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Al
norte de los montes de Avila, a partir del pueblo de Arévalo, se extiende
un lugar de trigo y girasol, una comarca de extensos colores dorados salpicados, tan
sólo, por el verdor de los pequeños pinares y el apagado rojizo de adobe y ladrillo de
los pueblos. Comarca de viejas tradiciones nombrada La Moraña, sustantivo que
define lo que debió ser este lugar, pues tal término deriva, seguramente de Mauritania
o tierra de moros, en clara referencia a que esta dilatada llanura conservara, en
la Edad Media, su población de moros.
Mas, si entre La Moraña y las
serranías de la provincia se aprecia completa distinción de suelo, de clima, de raza y
de trajes, mayor es la diferencia artística. Aquí, no sólo se ha cultivado el cereal,
sino también una arquitectura especial que emanó influencias hacia Salamanca, Zamora,
Valladolid y Segovia. Construcciones menospreciadas, impuestas por la
naturaleza del suelo, casi morunas, casi cristianas, alejadas de la pétrea grandiosidad
de catedrales, conventos e iglesias erigidas gracias las rentas de una corporación, las
prodigalidades de un rey o las larguezas de ricos y señores hechas a cuenta de sufragios
y en descargo de conciencias.
Pero en La Moraña, donde el pueblo
no podía traer materiales desde grandes distancias, ni labrarlos con primor, ni contratar
arquitectos famosos y el pechero no conocía gran cosa sobre ciertas artes, la
arquitectura recayó en el musulmán laborioso y sobrio, siervo del pechero, capaz de
soportar todo para que le dejasen vivir a su manera. Así, sin piedra de sillería, usando
los materiales ordinarios del país, el moro mudéjar ideó un arte particular al que se
concedió el término árabe mudayyan.
No obstante, esa voz que significaba sometido
no sólo identificaba una forma de crear. El sometimiento nació cuando las huestes
cristianas reconquistaban algún lugar y dejaban permanecer en él a los musulmanes,
conservando religión y costumbres. La convivencia, pacífica y reglamentada, llevó a
los, recién nombrados, mudéjares a barrios diferenciados, las aljamas, donde
vivían según sus propias leyes, aceptando el trato de vasallos y pagando los tributos
correspondientes.
Y fueron los mudéjares, algunos de ellos
excelentes arquitectos, albañiles y carpinteros, quienes levantaron edificios civiles y
templos cristianos, adaptando el románico a los pobres materiales de la meseta
castellana. Así, en Castilla y León, escasa de buena piedra, se utilizó
el ladrillo o el tapial de cantos esquistosos y graníticos, trabados con mortero de cal.
Así, la iglesia de Solana fue reconstruida, en 1466, por los hermanos Alí
y Juçafe Leytun, vecinos de Avila. Un simple dato, pues la mejor
comprobación de estos hechos es la observación de las construcciones, repletas de
mudejarismo.
Arte sin
fecha
En cualquier caso, levantar un nuevo
edificio implicaba llamar a los maestros más diestros o a la mano de obra más barata,
condiciones ambas de la población mudéjar. Estos copiaron el modelo románico,
sustituyendo la piedra por el más barato ladrillo; las bóvedas por los menos costosos
armazones de madera; los arcos de medio punto por una leve herradura; y los campanarios
por los minaretes a los que se añadieron huecos para las campanas.
El resultado, lejos del románico, acrecentó
diferencias con el gótico, pues los mudéjares utilizaron ladrillos, aliceres vidriados,
yeso y madera para copiar las formas ojivales, sin abandonar su estilo decorativo. Así,
el rojizo ladrillo creó arquillos, rombos o espigas en llamativos juegos de luces y
sombras. Caracterizado por ser un arte funcional, el
mudéjar curvó los lados de los ladrillos para imitar las molduras en las que se labraba
la piedra. Se usó la sebka, repetición de una red de arquillos lobulados y
entrecruzados; los zócalos de cerámica vidriada con formas geométricas estrelladas; las
lacerías de estuco para cubrir los muros; los frisos de mocárabes o piezas
cóncavas suspendidas como estalactitas; las celosías y las hiladas de caligrafía donde,
incluso, se incluyeron versículos del Corán.
Bajo tales premisas, surgieron, en La
Moraña, iglesias y castillos, murallas y torres, arcos y campanarios. Un arte variado
que, hacia el sur, no traspasa la línea marcada por Narros del Castillo, Fontíveros,
Costanzana y Adanero. Pero, hacia oriente, se interna en Segovia, por
Martín Muñoz de las Posadas; hacia el norte, en Valladolid, por Olmedo,
Muriel y Medina del Campo; y, hacia poniente, en Salamanca, por Rágama,
Alba y Béjar.
En La Moraña, las iglesias carecen
de historia y de fecha, aunque, la mayor parte, debieron levantarse en la segunda mitad
del siglo XII. Y, aunque algunas corresponden al XIII, sus particulares características
hacen indudable que debieron construirse casi simultáneamente. Por ello, generalmente,
son de una o tres naves, con ábsides a la cabeza y presbiterio delante, cuyos muros
convergen hacia el ábside, y una torre a los pies o en el costado septentrional. Los
arcos son redondos o levemente apuntados y tienen una doble arquivolta en degradación e
impostas de nacela, sólo por el intradós. Las naves se cubren con armadura de madera,
pero los presbiterios tienen bóvedas de cañón con perpiaños; mientras que los ábsides
se engalanan, por dentro y por fuera, con dobles arquerías decorativas semicirculares. El
único motivo ornamental son los frisos de ladrillos en ángulo formando facetas.
