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 Luis Medina

Valverde de los Arroyos. A la antigua usanza

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Quizás, el motivo por el cual la iglesia parroquial desentona con el apelativo, un tanto cariñoso, de pueblo negro que recibe Valverde de los Arroyos tiene mucho que ver con su época de construcción. Dedicada a San Ildefonso, patrón del lugar, sus muros se levantaron durante el siglo pasado y, para ellos, se emplearon los mismos bloques de pizarra con los que se construyó el resto de la población a lo largo de muchos más siglos. No obstante, la cubierta, lejos de contar con las pizarrosas lajas engastadas entre las vigas de las modestas viviendas, se realizó en roja teja, tanto en el cuerpo principal de la parroquia como en la hermosa y alta torre adosada al mismo.

En el interior, tras traspasar el pórtico de entrada, existe un interesante relieve del siglo XVI, en el que se representa El Descendimiento. De la misma época, es la cruz procesional de plata, de estilo plateresco, realizada por el platero segoviano Diego Vallés. Mas, no menos interesante, es la ermita de la Virgen de Gracia, el otro edificio religioso que acompaña la fe de los vecinos del pueblo y que se levanta en las afueras. Puede ser, sin embargo, que ésta sea más visitada, toda vez que, aunque levantada en el siglo XIX, encierra en su interior el camposanto. El suelo se ve poblado, así, por una buena cantidad de nichos, en los que se sigue enterrando a los naturales de Valverde.

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Aunque pocos son ya los habitantes de este pueblo negro, que empieza a emerger gracias al turismo rural, no siempre ha mantenido tan mermada su población este lugar representativo de las formas de vida que, hasta hace relativamente poco tiempo, se daban en Castilla.

Por contra, más de trescientos cincuenta habitantes se contaban en la segunda mitad del siglo pasado y le valieron a Valverde el apodo de Madridejos de la Sierra, sobre todo, por la comparación con las aldeas que lo rodean y que no superaba, ninguna, los trece habitantes. El número ha descendido, bruscamente, en los últimos veinte o treinta años en Valverde de los Arroyos e, incluso, alguna de las aldeas se ha despoblado.

Menos campos, menos fruta, menos ganado
En Valverde, las viviendas y la vida, a la antigua usanza, se arremolinan en torno a la amplia plaza, en la que se hallan la iglesia, el mayo y el campo rectangular para jugar a los bolos. Viejas distribución para un lugar que careció, hasta hace muy pocos años, de los servicios básicos imprescindibles, aunque, quizás por la costumbre, aquí no lo eran tanto.

La carretera asfaltada, por la que se accede al lugar desde Tamajón, era una pista casi forestal en malas condiciones y, hasta el año 1980, no se llevó a cabo el alcantarillado. Un año antes, en 1979, se había instalado la luz eléctrica en las casas, aunque los vecinos estaban acostumbrados a permanecer a oscuras, pues así sucedió durante cinco años, tras el incendio que destruyó la instalación del molino harinero que proporcionaba corriente eléctrica al pueblo.

Los favores del molino eran grandes en invierno y primavera, cuando las aguas bajaban vehementes por el arroyo de la Chorrera. Pero, en verano, y gracias a que los días se hacen más largos, se carecía, igualmente, de la luz eléctrica, pues la escasez del líquido elemento obligaba a cortar el suministro, toda vez que la poca agua sólo servia para mover la piedra que molía el grano de los cereales.

Hoy, el molino está abandonado y lleno de agua. Aunque peor suerte sufrieron los tres batanes y los cuatro telares de lienzos ordinarios que funcionaban en 1846. El olvido ha caído sobre ellos, al igual que se apropió de La Fraguela, nombre con el que se bautizó a la mina de azufre que se explotaba en la ribera izquierda del Sonsaz.

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La emigración se llevó todo aquello, a todos los jóvenes y cualquier posibilidad de continuar con las actividades tradicionales que los viejos del lugar ya no pueden llevar a cabo. Lentamente, según pasan los años, Valverde de los Arroyos se resiente de la escasez de mano y, cada vez, son menos los campos que se siembran menos campos, son menos los kilos de fruta que se recogen y es menor el número de cabezas de ganado que se pastorean. Incluso, la obtención de la miel, una de las actividades artesanas más interesantes, se encuentra estancada y las curiosísimas colmenas hechas, durante años, con tronco de roble están siendo reemplazadas, poco a poco, por otras más modernas.

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Y, sin embargo, resistiendo los embates del tiempo, los vecinos de Valverde de los Arroyos aún mantienen, en toda su pureza, la celebración de las danzas y procesiones tan bonitas como la del Encuentro, que se llevan a cabo en la mañana del Domingo de Resurrección. El baile gira en torno a la figura de la botarga, un hombre disfrazado con traje blanco o de colores chillones y, habitualmente, ataviado con una máscara. A éste, le acompañan grupos de danzantes ataviados con trajes y sombreros de vivos colores y una música ancestral, creada con cencerros cuyos badajos golpean el metal al ritmo de la muñeca o de la cintura. El rito, inmejorable ejemplo de costumbres seculares, debe ser anterior al cristianismo y se interpreta tanto como acción de gracias como de petición de fecundidad para los campos y las bestias.

La Chorrera de Despeñaelagua
Desde Valverde de los Arroyos, es posible realizar una pequeña y fácil excursión hasta la Chorrera de Despeñaelagua, el lugar donde todos los arroyuelos que bajan desde la cumbre del Campo y por la ladera noreste del Ocejón se reúnen en uno sólo y salvan un desnivel del terreno de casi ochenta metros, antes de continuar su curso hasta el río Sorbe.

Hace bastantes años, los vecinos de Valverde construyeron una reguera que, desde este bello paraje, conduce el agua, por la ladera de las Piquerinas, hasta el mismo pueblo. Con ella, se riegan, por riguroso turno, las huertas de todos los habitantes y, en algunos casos, hasta las de Zarzuela.

Para acceder a la Chorrera, se debe subir hasta la era, en donde se toma la reguera que conducirá, tras una cómoda marcha de algo más de media hora, hasta el pie del primer salto de los cuatro que componen Despeñaelagua.

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