Enrique Sancho

Peñíscola y el secreto del Papa Luna

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Presidida por su monumental fortaleza, Peñíscola se adentra en el Mediterráneo con altanero orgullo. Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos y árabes ambicionaron su estratégico emplazamiento. Aunque fue un cristiano, un Papa nada menos, quien le daría su fama universal. Hoy es el monumento más visitado de España, tras la Alhambra de Granada.

Cuenta la leyenda que cuando el Papa Benedicto XIII quiso huir de su fortaleza en Peñíscola, tuvo que esculpir él mismo en una noche una escalera en la piedra que le permitiese acceder al mar. Cuenta la leyenda que el precio de tan descomunal esfuerzo fue la pérdida de su anillo papal, una valiosa joya que cayó al mar y que nadie ha logrado encontrar desde entonces.

Cuenta la leyenda, también, que aún más buscado que el anillo fue el llamado Códice Imperial, un enigmático pergamino escrito por el emperador Constantino, tan sagrado como prohibido, que sólo podían hojear los pontífices y sus más allegados cancilleres, dada su vital trascendencia para la perpetuación de la Iglesia y que en aquellos turbulentos tiempos era deseado por tres cortes papales.

Se dice que en ese controvertido papiro, guardado en una cánula de oro, se revelaba un enigma que helaba la sangre de cuantos lo leían, haciendo vacilar su fe, motivo por el cual los papas lo habían custodiado en el más completo secreto desde los inicios del cristianismo. En vida del Papa Luna y tras su muerte, diversos emisarios de los distintos papas que en aquellos convulsos años compitieron por la tiara de Pedro -Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII, Alejandro V, Juan XXIII y Martín V- trataron de hacerse con el códice, pero ninguno lo consiguió.

Fueron inútiles las búsquedas del Códice Imperial por todos los rincones de la atalaya de Peñíscola, por la iglesia y el sepulcro, por los recónditos aposentos del castillo, las galerías subterráneas, la ermita de la Virgen y la turris papae donde Benedicto escribía sus tratados. Tampoco lo encontraron en su bien nutrida biblioteca donde se amontonaban obras de Ovidio, Averroes, santo Tomás, Petrarca, Séneca, Maimónides o Aristóteles. Su desaparición pasó a formar parte de los misterios y secretos que envolvieron la vida de este Papa maño que acuño la frase que mejor expresa su tozudez: “yo sigo en mis trece”.

Lugar para el misterio
Cuando hoy, seiscientos años después, se recorren esos mismos pasillos y salas, se sube a sus espléndidos torreones, se sortean escaleras y almenas, se contempla el permanente juego de luces y sombras del castillo papal de Peñíscola, se llega a la conclusión de que en este escenario cualquier secreto, cualquier misterio, incluso los inventados, tienen aquí cabida.

Porque este enorme peñón de roca que se alza imponente sobre el Mediterráneo parece hecho a la medida de los sueños. Esta “acrópolis espiritual y guerrera” como la llamó Fernando Chueca, esta “arca de Noé” como solía denominarla el propio Pedro de Luna rezuma entre sus piedras su inicial inspiración musulmana y, sobre todo, el místico carácter templario con toda la carga esotérica que, con frecuencia, se achaca a los monjes guerreros de la Orden del Temple. Se dice que los templarios tenían constancia de enclaves naturales donde el cruce de corrientes de energía bio-magnética afectaba a la hipófisis, justo en la base del cráneo, dando lugar a estados alterados de conciencia, percepciones extra-sensoriales y todo tipo de fenómenos paranormales. Y que uno de estos lugares, no elegido al azar, es el castillo de Peñíscola.

Una conjetura que queda avalada, según explica Juan Simó Castillo en su obra El Castillo Templario, en mensajes cabalísticos e iniciáticos como “la alternancia de hiladas de sillares blancos y grises de la bóveda del salón gótico, las jambas de la entrada de la capilla, la advocación de la capilla a la Virgen María y a los Tres Reyes Magos de Oriente”.

Con la carga fantástica que rodea a la fortaleza de Peñíscola, no es raro que de ella saliera el mismísimo Cid Campeador para ganar su última batalla a los moros después de muerto, según recreó Anthony Mann en su célebre película con Charlton Heston en el papel del inmortal cadáver.

Armonía en piedra
Pero sin acudir a influencias sobrenaturales ni embrujos mágicos, la simple realidad de Peñíscola sobrecoge al viajero. Su pureza de líneas con muros de piedra labrada, la armonía de todas sus dependencias que se cubren con bóvedas de cañón, en ocasiones algo apuntadas, la sobriedad y solidez de su construcción, tanto en las estancias templarias como en las estratégicas e intrincadas dependencias pontificias, convierten el conjunto en una obra de arte que ha merecido el título de Monumento Histórico Artístico Nacional desde 1972 y ser el lugar más visitado de España, tras la imponente Alhambra de Granada.

