La idea
de peregrinar a Roma, me vino a la cabeza en la última etapa del Camino
de Santiago desde Valencia hasta Compostela, que realicé en el último
año xacobeo, el 2004. En los dos años siguientes le fui dando forma,
documentándome, buscando el momento más adecuado y acabé convenciendo a
un gran amigo para que me acompañara. Era el momento perfecto, los dos
justo este curso terminábamos la carrera, y este era nuestro “viaje de
fin de carrera”, muchos se marchan al Caribe, a Egipto… pero nosotros
optamos por ponernos en camino hacia Roma.
Comenzamos a investigar y a leer cosillas, diarios de otros peregrinos,
crónicas de aventureros por internet… La cosa parecía sencilla, en
España deberíamos de seguir la Via Augusta, la calzada romana más
importante de la península que unía Gades (Cádiz) con Roma, también
llamada “el camino de Aníbal”, “la vía imperial”, “el camino del
esparto” o incluso la “Via Vicentius”. Luego en territorio francés
deberíamos de continuar por otra calzada romana, la Via Domitia
(en realidad es la misma calzada romana, pero siempre se conserva el
nombre del emperador que la mandó realizar; Augusto, Domiciano…) y ya en
terreno italiano seguir una calzada medieval, la Vía Francígena,
que unía Canterbury (Inglaterra), con Roma y que era una de las vías de
peregrinación a Roma.
Pero la
cosa no podía quedarse ahí, al fin y al cabo, nuestro objetivo no era
llegar a Roma, sino peregrinar a Roma, que aunque parezca lo mismo, yo
creo que no lo es, nosotros queríamos darle un sentido a ese viaje, un
sentido de peregrinación y por lo tanto un sentido cristiano, lo
importante es la acción de estar peregrinando hacia… y no tanto el hecho
de llegar a un sitio. Buscamos los templos, o los monasterios más
importantes del mediterráneo, por lo menos de la zona que nosotros
íbamos a recorrer, nos pusimos en contacto con ellos para comentarles
nuestra peregrinación y unas semanas después allí estábamos compartiendo
con ellos oración y mesa. Pasamos por lugares tan encantadores como
Poblet, Montserrat, Solius, Sant Pere de Rodes, La Verna, Asís,
Monteluco, Greccio…
Fueron
en total 68 días, vividos sin prisas, con la calma y tranquilidad que
merece toda peregrinación. No llevábamos las etapas estructuradas,
solamente el recorrido (y tampoco en exceso), cada día decidíamos donde
parar a dormir, a comer… Hubo etapas de 15 kilómetros y etapas de 100 y
poco, nos guiábamos por nuestro ánimo, por el tiempo, por las ganas con
las que nos despertábamos… Gracias a esto, pudimos vivir experiencias
increíbles, de acogida, de confianza, de compartir…
Comenzamos una tarde de julio, después de irnos al campamento con los
chavales. Las primeras etapas fueron muy relajadas, siguiendo la vía
augusta, que está regularmente señalizada en la Comunidad Valenciana (en
Cataluña está bastante mejor). Paramos en casas de amigos, en El Puig,
en Moncofa, en Tales… y por aquí ya tuvimos la primera sorpresa, muy
cerquita del arco romano de Cabanes nos encontramos un Monasterio
Budista, el Sakya Tashi Ling, donde nos trataron de maravilla. Nos
desviamos por la Sierra de Irta, porque nos hacía ilusión dormir en este
maravilloso paraje valenciano, son los escasos kilómetros de toda
nuestra costa (junto a la Albufera) que están protegidos y son parque
natural, esa noche nos acribillaron los mosquitos.
Pasamos
a Cataluña, por Ulldecona, desde donde seguimos la vía augusta y el GR-92
en algunos tramos. Un par de días después nos desviamos por los montes
de Padres, hacia el monasterio de Poblet, desde donde seguimos hacia
Montserrat a través de Igualada. Desde allí, regresamos hacia la costa,
hacia el monasterio de Solius, donde también nos trataron de maravilla.
Los pirineos los cruzamos por la costa, porque también queríamos conocer
Sant Pere de Rodes, donde pasamos la noche.
