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Tresviso ocupa un pequeño foso al abrigo de los escarpes calizos
sobre el cauce del Urdón. Limita, con la Jorcá de la Panda y las Rullás,
al norte; el Cuetu, al sur; los invernales de Prias y la senda de Urdón,
al este; y la Sierra de la Mesa, al oeste. En coche, se llega desde el pueblo
asturiano de Sotres y, desde Liébana, se sube, andando, por la garganta del
Urdón.
El investigador jesuita Eutimio Martino afirmó que el nombre
significa tras el abismo (trans abyssum) y que la senda desde el Urdón
fue calzada romana. Mas José Luis Ramírez, autor de "Liébana. Toponimia
e historia", lo interpreta como "más allá del collado desde el cual se
empieza a ver un lugar", aludiendo al latín trans visum. El pueblo se
formó en el siglo VIII, con la repoblación de Alfonso I, y era refugio
inexpugnable contra invasores. La primera referencia escrita se hizo el 9 de mayo de 942,
cuando Pedro y Honesto vendieron una tierra en Armaño a los monjes
de San Pedro de Viñón y a los de San Martín de Turieno. Uno de los
testigos del documento es Tallinu de Tresviso.
El catastro del Marqués de la Ensenada, de 1753, define Tresviso
como villa y de señorío, siendo la mitad del término de Bernardo
Sigler, vecino de Aguilar de Campóo, y, de la otra mitad, dos partes a Gonzalo
Junco, de Ribadesella, y una a Antonio de Colosia, de Merodio,
percibiendo alcabalas, cuarenta reales anuales, derecho de residir tres años y de nombrar
alcalde. Las tierras, de secano cadañero, no producían más de dos frutos al
año, recogiendo trigo escanda, maíz, habas negras y hierba y criando ganado vacuno,
lanar, cabrío, caballar y abejas. Con la leche se hacía mantequilla y queso y cuatro
molinos harineros de una rueda servían a treinta y ocho vecinos, seis viudas y "dos
naturales y habitantes".
El 14 de septiembre de 1881, una cacería de rebecos, llevó a Alfonso
XII y a su hermana, la infanta Mª Isabel, a la villa. El rey brindó con vino
y comió queso picón y, con pandereta y tambores, se tocaron tonadas populares y el baile
de El Trepeletré. Para ser reconocido, Alfonso XII hizo saber al alcalde, Juan
María López, que iría cubierto. Tras saludar todos al alcalde, el monarca inquirió
si ya sabía quién era el rey y el edil contestó: "¡Cómo no seas tú o
yo!". A Alfonso XII le hizo tal gracia el saludo que nombró al alcalde Caballero
Descubierto, por lo que fue al Palacio Real de Madrid vestido
tradicionalmente: chaqueta, montera, calzón y corizas.
La iglesia se levantó en 1904 con fondos del Marqués de Valdecilla.
La parroquia vieja estaba a la entrada del pueblo, donde, hoy, se encuentra el cementerio.
En 1959, los vecinos subieron los postes desde Urdón para instalar la
electricidad. Entre 1965 y 1966, se hizo la traída de aguas y, en 1967, se edificó el
ayuntamiento. El 28 de enero de 1985, el primer edil, Victorino Campo, mandó un
oficio a la prensa regional informando de los problemas de los mozos para casarse por lo
aislado de la villa. Tras recibir cartas y llamadas telefónicas de candidatas de
varios lugares, el 4 de mayo se celebró la Fiesta de las Mujeres, primer contacto
con los trece mozos casaderos de Tresviso.
Liébana, comarca
singular
Un peculiar
emplazamiento entre elevadas cumbres hace de Liébana
una comarca con características propias. Con una
extensión de 550 kilómetros cuadrados, limita con
Asturias, Palencia y León y conforma un amplio círculo
o cazo definido por elevadas cumbres de más de 2.500
metros de altura, mientras que el fondo del valle se
encuentra a 300 metros sobre el nivel del mar. Las
rocosas moles definen cuatro valles que confluyen en un
punto común: Potes. Por ellos discurren tres vías de
comunicación con el exterior: el puerto de
Piedrasluengas (a Palencia), el de San Glorio (a León)
y el desfiladero de La Hermida (a la costa). Y tres ríos
principales: el Deva, el Quiviesa y el Bullón.
