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Los vinos con Denominación
de Origen Navarra se elaboran con las uvas cosechadas en cinco comarcas muy distintas,
como son Tierra de Estella, Valdizarbe, Baja Montaña, Ribera Alta
y Ribera Baja. Los suelos de estas zonas son muy diferentes entre sí, al igual que
la altitud y la pluviosidad, que va desde los 448 litros por metro cuadrado anuales en Ribera
Baja a los 683 de Baja Montaña. De ellos, Valdizarbe y Ribera Baja
ofrecen la mayor producción, con un rendimiento de seis mil a seis mil seiscientos
kilogramos por hectárea en los últimos seis años.
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En las
trece mil hectáreas de superficie que ocupa el viñedo acogido a la Denominación de
Origen, la variedad de uva tinta es la garnacha, originaria de esta zona y reina de las
uvas de Navarra, aunque, en los últimos años, su cultivo está en claro retroceso
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En las trece mil hectáreas
de superficie que ocupa el viñedo acogido a la Denominación de Origen, la
variedad de uva tinta es la garnacha, originaria de esta zona y reina de las uvas
de Navarra, aunque, en los
últimos años, su cultivo está en claro retroceso, pues mientras
en 1984 ocupaba el 85 por ciento del total, hoy sólo alcanza el 45 por ciento. Su
descenso puede deberse a que, cada vez más, se la destina a la elaboración de rosados y
otras variedades han sido implantadas para obtener tintos, en especial Crianza
y Reserva, como sucede con la tempranilla, que, de un cuatro por
ciento en 1984, ya alcanza un 27 por ciento. Igualmente, ha evolucionado la cavernet
sauvignon, que, de ser inexistente hasta 1984, supone hoy un nueve por ciento, pues es
idónea para el coupage de vinos de Crianza y Reserva,
y, en los últimos años, la merlot, que supera el cuatro por ciento. Mientras, la mazuelo,
de nueva producción, no alcanza el dos por ciento. Entre la uva blanca, la reina es, sin
duda, la viura, cuya producción alcanza el ochenta por ciento, frente a la fuerte
irrupción de la chardonnay y, a cierta distancia, la moscatel de grano menudo
y la legendaria malvasía.
Rico espectro
 La Denominación de Origen Navarra
establece para los tintos de Crianza la permanencia de, como mínimo, un
año en barrica de roble y otro año en botella. Para Reserva, los tintos
han de tener un año minimo en barrica de roble y hasta tres años en botella. Los Gran
Reserva deben guardarse un mínimo de dos años en barrica de roble y tres años
más en botella.
Los rosados y blancos con madera, para Crianza, han de estar seis meses en
barrica y, para Reserva, como mínimo seis meses y el resto hasta los dos
años en botella. Para los Gran Reserva, el envejecimiento es de cuatro
años, con dos, como mínimo, en barrica de roble. Estas características, aportadas por
la naturaleza y por la destreza de los elaboradores, ofrecen unos vinos tintos entre los
diez y los catorce grados; rosados de diez a trece y medio grados; y blancos entre diez y
doce y medio grados. De todo el gran y rico espectro de los vinos navarros, prestigiados y
valorados en casas nacionales e internacionales, destacan los rosados, sin duda, los de
mayor calidad de la Península Ibérica. Estos siguen el tradicional método
conocido como sangrado, por el cual la fermentación, a partir de uva garnacha
y otras, se realiza en ausencia de hollejos. El sangrado se realiza sin
intervención de ningún medio mecánico que favorezca la extracción del mosto para
evitar que el hollejo se parta. Así, se encarece el producto, pero se aportan unas
determinadas características gustativas y de coloración que le hacen único entre los
rosados.
Fruto de la historia
El vino, en ocasiones, va unido a la fe, especialmente, a la cristiana.
En otras, hace una simbiosis con el mundo monacal. Y, en otras, como en Navarra, es
parte de la cultura de un pueblo, transformando, junto al hombre, el paisaje de este
antiguo reino.
El vino, en
ocasiones, va unido a la fe, especialmente, a la cristiana. En otras, hace una simbiosis
con el mundo monacal. Y, en otras, como en Navarra, es parte de la cultura de un pueblo,
transformando, junto al hombre, el paisaje de este antiguo reino
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En la actualidad, pocas zonas del planeta pueden presumir de haber
identificado en su flora la mítica vitis silvestris, materia vegetal cuya
antigüedad puede cifrarse en cinco millones de años y de donde nacería, con el tiempo,
la vitis vinifera o vid europea de donde se extraería el vino. Navarra es
una de ellas y diversos hallazgos arqueológicos, como bodegas, ánforas, monumentos
funerarios y otros, confirman y ponen de manifiesto que, ya en época romana, su
producción de vino era importante.
No obstante, los vinos navarros se van a ir configurando a partir de la
reconquista al dominio musulmán y del nacimiento del reino cristiano de Navarra.
Así, tres aconteceres van a influir en el desarrollo de su viñedo en la Edad Media.
Primero, la implantación de los monasterios a partir del siglo IX, en especial, con la
influencia de Cluni y el Císter en el XI y XII, que impulsaron la
plantación y la producción con técnicas francesas. Prueba de ello es que, después de
que Sancho el de Peñalen donara, en 1060, las tierras de Ayegui a la
abadía de Nuestra Señora de Irache, su abad San Bermundo acordó con los
vecinos, en 1083, que, cada uno de ellos, entregara al monasterio como tributo una
cantidad de vino.
 En segundo lugar, fue decisivo en el
enriquecimiento y desarrollo del mundo vitivinícola navarro en el medievo el hecho de que
muchos de sus monarcas estuvieran enparentados con las casas reales francesas, como fue el
caso de Teobaldo I (1234 - 1253) quién, rey de Navarra y conde de Champagne,
levantó el castillo de Tiebas e hizo plantar en sus alrededores peras, manzanas y
vides traídas desde Francia. Por último, otro factor destacado fue la importancia
social europea cobrada por el Camino de Santiago, pues se convirtió en un buen
promotor del consumo de vino y para que los distintos monasterios, señores e hidalgos de
origen francés (francos) dieran salida a sus excedentes.
Por estas razones, se puede afirmar que los caldos navarros fueron, en
la Edad Media, los que más se vieron influidos por Burdeos, Borgoña
y Champagne, algo mantenido, posteriormente, por cercanía política y geográfica.
En el siglo XIV, Navarra no era sólo un reino con importante producción de vino,
sino que, además, fue un gran exportador. La gran eclosión que tuvo el viñedo en estos
siglos hizo que, en el XV, se limitara su producción para poder dedicar algunos terrenos
al cultivo de trigo.
La historia del vino está tan unida a las tierras de este viejo reino
que, incluso, la variedad garnacha, hasta hace poco la más usada en Navarra
y madre de sus únicos y excelentes rosados, es una vid originaria del Alto Ebro,
posiblemente de origen navarro. La cantidad y la variedad de vinos de la región animó al
saber popular a acuñar un refrán recogido a principios del XVII por Gonzalo Correa:
"Estella, la bella; Pamplona,
la bona;
Olite y Tafalla, la flor de Navarra"
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