Difícil es ver tan sólo una intacta y
completa, pues los gruesos pilares y estrechos arcos que las dividían longitudinalmente
dificultaban la visión del altar mayor desde las naves laterales, por lo que fueron
derribados a principios del siglo XVI, siendo cambiados por arcos góticos de gran volada.
Pero ello no es excusa para acercarse hasta La Moraña y contemplar, unas
restauradas, otras medio abandonadas, el arte de aquéllos que se vieron sometidos, pero,
no por ello, abandonaron la idea de crear con lo poco que tenían a mano.
ANTECEDENTES
DEL MUDEJARISMO. Para entender el aspecto social del mudejarismo es necesario
remontarse al momento en el que los árabes invaden la Península Ibérica. El por
qué los cristianos, al paso de la liberación del territorio, permiten la
permanencia del infiel musulmán y la conservación de sus costumbres sólo es
posible entenderlo si se retrocede el paso hasta el siglo VIII.
Tras la ocupación militar realizada por los muslimes
en el primer tercio del siglo VIII, "predicadores fanáticos del Islam, generales
audaces y avezados al triunfo, hordas de indisciplinados berberíes, reforzados por
árabes yemenitas y sirios, nobles godos que traficaban con la servidumbre de la patria,
juntamente con el recuerdo de pasados rigores y de purísima sangre vertida, mantenian
sumisa por el temor, no por fuerzas incontrastables de suyo, una plebe cristiana numerosa,
pero envilecida por la perpetuidad de la servidumbre, ciudadanos que miraban con
preferencia á todo la tranquilidad interior para dedicarse al ejercicio de las artes, y
un clero en parte corrompido y en parte impotente para sacar del desaliento en que yacia
á la generalidad de la grey española", según describe Ladero Quesada.
Y apunta: "[No] debió ser enteramente extraña á la
constitucion del mudejarismo una especie de reciprocidad en la conducta que por necesidad
ó conveniencia habían observado los muslimes con los cristianos que permanecieron en sus
hogares. (...) Como quiera, ya se consideren fruto de concertadas capitulaciones, ya cual
medidas gubernativas discretamente calculadas, es innegable que disfrutaron de cierta
libertad y privilegios las comunidades cristianas de Málaga, Guadix, Elvira, Martos,
Córdoba, Sevilla, Beja, Mérida, Coimbra, Alafoens, Toledo, Zaragoza, Barcelona, Valencia
y Denia (...). Perdido el derecho de los antiguos propietarios en las provincias ocupadas
por la fuerza, repartióse el terreno entre los soldados conquistadores, cuando no lo
reservó el Estado por la parte que le correspondia (...). A esta costa lograron salvar
sus usos, sus costumbres, su creencia religiosa y libertad civil, conservados con toda
regularidad los diferentes grados de la gerarquía eclesiástica y mantenido el lustre de
la dignidad episcopal, con algun aparato de respeto aun entre el vulgo de aquellas gentes
infieles. |
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Datos prácticos
Llegar.
Desde Madrid, directamente por la N-VI hasta Arévalo.
Desde este punto, se puede enlazar con la C-605 en dirección a Madrigal de las
Altas Torres o con cualquier carretera del interior de La Moraña. También es
posible enlazar desde la N-VI, a la altura de Sanchidrián, con la carretera
CL-803 que, en dirección a Salamanca, bordea todo el sur de la comarca.
Desde Valladolid, por la carretera N-601 hasta Adanero
o por la N-620 hasta Tordesillas. En ambos puntos, se enlaza con la N-VI
para llegar a Arévalo. O por la misma autovía N-VI, desviándose en Medina
del Campo, para acceder a Madrigal de las Altas Torres por la C-610.
Desde Salamanca, por la carretera N-501 que llega a Peñaranda
de Bracamonte, donde hay que desviarse por la C-610 hasta Madrigal de las
Altas Torres. También la N-501 enlaza con la CL-803 a la latura de San
Pedro del Arroyo. Esta última conduce por la parte sur de La Moraña.
YANTAR
En Arévalo.-
Restaurante La Pinilla.
C/ Figones, 1.
Tel.- 920 30 00 63.
Hostería del Comercio La Fonda.
C/ Principal de la Morería, 2. Tel.- 920 30 00 42.
Restaurante Goya.
Avda. Emilio Romero, 33. Tel.- 920 30 03 62.
Restaurante El Tostón de Oro.
Avda. Los Deportes, 2. Tel.- 920 30 07 98.
Restaurante Anduriña.
Avda. Emilio Romero, 29. Tel.- 920 30 15 69.
Restaurante Miguel II.
C/ Sindical, 6. Tel.- 920 30 20 01.
Restaurante Donis.
Plaza del Salvadro, 2, 1º. Tel.- 920 30 06 92.
Restaurante Del Campo.
C/ Eusebio Revilla, 9. Tel.- 920 30 24 96.
Mesón Las Cubas.
Paseo de la Alameda, 16. Tel.- 920 30 18 76.
Asador Las Cubas.
C/ Figones, 9. Tel.- 920 30 01 25.
Restaurante Rey Juan II.
Plaza de Santo Domingo, 3. Tel.- 920 30 32 61.
Restaurante Las Fuentes.
Polígono Industrial. Tel.- 920 30 37 09.
Restaurante Siboney.
C/ Figones, 4. Tel.- 920 30 15 23.
En Palacios de Goda.-
Restaurante Paco.
Carretera N-VI.
En Madrigal de las Altas Torres.-
Casa Lucio.
Ctra. de Peñaranda de Bracamonte, s/n.
PERNOCTAR
En Arévalo.-
Hotel Fray Juan Gil.
C/ Los Deportes, 2. Tel.- 920 30 08 00.
Hotel Las Fuentes.
Polígono Industrial. Tel.- 920 30 37 09.
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