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Viajes por el mundo
Por el Midi-Pyrenees, sur de Francia
Cinco secretos en
tierras de cátaros |
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Texto. Enrique
Sancho
Fotos: Carmen Cespedosa
© revistaiberica
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La zona central del sur de Francia, el Midi-Pyrenees, es rica en
historia y leyendas, en arte y paisajes, en actividades deportivas y en
el gusto por la buena vida. Es tierra de herejías y vinos, de
descubrimientos y tradiciones. Una tierra para perderse, para explorar,
para descubrir con calma sus secretos. Estos son algunos:
Cordes-sur Ciel la bastida más bella de Francia
En la Edad Media, hace 900 años, surgieron estas construcciones que
básicamente, son pueblos amurallados que tenían un claro fin defensivo.
En ocasiones surgían de los restos de antiguos pueblos, pero otras se
enclavaban en medio de la nada en función de las necesidades del señor
feudal. Por su organización marcan una especie de edad dorada
arquitectónica, con todas las calles cruzándose en ángulo recto en torno
a una plaza central, la plaza del mercado.
Tal vez el pueblo-bastida más bello y más visitado de Francia sea Cordes-sur-Ciel,
a 25 kilómetros de Albi, la capital de Tarn. Fue fundado en 1222 por el
conde de Toulouse, Raimond VII, que deseaba erigir un bastión contra los
avances de las tropas enviadas desde el norte de Francia para acabar con
los cátaros. Se agrupa en torno a su promontorio rocoso semejando una
madeja de piedra. En su época de mayor prosperidad llegó a tener 6.000
habitantes que trabajaban el cuero, tejían las telas y sedas y
fabricaban cuerdas. Los más ricos construyeron sus casas burguesas de
estilo gótico que todavía hoy son uno de los tesoros arquitectónicos más
preciados: Maison du Grand Ecuyer, Maison du Grand Veneur, Maison du
Grand Fauconnier y otros palacios protegidos por la infranqueable red de
fortalezas que rodeaba la ciudad. En las fachadas de gres ocre del
pueblo, repletas de blasones, cobran vida dragones, animales y
personajes extranjeros, todo un lenguaje cuyo misterioso significado
hace que reine un clima de leyenda.
Hoy Cordes-sur-Ciel es lugar de residencia y encuentro de los artistas y
artesanos que dan fama y vida a la ciudad. Pintura, escultura, cerámica,
pieles... se muestran en sus talleres y tiendas, repletos de
conocimientos y auténticos talentos. Así, no es de extrañar que, pese a
sus reducidas dimensiones, cuente con cinco museos dedicados a diversos
artistas y técnicas artísticas y a cosas tan variopintas como el azúcar.
El desaparecido castillo de Castres
Poco queda, en efecto, del antiguo castillo de Castres que jugó un papel
fundamental dentro del movimiento cátaro. Castres no conserva su
castillo ni sus murallas, al ser derruidas totalmente por obra y gracia
del eterno enemigo de los cátaros, Simón de Montfort. En el edificio del
Palacio Episcopal del siglo XIV, actual sede del Ayuntamiento, tan solo
se conserva, en su patio interior una torre románica, de la antigua
abadía benedictina.
Pero no está de más una visita a Castres, ya no solo por su
preponderante papel en la lucha anti cátara, sino por sus muchos
encantos. A orillas del río Agout que la atraviesa, pueden disfrutarse
antiguas casas colgadas sobre su curso, también sus bellas calles
medievales de la vieja ciudad cátara, donde tenían sus talleres los
tejedores, tintoreros y curtidores. Son admirables igualmente los
jardines del mencionado Palacio Episcopal de Castres, llamados “Jardins
de Le Nôtre” por estar diseñados por André Le Nôtre, el mismo que
configuró los famosísimos jardines del Palacio de Versalles.
También aquí se encuentra, y resulta una sorpresa, el Museo de Arte
Hispánico (Museo Goya), que fue engrandecido en 1894 cuando Marcel
Briguiboul, artista y coleccionista francés admirador de los grandes
maestros españoles, donó a la ciudad las numerosas obras de calidad que
había reunido, entre ellas tres de Goya. El museo cuenta también con
obras de Velázquez, Murillo, Ribera, Zurbarán, Sorolla y Picasso, entre
otros.
En las cercanías, junto al pueblo La Rozier y cerca de Millau, están las
Gargantas del Tarn, verdadero arte natural que el río Tarn ha ido
labrando en la roca, y que puede visitarse por una serpenteante
carretera junto al precipicio o por el mismo río en una embarcación,
situado todo este hermoso paraje en el Parque Nacional de Alto Langedoc,
en cuyo entorno se encuentra el Mirador Point Sublime con unas vistas
que sobrecogen.
