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A
caso hayan sido los capiteles del portal de la iglesia dedicada a La Magdalena los
primeros que han dejado escapar a grifos, arpías, dragones y centauros. Rocosa fauna que,
con la noche, corretea por las calles zamoranas, eludiendo luces e indicios humanos.
Atrás, jambas y arquivoltas vegetales han florecido, abriendo hojas y capullos bajo el
abrigo lunar, arrancando sordas carcajadas de la eterna sonrisa de su clave central. Unos
y otros tienen una cita con la leyenda de Zamora, un cónclave de historia y arte
donde recordar otros tiempos, otros lugares, otros oficios...Las figuras de La Magdalena
conforman un conjunto variado y numeroso. El templo, sito en el casco antiguo, entre la Rúa
de los Francos y Sor Dositea Andrés, frente a la iglesia del Corpus Christi
o del Tránsito, figura en la Carta Privilegio concedida a la
catedral, en 1157, por doña Sancha, hermana de Alfonso VII, y en el
testamento de Giral Fruchel, a principios del siglo XIII. La tradición desea
adjudicarlo a la Orden del Temple, mas sólo es cierto que perteneció a los Hospitalarios
a fines del XIII. En su interior, pervive la esencia de otra iglesia más antigua que vio
respetados parte de sus muros y cuya bóveda luciría pulida roca, frente a la barnizada
madera de hoy. Apoyado en ella, ha crecido el convento de las Siervas de María y
una sacristía.Esta noche, la portada sur, la más antigua, se ha sacudido las cinceladas
figuras y sus capiteles figuran vanos y ligeros, exentos de la vida impresa por su
escultor. Sólo aquéllos privados de alas, patas o garras guardan el lobulado arco
interior, protegido por cuatro parejas de columnas entre sus jambas de las que parten
sendas arquivoltas revestidas de tupido follaje: hojas con labor de trépano, tallos
entrelazados, hojas de palma... Entre ellas, ruge una cabeza de león; ríe otra humana.
Sobre ellas, parlotean y asienten, corean, en fin, una ristra de cabezas risueñas por
disfrutar del Paraíso, alejadas de los próximos capiteles cuyos bichos,
asechanzas y tentaciones del demonio, gozan de libertad.La osadía, aunque generalizada, alberga
limitaciones.
Las demoníacas representaciones que ornan las portadas románicas de los
templos zamoranos se han citado en lugar secreto. Acaso para compartir cuitas y sucesos
cuidadosamente embalados en los anales de la memoria; bien para corroborar leyendas; bien
para difundir verdades a medias o calumnias o simples mentiras. Durante unas horas, la
cháchara será incesante y escandalosa, mas nadie podrá escuchar, nadie podrá ver.
Quizás sólo un inesperado transeúnte, al coincidir sus pasos frente a algún templo,
repare en el cambio producido. Mas, incapaz de asimilarlo, preferirá olvidar lo que nunca
podrá contemplar y reanudar el camino con pasos acelerados.
Y, sin embargo, durante los largos instantes que preceden al
alba, un verdoso dragón se interesará en conocer toda la verdad sobre el tristemente
célebre motín de la trucha de boca de una sirena de doble cola que ha escogido un
capitel de Santa María la Nueva para vivir. No es mal sitio para llamarlo hogar.
La parroquia se encuentra en pleno casco antiguo, compartiendo nombre con la plaza y junto
al Museo de Semana Santa, y, por culpa de la historia, reúne dos épocas: el
ábside y el muro sur son de fines del siglo XI, mientras que el resto se reconstruyó a
finales del XII.
En cualquier caso, la sirena, profusamente matizados sus detalles por
un par de aves incapaces de descruzar sus cuellos, intenta mostrarse amable con el reptil
y, rebuscando en sus recuerdos, cuenta que, en 1168, tiempos de Fernando II, el
despensero de un noble intentó adquirir una trucha una vez superada la hora establecida
para los señores en el mercado. El pez ya estaba apalabrado por un hombre del pueblo
llano y la evidente discusión se solventó con el encarcelamiento de varios villanos.
Luego, la nobleza se reunió en el templo para determinar el castigo merecido por la osadía
del pueblo y éste, movido por ánimo justiciero y por un hombre llamado Benito el
Peletero, aprovechó para prender fuego al edificio del que no pudo escapar
ninguno de los nobles de la ciudad.
El asombro provoca un fogoso gesto de asombro en el reptil que, inconscientemente,
chamusca algunas plumas de los pájaros de cruzado cuello. O, acaso, ¿ya las traían
requemadas por el incendio que llevó al pueblo a abandonar Zamora intentando huir
de la ira del rey? Por fortuna, el monarca se mostró generoso y concedió perdón a
cambio de reconstruir el templo que adquirió el nombre de la Nueva y, en 1200, el
honor de monasterio, denominado "Sce. Marie nove" y dirigido por el abad Román.
