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Museo de Lalibela, en Etiopía

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Una visita al pequeño grupo de iglesias excavadas en la roca que han sido construidas en el norte del país. Por si no sabes dónde está… Etiopía es uno de los países más interesantes del Cuerno de África que hay que visitar. Se encuentra atravesado de norte a sur por el Gran Valle del Riff, además de ser el país donde nace el Nilo Azul y contar con el famoso Lago Tana.

 

Pero, si hay algo que llama la atención al que visita por primera vez este país es Lalibela, un bonito lugar situado un poco más al sur de la ciudad de Axum repleto de curiosas e interesantes iglesias excavadas en la roca. La secreta construcción de algunas de estas iglesias aún no ha conseguido ser desentrañada por los estudiosos, algo que nos deja con la boca abierta cuando pisamos este lugar por primera vez. Este complejo religioso es Patrimonio de la Humanidad desde hace años, y está formado por dos docenas de iglesias cristianas monolíticas, la mayoría de corte ortodoxo. La más bella de todas es, sin lugar a dudas, la iglesia de San Jorge (Bieta Ghiorghis).

 

A 640 kilómetros al norte de la capital, Addis Abeba, y a 2.500 metros de altitud, aparece una pequeña localidad llamada Lalibela. Aquí, se despereza cada mañana desde hace siete siglos, entre la indiferencia de gran parte del resto del mundo, una ciudad religiosa que ha sido durante mucho tiempo la meta de miles de peregrinos. Nada la hace distinta de otras poblaciones de ese país, e incluso de otros rincones de África. Solo tiene en común las mismas calles embarradas y la misma pobreza. Nada a simple vista justifica que sea una meta para viajeros venidos de los cinco continentes. Y sin embargo, Lalibela continua siendo una maravilla. Maravilla de piedra y fe. De roca e incienso. De templos trogloditas y rezos. Una docena de iglesias y un espacio monástico destacan en este lugar, además de varios sepulcros y otros lugares sagrados, formando una laberíntica ciudad excavada bajo el nivel del suelo en un reducido espacio de siete kilómetros cuadrados.

 

Porque Lalibela es además una ciudad santa para los cristianos etíopes. Cada uno de estos templos fue erigido cincelando la roca de la montaña como si de una escultura de piedra se tratase. Las hay que han sido aprovechadas de las cuevas naturales del macizo donde se levantan, como Bieta Medani Alem. Aunque también las hay que fueron excavadas directamente en la pared de roca, como Bieta Abba Libanos. Además de aquellas que están separadas de la roca madre, como Bieta Ghiorghis (San Jorge), cuya planta de cruz griega parece surgir desde las mismas entrañas de la tierra.

 

 

No es extraño por todo cuanto comento que allá por el siglo XVI el primer europeo que las contempló, el padre Francisco Álvares, capellán de la embajada portuguesa, afirmase en su diario: “No quiero escribir más acerca de estas obras arquitectónicas, porque me temo que nadie me va a creer, y lo que hasta ahora he escrito dará ya a más de uno motivos suficientes para llamarme mentiroso”… El religioso luso ni mentía ni exageraba, porque Lalibela es única, impresionante, desconcertante, prodigiosa, inexplicable, enigmática… ¿Quién la levantó? Cuenta una leyenda que, a finales del siglo XII, reinaba en el imperio un soberano al que llamaban Lalibela. También se cuenta que ya adulto, su hermano lo envenenó y, fruto de la ponzoña, el monarca cayó en estado de catalepsia. Mientras permanecía postrado, un ángel llevó su alma al cielo y allí pudo observar construcciones maravillosas. Dios se dirigió a él y le dijo que repitiera aquellos edificios en la tierra. Al cabo de tres días, devolvió su alma al mundo terrenal y lo despertó del letargo en el que había estado sumido. A partir de ese momento, hombres y ángeles, codo con codo, construyeron en pocos días este museo que es Lalibela, una copia africana de la ciudad de Jerusalén.

 

Recorrer los pasadizos excavados en la roca que unen unas iglesias con otras. Admirar la belleza de sus multicolores libros sagrados, una especie de Biblias, o escuchar los rítmicos cantos litúrgicos, para retroceder en el tiempo, también merece la pena. Y todo ello, sea el día que sea del año. Los suelos de estas iglesias siguen cubiertos de paja y ásperas esteras. El mobiliario es escaso. La luz, mortecina. Y los sacerdotes surgen de la penumbra para dar su bendición al recién llegado con una gran cruz que portan en su mano, algunos con gafas de sol para protegerse del flash de las cámaras de fotos que llevan la mayoría de los visitantes. Porque nos encontramos en el África más desconocida e ignorada. Estamos en Lalibela, la “Jerusalén negra”.

 

 

 

 

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