Leer un libro cualquiera sobre
el suelo; andar con paso nervioso, impaciente, de un andén
a otro; plantar los brazos en jarras frente a la vía,
bajo el gran cinco que indica el número de muelle,
mientras el tren frena lentamente; dormitar en un banco
metálico, dispuesto en el gran vestíbulo que hace las
funciones de sala de espera, oculto tras un redondo
sombrero andaluz o bajo unas gruesas gafas de negro
cristal (quién sabe si los párpados permanecen
abiertos o cerrados...).
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Hoy día, el ferrocarril ha
adoptado una imagen moderna que, en algunas ocasiones,
incluso, obliga a añorar a las antiguas locomotoras de
vapor, a las viejas imágenes, contempladas en películas
de la época, en las que cualquier trayecto se convertía
en una pequeña aventura, capaz de disfrutar de un
momento prefijado para la salida , pero de una acusada
indeterminación para la llegada al destino
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Esperar, en definitiva, a que
la máquina cumpla puntualmente con el horario
preestablecido. Y apenas unos minutos de retraso son
recibidos con un gesto de fastidio, con un ánimo
alterado que obtienen su representación sónica en la
acerada fricción de las ruedas contra el raíl, del
rancio freno contra el disco rodante sobre el que
bascula el vagón.
La imagen puede tener lugar en
cualquier sala de espera. Incluso, en el conocido
comedor del hogar familiar donde el tiempo transcurre en
la lenta preparación del próximo viaje. El ciudadano
español ha hecho del viaje casi una costumbre y los
traslados se suceden a la menor oportunidad: vacaciones,
festividades varias, puentes...
Viajes en los que el automóvil se ha impuesto con
cierta facilidad por sus cualidades inherentes
(movilidad, autonomía, coste, comodidad,
accesibilidad...), pero para los que, otros medios de
transporte, no han dejado de estar presentes.
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El
Tren en Valencia |
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La
implantación del ferrocarril en la región
valenciana se debe a la iniciativa de José
Campo y Pérez, financiero y político que, el
31 de enero de 1851, constituyó una junta para
formar la Sociedad
del Ferrocarril del Grao de Valencia a Xátiva,
en la que figuraba como presidente el duque de Riansares
y, como vicepresidente, Luis
Mayáns. Campo fue el gerente de la nueva sociedad que contaba, además, con
once vocales, entre los que figuraban el político
Manuel Beltrán de Lis, el marqués de Cáceres, Joaquín María
Borrá, etc. Las
obras comenzaron el 25 de febrero de ese año y,
el 21 de marzo de 1852, se inauguró el tramo Grao
de Valencia-Valencia. Al día siguiente,
comenzó el funcionamiento normal, con cinco
trenes diarios de ida y vuelta, a tres reales el
billete de primera clase, dos el de segunda y uno
el de tercera. Los primeros maquinistas, no
obstante, eran ingleses, al igual que el ingeniero
que proyectó el tendido. En 1854, la línea llegó
a Játiva y,
en 1859, a Almansa,
enlazando allí con las líneas Madrid-Almansa
y Alicante-Almansa. Después, se inició un nuevo tendido para unir Valencia
con el ferrocarril Barcelona-Tarragona. A
fines del XIX, la Sociedad
Valenciana de Tranvías unió la capital con
poblaciones como Paterna,
Cabañal,
Alboraya o Fagelbuñols.
