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 José Luis Lago García

Los rincones de Alfama en Lisboa

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Alfama es un barrio medieval que perdura en la ciudad. Según José Saramago, el premio Nobel de literatura portugués, este espacio es un “animal mitológico”. Un entramado de callejuelas estrechas, franqueadas por casas pobres, donde se tiende la ropa en los balcones de las fachadas principales. Todo un enjambre de olores y cruces, casi un laberinto en el que hay que perderse para impregnarse de la esencia de estas rúas adoquinadas. Sus angostas cuestas se sortean con escalinatas y barandillas metálicas.

Alfama es la esencia de Lisboa, una aldea en medio de una capital que ha inspirado a poetas, pintores o cineastas y que forma un decorado que parece imposible que perdure en una gran capital europea. Se podría definir como la Lisboa más auténtica que aún sobrevive. El barrio se precipita desde una colina hasta el puerto, junto al río Tajo, en esta ciudad que se dice que está formada por siete oteros, como la eterna Roma.

No tiene increíbles piezas artísticas que visitar, ni vistosas fachadas arquitectónicas, sus tesoros son la esencia de sí misma, la sencillez de sus calles, la melancolía de sus paredes desconchadas. Monumentos simples decoran sus muros: unas macetas de geranios colgadas en sus balcones, pintorescos rostros humanos que se asoman por sus ventanas o el olor de un guiso que desprende una destartalada vivienda. Parece más el decorado de una película de piratas o una aldea marinera añeja.

En sus esquinas no es difícil encontrarse con un golpe a olor a sardina asada que se abrasa en barbacoas situadas en plena calle, o vendedoras de pescado que improvisan chiringuitos de venta ambulante en la mitad de sus estrechas calles.

Un viaje a Lisboa nunca podría ser el mismo sin caminar por este encantador arrabal, impregnándose por estos rincones de aspecto pobre, pero rico en matices, derroche de detalles y sensaciones sencillas que empapan los sentidos.

Enjambre de casas en Alfama
De estos rincones de Alfama salieron los más prestigiosos fadistas. Sus calles también sirven de inspiración para los más diversos versos que después se cantaron por las voces más célebres, como Amalia Rodríguez, la diva del fado, que encontró en estas blancas calles la inspiración para llevar el fado a todos los rincones del mundo.

Tampoco nunca podrás decir que disfrutaste de un viaje a Lisboa sin montar en un tranvía y realizar un melancólico recorrido en estos vagones, descubriendo la ciudad desde la ventanilla del eléctrico, un regalo para los sentidos mientras se disfruta del traqueteo del roce de las vías. Los tranvías de Lisboa son más que un transporte público, es toda una ruta sentimental por la ciudad soñada.

El tranvía 28 roza las estrechas calles de Alfama
El tranvía 28 es el eléctrico, -nombre con el que se conoce en Portugal-, que más se acerca a Alfama, por la parte alta de este barrio, y sus raíles casi hacen de improvisada frontera con el barrio de la Mourería, forjado también por callejuelas estrechas. Otra parada próxima es el famoso castillo de San Jorge, uno de los lugares que fraguan la personalidad de Lisboa. En realidad, un viaje con el tranvía 28 permite conocer parte de las zonas más importantes del centro de Lisboa, apeándose en los barrios históricos cuyo trazo dibujan estos raíles. Si tienes pensado conocer Lisboa en tranvía, infórmate de los bonos diarios o por varios días, así podrás realizar todos los viajes que quieras por un precio fijo.

Cuando el tranvía llega a la parte más próxima a Alfama, las paredes de las calles parecen que se encogen y en algunos puntos da la sensación que el vagón va a rozar las fachadas de ambas aceras. Lo mejor es parar en el Mirador das Portas do Sol, enmarcado en una plazoleta y cuya vista se convierte en un verdadero balcón cenital al popular barrio de Alfama, donde contemplar la desordena aglomeración de casas de este arrabal de origen medieval, a la vez que se contempla una panorámica del Tajo y el puerto.

Alfama acaricia la zona portuaria
En la plaza se expone un gran mapa de azulejos que permite aventurarse por estas calles apretadas de Alfama. A escasos metros hay otro mirador, el denominado como Santa Luzia, decorado con azulejos que se sitúa junto a una ermita decorada con mosaicos de baldosas que adornan este mirador.

Desde aquí y tras sortear una corta cuesta se llega hasta el castillo de San Jorge, que es uno de los monumentos más destacados de Lisboa. Desde sus murallones se divisa una panorámica vista de la ciudad y, sus jardines se han convertido en un lugar de apacible paseo.

De nuevo a pie, en pocos minutos, puedes llegar hasta la catedral de Lisboa, conocida como la Sé. Un templo de estilo románico de 1185, con aspecto de edificio defensivo, cuyos muros se levantaron sobre una antigua mezquita y cuyo frontal está decorado con un vistoso rosetón.

Catedral o Sé de Lisboa
Por la zona puedes hacer una parada en alguna tienda de azulejos para turistas donde, con suerte, se puede ver algún artista pintando en las baldosas, un arte que en Portugal sigue vivo en la decoración arquitectónica de la fachada de los edificios, murales históricos en parques públicos o incluso como ornamento en las estaciones de tren.

 

 

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