De los muros y dependencias de esta fortaleza irradian ideas, sentimientos y prejuicios sobre un hombre íntegro, honrado y virtuoso que tuvo la osadía de perseverar en su convencimiento de ser el verdadero Papa de la Iglesia Católica en una época marcada por guerras, ambiciones, codicias y corrupciones que afectaron incluso a las altas dignidades de la Iglesia, cuyo poder espiritual tuvo que claudicar ante la presión del poder político y civil. Una lápida en el Salón Gótico, dice lo siguiente sobre Benedicto XIII: “gran aragonés de vida limpia, austera, generosa, sacrificada por una idea del deber. El juicio final descubrirá misterios de la historia…”

A diferencia de otros monumentos, la belleza del castillo ha ido creciendo con el paso de los años. Las modificaciones introducidas por Felipe II para artillar la fortaleza, encomendadas al más importante arquitecto-ingeniero militar de la época, el italiano Juan Bautista Antonelli, y los bombardeos sufridos en las numerosas guerras y asedios, no alteraron sustancialmente su estética. El conjunto de las murallas y recinto inferior del castillo que se ha construido en distintas épocas, adaptándose a la orografía accidentada del peñón ha mejorado su potente imagen de fortaleza inexpugnable.

Recorriendo con calma el conjunto, se aprecia, por ejemplo, la elegante sobriedad del Portal Fosc, una de las tres entradas al casco histórico de Peñíscola, obra del arquitecto Juan de Herrera, o el grandioso Portal de Sant Pere o del Papa Luna, acceso a la fortaleza desde el mar, en cuya parte central muestra el blasón en piedra de Pedro de Luna.

Y en el camino, al doblar una esquina, al superar un repecho surge la belleza impoluta del mar que refleja las seculares piedras. El Mediterráneo, en efecto, impregna todos los rincones de esta ciudad marinera; desde su perfil descrito como “un barco varado en el mar” o un “león tumbado bebiendo las aguas saladas”, hasta sus estrechas y tortuosas calles de casas blancas que se deslizan hacia el mar con la única contención de las recias murallas.

Las vistas panorámicas que se contemplan desde las murallas de Peñíscola son impresionantes, fundamentalmente durante los días claros -los más abundantes-, cuando la atmósfera es nítida, las azules aguas mediterráneas están calmadas y navegan sobre ellas numerosas embarcaciones de blancas velas.

Hay que recorrer, sin prisa y con muchas pausas, las estrechas y empinadas callejas del blanco caserío de estructura árabe y de rancio sabor mediterráneo y pescador. Se comprende entonces la fama de recinto inexpugnable que adquirió Peñíscola en el transcurso de los siglos, ya que sus pétreas murallas construidas sobre los abruptos acantilados impedían los ataques enemigos, tanto desde tierra como desde el mar.

En medio del casco antiguo se encuentra el templo Parroquial de la Virgen del Socorro, con una armoniosa mezcla de elementos góticos y románicos, que conserva un valioso tesoro de extraordinario mérito histórico-artístico entre los que cabe resaltar una Cruz procesional de Benedicto XIII, un cáliz del Papa Luna y un Relicario de Clemente VIII, segundo Papa de Peñíscola, el también aragonés Gil Sánchez Muñoz, que ostentó el cargo papal durante cinco años y que, con su renuncia, puso fin al Cisma de Occidente.

No muy lejos está el ya mencionado Bufador, una curiosidad geológica que consiste en un túnel natural excavado en la roca donde se asienta la ciudad, y por el que las aguas del Mediterráneo entran y salen continuamente, provocando estruendosos bufidos y elevaciones violentas del agua del mar en los días de temporal.

Mención especial merece el Ermitorio de la Mare de Déu d’Ermitana, junto al castillo, en la que se alberga la imagen de la patrona de la ciudad. Fue edificado por el gobernador Don Sancho de Echevarría entre 1.708 y 1.714. El nombre de Ermitana aúna y simboliza en Peñíscola todo un mundo de fervor, cultura popular y de evocación a un largo pasado. Generación tras generación, el amor a la Virgen María, venerada con el nombre de Mare de Déu d’Ermitana, es una de las destacadas características de esta milenaria ciudad-fortaleza en el mar.

Más información:
Tourist-Info. Paseo Marítimo. 12598 Peñíscola
Tel.: 964 480 208
Página web >>>

 

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