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Vitoria. Ciudad viva, ciudad perdida

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Contra lo que pueda suponerse, las ciudades suelen comportarse como seres vivos que nacen, crecen y, en algunos casos, mueren. De todas estas épocas, suele haber suficientes restos como para identificar la evolución de una villa, pero, del mismo modo, también son muchos los edificios que se pierden en favor de las necesidades de la ciudad. Premiada por su especial habilidad para conservar el casco viejo y dolida por los tesoros arquitectónicos perdidos con el paso del tiempo, Vitoria se convierte en uno de los mejores ejemplos de ciudad viva.

La ciudad de Vitoria se ha desarrollado, desde su fundación alrededor de una pequeña colina donde sus habitantes supieron echar raíces. En un casco urbano con forma de almendra, se han mantenido un buen número de edificios símbolo de tiempos pasados, aunque las pérdidas, construcciones de las cuales existe constancia, pero sobre las que pesaron más las vicisitudes de la historia, también han sido importantes.

La Plaza Vieja contaba con una fuente neoclásica que fue demolida en 1877, para perforar el subsuelo en busca de agua mediante un pozo artesiano. De cualquier modo, desde hace un lustro, Vitoria está considerada como una de las ciudades españolas con mayor calidad de vida. Calidad que viene dada por un concepto urbanístico en el cual se ha respetado el casco viejo (foco de turismo cultural) sin desestimar el necesario desarrollo que impone la modernidad.

La rehabilitación del centro medieval fue premiada el 26 de febrero de este año por la Real Fundación de Toledo, quien reconoció la defensa del patrimonio histórico realizada en el Plan Especial de Rehabilitación Integrada (PERI) diseñado por la consistorio alavés.

Gracias al citado plan, la estructura del casco medieval se ha respetado: perviven su forma de almendra, las calles estrechas y alargadas y el sentido del paralelismo impreso por Sancho VI en 1181. Fue en ese año, cuando los conflictos territoriales que mantenían los reinos de Navarra y de Castilla, animaron al monarca navarro a expandir sus dominios hacia occidente.

Aprovechó para ello, el ascenso al trono castellano, en 1169, de Alfonso VIII, aún menor de edad. Con la intención de recobrar las tierras perdidas, el rey castellano pactó, en 1179, con el también joven rey Pedro II de Aragón. Juntos, iniciaron una acción bélica, en 1173, contra Sancho VI de Navarra, quien, a efectos de la defensa de los territorios conquistados, decidió fortificar nuevas pueblas. Entre éstas, se encontraba Vitoria, que recibió fuero en 1181, motivo por el cual llegaron un buen número de gentes dispuestas a liberarse de la servidumbre rural.

El poder de Alfonso VIII y su aliado, Pedro II, se consolidó paulatinamente, mientras que Sancho VII el Fuerte padecía grandes apuros financieros que le obligaron a dirigirse a Al Andalus, en 1199, en busca de recursos económicos para costear la guerra contra Castilla y Aragón.

Alfonso VIII aprovechó la ausencia del monarca navarro para cercar Vitoria que, en ese momento, permitía recuperar el Ducado de Aquitania y abría las rutas comerciales hacia Europa sin necesidad de tener que pasar por Navarra. La ciudad fue sitiada en el 1199, y capituló con los primeros días del 1200. Con la derrota, Vitoria perdió su carácter militar de defensa fronteriza y se benefició, gracias a su situación geográfica, de un nuevo papel comercial.

Un incendio acaecido en el 1202, animó a los vitorianos, impulsados por Alfonso VIII, a extender la ciudad hacia el oeste, creciendo por la base de la colina que está rodeada por el río Zapardiel. Las aguas de este río sirvieron para alimentar el foso de las nuevas murallas, conocidas como Cercas Bajas, sobre las que se levantó la parroquia de San Pedro.

Alfonso VIII otorgó a la ciudad reales privilegios, como la exención de portazgos a los vecinos de la villa, que atrajeron a nuevos pobladores. Por último, Alfonso X dio el impulso definitivo a la ciudad, pues, en ella, hacia 1526, levantó su propio palacio y la iglesia de San Ildefonso “en la puebla nueva de fuera”, es decir, en las calles al este de la colina creadas también por él.

