de la Orden, como lo demuestra el hecho de que se formaron en el cenobio un total de veintitrés generales de la Congregación de Castilla.

Aire de misterio

La Desamortización de Mendizábal de 1835 dejó el cenobio en manos del abandono, aunque la mayor parte del conjunto monástico de Valbuena se conserva en buen estado, principalmente, la iglesia que ha permanecido intacta, tal y como la dejaron los monjes.

El acceso al cenobio se realiza por la iglesia, cuya austera fachada posee cierto carácter militar gracias a la hilera de almenas y la pequeña torre sita en un lateral de la misma, recuerdo, quizás, de la estrecha relación mantenida entre el Císter y algunas de las más importantes órdenes de frailes guerreros de la Edad Media (Temple, Calatrava, Alcántara, Aviz).

Una puerta ojival, sin capiteles y de arquivoltas lisas, permite acceder al interior del templo, cuyos desnudos muros dan una perfecta idea del espíritu del Císter. La planta es de cruz latina, con tres naves, siendo la central más alta y ancha que las laterales. En sus dos primeros tramos, la iglesia cuenta con una altura inferior dada la presencia de un coro alto de estilo plateresco. Esta era la parte del templo ocupado por los conversos, que, si bien no eran monjes vivían en el monasterio y se ocupaban de las labores del campo, mientras que los monjes ocupaban la parte cercana al altar.

De los pies al crucero, las bóvedas son de crucería simple. Los arcos son ojivales y apoyan sobre gruesos pilares que llevan adosadas columnas gemelas con los característicos capiteles de decoración vegetal típicos en el arte de la Orden. El aire sobrio de la iglesia, los tímidos intentos de lograr mayor luminosidad y altura en los muros son una expresión más de la nueva época que empezaba a vivirse en la Europa de la segunda mitad del siglo XII y que se vio reflejada en un nuevo arte: el protogótico.


En el brazo norte del crucero, tapada por un retablo barroco, está la puerta de los muertos, por donde se llevaba a los monjes fallecidos al cementerio situado junto a los ábsides

El crucero, nave transversal que corresponde al travesaño corto de la cruz de la planta, se cubre con bóveda de cañón apuntada, excepto en el tramo correspondiente a la capilla principal, sobre el cual se levanta una cúpula del siglo XVI sobre las trompas del primitivo cimborrio medieval.

La cabecera, orientada al este, costa de cinco capillas. La central es más amplia y semicircular, igual que las dos adyacentes, cubiertas por bóveda de crucería y de cuarto de esfera, respectivamente. Los dos absidiolos de los extremos tienen planta cuadrada y bóveda de crucería. Los ventanales aún conservan lajas de alabastro en lugar de cristales, lo que da un encanto especial y cierto aire de misterio a la zona de la cabecera. Tanto el tipo de cabecera como los pilares son característicos de la llamada Escuela Hispano-Languedociana, siendo la iglesia de Valbuena uno de los mejores ejemplares.

Antiguamente, debió alzarse en el brazo del crucero una escalera que llevaba al segundo piso donde se hallaba el primitivo dormitorio de los monjes. Esta escalera se sustituyó por otra que lleva al piso alto del claustro. Mas aún subsiste una puerta que daba acceso a la sacristía medieval. En la actualidad, la construcción cisterciense ya no existe, pues fue destruida en época barroca para unirla a la sala capitular y formar una sacristía mayor.

En el brazo norte del crucero, tapada por un retablo barroco, está la puerta de los muertos, por donde se llevaba a los monjes fallecidos al cementerio sito junto a los ábsides.

La capilla del tesoro

No hay que olvidar los hermosos retablos barrocos que aún adornan la iglesia y que son, con el coro alto y el cimborrio, los únicos añadidos al antiguo edificio medieval. En la nave lateral norte, hay dos pequeños retablos con sendas imágenes de santos de la Orden del Císter (uno es Roberto, el fundador; otro, Raimundo, abad de Fitero y creador de la Orden de Calatrava). Cubriendo toda a capilla principal se levanta otro exuberante retablo barroco, pleno de oros, ángeles e inscripciones, dedicado a Santa María Virgen, objeto de especial veneración entre los monjes blancos.

