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Lisboa y en tranvía
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Fotografías: Luis Medina

Resulta difícil saborear Lisboa si no se pasea en sus tranvías.


Suben y bajan tratando de coronar la parte más alta de la Ciudad de las Siete Colinas. Desde los más tradicionales, llamados amarelos o amarillos, hasta los más modernos se retuercen por las estrechas calles de La Alfama y abren el paso por las cuadriculadas calles pombalianas. Lisboa es incomprensible sin desgajar la vida interior y exterior de sus tranvías.


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esulta difícil permanecer en Lisboa y abstraerse a saborearla desde sus colinas, del mismo modo que parece absurdo tratar de descubrirla sin dejarse llevar por sus calles. Mas, como gran capital, la ciudad lisboeta ha adquirido un carácter propio que se manifiesta a través de varios tesoros. Joyas cuyas principales muestras se advierten a simple vista y que componen un vivo corazón del cual parten tres arterias: sus admirados azulejos, el art nouveau de muchas de sus cafeterías y, sobre todo, sus tranvías.

Un día en Lisboa sobre raíles es, seguramente, uno de los mejores métodos para conocer la ciudad, pues no sólo acercan al visitante a los lugares que desee contemplar, sino que también le va a permitir pulsar el verdadero latido de la ciudad. Y, para algunos, sirve como particular medio de transporte tanto en el tiempo como en el espacio, dado el recuerdo que provoca en los visitantes norteamericanos, capaces de ver enormes parecidos con San Francisco, aunque no sólo por los tranvías, sino por la singular disposición de la ciudad.

Una de las mejores opciones para conocer la capital portuguesa es seguir el recorrido de los denominados Carris Eléctricos. Sin duda, la forma más espectacular de llegar al Barrio Alto, según afirman los propios lisboetas, es tomando el Elevador de Santa Justa. Aunque los funiculares de la Gloria y de la Bica no son menos sorprendentes. Otros muchos, sin embargo, aseguran que el mejor paseo en tranvía lo ofrece el número veintiocho. Pero, al margen de opiniones personales, sí es posible afirmar que cualquiera de ellos ofrece una forma diferente de ver la capital.

Del sistema americano a la última tecnología
Los transportes de la capital lusa fueron, a finales del siglo XIX, blanco de constantes críticas. En 1870, la Cámara Municipal de Lisboa recibió varias solicitudes para la explotación de un nuevo modelo de transporte conocido como sistema americano. Para ello, se contaba con nuevos carros que los periódicos de la época calificaron como más cómodos y seguros, buenos para transportar cargas y pasajeros, que eran movidos por caballos. Este sistema pasó a manos de capitales extranjeros, dando lugar al nacimiento de la Companhia Carris de Ferro de Lisboa (CCFL). En 1873, la CCFL se convirtió en la primera empresa de transporte público organizada expresamente para funcionar en Lisboa.

Aunque al principio provocó rechazo, hoy día, tranvía es un elemento común en la vida lisboeta. Más adelante, el 5 de julio de 1897, la Cámara concedió la autorización necesaria para modificar el sistema de tracción animal por el eléctrico. Las noticias sobre las nuevas máquinas de transporte colectivo inquietaron a la opinión pública, pues se afirmaba que modificaría la esencia del paisaje lisboeta. Pero, en realidad, las opiniones no eran más que la expresión del miedo ocasionado por el desconocimiento y la desconfianza ante los nuevos inventos: aquellos carros iban a ser movidos por la electricidad. Así que no estaban seguros de como sería, exactamente, su funcionamiento y preferían asegurar, sin base alguna, que aquellos aparatos serían peligrosos.

Indiferente a las protestas, la compañía inició las obras precisas para la instalación de las líneas y de la central eléctrica, proveedora de la energía del sistema. El 31 de agosto de 1901 fue inaugurado el nuevo servicio de tranvías con la línea que hacía el recorrido entre Cais do Sodré y Algés. Desde aquel momento, ningún acontecimiento de Lisboa se ha podido explicar sin los tranvias que, antiguos y modernos, ascensores y funiculares han tejido con sus cabos eléctricos, de día y de noche, la savia que hace latir la ciudad.


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