Así, la ciudad de Vitoria-Gasteiz quedó limitada por sus cercas aproximadamente durante 500 años. No fue hasta 1781, cuando la ciudad decidió saltar las murallas con la construcción de la Plaza Nueva y los Arquillos, salvando el desnivel sur de la colina.

El último impulso
La Plaza Nueva, construida bajo la dirección de Justo Antonio de Olaguibel, es la obra arquitectónica más importante que se lleva a cabo en la ciudad en el siglo XVIII. La ejecución de este espacio se realizó entre 1781 y 1790 con la idea de dotar a la ciudad de un espacio para celebrar festejos, corridas de toros y mercados populares. Para ello, se aplicó una medida de 220 pies de lado y se dispuso, en uno de los frentes, el edificio que acoge al consistorio alavés, marcado por su evocación clásica y el gran frontón triangular que, conteniendo el escudo de la ciudad, corona la construcción.

No obstante, la actual configuración de Vitoria nace del fortalecimiento de la ciudad como centro industrial y su designación como capital de la Comunidad Autónoma Vasca. Ambas razones han dado lugar a nuevos proyectos urbanísticos, motivados, sobre todo, por el aumento de la población, multiplicada por tres en los últimos treinta años.

Todo ello, ha dado lugar a un espacio urbano moderno y funcional, pleno de servicios, sin perder, en ningún momento, su identidad como ciudad histórica, sobre todo, por el compromiso de conservar el viejo núcleo urbano.

Vitoria. Ciudad viva, ciudad perdida

Vitoria. Ciudad viva, ciudad perdida

Vitoria, la ciudad perdida
La Alhóndiga era el local público para la venta, compra y depósito de granos y otros comestibles. De este edificio, resta lo que se conoce como Los Arquillos, nombre dado a las edificaciones hechas con objeto de salvar el desnivel de la colina por su parte sur. El autor fue Justo Antonio de Olaguibel, que debió inspirarse en el edificio de la antigua Alhóndiga.

Los Arquillos constan de dos tramos. Uno, llamado Arquillos del Juicio se debe a la iniciativa de José de Segurola de hacer casas de vecindad entre 1787 y 1792. El segundo tramo, o Arquillos del Ala, aunque contó con una propuesta de Olaguibel basada en una estola griega, fue realizada por Diez de Güemes de forma similar al primero.

Los Portales
El acceso a los barrios gremiales estaba protegido por sendos portales de acceso, cada uno con la defensa de su correpondiente casa fuerte.

Se distinguían el Portal de la Correría (casa fuerte de los Nanclares); el Portal de la Zapatería (casa fuerte de los Soto) y el Portal de la Herrería (casa fuerte de los Abendaño).

Una epidemia de cólera fue el pretexto para derribar estos portales entre 1854 y 1856, aunque lo más seguro es que se buscara un mejor acceso y control de las vecindades interiores. Con ellos, se perdió uno de los elementos más característicos de la ciudad medieval, pues las casas fuertes adosadas fueron transformadas en modernas casas con miradores.

Casa de los Abendaño
Entre las casas fuertes, la de los Abendaño tuvo un relevante papel en las luchas de los Ayala y los Calleja por la posesión de las torres colindantes a la muralla. Tras la capitulación de 1476, fue comprada, a fines del siglo XV, por Diego Martinez de Alava. Y antes de ser demolida, perteneció al mayorazgo de Manuel Angel de Vidarte Solchaga, vecino de Pamplona.

Puerta de Santa Clara
Entre las entradas que perdió la ciudad, hay que echar en falta la Puerta de Santa Clara, antiguo acceso a la actual plaza de la Virgen Blanca y unida por un lienzo de muralla al convento de San Antonio. El derribo de esta puerta, junto con las nuevas construcciones de la calle de Postas y las casas de Echevarría, configuraron la plaza tal y como se puede contemplar hoy.