EL CISTER. La Orden del Císter, bajo cuyos designios se fundó el monasterio de Santa María de Valbuena, tuvo sus orígenes en las inquietudes de un monje benedictino francés de nombre Roberto, que vivió a finales del siglo XI. Entonces, Europa vivía en un clima de profunda efervescencia espiritual y religiosa, unida a un ansia de renovación y regresó a los auténticos valores evangélicos. La orden benedictina de Cluny, con sus numerosas y ricas abadías, era un centro de poder económico y temporal y, por ello, se le acusaba de haber abandonado los ideales de pobreza que debían regir la vida de la iglesia.

Bajo este espíritu renovador, se fundó el monasterio de Citeaux (en latín, císter) Borgoña, que dio nombre a una nueva orden religiosa cuyos miembros vestían de blanco en contraste a los negros hábitos de Cluny. Además del propio Roberto, otras dos grandes personalidades de estos primeros momentos, Alberico y Esteban Harding, fueron también abades de Citeaux.

En 1112, ingresó en el cenobio Bernardo, verdadero impulsor de la orden y uno de los personajes más interesantes de la Edad Media. En 1115, ya estaban fundadas las cinco casas madres de la orden: Citeaux, Clairvaux, Ferté, Pontigny y Morimond, a partir de las que el Císter se extendió por toda Europa.

La regla cisterciense retomó la pureza de la primitiva regla benedictina (ora et labora) y estableció sus cenobios en lugares con agua abundante, alejados de los núcleos habitados. Los monjes roturaron las tierras, obtenidas por donación o por compra, plantaron cereales y viñedos y se dedicaron a la ganadería. Así, los monasterios del Císter se convirtieron en centros de explotación económica.

Es dentro de este fenómeno de alcance europeo en el que tiene lugar la fundación del monasterio de Valbuena, reinando Alfonso VII en Castilla y León. El nombre de la fundadora, Estefanía Armengol, hija del conde de Urgel, Armengol V, y de María Ansúrez, hija del conde Pedro Ansúrez, a su vez, señor de Valladolid, es una muestra de las estrechas relaciones existentes en la época entre las clases dirigentes de las coronas de Castilla y Aragón.

La capilla de San Pedro, más conocida como Capilla del Tesoro, quizás por una pequeña cámara oculta situada en lo alto de la misma, es de gran interés. Es un edificio alargado al que se accede desde al absidiolo situado más al sur de la cabecera de la iglesia, con ábside trapezoidal y tres tramos con bóvedas de crucería. Su carácter funerario es claro, ya que todavía se pueden ver algunos sarcófagos de piedra, aunque sin decorar y sin inscripciones. Deben pertenecer a algún noble patrono del monasterio, quizás algún descendiente de la condesa Estefanía.

En sus orígenes, el Císter no permitía el enterramiento de nobles en sus iglesias, norma que se fue relajando paulatinamente, por lo que, en el siglo XIII, se erigió esta capilla donde destacan las exquisitas pinturas murales góticas que ornan tres de los lucilos sepulcrales.

Una de ellas, desgraciadamente mutilada por un ventanal moderno, ilustra un combate entre caballeros castellano leoneses armados hasta los dientes y musulmanes de rostros caricaturescos. Otra, prácticamente desaparecida, contiene una representación religiosa. En la tercera, aparecen un rey y una reina de nombre Urraca, según reza la inscripción, rodeados de pajes.

El claustro

Al claustro se accede por una pequeña puerta, llamada de los monjes, próxima al crucero en el muro sur del templo. De planta cuadrada, hoy consta de dos plantas, siendo medieval la inferior y plateresca la superior. En torno al claustro se sitúan diversas dependencias monásticas, algunas de época medieval.

Cada una de las cuatro crujías o galerías del claustro bajo de Valbuena, se dividen en ocho tramos con bóvedas de crucería. Seis de estos tramos, se abren al patio interior por grandes arcos ojivales bajo los que se disponen grupos de tres arcos de medio punto, sustentados por dobles columnas con ricos capiteles vegetales. A veces, por encima de los tres arcos, hay rosetas o vanos circulares decorativos.

Entre las bóvedas de crucería, aún se ven restos de pinturas platerescas y renacentistas, representando motivos paganos del antiguo arte clásico. Al plateresco pertenece también el claustro superior. Entre los arcos, se disponen decorativos medallones, con bustos de personajes masculinos y femeninos ricamente ataviados. En Valbuena, hay que buscar el medallón que contiene una pelada calavera con oreja.

