Luis Medina

Toro Bravo, de muy noble y fiera estampa

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La negra figura del toro se encuentra indefectiblemente unida al hombre ibérico desde tiempos primitivos. Ocres legados de firmes trazos así lo testimonian en cuevas y abrigos rocosos, donde, antes de que naciera la historia, ya se reflejó la muy particular relación mantenida con el perdido uro. Divinidad o mito, representación de fuerza y fiereza o mimada res doméstica, las diversas culturas que poblaron Iberia hicieron de esta especie su principal referencia en el mundo animal. El toro y el hombre estaban destinados a convivir y a combatir, a relacionarse, íntimamente, en un lugar que, para muchos, no es más que una extensa y curtida piel de toro.

La negra figura del toro ha estado desde tiempos remotos unida al hombre. Los textos bíblicos son la primera referencia escrita que existe sobre el toro. Dios hizo el mundo y lo pobló con infinitas especies, entre ellas, el toro y, por supuesto, el hombre. Uno y otro han convivido durante siglos e, incluso, antes de las referencias sagradas, las tribus primitivas significaron la atracción que les producía dicho animal sobre las calizas rocas de sus cavernas. Misterio negro encabezado de astifinas cuernas que, en la Biblia, corresponde a los mismos símbolos representados por bueyes, novillos, becerros y vacas.

Antiguamente, el apelativo de buey referenciaba toda la raza bovina. Ahora, el buey ha sido toro y el toro no ha sido buey. Este designa al animal de trabajo; aquél, al criado con mimo y regalo, cuyo destino es el sacrificio, bien por el culto a Dios, bien para manutención del hombre con la carne de lidia. El bos (buey) representa fortaleza, fiereza y acometividad violenta, riqueza y opulencia, gratitud, fecundidad, soberbia, alegría y hermosura. Las citas son abundantes: el Libro de Job contiene a Ron, especie de toro salvaje de “dos metros de alto” y Basau era el lugar donde se criaban, en ganaderías, los toros más gordos y bravos.

Toro bravo en el campo

Toro bravo en el campo

El simbolismo del buey tenía su mayor expresión en los sacrificios efectuados en los días festivos marcados por la antigua ley. Pascua, en primavera; Pentecostés, en verano; y Tabernáculos, en otoño, eran los momentos elegidos para la muerte, entre aclamaciones, de toros sacrificados a la divina justicia. Sin olvidar que, junto con el león, el águila y el hombre, el toro es uno de los cuatro animales simbólicos del Apocalipsis, los más poderosos de la tierra, atributos de San Marcos, San Lucas, San Juan y San Mateo.

Festejos similares a los celebrados por los griegos, quienes sentían predilección por el toro y, con él, celebraban fiestas en honor de los dioses que, a su vez, recibían sobrenombres taurinos. En Tesalia, tenían lugar las taurocatapsias (de tauro y de kataptein, que significa ligar) donde los jinetes corrían tras los toros hasta cansarlos. Luego, los cogían por las defensas y los derribaban, torciéndoles el cuello. Este fue el espectáculo – según testimonio del naturalista Plinio – que el emperador romano Julio César introdujo en el circo romano un siglo antes de la Era Cristiana. Incluso, Rodrigo Caro afirma en sus “Días geniales o lúdricos” que las diversiones de Tesalia pasaron a Iberia, por lo que “a los toreadores llamaban tesalos”.

Mas, la presencia del toro como significante no ocurre sólo en la Biblia. El hombre troglodita también encontró en su efigie un destacado motivo para expresar, en sus pinturas, su forma de vida. En las cavernas del norte español, de la Aquitania francesa y en el arte cuaternario de Cantabria se conservan los trazos de bien armados toros. Un mágico intento de cazar animales a través de la pintura; un modo mágico de aumentar su producción y mutiplicación, pero, sobre todo, pruebas palpables de la existencia prehístórica del bravío animal y de que ya era cazado.