Ciudad de las turquesas
La reunión se anima, poco a poco, con nuevos invitados, aunque no
todos hacen gala de la misma tranquilidad. Las siete amenazadoras cabezas de un dragón
con cuerpo de león se reparten tareas. Unas, atienden aquí y allá, curioseando
conversaciones ajenas sin decidirse a intervenir; otras, hablan entre ellas; una tercera,
observa con gesto de superioridad y un par escuchan lejanos sonidos que sólo ellas
parecen ser capaces de oír.
El monstruo ha abandonado su lugar en la puerta sur de
la suprimida parroquia de San Cipriano o San Cebrián, pues por ambos
nombres se la conoce, provocando el enojo del herrero Bermudo, compañero de
esculpida piedra que, como si de un aviso se tratare, forja, con tenazas y martillo, una
pieza sobre su yunque con renovadas energías. Le acompaña San Pedro, con
extrañas ropas y llave en la diestra y las cuatro representaciones animales de los Evangelistas.
No deben ser escasas las noticias que puedan aportar siete testas, pero
sí abundantes las maquinaciones de tal bestia apocalíptica cuando apenas aclara,
vagamente, el sentido de las inscripciones enmarcadas en el crismón del muro sur de la
iglesia. Quienes la escuchan, difícil tienen decidir cuál de las siete lenguas dice
certezas. Tan sólo un testimonio de antigüedad (el templo debe ser del siglo XI); otro,
de ubicación (cerca estaba la puerta de San Cebrián), y un tercero, si no cierto,
por lo menos, atractivo, que otorga la fundación a Alfonso V de León. Al menos,
una entre siete gusta de arte y de historia. O, quizás, de presuntuosa charlatanería.
En cualquier caso, relata, casi al aire, que, en la segunda mitad del
XII, se levantó el arco toral, alancetado y con peralte; la bóveda de cañón y arco
redondo de la capilla lateral, cuyas impostas son de nacela cargada de gruesos capullos,
bolas, bellotas y alguna figura animal. Y continúa explicando que la vieja ciudad de Zamora
ocupa la cresta de una gran peña sobre el Duero. Asentamiento vacceo, la cita Antonino
como Ocellum Duri, una de las mansio que se hallaban en la romana
Vía de la Plata, aunque, de la época, resurge, apoyada por la leyenda, la figura
de Viriato, héroe que luchó y venció a los dominadores en sucesivas batallas.
Como el lugar visigodo de Semure aparece en dos monedas de Sisebuto (610-620)
y en las actas del Concilio de Lugo (año 569), aunque los sarracenos la bautizaron
Azemur (olivar silvestre) y Samurah como "ciudad de las
turquesas". Con su actual nombre, surgirá en el Salmanticense "como
una de las plazas recobradas por Alfonso I a los moros", pero no fue repoblada
amurallada hasta el 893, por decisión de Alfonso III. Su resistencia le valió la
descripción árabe de "capital del reino de Galicia, rodeada por un cinturón de
siete murallas", aunque, un siglo más tarde, fue tomada por Almanzor.
De nuevo cristiana, Fernando I la repobló con montañeses, la
dio buenos fueros, la reedificó y construyó el primer recinto amurallado de los que hoy
se conservan, siguiendo el trazado de Alfonso III. Su hija Urraca fue reina
de una ciudad cercada por su propio hermano Sancho II en 1072, año en el que fue
asesinado ante sus muros tras un asedio de más de siete meses. Tales hechos acuñaron el
célebre "no se ganó Zamora en una hora" y conformaron gran parte del Romancero
Viejo, crónica, leyenda y poesía donde sobreviven el Campo de la Verdad,
el Arco del Postigo, la Casa del Cid... O el Postigo de
la Traición, por donde entró Bellido Dolfos perseguido por el Cid
después de matar al rey Sancho, y la Puerta del Mercadillo, por la
que salieron y no regresaron los hijos de Arias Gonzalo con objeto de vengar en el
campo de batalla el agravio inferido a los zamoranos tras la muerte del sitiador.
Un revuelo acalla el parloteo del narrador, justo antes de que advierta
que nadie le escucha. ¿Acaso ninguno de los presentes conoce la historia y la leyenda
zamorana? Por fortuna, la llegada de un nutrido grupo despista a la quinta (¿o es la
sexta?) cabeza draconiana y diluye su cólera por la ignorancia sufrida. Por contra, su
atención se centra en los recién llegados, pues son los últimos de la noche.
Alba y regreso
Medio embadurnados de pintura, medio desgastados, aparecen grifos y
águilas; un amenazador león y un toro; ovejas y varios cuadrúpedos; un oso y un dragón
con un animal inidentificable en las fauces; un par de aves picando en una rama...
Pertenecen a San Claudio de Olivares, del barrio del mismo nombre, iglesia
pequeña, bajita, de una sola nave, situada extramuros y próxima al arranque del puente
viejo. Todos ellos, ocupan un lugar en la portada septentrional, hecha en piedra arenisca,
con arco redondo sobre tres pares de columnas de delgados y retorcidos fustes y capiteles
repletos de hojarasca.