Antiguo cementerio medieval
El subsuelo vitoriano guarda, seguramente, muchos secretos, como el que escondía en la plaza de la Brullería, donde, en 1983, se procedió a realizar una amplia excavación para confirmar los sondeos realizados. Bajo dicha plaza, se encontraba el antiguo cementerio medieval, encontrado gracias a las obras de restauración de la torre de los Anda, familia hidalga responsable de la custodia de la muralla alta de la ciudad y que erigió la torre en el siglo XV.

La excavación sacó a la luz una necrópolis medieval, un aljibe y restos de cerámicas y metales de diferentes periodos culturales Vitoria. La necrópolis constaba de tres niveles de enterramientos, por lo que consideró al más antiguo como el correspondiente a la villa de Sancho VI de Navarra. Sobre éste, se desarrollaron dos niveles de inhumaciones que usaron las cubiertas del nivel anterior como fondo de las nuevas sepulturas. Las tumbas, orientadas de este a oeste y con los enterrados en posición de decubito supino, databan de los siglos XII, XIII y XIV. El camposanto pertenecería a una iglesia emplazada donde hoy está la catedral de Santa María.

Convento de San Francisco
La ciudad contaba con dos conventos, dedicados a San Francisco y a Santo Domingo, respectivamente. El primero, fue fundado por el propio santo de Asís, tras dejar Compostela en el año 1214. Ocupaba cerca de siete mil metros cuadrados, aunque, inicialmente, debió de ser muy pequeño, ampliándose posteriormente. Su importancia decayó en el siglo XIX, tras sufrir varias ocupaciones militares transitorias que culminaron, en 1845, con el acta de incautación por el Ramo de Guerra.

Desde el resbaladero, era posible admirar el ábside gótico de un edificio con siete siglos de historia que fue testigo de importantes actos: el compromiso de la voluntaria entrega de Alava a Castilla; la primera misa pontificial del cardenal Adriano de Utrech tras recibir en la Casa del Cordón noticia de su desginación papal; la celebración de las Juntas Generales de Alava durante todo el siglo XVI; sede del archivo de la provincia y de las Juntas de Santa Catalina… Nada fue suficiente para evitar el derribo del convento en 1930.

Convento de Santo Domingo
También fue derribado el convento de Santo Domingo, que se levantaba al final de la calle de la Herrería, enfrente de la casa de los Alava Arista-Velasco. El cenobio fue construido extramuros de la ciudad a principios del siglo XIII y demolido en los inicios del XX.

Un testimonio de Diego Martínez de Salvatierra (1585) afirma que los reyes de Navarra tenían casa en Vitoria, casa que Sancho el Fuerte donó al convento junto con la ermita de Santa Lucía. Esta, probablemente románica, debió utilizarse como iglesia de dominicos, hasta 1240, cuando un incendio asoló la ciudad. Sin embargo, la ermita debió ser reconstruida, hasta que un segundo incendio, en 1423, arrasó iglesia y convento.

La segunda reconstrucción fue lenta y el deterioro de tal magnitud que, en 1523, el prior, apoyado por las limosnas de los fieles, decidió derribarla e iniciar una nueva.

Del convento, de grandes dimensiones, destacaba el claustro, de forma irregular, pues aprovechaba los muros del antiguo patio del palacio de los monarcas navarros. De los veintidós arcos que lo componían, tan solo se conservó uno en el antiguo instituto de enseñanza media, que hoy se puede contemplar en la residencia de las Hermanitas de los Pobres, frente a la estación de autobuses.

El último acto religioso tuvo lugar el día de Candelas de 1835 a cargo de la cofradía del Rosario, toda vez que el general Sarsfield, tras entrar en Vitoria, dispuso la evacuación de conventos y templos para alojar a las fuerzas militares. Más tarde, se utilizó como cuartel y hospital militar, hasta que el gobernador militar lo cedió al ayuntamiento para su derribo.