Precisamente, en la Edad Cuaternaria, los hielos de la última glaciación empujaron hacia el templado sur a muchas especies animales que alcanzaron la zona cántábra. Junto a los rebaños de renos, el elefante lanudo de grandes colmillos retorcidos, el rinoceronte de tabicada nariz, los caballos y las cabras silvestres, el gran oso, el león y la hiena de las cavernas llegaron los bisontes, los toros salvajes que constituyeron el origen del toro bravo español.

Los dibujos de bóvidos en grutas y abrigos se encuentran, por ello, distribuidos por toda Iberia, destacando los de Asturias (Peña de Candamo, Buxu, Loja, Pindal, Tito Bustillo), Santander (Altamira, Pasiega, Castillo, Covalanas y Hornos de la Peña), Vizcaya (Basondo, Santimamiñe y San Martín), Guipúzcoa (Altxerri y Cestona), Soria (Balonsadero), Cuenca (Peña del Escrito, Rambla del Enear y Marmalo), Teruel (Prado del Navazo y Callejón del Plou), Lleida (Cogul), Tarragona (Montsía y Valltorta), Castellón (Remigia), Albacete (Minateda y Venado), Murcia (Cantos de Arabí y La Pileta) y Cádiz (El Arco).

El uro
Son pruebas de un antiquísimo culto del toro, como demuestran los testimonios de Diodoro. La figura del toro salvaje se representa de forma naturalista: marcada corpulencia y fuerza, en especial los cuernos. A veces, el hombre se encuentra junto a él como cazador. En algunos lugares, se produce una antropomorfización del toro, pero en Iberia su figura está ligada a la magia del mundo vegetal, del animal o del humano. De un ser ligado a la tierra, sobre la que se yergue su figura benéfica, presente en el mundo humano como amigo aristocrático y familiar, cuyo máximo prestigio nace de su poder generativo.

El arte rupestre se complementa, además, con el hallazgo de monumentos arqueológicos referentes a la existencia del toro y a su condición de protagonista en lo que, luego, fue un espectáculo de masas. Ejemplo de ello son la Piedra de Clunia (estela taurina donde un toro acomete a un hombre armado con un escudo y una espada), el Vaso Historiado de Liria (en el que, dos o tres siglos antes de Cristo un cornalón se enfrenta a dos cazadores con sendas mazas) o los conocidos Toros de Guisando.

Los fósiles y los restos prehistóricos también evidencian la presencia del toro en España miles de años antes de que pudieran traerlo celtas, por el norte; griegos, por el este; y africanos, por el sur. Así sucede en la santanderina cueva de Pando, los yacimientos del Pisuerga y del madrileño valle del Manzanares, lugar al que acudían las reses a beber y donde serían cazados y descuartizados por el hombre.

Los terrenos cuaternarios cuentan con fosilizados restos del uro, la forma primitiva del bóvido actual. Este toro salvaje del neolítico está considerado como el único ascendiente de todas las razas actuales y habitaba las tierras de Iberia e Inglaterra, desde el oeste de Europa hasta China. En unos y otros sitios, sería domesticado para obtener carne, leche, pieles y fuerza para el trabajo, motivo suficiente para lidiarlos. Por ello, la caza se convirtió en un combate donde la bravura y la nobleza de la bestia, la ciega acometividad para la pronta embestida y la ausencia de malicia y astucia para no ser engañado sugirió al hombre la idea de sortear al animal hasta dominarlo y vencerlo.

El toro primigenio fue un animal feroz que los alemanes llaman auerochs y los germanos y celtas debieron conocer por la similar voz de auroch (de aur, salvaje; y och, toro). Esta, en latín, sonaba como el vocablo urus, que Julio César introdujo en su idioma y correspondía a un cuadrúpedo enorme y muy peligroso. Debió ser, en cualquier caso, muy distinto de aquéllos cuya cruz se alzaba a casi dos metros de altura. Mas, aún así, gozaría de dos largos cuernos y de pelo negro en los adultos, castaño oscuro a veces, con un listón blanco en el espinazo, y más claro en terneras y becerros.

El uro habitó los bosques de la Europa central y nórdica, hasta que desapareció como especie durante la Baja Edad Media. No obstante, perduraba al principio del siglo XV en los bosques lituanos, cerca de Prusia, y, aún dos siglos después, en el bosque polaco de Jaktorowka, al suroeste de Varsovia. Incluso, representaciones de este bos primigenius se han encontrado entre los ríos Tigris y Eufrates.

