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Viajes por el mundo
Destinos insólitos
Isla de Reunión
Selvas y volcanes con aroma de vainilla |
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A punto de ser declarada Patrimonio de la Humanidad,
este pedazo de Francia
en el Índico desnuda su insólita belleza ante el viajero
Por Enrique Sancho
© revistaiberica
Fotografías: Carmen
Cespedosa y Enrique Sancho
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El nombre de
la isla Reunión permite hacer todo tipo de frases fáciles, porque éste puede
ser el punto de encuentro de África, Asia y Europa, porque en ella se dan
diversos paisajes, desde los volcanes desérticos y activos a las selvas
impenetrables cortadas por cascadas turbulentas, porque aquí se mezclan las
enormes plantaciones de caña de azúcar con el delicado cultivo de la
vainilla o las orquídeas...
Reunión admite todos los tópicos, todas esas definiciones que con demasiada
frecuencia se usan para describir un lugar exótico: crisol de culturas,
abanico de contrates, playas de fina arena y aguas transparentes... Todo
vale, pero casi todo se queda corto. Un viaje a Reunión (once horas de vuelo
desde París) no se justifica solo por eso. A Reunión, ese pedazo de Francia
y de Europa en pleno océano Índico, hay que venir con los ojos y la mente
bien abiertos. Y dejarse sorprender.
Su nombre, sin embargo, no tiene nada de poético. Esta isla que en otras
épocas se llamó Al Maghribain, Theemai Theevu, Dina Morgabin, Santa Apolônia,
Île Bourbon, por los Borbones franceses, y finalmente Reunión, aunque
durante un breve período todavía recibió el nombre de Bonaparte, en honor de
quien mandaba en Francia, ha vivido en su nombre los avatares de la
metrópoli de la que depende y de los distintos pueblos que la han habitado.
El nombre actual fue una concesión política que conmemora la unión de los
revolucionarios de Marsella, aquellos que partieron de la ciudad
mediterránea cantando lo que luego se convertiría en el himno nacional
francés, con la Guardia Nacional de París, que tuvo lugar el 10 de agosto de
1792. Así que nada de poético y romántico en el nombre, pero mucho de
evocador y acertado.
El pequeño lío con los nombres sigue al llegar a la capital Saint-Denis, y a
su aeropuerto, Roland Garros. ¿Cómo es que ponen al aeropuerto el nombre de
un torneo de tenis?, piensa el inculto en historia de Francia que tiene en
la cabeza los sucesivos triunfos de Rafa Nadal en tierras parisinas, hasta
que le cuentan que es el nombre de un célebre aviador francés durante la
Primera Guerra Mundial, que además era aficionado al tenis y, además,
además, nació justamente en Saint-Denis. Así se explica.
Pero, con permiso de monsieur Garros, su ciudad exige poco tiempo al
viajero. Casi nada. Ni siquiera las tripulaciones de Air France se quedan
aquí, aunque sea la capital y esté próximo el aeropuerto. Prefieren hacerlo
en la cercana Saint-Guilles les-Bains que tiene una buena playa. La verdad
es que poco hay que ver en Saint-Denis aparte de el Barachois, un paseo
marítimo salpicado de palmeras y buganvillas, algunos viejos edificios en la
calle Victoria, incluyendo la Prefectura y la antigua sede de la Compañía de
Indias y las coloridas casas criollas de la calle París.
Un continente en una
isla
Seguramente uno encontraría otros encantos en la ciudad, pero está esperando
el resto de la isla, y hay mucha isla por descubrir, así que hay que
emprender el camino. Y la elección de por dónde empezar no es fácil. Reunión
tienen una diversidad natural más propia de un continente que de un pequeño
pedazo de tierra rodeado de agua. En esta montaña posada sobre el mar, los
desiertos se dan la mano con los bosques tropicales y alpinos. Los macizos
volcánicos, los ríos de lava y los desfiladeros comparten escenario con
cascadas, playas de arena negra y bosques de tamarindos. Y los mangos
procedentes de la India, los lichis de China, la vainilla de América Central
y los geranios de África del Sur alfombran sus valles y plantaciones
convirtiendo Reunión en un jardín botánico encantado.