Palacio de los Alava-Esquibel
Aunque sucesivas reformas eliminaron gran parte del edificio original, aún se puede ver, desde la Zapatería, un gran bloque rectangular de tres alturas y cubierta a dos aguas con el caballete paralelo a la fachada. Destaca la entrada de doble arco de medio punto, con grandes dovelas, y cuatro escudos en linea y un quinto, sobre éstos, colocados en la enjuta común de los arcos. Remata la fachada una cornisa corrida de piedra, con almohadillados alternos en cóncavo y en convexo. Los cubos laterales cuentan con saeteras orientadas hacia la entrada.

El palacio fue erigido, en 1535, por el oidor del Consejo Real de Carlos I, el licenciado Diego Martínez de Alava y Esquibel, sobre la misma casa de sus padres. Se levanta sobre dos calles, dando la fachada principal a la Zapatería y, la contraria, a la Herrería. La fachada, muy reformada en el XIX, debe ser obra de Fausto Iñiguez de Betolaza. El general Ricardo de Alava, que destacó en la defensa de Vitoria, en 1865, cerró el solar posterior con una verja de hierro, creando un jardin donde había un estacionamiento de carros. Debido a su mal estado, también se derribó, en esa época, la galería renacentista del ala izquierda, levantando la que ahora se puede ver.

Teatro
Aunque su destino no es el mismo, el edificio del Banco de España tiene similares características a las que poseyó el teatro que se levantaba, antes, en este solar. Ya en el siglo XVII, se habilitó una sala en el antiguo hospital de Santa María, frente a la catedral, para acoger representaciones. Del mismo modo, que se colocaban tablones como escenario en la vieja Alhóndiga, debajo de San Miguel. Pero el verdadero edificio del teatro estuvo bajo el convento de San Francisco.

Proyectado en 1817 por Silvestre Pérez, autor de las casas de Echevarría, constaba de cinco plantas y seguía las líneas clásicas del gusto estético del momento. Destacaba la estructura adintelada, con cuatro columnas de estilo jónico y grandes vanos, cerrados con arco de medio punto. Por desgracia, el teatro se incendió en 1914.

Hospital de Santa María
Delante de la catedral, se alzaba el hospital de Santa María, construido en el XVI como refugio de pobres y desamparados. De él queda, y sin el cuerpo superior, la portada renacentista, incrustada, como adorno, en los muros del patio anterior del Seminario Conciliar a fines del XIX.

Casa de los Cubos
Hasta comienzos de siglo, existió en la calle Cuchillería, un singular edificio llamado de los cubos, por los cortafuegos a modo de torreones que lo flanqueaban. Sita a la izquierda de la Casa del Cordón, estaba construida en sillar con dos puertas de entrada: una adintelada y otra, más pequeña, en arco de medio punto.

Casa de Jerónimo Larrinzar
La Casa de Jerónimo Larrinzar desapareció en el primer cuarto de siglo. Se dividía en dos cuerpos, formando un retranqueado en el portal de la calle, y tres pisos, de ladrillo y tenía una galería adintelada con columnas de tipo jónico. Según Fray Juan de Vitoria, la casa de Guevara, poseía “el portal y las casas fuertes de una parte y otra de la Cuchillería”. Comprada, en el siglo XII, por el linaje burgalés de los Sotos, pasó a una fundación religiosa, fundada por el Chantre Soto. A fines del XVI, pertenecía a Jerónimo de Alava.

Casa Nº 23 (C. Nueva Dentro)
Construida a principios de siglo, contaba con un interesante repertorio inconográfico, con temas profanos y mitológicos, en los paneles inferiores de madera de los miradores de la planta superior. La fachada, simétrica, era de ladrillo visto. Los miradores se dividían en cuatro cuerpos, separados por jambas de madera imitando pilastras adosadas de fuste acanalado y terminadas en capitel jónico. La negligencia provocó el derrumbe del edificio en 1994, cuando se cortó uno de los pilares para ampliar la lonja.

Vitoria, la ciudad hallada
La Plaza Nueva
La Plaza España,o Nueva, ideada como lugar para festejos, corridas de toros y mercados populares y construida entre 1781 y 1790, por Justo Antonio de Olaguibel. Supuso el primer ensanche de la ciudad desde el medievo.