El arte rupestre se complementa, además, con el hallazgo de monumentos arqueológicos referentes a la existencia del toro.

El toro bravo español
Como raza propia, el llamado toro español es, básicamente, un auroch o uro más pequeño, resultado final de su mezcla con determinadas especies llegadas desde África. De hecho, el toro asiático, venido del norte, mostró bravura sólo en Navarra, consecuencia de una vida salvaje y apropiada alimentación. Por su parte, el africano ligó bien en sus cruces con el bravo ganado que ya pastaba en las marismas andaluzas. El resultado de la mezcla de estas reses con las primeras y con las indígenas del centro de España se impuso sobre el ganado palurdo característico de las serranías jiennenses y sobre el morucho de campos castellanos.

La traslación de éstos últimos hacia ramificaciones navarras ofreció el antiguo toro castellano, de ya olvidada existencia. Al igual que, en la actualidad, el ganado céltico, característico por sus cuernos verticales y por sus pintas rojas, amarillentas y aleonadas, constituye, para algunos tratadistas, la raza denominada bos taurus celticus, esparcida por el norte de España y Portugal.

Ante semejante mezcolanza entre unas y otras razas, no se debe obviar que las pinturas rupestres indican que el toro existía ya en España antes de la llegada de los celtas, por lo que esta especie ya sería propia. Igualmente, entre el fiero auroch y los mansos bóvidos de otras regiones, destaca que el sur peninsular ofreció siempre reses de bravío temperamento.

Y sólo la evolución del toreo, de la caza al deporte de caballeros, ha fomentado el posterior desarrollo del toro, desde que, en los inicios del siglo XVII, se constituyeron, como tales, las primeras ganaderías, encargadas de afinar la crianza selectiva. Así, cuando comenzó el toreo a pie era fácil deslindar la geografía del toro y notorias las diferencias entre el navarro, el castellano y el andaluz, aunque, en todos ellos, se buscara potenciar la fiereza.

Para ello, el despoblado campo proporcionaba enormes extensiones de terreno adehesado para los toros, cuya crianza no entrañaba ninguna dificultad. Las ganaderías de reses bravas crecieron desde el siglo XVII e, incluso, algunos datos aislados apuntan a fechas anteriores. No obstante, el desglose de las reses más bravas, con destino a las corridas, no se produjo hasta principios del siglo XVIII, época en la que aparecen abundantes nombres de ganaderos y de lugares de pastoreo.

Las castas
Por ejemplo, en 1606, consta, en Aranjuez, la ganadería del Real Patrimonio y, en Talavera, en el pago del Soto, la de Francisco Meneses Martínez. En 1618, aparece Juan Sánchez Jijón. En 1638, destaca Gaspar Valdés, en competencia con la de Fabiana, tan popular, que ni siquiera se menciona su apellido. En 1646, se inicia como ganadero Antonio Madrid Mostacero, de la toledana Consuegra, y un largo etcétera que demuestra la existencia, ya en el siglo XVII, de definidas ganaderías y distintivos marcados a fuego con hierro.

Todas ellas han cuidado al toro. Lo han mimado y lo han criado buscando potenciar determinadas características hasta crear lo que se conoce como castas. Tal término hace referencia al conjunto o sucesión de individuos de la misma especie, de origen común y caracteres similares, transmisibles por generación. Cada casta o encaste constituye una familia o gran variedad de la especie y su distinción se funda en el tipo, conformación, condiciones de lidia…

Dentro de la especie, las variedades Navarra, castellana y andaluza presentan las características más peculiares, por lo que podría decirse que constituyen las castas esenciales. El toro andaluz de piel suave, extremidades cortas, lomos rectos, poder y nobleza. El toro castellano de pelo más basto, corpulencia y extremidades largas, mucha cuerna y resistencia. El toro navarro, poco corpulento, cornicorto y bravo. Sin embargo, Navarra, Castilla y Andalucía tienen tal variedad de toros como para distinguirlos y clasificarlos como de distinta casta.

