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Si no se toman medidas urgentes, seguramente nuestras siguientes
generaciones ya no podrán disfrutar con la contemplación de esta
bellísima raza de caballos. El Losino, de talla pequeña, negro, de
largas crines, muy vivo y resistente es autóctono de la provincia de
Burgos. Desde tiempos prehistóricos se han valorado muy positivamente
sus facultades y excelentes cualidades, así como su belleza y su
nobleza. Hoy, la vida de no más de trescientos ejemplares necesitan de
nuestra ayuda para la sobrevivir y evitar su desaparición.
Por: Luis Medina |
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Hoy en día podemos encontrar caballos en casi cualquier rincón del mundo
exceptuando los dos polos, pero ésta distribución es artificial ya que fuimos
los humanos los que les introdujimos en Australia, América, África, Oceanía y
buena parte de Asia.
Son muy pocas las regiones que puedan
presumir de conservar una raza de caballos autóctona descendiente directa de los
caballos prehistóricos que habitaron aquella misma zona. Castilla y León es una
de ellas, gracias a que en la provincia de Burgos, en los montes de Pancorbo
vive aún el caballo losino.

Este caballo no solamente es autóctono y descendiente directo de los caballos
prehistóricos que habitaron el territorio que hoy conocemos como Burgos, sino
que además vive de la misma forma que lo ha hecho siempre, de la misma manera
que sus antepasados prehistóricos, en libertad. Son unos hermosísimos caballos
negros, de poca alzada (1,40 cm) con largas crines y colas y de una resistencia
inusual. Pasan toda su vida en las sierras de Pancorbo manteniéndose de los
pastos naturales, soportando los duros inviernos burgaleses y defendiéndose de
los lobos.
Contemplar
las manadas de caballos losinos en Pancorbo es una grata experiencia y es
posible gracias al empeño de Ricardo de Juana, un romántico conservacionista que
en los años ochenta recuperó “in extremis” a los últimos 32 ejemplares de pura
raza, los reunió en aquellos montes y se ha dedicado desde entonces a la
encomiable tarea de su perpetuación.
Esta
raza, auténtica reliquia viviente, estuvo en trance de desaparecer por aquellas
fechas debido a la falta de interés en su uso. La utilidad tradicional de estos
animales fue la de montura, tiro ligero, labores agrícolas y la producción de
mulas, pero el motor de explosión lo relegó de sus funciones y sus ganaderos no
fueron capaces de encontrarle otras alternativas, y no porque éste caballo no
valga para ello, ya que es incluso de superior calidad a la de la mayoría de las
razas similares en alzada que asiduamente se importan por millares desde
distintos países europeos para el deporte y la equitación infantil.
De aquellos treinta y dos ejemplares descienden los cerca de trescientos
existentes en la actualidad, y no solo se ha aumentado muy considerablemente su
número sino también su calidad gracias a una rigurosa selección por la que ha
llegado a ser una de las razas con mejor definición genética.
Pero
llevar a cabo una tarea como ésta no es tarea sencilla. La falta de interés de
la Administración y los problemas acumulados durante éstos veinte años han
llevado a su promotor a la ruina económica. Sus bienes han sido embargados y
sobre ésta ganadería pende la amenaza de una subasta inminente. De no
encontrarse una solución inmediata éstos últimos caballos castellanos podrían
acabar en el matadero. De esa manera, Ricardo de Juana perderá trescientos
caballos, trescientos amigos.
Todos nosotros perderemos algo tan inapreciable como poder seguir disfrutando de
la presencia de estos míticos caballos, auténtico Patrimonio Histórico y
Cultural. Las generaciones futuras nos lo demandarán.
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