La nueva plaza continúa la tradición de las plazas mayores peninsulares: planta cuadrada, fachadas uniformes, soportales para comercios y dos pisos para viviendas. En su interior, la Casa Consistorial destaca por su frontón triangular y el escudo de la ciudad.

Vitoria. Ciudad viva, ciudad perdida

Vitoria. Ciudad viva, ciudad perdida

La Plaza Vieja
A la salida de la Zapatería, la Plaza Vieja contaba con una fuente neoclásica que fue demolida, en 1877, para perforar el subsuelo en busca de mediante un pozo artesiano. El ingeniero y geólogo francés Alphonse F. Richard dirigió la excavación durante cuatro infructuosos años. Se llegó a los 1.021 metros sin obtener agua, motivo para supender las obras en 1882. ante este fracaso, el ayuntamiento decidió traer agua desde el Gorbea al depósito del Campillo.

A comienzos de siglo, la plaza ya se podía ver tal y como es hoy, pero la perfección formal del lugar, con sus líneas de fuga convergentes en la patrona de la ciudad y divergentes hacia la creación del nuevo espacio urbano, se alteró al levantar un monumento en conmemoración de la batalla de Vitoria, del 21 de junio de 1813, cuando se derrotó a los ejércitos franceses. La obra fue diseñada por el madrileño Gabriel Borras, e inaugurada en agosto de 1917, bajo los sones de la obertura de Beethoven “La Batalla de Vitoria”.

Plaza del Machete
Entre los espacios abiertos de la ciudad, no hay que olvidar la Plaza del Machete, a la cual se accede por las escalinatas de San Bartolomé. El lugar debe su nombre a que en una hornacina del ábside de San Miguel.

Se conservaba el machete vitoriano sobre el cual juraban sus cargos los representantes de la villa. Aunque también se la conoce como Plazoleta del Juicio, pues allí se ejecutaban las sentencias a muerte, siendo la última, en el siglo XIX, a garrote vil.

Catedral de Santa María
La catedral de Santa María es la principal referencia religiosa en la ciudad. Sita en la zona norte, debe estar construida sobre un antiguo templo románico o una fortificación, al igual que la parroquia de San Miguel. Se trata de un templo gótico de planta cruciforme y tres naves con bóveda de crucería de los siglos XIII y XIV. En el segundo contrafuerte del lado norte, hay un vestigio de su pasado: un sillar visigótico decorado de rosáceas en recuerdo de las representaciones solares. La torre, con 58,75 metros de altura, combina, en sus diferentes cuerpos, el renacimiento y el barroco, rematados por un chapitel decimonónico, imitación del original destruido, en 1856, por un incendio.

Parroquia de San Miguel
La parroquia de San Miguel debió formar, junto con la catedral, el eje sobre el que Sancho VI edificó las murallas altas en 1181. Este señaló a San Miguel como iglesia juradera, por lo cual fue, durante siglos, sede de la organización política de la ciudad, del archivo municipal y del machete símbolo de la administración de justicia. El edificio actual debe ser de fines del siglo XIV, siendo cerrado por una bóveda estrellada en el siglo XVI. Destaca el retablo barroco de Gregorio Fernández, hecho en 1624.

Al templo se accede por un enorme pórtico de dos arcadas, que contiene un templete barroco de 1761 que guarda una hermosa talla gótica del siglo XV de la patrona de la ciudad. Aparece de pie y ofreciendo una flor a un niño.

Parroquia de San Vicente
Merece también una visita la parroquia de San Vicente. Diversas fuentes hacen pensar que ocupa el lugar del castillo de la primera fundación y, desde el siglo XIII, existen noticias de una parroquia dedicada a San Vicente al lado del castillo. Sin embargo, es en el siglo XV, cuando los Reyes Católicos ordenaron al alcaide del castillo su entrega al Concejo de Vitoria, para levantar en su lugar un templo más grande que el anterior. Goza de una planta rectangular y sus naves se levantan hasta los dieciséis metros de altura. Las arquerías del pórtico exterior proceden del desaparecido claustro barroco del convento de San Francisco.