Hoy, en términos generales, están bastardeadas aquellas razas que tanta fama dieron a sus primeros criadores. Perduran la de Vistahermosa y, menos pura, la de Vázquez. Apenas queda de las de Jijón y Cabrera. Hoy, ya casi no hay diferencia de castas, ni de pintas, ni de tamaños, ni de encornaduras, ni de poder, ni de tipos y condiciones de lidia. Casi todos los toros son negros, pequeños, aunque sean finos, pastueños, dóciles. Toros monótonos de aspecto y de acción, que se prestan y contribuyen al estilo del toreo al uso.

El nacimiento del toro bravo
En Andalucía, las crías más prematuras nacen a primeros de septiembre y, las más tardías, a principios de mayo, pues los toros se echan a las vacas entre el 1 de enero y San Juan (24 de junio). El ganadero suele mantener las fechas para que el campo tenga abundante pasto abundante para alimentar a la madre durante la crianza. En el centro peninsular, los partos son más tardíos para evitar que los becerros nazcan en los meses más fríos, cuando las dehesas se cubren con un manto de nieve.

Para parir, la vaca busca sitios resguardados. Suele tumbarse, pero, si el vaquero está cerca, pare de pie. Una vez que nace la cría, la madre se come las pares o envoltura que lo cubre y hasta que no lo limpia por completo, no le hace mucho caso. Después, la vaca brava lo defenderá contra cualquiera que se acerque. Por eso, los vaqueros deben esperar para cumplimentar, los partes de nacimiento semanales, donde detallan el nombre de la vaca que da a luz y si es becerro o becerra. Curiosamente, hay años o lunas en que las vacas machean o hembrean.

A muy poco de nacer, los becerros intentan levantase, vacilantes y, a veces, se caen. La vaca vuelve a secarle con su lengua, hasta quitarle el entumecimiento con su calor. Tras mamar los calostros, la madre lo esconde para que duerma el sueño calostral, mientras ella va a comer. En cuanto siente al hombre, la vaca se separa de donde ha escondido el becerro. Las jóvenes se espantan poco; las viejas aparecen por el lado contrario. Algunas ganaderías marcan, ahora, la señal de la oreja, pues se hace menos daño, la herida cura antes y goza del poder cicatrizante de la lengua materna.

Un mes después, el becerro corre, juega, se pelea con sus compañeros, embiste y topa contra lo que tenga delante.

El destete del toro
A los ocho o diez meses, tiene lugar el destete o desahijar, tarea laboriosa que requiere orden, ritmo, caballos bien domados y vaqueros adiestrados. Hoy, por comodidad, se utiliza el corral de las plazas de las fincas, dejando salir por la puerta a la madre y cerrándola delante del becerro.

Antes, el ganado se reunía en un pequeño cercado. Luego, un vaquero se metía dentro, separando las vacas con el caballo, mientras otro cortaba el ternero de la vaca y un tercero cuidaba la puerta para dejar salir solo a la vaca. La vaca huía por querencia; pero, al verse sin la cría, intentaba volver, por lo que otro vaquero estaba detrás de la cancela.

Todo sucede en pocos metros, donde los cuernos de las vacas pasan y repasan a un milímetro de los pechos de los caballos. Algunas, hostigadas, se arrancan y el caballo debe recortarlas en metros. Ahí se muestra el adiestramiento que le permite cortar la vaca del becerro y esquivar sus arrancadas con hábiles y lentos quiebros, sin enervar ni a la vaca ni a su hijo. Con suerte, cien vacas pueden despacharse en media hora. Pero si los becerros son tercos, vaqueros y caballos acaban empapados en sudor y fatiga.

Por la noche, empiezan los berridos. Algunas vacas andan, despacio, al hilo de las tapias, al olor y la nostalgia del hijo. Así, hasta que baja la inflamación de las ubres.

La tienta del toro bravo
A los dos años, la tienta de hembras permite conocer su bravura para destinarlas a ser madres. Otra prueba, sobre los hijos, seis u ocho años después, ofrecerá los resultados. Si más de uno es manso y el resto no son muy bravos, la vaca será sustituida por otra mejor. Años más tarde, se hace una tercera comprobación, comparando los resultados buenos y la fertilidad. Sólo las vacas buenas y de excepción se dejan hasta que sean viejas.