Las
montañas no sólo ofrecen un subsuelo lebaniego muy
rico (sobre todo, en blenda acaramelada, calamina y
galena), sino que convierten a Liébana en un islote
climatológico seco y soleado, de tipo mediterráneo,
pero refrescado por los vientos del noreste. Por ello,
es posible encontrar encinas y alcornoques, olivos y
almendros mezclados con bosques de tipo atlántico, como
el hayedo y el robledal. Sin olvidar las vides, de cuyo
fruto se elabora artesanalmente el tostadillo y el
orujo.
Tierra
escabrosa y de difícil acceso, pocos vestigios se han
descubierto del hombre primitivo en Liébana. No es
hasta el siglo II a. C. cuando los textos de los
historiadores latinos describen al pueblo cántabro como
bárbaro y salvaje, guerrero, valiente y difícil de
someter, motivos que, junto a las dificultades naturales
del territorio, hicieron que Roma se mostrará
indiferente durante dos siglos. Los independientes cántabros
convivieron con los pueblos sometidos, aunque su carácter
belicoso les impulsó a enrolarse como mercenarios en
campañas lejos de sus fronteras como Numancia, donde su
célebre caballería dispersó durante algún tiempo a
los sitiadores romanos.
Mas,
alrededor del año 30 a.C., Octavio Augusto, primer
emperador de Roma, decidió someter a los cántabros
para completar el dominio sobre Iberia. La guerra, feroz
y sanguinaria, duró nueve años y Liébana fue uno de
los principales escenarios. Allí, los cántabros
hicieron gala de audacia y valor. Así, preferían
suicidarse comiendo partes del tejo, árbol mortalmente
venenoso, antes de rendirse o como en el caso de
Corocotta, que tras recibir precio por su cabeza
(250.000 denarios), el propio caudillo se presentó a
cobrarlo, logrando no sólo el dinero sino también la
libertad.
En
época visigoda, Cantabria pertenecía a la demarcación
conventual de Galicia, con sede en Bracara, la
portuguesa Braga. En 561, ejerce este cargo el lebaniego
San Lucrecio, que profesó en el monasterio de San Martín
de Turieno, más tarde convertido en el de Santo
Toribio, avanzadilla de los numeroso cenobios de siglos
venideros.
Y,
al igual que los romanos, los árabes tampoco fueron
capaces de superar el refugio natural de estas montañas,
por lo que, a partir del 711, Liébana recibió una
masiva oleada de nobles visigodos, clérigos y pueblo
llano. La resistencia cristiana tuvo su mayor expresión
en la victoria del ejército de Pelayo en Covadonga en
718. Los derrotados musulmanes intentaron escapar
siguiendo el curso del río Deva, mas el Monte Subiedes
se desplomó sobre los huidos aniquilando a gran número
de ellos. La victoria detuvo la invasión agarena y
convirtió a Liébana en el centro del reino de
Asturias. Ello es motivo para polemizar sobre la
naturaleza astúr o cántabra de los citados
acontecimientos, aunque parece ser que Pelayo y su hijo
Fávila fueron lebaniegos y primeros señores de parte
del valle.
En
cualquier caso, durante el medievo, la comarca fue
centro de actividad cultural y religiosa y, hacia el
siglo IX, no hay menos de una docena de centros
religiosos en Liébana, destacando San Martín de
Turieno, Santa María de Lebeña y Santa María de
Piasca. Al primero, llegaron las sagradas reliquias (lignum
crucis) traídas por Toribio de Astorga desde Tierra
Santa en el siglo V. También aquí profesó Beato,
nacido en Aniezo, teólogo que combatió la herejía
adopcionista en su "Apologético" e impuso un
magisterio que llegó a la corte de Carlomagno en
Aquisgrán. Beato de Liébana escribió también el
"Comentario al Apocalipsis de San Juan", obra
fundamental en la cultura milenarista e iniciadora de la
miniatura mozárabe. La muerte del último rey
asturiano, Alfonso III, a comienzos del siglo X, el
nacimiento del reino de León y la fijación de la
frontera devolvieron a Liébana a su condición de
tierra olvidada y aislada. |