Convento de San Antonio
El antiguo convento de la Purísima Concepción, pervive, hoy, bajo la advocación de San Antonio. El cenobio fue fundado por Mariana Vélez Ladrón de Guevara, condesa de Tripiana, quien dejó en su testamento el dinero para las obras. Se contrató, para ello, a los canteros santanderinos Juan Vélez de la Huerta y su hijo, Pedro, quienes terminaron en 1622. La fachada es un buen ejmplo de barroco desornamentado. Dividida en tres cuerpos rematados por un gran frontón triangular con óculo central. Dos pilastras encuadran la fachada, que no puede evitar cierto aspecto de pesadez.

Torre de San Pedro
La torre de San Pedro fue levantada para acoger espiritualmente a la población que, con Alfonso VIII, se extendió por el oeste de la colina. Ya debía existir, en el siglo XIII, un templo de menores dimensiones, que siguió utilizándose, ya que los elementos ornamentales más antiguos se hallan en los pies del edificio, algo extraño a no ser que hubiera la cabecera de un templo anterior.

La muralla obligó a abrir el templo hacia el este, de cara a la Herrería, una de las vías más importantes en la época gótica, elegida por una fuerte clase de artesanos y mercaderes. Abierta por una de las capillas absidiales, la iglesia se decoró a lo largo de la línea del pórtico, enseñando a los burgueses la vida de Cristo y de los santos.

El campanario, iniciado en el siglo XVIII, varió su posición respecto de la torre primitiva, consecuencia de entrar por un lateral del templo. Además, con objeto de abrir una nueva entrada hacia el nuevo ensanche de la ciudad, se hizo un pórtico al sur sobre el solar de dos casas, abriéndose la puerta a través de la capilla de los Reyes, con permiso de la patrona, la marquesa de Montehermoso.

Seminario Conciliar
Fue iniciado en 1878 por el segundo obispo de la diócesis, Sebastián Herrero. En 1883, fue ampliado hasta el cantón de las Carnicerías por Mariano Miguel Gómez, tercer obispo de la diócesis. En el patio interior, está el cuerpo inferior de la portada del antiguo Hospital de Santa Maria.

Palacio de Escoriaza Esquibel
Consta de planta rectangular y tres alturas, aunque la última se añadió posteriormente en ladrillo. La fachada lateral oeste se levantó sobre las antiguas murallas de Vitoria, llamadas Cercas Altas.

Palacio de Montehermoso
Sito en lo alto del Campillo, se construyó en el primer cuarto del siglo XVI. A lo largo del tiempo ha sufrido profundas reformas que, por fortuna, no han afectado a su estructura rectangular con patio central propia del Renacimiento. El título de Montehermoso se debe a una distinción concedida por la reina María Luisa de Saboya, mujer de Felipe V.

La reforma más importante se realizó a fines del XVIII, cuando Ortuño María de Aguirre y del Corral convirtió el palacio en hotel, siguiendo el gusto francés de la época. También se reformó la fachada oeste, convertida ahora en la principal, reconstruida en estilo neogótico por el arquitecto Fausto Iñiguez de Betolaza.

La puerta principal estaba en la parte posterior, abierta a una plazuela donde, más tarde, se construyó el depósito de aguas. Sobre la fachada, vuela un amplio alero de madera y aún conserva las bolas que rematan los cercos de los vanos, dentro de la tradición isabelina.

Palacio de Bendaña
Se levantó en torno a una torre medieval que defendía el cantón que bajaba desde la Vitoria alta al portal de San Ildefonso. Por ello, presenta sólidos muros en piedra de sillería en su totalidad. Fue Juan López de Arrieta quien ordenó construir el palacio en el siglo XVI sobre unas casas fuertes propiedad de los Maeztu. Estilisticamente, se trata de un edificio de transición entre el gótico y el renacimiento. En el ángulo suroeste, se destaca un cubo cilíndrico con saeteras, reflejo del poder y la hidalguía de los propietarios. La portada principal se abre mediante arco apuntado, orlado por el cordón franciscano.