Por su parte, la tienta de machos se ha hecho, tradicionalmente, en campo abierto, aún a riesgo de una mínica cantidad de accidentes: pitones rotos o alguna pata rota en los erales por falta de habilidad en los garrochistas. Mas, las ventajas de esta tienta contrarrestan tales accidentes.

El acoso y derribo a erales requiere caballos muy bien domados, veloces y sin resabios. A los futuros toros hay que agarrarles con la garrocha en lo más alto y trasero de las ancas. La collera constra del amparador (debe echar el caballo a la derecha) y del derribador (debe echar la garrocha por encima del hombro).

La tienta permite conocer el futuro toro y las cualidades heredadas de los sementales. Se aprecia el estilo de la embestida; si escarba; si sale suelto de la pica; si empuja con los riñones o da cabezazos; si viene pronto y con alegría; si no para; si acude violento o suave…

En la misma tienta, los erales muy buenos pueden picarse seis y siete veces. Si responden, se apartan para, unos meses después, hacer la retienta del semental, una vez fortalecido el animal con piensos de habas. La doble tienta facilita que el semental escogido pueda ser un toro de excepción.

El trapío del toro
Antes, los toros se lidiaban con cinco o seis años, ni flacos, ni gordos, pelo brillante, buen trapío, piernas nerviosas, ojos negros y vivos. Eran seis años lentos, normales, engordados según la naturaleza, con hierba de mayo y rastrojos de agosto, con morrillo de grama y no de habas molidas. Hoy, el toro tiene cuatro o cinco años y es cebado desde pequeño. Más chico, precisa estar más gordo para dar el peso reglamentado.

El toro es un animal glotón. Devora siete u ocho kilos diarios de piensos fuertes: habas, garbanzos negros, concentrados y piensos compuestos. Así, el toro gordo debe ser más bravo, porque no sólo se mueve, sino que, además, tiene que arrastrar más peso. Pero pierde agilidad, movilidad y fuerza.

El toro de hoy, seleccionado por bravura, es un toro pequeño. Los toros antiguos eran grandes y aparatosos. Con edad. Toros para la suerte de varas, la misma que, en la actualidad, se ha reducido a preparar el toro para la muleta.

No obstante, ante el trapío, el peso es secundario. Sin trapío, un toro no es interesante, pues no brillará la bravura con plena intensidad.

El paseo del toro bravo
El toro se cría en las inigualables dehesas de Extremadura, Andalucía o Salamanca. Dehesas salmantinas donde la arboleda no es sólo sombra. Dehesas extremeñas donde crece la bellota dulce que tanto gusta al toro. Dehesas andaluzas de variados matices, donde el toro puede correr y moverse con plena libertad.

Mas, ante el riesgo de las caídas del toro en la plaza, algunos ganaderos pasean al animal un mes antes de la lidia. Para ello, se recogen con los bueyes los toros apartados para la corrida y se les obliga a andar y correr unos kilómetros. En la primera salida, al toro le cuesta abandonar el cercado e intenta pelear con sus compañeros antes de coger la puerta. En la segunda, el toro ya sabe dónde va y obedece a vaqueros y cabestros.

Si hay un barranco en el camino, es frecuente que los toros se arranquen contra alguno de los flancos. Si el terreno no es muy duro, hunden los pitones para sacar tierra húmeda. Y si encuentran algún ganado, tienden a acercarse, reburdeando, mientras el vaquero los deje.

En el extremo de la marcha, los toros dan la vuelta por querencia. Entonces, al galope corto de los caballos, se les obliga a correr hasta el cerrado, donde llegan con la boca abierta, la lengua fuera de ella. Incluso, ya llegando, adelantan a los bueyes, ávidos de alcanzar su lugar de costumbre.

El campo y el toro bravo
El toro se siente dueño y señor en el campo. Y tienen gran memoria, fomentada al darles una vida metódica y rigurosa, igual que si se tratara de un deportista en constante entrenamiento. A las horas de los piensos, por ejemplo, acuden, puntuales, a los comederos, aún a pesar de que no se les lleve comida. Acaso no haya animal más ordenado que el toro.