Albi “la roja” y herética, Patrimonio de la Humanidad
La secta herética de los albigenses, desarrollada en los siglos XII-XIII
toma su nombre de esta ciudad. Esta secta religiosa, dotada de una
profunda religiosidad, fue muy avanzada para su época, sostenía que todo
lo carnal procede del mal, trataban como iguales a las mujeres y
aceptaban las diferencias de credo, a la vez que defendían que el
infierno no existe. Sólo los puros, los cátaros, ponían en práctica este
principio. Los adeptos se agrupaban en comunidades que se vieron
favorecidas frente a la inmoralidad imperante, obteniendo el apoyo de
los nobles, la burguesía local y la población en la comarca del
Languedoc, en el sureste francés, donde se respiraban aires de mayor
libertad frente a la presión de la Iglesia católica. La cruzada
impulsada por el Papa Inocencio III, por el rey de Francia Felipe II
Augusto, por los cistercienses y dirigida por Simón de Montfort, condujo
en 1209 a la masacre de Beziers (pasando a cuchillo a más de 20.000
ciudadanos), a la expulsión de los ciudadanos de Carcasona y a la
persecución de los principales nobles implicados.
La capital de Tarn, llamada ‘Albi la rouge’ por el color de sus
ladrillos, está teñida de un sutil tono rosado y alberga extraordinarios
tesoros que mostrar al visitante. Pero antes de enumerarlos tal vez sea
conveniente hacer un recorrido por su casco antiguo, con sus callejuelas
empedradas, casas medievales con entramados de madera y voladizos. Al
paso salen lugares como el palacete de Reynès y su extraordinaria loggia,
o el claustro de Saint-Salvi del siglo XIII con su blanco jardín, o los
palacios donde nacieron dos de sus más ilustres ciudadanos, el pintor
Henri de Toulouse Lautrec y el navegante Jean-François Galaup de
Lapérouse.
Pero sin duda la joya de Albi es la catedral de Sainte-Cécile, una de
las catedrales de ladrillo más grandes del mundo. Se trata de una
verdadera catedral-fortaleza que sirvió como singular testimonio
monumental del triunfo de la Iglesia de Roma sobre la herejía albigense.
Es la mayor catedral pintada de Europa, gracias a las pinturas
renacentistas de la bóveda. El recargado interior contrasta con la
austeridad del exterior. En 2010 todo el centro de la ciudad fue
declarado Patrimonio de la Humanidad, incluyendo la catedral Sainte-Cécile,
el palacio de la Berbie, la iglesia Saint-Salvi y su claustro, el Puente
viejo y las riberas del Tarn situadas entre el Puente Viejo y el puente
ferroviario.
El palacio-museo del genial Toulouse Lautrec
En la segunda mitad del siglo XIII, los obispos de Albi emprendieron la
construcción del Palacio de la Berbie, en las proximidades de la
catedral Sainte-Cécile y de las orillas del río Tarn. Esta arquitectura
medieval, dotada de muros de altura y grosor extraordinarios, se
organizó alrededor de un patio principal y del torreón. Los prelados que
se sucedieron del Renacimiento al siglo XVIII lo transformaron y
ampliaron en un palacio de recreo con salones de gala y espectaculares
jardines a la francesa con soberbias vistas sobre el río y ambas orillas
de la ciudad.
Situado en el corazón del centro histórico de la ciudad, el Palacio de
la Berbie, declarado Monumento Histórico, constituye uno de los
conjuntos episcopales mejor conservados de Francia. Desde 1922 el
Palacio de la Berbie alberga el Museo Toulouse-Lautrec, con la mayor
colección pública en el mundo dedicada a este famoso pintor. El museo ha
sido renovado y presenta la visión del artista a lo largo de su vida. La
colección muestra sus obras de juventud, del mundo del espectáculo, del
teatro y del café concierto. Hay más de mil obras, entre ellas 31 de sus
famosos carteles, siendo la mayor colección pública en el mundo dedicada
al pintor.
Ajos, pimentón, salazones y, por supuesto, buenos vinos
Además de la elaborada gastronomía francesa, que también acaba de ser
declarada en su conjunto Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad,
en toda la región de Tarn presumen de su delicioso ajo rosa de Lautrec,
tan delicioso que se come crudo, de su pimentón, de sus salazones:
jamones, salchichas, salchichones, melsat (butifarra), bougnette
(especie de albóndiga), morcilla... y de los excelentes vinos de Gaillac.
El área vinícola de la denominación Gaillac, que ocupa 2500 hectáreas,
reagrupa en 73 municipios unos 130 viticultores y tres bodegas
cooperativas que producen más de 125.000 hectolitros de Denominaciones
de Origen Controlada.
En la zona hay varios castillos dedicados a la elaboración de vinos que
admiten visitas y catas a los viajeros. Uno de los más recomendables es
el Château de Saurs, una inmensa propiedad muy cuidada que también tiene
una casa para alojar huéspedes por un precio moderado. Hay otros lugares
especiales donde alojarse, por ejemplo el castillo de Mauriac, un lugar
especial, casa y museo del pintor francés Bernard Bistes, que se
considera heredero de Toulouse-Lautrec. Todo el château del siglo XV
está lleno de obras del artista y con la venta de sus cuadros, este
pintor y su hijo lo van restaurando, conservando la estructura original
del castillo.
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