Y al iniciarse el siglo XX, los ramales
secundarios estaban prácticamente terminados y la
red de ancho normal había alcanzado casi su
longitud actual. Sin
embargo, el ferrocarril, más que un estimulo para
la economía, fue un negocio a corto plazo con las
concesiones para su construcción. Y el tendido,
aunque organizó el comercio interior y permitió
salir de la semiautarquía, no inició el
desarrollo industrial, ni el científico-técnico
(técnicas y personal especializado fueron
importados). Además, la falta de planificación
de los constructores, lo convirtió en un negocio
ruinoso necesitado continuamente de ayuda estatal. |
Hoy día, el ferrocarril ha
adoptado una imagen moderna que, en algunas ocasiones,
incluso, obliga a añorar a las antiguas locomotoras de
vapor, a las viejas imágenes, contempladas en películas
de la época, en las que cualquier trayecto se convertía
en una pequeña aventura, capaz de disfrutar de un
momento prefijado para la salida , pero de una acusada
indeterminación para la llegada al destino. Por
fortuna, aunque no es más que una consecuencia del
actual estilo de vida, el viaje en tren goza, en estos
momentos, de altos niveles de puntualidad y de calidad y
se ha convertido en algo con ciertos visos de
naturalidad. Así lo certifican los más de veinte
millones de viajeros que, por ejemplo, tuvieron los
trenes de recorrido regional durante el pasado año.
Y, por contra, difícil es
sustraerse a la emoción del viaje. Al animoso
sentimiento de aquél que se sabe dispuesto a emprender
el conocimiento de nuevos lugares y nuevas gentes. Y,
aunque cualquier sala de espera puede ser similar, sólo
el viajero de tren disfruta de diversas cualidades
propias de las estaciones, allí dónde los destinos son
tan variados como la tipología de los ferrocarriles y dónde
hay que aprehender a mezclar el propio ánimo con el de
muchas otras gentes.
El lector
La estación de Valencia
ha sabido conservar un innegable sabor de principios de
siglo. Allí, el moderno, vidriado e informatizado
taquillaje se arrincona en un lateral, cediendo el
protagonismo del vestíbulo a las viejas taquillas
levantadas en noble madera. El brillante y pulido ocre
enmarca las cristaleras a través de las cuales se
sirven los billetes que dan acceso a los traslados regionales
y de cercanías.
La mirada resbala hacia el suelo, donde se reflejan
paisajes y paisanajes y, luego, indefectiblemente,
repasa el cuidado adorno de paredes y columnas hasta
llegar al techo. Antes de llegar a las antiguas vigas de
madera, habrá tiempo para observar con detenimiento las
farolas que rodean las columnas y, sobre todo, el enorme
reloj fabricado en Vitoria.
Las horas transcurren en él al mismo ritmo que en la muñeca
del viajero, pues su gigantismo no las acelera ni las
ralentiza, a pesar de que puedan ser muchos los minutos
perdidos en la contemplación del muy detectable
movimiento de las agujas.
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Al animoso
sentimiento de aquél que se sabe dispuesto a emprender
el conocimiento de nuevos lugares y nuevas gentes. Y,
aunque cualquier sala de espera puede ser similar, sólo
el viajero de tren disfruta de diversas cualidades
propias de las estaciones, allí dónde los destinos son
tan variados como la tipología de los ferrocarriles y dónde
hay que aprehender a mezclar el propio ánimo con el de
muchas otras gentes |
El tamaño de tan honorable
heredero de las clepsidras guarda estrecha relación con
las puertas de la estación. Las hojas permanecen
constantemente abiertas y parecen constantemente
atravesadas por fugaces recorridos de luz y color. Son
los viajeros que no se detienen en la contemplación,
sino que buscan otra puerta en la que los reflejos
amarronados se vuelven rojizos con la lineal luminosidad
de los cuadros de horarios y destinos, de andenes de
salidas y muelles de llegadas.
Es ahí, donde el tren nunca
llega a rozar los topes, el lugar escogido por el
pasajero para esperar su turno. Y la espera puede ser de
lo más variada. A la izquierda, según se entra, los
sones de un tiovivo se confunden con la algarabía de
los más pequeños, aunque, a lo largo del día, algunos
no tan pequeños ocuparán la minúscula silla de montar
sobre los hieráticos caballos con objeto de verter un
puñado de risas.