Al mes de estar en la dehesa, cada uno ha escogido su sitio fijo para echarse, para reunirse, para tomar el sol y para protegerse del viento y del frío. En colectividad, el toro es pacífico, tranquilo, tímido.

En palabras del ganadero, el toro bravo ideal es “bajo de manos”, de tal modo que, “al mirarlo desde delante, se le descubra la cruz y detrás de ella se vea la penca del rabo”. Así, el toro meterá la cara y podrá “hacer con la barbilla un surco en la arena”, pues la “altura del toro en su cruz debe ser sólo algo superior a la de la cintura del torero”.

Generalmente, revelará “más fuerza mientras más juntas tenga las manos y las patas”, ya que, igual que los caballos camperos, “tiene que estar reunido”. Cuello largo para facilitar la embestida. Los pitones no deben ser abiertos: “que su cabeza quepa en los faldones de la muleta”. Además, ha de ser ancho de pecho, pero no “excesivamente” para que no “pierda agilidad para revolverse”.

La edad ideal son cuatro años. Más tarde, será más lento en sus arrancadas y “al torero le será fácil adivinar sus intenciones”.

Poemas al Toro Bravo

Es la noble cabeza negra pena,
que en dos furias se encuentra rematada,
donde suena un rumor de sangre airada
y hay un oscuro llanto que no suena.
En su piel poderosa se serena
su tormentosa fuerza enamorada
que en los amantes huesos va encerrada
para tronar volando por la arena.
Encerrada en la sorda calavera,
la tempestad se agita enfebrecida
hecha pasión que al músculo no altera:
es un ala tenaz y enardecida
es un ansia cercada, prisionera,
por las astas buscando la salida.
Rafael Morales

Alançaban tablados todos los caballeros
a tablas e escaques juegan los escuderos,
de otra parte matavan los toros los monteros,
avya y muchas çitulas e muchos violeros.
“Bodas del Conde”
Fernán González

En figura de toro que es escalentado,
cavando con los piedes, el ceio demudado,
con fiera cornadura sannoso e yrado
paróseli delante el traidor provado.
“El clérigo embriagado”
Gonzalo de Berceo

Negro era el toro, y de color tiznado,
erizado de cerro y lomo altivo,
corto de pies, de manos apartado
los ojos grandes, como fuego vivo,
de espeso remolino coronado,
en mirar espantoso y vengativo,
como un erizo levantado el vello,
de cuernos altos y arrugado cuello.
“Octavas a la desgraciadas y lastimosa muerte
de don Diego de Toledo”
Pedro de Medina Medinilla

¡Ay, bisonte de Altamira,
te tragó el león de España;
fue por hambre, no por saña,
y el león ahora delira,
porque en tu sangre te lleva,
troglodítico bisonte,
botín salvaje en el monte,
sueño mágico en la cueva!
“En la cueva de Altamira”
Miguel de Unamuno

Se va la noche, negro toro
-plena carne de luto, de espanto y de misterio -,
que ha bramado terrible, inmensamente,
al temor sudoroso de todos los caídos;
y el día viene, niño fresco,
pidiendo confianza, amor y risa
– niño que, allá muy lejos,
en los arcanos donde
se encuentran los comienzos con los fines,
ha jugado un momento,
por no sé qué pradera
de luz y sombra,
con el toro que huía -.
“Desvelo”.
Juan Ramón Jiménez

Desque l’ vieron los toros, enerisan los cerros,
los bueyes y e las vacas repican los çençerros,
dan grandes apellidos terneras e beçerros;
“¡Aba! ¡Aba! ¡vaquericos, acorrednos con los perros!”
“Libro del buen amor”.
Arcipreste de Hita

E como toro judío
busca por donde fuir,
andaba del todo frío
desde las cuestas al río
catando por do salir;
mas a la fin no fallaba
en esta ribera brava
ninguna seguro pasaje
pues la cumbre del boscaje
con las nubes comarcaba.
“Planto de las virtudes”.
Gómez Manrique

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