Torre de los Iruña
Levantada con un fin defensivo, la torre de los Iruña vigilaba el Portal de Aldave, en la muralla oeste. La primitiva casa fuerte data de inicios del siglo XV, cuando los Iruña abandonaron la torre de Badaya para establecerse en Vitoria. El edificio, con dos plantas de mampostería y el resto en entramado de madera y ladrillo, fue reconstruído, en el siglo XVI, por Catalina de Alava, casada con Andrés Martínez de Iruña. Una nueva restauración hecha en 1970, elevó la torre y la remató con una corona de almenas al

Casa del Cordón
La Casa del Cordón es, sin duda, uno de los emblemas vitorianos. Obra del siglo XV, levantada por Juan Sánchez de Bilbao, comerciante y judío converso, que edificó un palacio en torno a una torre medieval que dejó en el interior de las dos primeras plantas. Respetando la torre, elevó una bella bóveda estrellada gótica, que se mantiene intacta. La cubierta está pintada en azul y lleva estrellas metálicas simulando la bóveda celeste. Mas, el nombre proviene del cordón franciscano que adorna una de las dos puertas gemelas que se abren en la fachada.

La Casa del Cordón ha sufrido varias modificaciones a lo largo de su historia. La primera reforma es de mediados del XVIII y, con un coste de treinta mil reales, afectó al último piso y a la cubierta. A finales del XIX , la casa tenía un piso superior en saledizo y un importante alero sujeto por cabrios.

Fue entonces, en 1898, cuando el propietario, Vicente de Monzón y Lardizaba, contrató al arquitecto Fausto Iñiguez de Betolaza, para restaurar el inmueble que presentaba un estado ruinoso. Las obras cambiaron el aspecto de la fachada, pues se suprimió el alero y el voladizo de los pisos superiores, se añadieron miradores y se abrieron dos entradas en la planta baja. La última modificación del edificio se realizó en 1960 siguiendo las directrices de Emilio de Apariz. Este descubriió la torre, pero no se preocupó de devolverle su primitiva apariencia.

Casa de los Gobeo y Landazuri-Guevara
Bastantes reformas ha sufrido, también, la Casa de los Gobeo y Landazuri-Guevara, cuyo origen se remonta a mediados del siglo XVI, pero que llegó muy deteriorada a los tiempos actuales. El edificio fue fundado por Bernabé de Gobeo y Gamarra y su mujer, María de Landazuri y Guevara, casados en 1589. Las obras acometidas en el edificio a lo largo de los siglos afectaron, especialmente, a las plantas superiores, donde se recrearon modelos del XVI y del XVII. Destaca la doble galería adintelada y los trabajos de madera desarrollados en los aleros.

En la actualidad, se puede contemplar un edificio con muy buena factura de fábrica, una vez que el arquitecto Emilio de Apraiz la restauró en 1960. La planta baja ha sido la menos alterada. Construida en muro de mampostería, está iluminada por unas pequeñas ventanas cercadas de sillería. Tiene dos accesos: uno, al oeste, con dintel adovelado; y, otro, al sur, con los ángulos de las dovelas ligeramente suavizados. En éste, se encuentra el escudo de los fundadores, doblado hacia el interior por falta de espacio y como consecuencia del ligero desnivel de la calle y la falta de nivelación de la construcción.

El Portalón
La casa conocida como El Portalón es un símbolo de la arquitectura popular. Dedicada a casa de comercio a finales del siglo XV o principios del XVI, el edificio se construyó con los materiales típicos de la arquitectura burguesa popular, manteniendo el zócalo de piedra y el entramado de ladrillo y madera. La casa recibe su nombre por la gran puerta de entrada de caballerizas, que da acceso al portal. En su fondo, aún se puede ver el brocal del antiguo pozo, así como una rampa que desciende al sotano y a las antiguas cuadras. El cuerpo superior se desarrollado en saledizo, apoyado en los cabos de las vigas perpendiculares a la viga maestra. La casa fue restaurada en 1957, cuando se cambió la ubicación de la puerta, pues, en su origen, estaba muy retranqueada, organizando un amplio porche interior. Desde finales del siglo XVIII y hasta el XIX fue utilizada como parador.

 

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