El recorrido por el claustro bajo se inicia por su ala este, llamada claustro del capítulo o de la sala capitular. Aquí ha desaparecido el aramarium o alacena para los libros. A continuación, vendría la entrada a la sala capitular, lugar donde tenían lugar importantes aspectos de la vida comunitaria de los monjes. En la pared, tapiados, se aprecian los originales arcos de acceso a la misma. La sala capitular se destruyó cuando, en época barroca, se amplió la sacristía.

Dos pasillos se abren a este claustro. El primero, era el acceso al antiguo dormitorio de los monjes situado sobre la sala capitular. El segundo, llevaría al locutorio. Junto a éste, se encuentra el scriptorium o sala de trabajo de los monjes. Es una majestuosa habitación de dos naves separadas por tres pilares cistercienses de los que arrancan las bóvedas de crucería que cubren el techo del recinto y que semejan palmeras de múltiples hojas. La habitación está iluminada por seis ventanas abocinadas y recuerda el ideal de sencillez que debía presidir el trabajo de los monjes blancos.

En el ala sur, se halla el claustro del refectorio, siendo la primera dependencia el antiguo calefactorio, o sala de la calefacción. Esta fue sustituida por una gran escalera que lleva al claustro superior que permanece cerrada a los visitantes. El refectorio o comedor, frente al cual se alzaría en el medievo la fuente para el aseo previo a la comida, es una monumental sala con bóveda de cañón apuntada iluminada por los ventanales de la pared sur. Al fondo a la derecha, puede distinguirse el lugar del púlpito desde el cual uno de los monjes leería los pasajes de la Biblia mientras los demás tomaban sus parcas raciones en absoluto silencio, tal y como prescribía la regla.

Tras el comedor, se encuentra la cocina, muy reformada, antes de girar por el ala oeste del claustro, llamado de los conversos o de la cilla (almacén o despensa). En esta zona se disponían las dependencias de los conversos y los almacenes de grano y despensa, y sufrió grandes modificaciones en los siglos XVI y XVII. A esta época, pertenecen varias construcciones anexas al cenobio medieval, como el gran edificio con balcones adyacente al ala oeste del claustro, la puerta plateresca de entrada a la abadía y los muros de cierre y fachada columnada que dan al Duero.

Termina el recorrido del claustro por el ala norte, o claustro de la lectura, que lleva hasta la puerta de los monjes y, nuevamente, a la iglesia.  

 

 
DATOS PRACTICOS. Desde Valladolid, hay que seguir la carretera N-122 en dirección a Aranda de Duero. A apenas veintidós kilómetros, se encuentra Quintanilla de Onésimo, donde hay que desviarse hacia Olivares de Duero y, nuevamente hacia San Bernardo de Valbuena, de la que lo separan apenas doce kilómetros, por la carretera VA-101.

YANTAR
En Peñafiel:
Restaurante Mauro. C/ Atarazanas, s/n. Tel.- (983) 88 04 98.
María Eugenia. Plaza de España, 17. Tel.- (983) 87 13 15.
El Corralillo. Plaza del Corralillo, 9. Tel.- (983) 88 03 92.
Asados Don José. C/ Atarazanas, 5. Tel.- (983) 88 01 58.
Restaurante Peñafiel. Avenida Escalona, s/n. Tel.- (983) 88 03 67.
Asados Alonso. C/ General Franco, 14. Tel.- (983) 88 03 67.
El Molino de Palacios. C/ Queipo de Llano. Tel.- (983) 88 05 05.
El Bodegón. C/ José Antonio Girón de Velasco, 16. Tel.- (983) 88 07 43.
El Rincón de Madrid. C/ José Antonio Girón de Velasco. Tel.- (983) 88 00 68.

PERNOCTAR
En Peñafiel:
Hotel Ribera del Duero. Avenida de Escalona, 17. Tel.- (983) 88 16 16.
Hostal Pili. Ctra. Valladolid. Soria, Km. 55,4. Tel.- (983) 88 02 13.
Hostal Linares. C/ Mercado Viejo. Tel.- (983) 88 09 42.
Hostal Chicopa. Plaza de España, 2. Tel.- (983) 88 07 82.
Hostal El Empecinado. Ctra. de Valladolid-Soria, Km. 64. Tel.- (983) 88 07 93.


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