Se cuenta que la isla surgió como un experimento botánico, que fueron los
capitanes de barcos los que la adornaron con frutos de todos los rincones
del mundo. Y aunque de eso hace ya cuatro siglos, cuando la Compañía de las
Indias Orientales era dueña de los mares, el mestizaje de esencias sigue
presente y se hace complicada la elección. En síntesis la isla ofrece tres
rostros: el frondoso interior, repartido entre exuberantes bosques, circos y
volcanes casi en contacto con las nubes; la costa, en la que de tanto en
tanto aparecen suaves playas protegidas por barreras de arrecifes, pero
donde predominan los acantilados; y el Salvaje Sur, donde el mar bravío
estampa sus olas contra las rocas y la espuma que provocan se mezcla con las
fumarolas de los ríos de lava al contacto con el agua.
Aunque a Reunión no se viene en busca de playas, es imposible resistirse a
su atractivo. Las mejores están en la costa oriental, en St-Gilles-les-Bains
y Boucan-Canot, al sur de Saint-Paul, ambas protegidas por la barrera de
coral de los tiburones, únicos animales temibles en esta zona, aparte de los
mosquitos, la de Saint-Pierre, permanentemente animada, y la Grande Anse,
situada en el inicio del llamado Salvaje Sur.
Exuberante y desértico
interior
Pero aunque cueste despedirse del mar, hay que emprender el camino hacia el
interior. Puede hacerse en coche, pero lo ideal para disfrutarlo es
practicar el senderismo, animarse con la bicicleta o recorrerlo a caballo.
Hay más de mil kilómetros de pistas preparadas, lo que tiene su mérito en
una isla de apenas 70 kilómetros de largo por 40 de ancho. El circo de
Mafate es una de las citas ineludibles en el centro de la isla. Sólo es
accesible a pie o en helicóptero y es el favorito de los amantes del
senderismo por sus profundas gargantas y su vegetación impenetrable.
Imprescindible llevar sombrero, como aquí hace casi todo el mundo. Les
protege del sol, pero también les proporciona cierto orgullo. Durante la
época de la esclavitud solo los amos podían llevarlo...
A Mafate le hace justa competencia el circo de Cilaos, con sus túneles, sus
paisajes que quitan el aliento y el agua caliente y espumosa que brota de
sus fuentes subterráneas; además, cerca se alza, a más de tres mil metros,
el Piton des Neiges, con una edad de más de dos millones de años. Pero no
acaban aquí las sorpresas del interior. Salazie es el circo que recibe más
agua, las vistas sobre sus incontables cascadas son insuperables. Coronando
Salazie se halla Hell-Bourg, población elegida en el exclusivo club de los
«Pueblos más bellos de Francia», aunque las mansiones criollas y la
población mestiza poco recuerdan a la Francia continental.
Otra de sus cumbres, el Piton de la Fournaise, un macizo volcánico que
todavía se enfada regularmente y que avisa con sus permanentes fumarolas, es
un espectáculo de fuentes y ríos de lava que descienden hacia el mar. Cerca,
la Plaine des Sables, se presenta como si fuera el desierto más árido del
mundo.
A pocos kilómetros, y como uno más de los continuos contrastes de Reunión,
entre las poblaciones Petite-Île y Saint-Philippe, que no tienen mucho que
ofrecer, está el Jardín de las Especias, uno de los mayores jardines
botánicos que pueblan la isla. Cuatro hectáreas de árboles, entre los que se
encuentran algunos ejemplares centenarios, recrean el antiguo campo de
pruebas que fue Reunión. Cardamomo originario de la India y Sri Lanka, clavo
y nuez moscada de las Molucas, jengibre de Malasia, pimienta blanca, negra o
roja, traídas de todo el océano Índico... una interminable lista entre la
que destaca la vainilla, de la que Reunión llegó a ser el primer productor
mundial.
Blanca entre negros
Allí, a la vista de las negras vainas, cuentan la historia del negro esclavo
Edmon, quien creó el procedimiento práctico manual de polinizar la vainilla
que todavía se usa hoy en día. Cuando se produjo la abolición de la
esclavitud en 1848, se le dio al joven Edmond el patronímico de Albius, en
referencia al color «blanco» (alba) de la flor de la vanilla. Hoy, las
plantaciones de vainilla que quedan se reparten en los bosques de la costa
oriental y aún se fecunda a mano con las primeras luces del día, tal y como
se hacía antaño.