Desde este lugar, el viaje
puede iniciarse en cualquier momento, aunque, para
algunos, ya hace tiempo que empezó. Un tiempo
contabilizado en las páginas de un libro; otro viaje
iniciado hace varios días y del cual ya han debido
transcurrir un centenar de páginas impresas; un viaje
dentro de otro viaje y que, en esta ocasión, se ha
retomado en el mismo suelo, con el pie de una maqueta
como respaldo, y el mármol a modo de improvisado
asiento. El viajero literario goza de la ventaja de la
inexistencia de horarios. Para él, no existe el
concepto de puntualidad, tan marcado en los trenes, y la
prisa sólo toma relevancia en el compañero que pasa al
lado, indiferente, colgado de su maleta.
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La
espera puede ser de
lo más variada. A la izquierda, según se entra, los
sones de un tiovivo se confunden con la algarabía de
los más pequeños, aunque, a lo largo del día, algunos
no tan pequeños ocuparán la minúscula silla de montar
sobre los hieráticos caballos con objeto de verter un
puñado de risas |
Innecesario, quizás, cargar
con tal bulto. Sobre todo, porque los de mayor volumen
ya han superado el trámite de la facturación. El
equipaje de menor cuantía y, por contra, el más
apegado al viajero, es el que no abandona el férreo
abrazo de los dedos. Allí, en el andén, afrontando la
grisácea luz diurna cuyo paso parece vetado, un neceser
se convierte en alumno aventajado y tira de su dueña en
busca del asiento reservado. Mientras, en el lado
contrario un par de bolsas de plástico reniegan de su
condición y del viaje. Quizás teman no volver.
Sobre la bici
En cambio, el regreso es algo
ansiosamente esperado. En la entrada, en una de las
puertas menos utilizada, un perro de buen tamaño
aguarda, con la lengua fuera, la llegada de un ser
querido. No es el único, pero sí, quizás, el más
llamativo por hechuras y por pelaje. La correa aparece
tirante, pues, al otro extremo, está atada la dueña,
compartiendo el mismo sentimiento enfrente de un
sombrero gris y aflamencado que destierra seriedad al
rostro que se le dibuja debajo.
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El viajero literario goza de la ventaja de la
inexistencia de horarios. Para él, no existe el
concepto de puntualidad, tan marcado en los trenes, y la
prisa sólo toma relevancia en el compañero que pasa al
lado, indiferente, colgado de su maleta
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El can tardará en ver
satisfecho su deseo y contempla, con sana envidia, a
todos los que han visto recompensado el esfuerzo con la
llegada del tren. En la vía tres, debajo del cartelón,
los abrazos y los besos se suceden al retomar
conversaciones dejadas en el aire, diálogos pendientes
del actual reencuentro. Son palabras y besos de saludo,
de bienvenida, lejanos y distintos de los que disfruta
una pareja en otro rincón, rodeados de bolsos y
mochilas, antes de iniciar viaje. Gestos nerviosos
delatan la preocupación última ante los posibles
olvidos, ante los últimos detalles (una lata de bebida,
un bocadillo) que pueden hacer más cómodo el viaje.
El cuadro parece no tener fin y las pinceladas aparecen y
desaparecen con rapidez. Unos niños, formando parte del
equipaje, gozan del paseo sobre uno de los carritos
destinados a las maletas. Una señora repintada y
adornada con una diadema se interna entre el gentío
haciendo caso omiso de la curiosidad que despierta. Dos
religiosas, extraídas de su convento, comparten voces
apenas susurradas y pública intimidad bajo los hábitos.
Y una pareja de aguerridos ciclistas, con las mochilas
sobre la espalda y los bártulos a lomos de sus
monturas, hacen acopio de esfuerzo para empujar sus
cuatro ruedas hasta las cercanías de un banco. Sobre éste,
quedan apoyadas las bicicletas que enseñorean sus
cuidados y sus kilómetros, sin saber que el próximo
recorrido será sobre otras ruedas. Sin tomar conciencia
de que, en el inminente viaje, van a quedar convertidas
en simples viajeros.
*Este
reportaje ha sido realizado en la estación de tren de
Valencia
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