Cuentan, entre carcajadas, que allí, en el portal, han dejado
laborando a los doce grupos en altorrelieve que representan las labores del año: un burro
cargado de leña y un hombre detrás; un grupo pastores y ovejas; dos hombres, uno montado
en un tonel; otros dos y, en medio, una vid; un hombre y un animal; dos hombres, uno de
ellos arrodillado; un cazador a caballo con halcón y perro; dos hombres, uno de ellos
sentado en una silla, con ramas y, detrás, un pájaro; otros dos con cosas indefinidas;
uno de pie y otro sentado en una silla y embozado en su capa; y, por último, dos hombres
sentados de frente, con objetos en sus rodillas. Por bajo de todos ellos, en medio del
arco más profundo, ondea el Agnusdei con la cruz.
Probablemente, San Claudio de Olivares sea el templo más
antiguo del románico zamorano y tal dato les sirve a los recién llegados como excusa
para justificar su pobre aspecto. Levantada en el XII, aparece en un documento de 1176,
aunque, en el 1157, Alfonso VII y su mujer la citan entre sus posesiones como "una
azuda en Olivares".
La llegada de tan numeroso grupo ha elevado las voces en exceso.
Gruñidos, balidos, graznidos, sonidos guturales... El escándalo es pronunciado y llega a
oídos que, en principio, parecían dispuestos a permitir cierta algarabía. Mas, también
se acerca el alba y las licencias llegan a su fin. Cerca del Duero, frente a un
portón sobrio y macizo, un gesto de autoridad acalla momentáneamente el alborozo y
provoca reacciones de disgusto entre los congregados. No es sólo una llamada al orden,
sino una advertencia de que ya es escaso el tiempo que resta y algunos, los más lentos,
los más prudentes, los más alejados, inician el regreso a sus lugares de origen. Otros,
los más díscolos, los más confiados, apuran los últimos haces de oscuridad y se
atreven a escuchar las irreverencias de la bestia del Apocalipsisis, que amenaza
con no regresar a su lugar en San Cipriano antes de afirmar que aquello no es más
que envidia.
Quizás no le falte razón. El ornato parroquial contrasta con la
severidad catedralicia, de donde ha surgido la advertencia. Alfonso el Magno concedió
silla episcopal a Zamora a inicios del siglo X, ocupando el cargo de obispo por
primera vez el santo Atila, monje de Sahagún. Tras la ocupación del moro Almanzor
en 988, se restauró, aunque ausente de pastor, por lo que dependió de Salamanca,
bajo gobierno de Jerónimo, quién recibió como donación del conde Raimundo y
su esposa Urraca las iglesias zamoranas, en 1102, año en que abandonó la sede
valentina. Tres años después, Alfonso VI confirmó la cesión y, tras la muerte
de Jerónimo, en 1120, se eligió como obispo al francés Bernardo, monje de
Sahagún y chantre de Toledo.La catedral se construyó bajo la advocación de "Sanctissimo
Salvatori et ommnium sanctorum, quorum baselica ab antiquis sita est in Zemora",
según escritura de 1133, aunque existen referencias de 1082 y de 1106. En 1125, se armó
caballero en su altar el futuro rey Alfonso Enríquez y, en 1135, Alfonso VII,
debido a la imposibilidad de formar claustro, refectorio y dormitorio, dispuso su traslado
a la iglesia de Santo Tomás. Sin embargo, no debió hacerse así, pues en el mismo
lugar se levantó el actual edificio en sólo veintitrés años, concluyéndose en 1174.
De hecho, el obispo Esteban colocó la primera piedra y la consagró. La rapidez
dio como resultado una construcción severa y lisa, lejos de lo habitual en la época.
Sólo un arquitecto, desconocido, debió diseñarla y dirigirla, aunque impregnado de los
arabismos de Tierra Santa.
Destaca la Puerta del Obispo, que corresponde al crucero. Sobria
y elegante, recuerda otras francesas. Carece de tímpano y guarnece las arquivoltas con
lóbulos cerrados sobre columnas ahusadas con estrías en sus plintos y capiteles
corintios de hojas lisas. A los lados, sendos florones cóncavos con una alcachofa en
medio y, encima, cinco arquillos decorativos de medio punto sobre columnas. El arquito
derecho se adorna con una guirnalda de hojas y frutos de alcachofa y, en el fondo, un
altorrelieve de la Virgen sentada en un trono con el niño y dos ángeles; el trono
es de palos torneados; el escabel lleva varios arquitos y, por dosel, un arco florido con
guarnición de chapiteles. Más abajo, asoma un busto de hombre con barba, quizás parte
de una estatua destinada al arco principal y un dragón entre follajes. El arquito del
lado contrario contiene otro altorrelieve de los apóstoles Pablo y Pedro,
en estilo románico borgoñón.
El sol baña ya las piedras zamoranas extrayendo viejos fulgores. La
noche ha sido larga y agitada, mas los humanos no han visto alterados sus sueños. Las
portadas románicas de la ciudad han regresado a su hieratismo, recobrando estabilidad y,
quizás, perdiendo la hermosura de la vida. Acaso alguien pueda percibir, con el rabillo
del ojo, cómo unas garras de león o una escamosa cola de dragón se desliza, presurosa,
tras una esquina.
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