No es la única historia curiosa que se cuenta. Todo el mundo habla, por
ejemplo, del pirata La Buse, quien después de rendir su barco en las costas
de la isla, decidió enterrar su enorme tesoro en su interior para que nadie
pudiera recuperarlo. Todavía hay quien lo busca. O del bandido Sitarane en
cuya tumba, en el cementerio de Saint-Pierre, se celebran cultos nocturnos.
Piratas, bandidos y esclavos, reales o ficticios salen al paso en el
recorrido por Reunión. Como salen al
encuentro una mezcla variopinta de
razas, tradiciones, músicas, comidas y religiones. Entre estas últimas
abundan las católicas, no hay más que echar un vistazo al glosario de santos
y santas que dan nombre a los pueblos. Hay multitud de iglesias, como la de Piton Sainte-Rose, en el sur, rodeada de lava, que recuerda con sus exvotos
y ofrendas florales cómo se salvó de la última erupción. También católica,
la iglesia barroca de la pequeña población de Sainte-Anne que tiene el honor
de haber sido elegida por Truffaut para rodar la escena de la boda de
Catherine Deneuve con Jean-Paul Belmondo en "La sirena del Mississippi", que
puso a Reunión en el mapa cinematográfico. Más cerca de la capital están los
coloridos templos tamiles de Saint-André, o los hindúes de Beaufonds o
Saint-Denis, en los que Shiva, Parasurama o Parvati adquieren un aire más
criollo y se trasforman en Pandialé, Maryamèn o Karli.
Y junto a tantas religiones, el culto a los muertos más autóctono, el que
practican los malgaches con sus ceremonias de sacrificio de pollos o bueyes
en la noche de luna llena, siempre con la mirada hacia la vecina Madagascar,
con un vaso de ron añejo con vainilla en la mano y al ritmo frenético, que
en algunos casos permite entrar en trance, de la "maloya". Todo muy irreal,
todo asombroso, casi mágico. Así es Reunión.
Diez cosas que no hay
que perderse
Lanzarse en tandem-parapente desde lo alto de Saint Leu y contemplar
mientras el viento coquetea con la tela, las plantaciones de caña, los
riachuelos y la laguna de coral.
Probar el plato típico criollo, "cari", a base de cúrcuma, que muchos
erróneamente confunden con el azafrán, pero que es un rizoma de la familia
del jengibre. El "cari" lleva también ajo, cebolla, pimiento machacado y
otros ingredientes.
Visitar la Casa de la Vainilla, en Saint-André, un museo que explica el
proceso de polinización ancestral de la planta y la riqueza que aportó a la
isla.
Hacer un recorrido en helicóptero por la zona central de Reunión, casi el
único medio de apreciar su increíble belleza en la que alternan desiertos
volcánicos y selvas exuberantes.
Visitar la Gruta de los Primeros Franceses, cerca de Saint Paul, la ciudad
más antigua de la isla, lugar de refugio de piratas, y al vecino cementerio,
donde hay numerosas tumbas del siglo XVIII tanto de hacendados como de
piratas.
Recorrer el Jardín de las Especias, uno de los mayores jardines botánicos
que siembran la isla, con cuatro hectáreas de árboles y plantas, que recrean
el antiguo campo de pruebas que fue Reunión.
Regatear en el mercado de Forain, en Saint-Paul, en el oeste de Reunión, los
fines de semana. En sus puestos, colocados al borde del mar, se admiran
tanto puestos de frutas y legumbres como de perfumes, artesanía, bordados y
especias.
Admirar el circo de Salazie con sus numerosas cascadas que aparecen y
desaparecen entre la vegetación, y en lo alto Hell-Bourg, que forma parte
del distinguido club "Los pueblos más bellos de Francia".
Apreciar la elaboración de un perfume personalizado como los que elabora
"Memoria de los sentidos" a medida, en la localidad de L'Entre-Deux.
Disfrutar con los dos ritmos pegadizos de la isla, el ancestral "maloya" que
entonaban los esclavos, y el machacón "séga" que mezcla la música criolla y
la europea.
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Cómo ir
No hay vuelos directos desde
España a Reunión. Desde París vuela diariamente la compañía Air France (tel.:
902 20 70 90 y www.airfrance.es) a partir de UNOS 1.200 euros, aunque se
pueden conseguir frecuentes ofertas. Air France y sus filiales tienen
conexiones desde 9 ciudades españolas con París.
Más
información
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Turismo de Francia
C/ Serrano, 16 -, 3º, 28001 Madrid, tel.: 91 548 97 41.
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