|
Custodia de la historia,
mezcla de culturas y religiones que conserva restos históricos desde
fines del siglo I a.C., Tarazona alza sus muros en las faldas del
Moncayo, la montaña más alta del sistema ibérico, en la ribera del
Queiles, a tan solo 84 kilómetros de Zaragoza, dando nombre a la comarca
que la aloja y de la que es principal cabeza municipal. La comarca,
constituida por dieciséis municipios, y que se extiende desde las
cumbres de la sierra hasta la depresión del río Ebro, linda en sus
fronteras con Castilla y León, Navarra y La Rioja.
Esta ciudad, reconocida por su
entorno, sus fiestas, su gastronomía y la calidez de sus gentes, ha
llegado a nuestros días plena de recuerdos del pasado, de vida y de
futuro. Amantes de la naturaleza, amantes de la historia y amantes de
las tradiciones verán sus expectativas cumplidas al visitarla, pues
compendia un hábitat natural único en Europa, una gran riqueza
patrimonial y un inmenso repertorio de costumbres y fiestas heredadas de
sus diversos pobladores a lo largo de la historia.
Devenir histórico que queda
también impreso en su la leyenda, tal como reza el escudo de la ciudad,
que fue edificada por Tubal Caín y reedificada por Hércules. Su historia
urbana no puede ser documentada hasta época romana, pero vestigios
arqueológicos, numismáticos y toponímicos indican que existió un
asentamiento celtibérico reducido que la llamó Triaso. Posteriormente,
con la conquista romana, cuando pasó a llamarse Turiaso, su perímetro
urbano se amplió, y éstos levantaron una muralla que la protegió hasta
bien entrada la reconquista cristiana.
En otro periodo, con la
invasión visigoda, Tarazona quedó prácticamente destruida y, pese a esa
devastación, terminó convirtiéndose en una de las fortalezas más
importantes del estado visigodo. Hacia el siglo VI, la ciudad es ocupada
por los musulmanes que la llevan hacia un progreso aún mayor. Tras la
reconquista cristiana, en el siglo X, a intervalos en manos castellanas
y aragonesas, crece su población, pues en ella cohabitan ya cristianos,
judíos y musulmanes, en hermoso preludio de ejemplo de convivencia a
través de los tiempos.
Así, Tarazona, que es tierra
de guerreros, políticos, artistas y poetas, pasa sus días esperando,
paciente, un renacimiento de su antiguo esplendor demográfico y
político.
Vecinos que ha coincidido y
coinciden en la convocatoria de sus fiestas patronales, todos los 27 de
agosto, fiestas que se celebran en honor a San Atilano. Encabeza esta
fiesta la salida del Cipotegato desde el Ayuntamiento, personaje
arlequinesco cuyos orígenes se remontan, al menos, hasta el siglo XVI y
que recuerda a los bufones que divertían a la corte real. Al principio
de esta tradición, el Cipotegato perseguía a los viandantes armado con
una vejiga de cerdo con la que les azotaba burlonamente; y es tras la
guerra civil cuando se tornan las cosas pasando de perseguidor a
perseguido, e iniciándose la costumbre de tirarle tomates. Declarada
Fiesta de Interés Turístico Regional, los turiasonenses se disputan el
honor de resultar elegidos para interpretar a este personaje.
También declarada Fiesta de
Interés Turístico Regional la Semana Santa de Tarazona comienza con el
pregón que cada año es encomendado a una de las nueve cofradías que
existen. A destacar, la antiquísima romería del Quililay, celebrada el
primer domingo de julio, y en la que los romeros peregrinan hasta el
Moncayo.
Entre sus edificios más
sobresaliente destacan, por su majestuosidad en primer lugar, el Palacio
Episcopal, construido sobre la antigua zuda musulmana (el palacio del
gobernador musulmán), que domina desde lo alto comarca y término
municipal y que, aunque conserva restos de los siglos XII-XV, es
básicamente obra del XVI. Así también la Iglesia de Santa María
Magdalena, de estilo románico-mudéjar, emplazada donde se encontraba la
antigua mezquita aljama, que sufrió una remodelación casi total a
finales del siglo XVII, primitiva catedral de Tarazona existente ya en
el siglo XII, época de la que conserva la cabecera y el cuerpo inferior
de la torre, de sillería románica.