La zona
francesa fue un poco complicada, teníamos el handicap del idioma
(ninguno de los dos hablábamos nada de francés) y a pesar de que no me
gusta generalizar he de reconocer que la mayoría de los franceses que
encontramos son un poco “cerradicos”. Las primeras etapas seguimos la
costa, por Narbona, Montpellier (donde encontramos un albergue del
Camino de Santiago y nos dejaron dormir), Nimes, Arles… Desde aquí en
lugar de bajar hacia la costa, por Marsella, seguimos en línea recta por
Aix-en-Provence y Brignoles, en dirección a la costa azul, Cannes, Niza
(donde unas amigas de Valencia estaban estudiando francés y nos
acogieron y alimentaron estupendamente) y Montecarlo, que no destaca
precisamente por su humildad, recorrimos el circuito urbano de fórmula 1
de Mónaco, con nuestras bicis y acabamos durmiendo en el parking de un
casino.
Entramos
en Italia por la preciosa zona del golfo de Génova, se notaba que los
italianos nada tienen que ver con los franceses, prácticamente todos los
días nos pasaba algo “extraño”, desde que una familia nos invitara a
desayunar después de haber dormido en el parking de su chalet, hasta que
un hombre nos invitara a un helado en una tarde de calor extremo, una
mujer que nos regalara un bote de “pesto” casero que estaba de muerte…
La
ventaja de la parte italiana es que llevábamos la guía de la Via
Francígena, donde nos señalaba los lugares que ofrecían hospitalidad,
casas parroquiales, conventos, monasterios… La verdad es que el tramo en
Italia fue increíble. Después de recorrer toda la costa genovesa, nos
comenzamos a meter hacia el interior, por Sarzana, Carrara (donde el
mármol), Pietrasanta, Lucca, San Miniato y llegamos a Florencia, la
bella ciudad de Florencia, donde conocimos a Franco Alessandro, el
presidente de la asociación de peregrinos de la Toscana que nos recibió
en su casa. Seguimos hacia el sur, por San Giminiano y llegamos a Siena
(desde mi punto de vista es más bonita que Florencia). En Siena nos
acogieron unas monjas de la orden de las Hijas de la Caridad, fueron tan
maravillosas que nos convencieron para pasar un par de días con ellas,
ayudándoles en lo que hiciera falta y descansando un poquito.
Desde
aquí, podríamos seguir hacia el sur, por la Via Francígena, en dirección
a Roma, o subir un poco buscando el Camino de San Francisco de Asís, que
yo el verano anterior había recorrido a pie. Pasando por Arezzo,
llegamos a La Verna y fuimos recorriendo los pasos de San Francisco, por
Cerbailo, donde vive Chiara una ermitaña increíble, por Sansepolcro,
Citta di Castello, Gubbio y Asís la preciosa ciudad de Asís. Aquí
también pasamos más de un día, y más de dos, cuidados por Angela
Serachioli, mi “mama italiana” una mujer que conocí hace años en el
Camino de Santiago y que es la autora de la guía del Camino de San
Francisco de Asís. Seguimos peregrinando hacia Roma, por Spoleto, por
Greccio (el lugar del primer belén viviente del mundo), Rieti,
Monterotondo y finalmente llegamos a Roma, la verdad es que no nos
produjo ninguna sensación mística, como esperábamos, más bien un poco de
pena. Personalmente creo que ciudades como Roma han perdido su
misticismo y su religiosidad, a favor de su turismo religioso
masificado, a mí entrar en el Vaticano no me inspira una oración, sin
embargo entrar en la Basílica de San Francisco de Asís, pues sí. Pero
bueno dejando a un lado la opción religiosa y las creencias de cada uno,
nadie le puede negar a Roma su historia y su patrimonio artístico.
San
Agustín dice en su obra “De Civitate Dei”, que una cosa es haber
caminado más caminos y otra haberlo hecho más despacio, y esta es al fin
y al cabo nuestra filosofía de una peregrinación, hacerla sin prisas,
dejándonos sorprender por aquello que el camino nos ofrezca, desde una
fuente de rica agua en un caluroso día, hasta una conversación amistosa
con algún aldeano, una acogida bajo techo después de varios días
durmiendo en la calle…
Obviamente no se puede comparar el camino de Roma, con el de Santiago,
ni desde el punto de vista de infraestructuras, ni señalización, ni
documentación… quizás el único punto comparable es el camino en sí, la
experiencia de peregrinar a un lugar u a otro.