De gran interés es también la
fachada del ayuntamiento, del siglo XVI, construido en la confluencia de
los tres barrios principales y asentado en parte sobre la antigua
muralla, con su portada renacentista en la que se exponen relieves de
Hércules (mítico fundador de la ciudad), Pierres y Caco (seres
mitológicos), y de la coronación del emperador Carlos V, y figuras
alegóricas de la Justicia y la Sabiduría así como escudos de armas
municipales y reales. Asimismo es destacable la plaza de toros vieja,
fechada en el siglo XVIII, única de planta octogonal, que fue construida
como edificio de viviendas, cuyos moradores alquilaban sus balcones
durante los festejos, y que actualmente, perdido su oficio espectacular,
continúa albergando familias.
Igualmente interesantes son la
Iglesia Parroquial de San Miguel, de estilo gótico y asentada sobre el
antiguo solar de la mezquita árabe construida posteriormente a la
reconquista, a finales del XV y principios del XVI; la Iglesia
Parroquial de Santa Teresa, antiguo convento de los carmelitas en cuya
sacristía se protege un sarcófago paleocristiano del siglo III; la
Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, del siglo XV, en lo que fue el
antiguo convento de la orden mercedaria y en cuya iglesia está instalada
la parroquia de San Andrés, adscrita a la catedral; la Iglesia de San
Francisco, fechada en el siglo XV, antiguo convento de los franciscanos,
que fue fundado según la tradición por el propio San Francisco de Asís
en 1214; el Convento de las Carmelitas de Santa Ana fundado por el
obispo fray Diego de Yepes en el XV; el Convento de las Carmelitas de
San Joaquín, instituido en la primera mitad del siglo XVII con la
escisión del Convento de Santa Ana; el Convento de las Franciscanas de
la Concepción establecido en época del obispo de Tarazona, D. Hércules
Gonzaga, en el siglo XIV; la Iglesia de San Vicente Mártir, también
llamado Hospicio Doz, que fue el noviciado de la Compañía de Jesús desde
1590; la Iglesia de la Virgen del Río que se terminó en 1672; la Iglesia
de San Atilano, situada en el Barrio del Cinto, de estilo barroco, que
se consagró en 1769; la Ermita de San Juan Bautista, obra del siglo XVII
que aprovecha una cueva excavada en la roca; o el Crucifijo, templete
construido en ladrillo en 1660, de planta octogonal.
No se puede dejar de mencionar
la Catedral de Nuestra Señora de la Huerta, comenzada en el siglo XII,
en la margen derecha del río Queiles (alejada del casco histórico, en
contra de la costumbre, debido a la angostura del emplazamiento del
actual Palacio Episcopal), donde según la tradición se hallaba una
iglesia mozárabe dedicada a Santa María de la Hidria (o de la Huerta).
Con planta de cruz latina, claustro mudéjar de planta cuadrada con
arabescos, y elementos que van desde el románico hasta el barroco
dotándola de un eclecticismo irrepetible. Cuenta con varias capillas, un
impresionante retablo, una bonita portada, una extraordinaria biblioteca
con antiquísimos y numerosos manuscritos, y diversas piezas artísticas
de incalculable valor. Como anécdota, bromean los guías sobre un
Stradivarius que se encuentra en ella, que quien pueda cogerlo de la
pared puede quedárselo, tan real es la pintura que lo ilustra.
Merece la pena visitar, la
calle de la Judería donde se hallan las casas colgadas; la plaza
de los Héroes de África donde se ubica el antiguo Pósito, más tarde el
teatro, de planta rectangular y construido en el siglo XVII; la calle
Mártires de la Tradición Turiasonense en la que está el palacio de los
Gil de Borja, con fachada barroca del siglo XVII; o la calle Verde que
alberga la casa de los Linares, del siglo XVIII.
Por su función destaca La Casa
del Traductor, impar en España, que forma parte de la Red Europea de
Centros Internacionales de Traducción, y que fue fundada por D.
Francisco Uriz, Premio Nacional de Traducción, donde se reúnen
traductores literarios de todo el mundo que combinen uno de los idiomas
oficiales de España con cualquier otro u otros.
Una última propuesta, ya fuera
del ámbito urbano, en la antigua estación de tren, que primero fue de
vía estrecha y más tarde de vía ancha al renovar la estación, hay ahora,
desde que la vía ferroviaria dejó de estar activa, una vía verde que une
Tarazona con Tudela.
|