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Con nombre propio
Las liebres
de Wagram |
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Vamos hoy, de nuevo, con la evocación de una efeméride histórica, y su curioso engarce culinario: el 101 aniversario de una de las batallas napoleónicas más espectaculares, por reñida y sangrienta: la batalla de Wagram, librada los días 5 y 6 de julio de 1809 entre franceses y austriacos, en la llanura de ese nombre, a escasos 13 kilómetros al noreste de Viena.
Por Manolo Méndez @ (*) |
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La evocación de aquel
importante hecho bélico, en el que las armas napoleónicas, integradas
por 150.000 infantes y artilleros, y no menos de 20.000 de a caballo,
supieron imponerse sin la equivalente fuerza del archiduque paliativos
paliativos aa la equivalente fuerza del archiduque Carlos, que hubo de
replegarse, derrotado y de urgencia, el día 7, viene a cuento de esta
atención gastronómica nuestra, por la curiosa circunstancia de un hecho
notable y anecdótico que aconteció en medio de aquel fragor. Tan
singular, que otorgó a la batalla un segundo nombre por el que también
se la conoce: la “batalla de las liebres”.
Ocurrió que, entre las notas distintivas de Wagram, uno y otro ejército
ensayaron un potencial artillero inédito hasta entonces, en especial por
la imponente concentración de fuego sobre un espacio de batalla
relativamente pequeño. Aquel campo, y los bosques circundantes, ideal
refugio agazapado de la caballería, contaban con una población de
liebres realmente excepcional. Y al desatarse la atronadora hecatombe de
los cañonazos, los animales, enloquecidos por el susto, irrumpieron
confusos, por cientos, entre las formaciones en línea de batalla. Y así
ocurrió y devino la más gigantesca y patética batida de liebres de la
historia. Según se cuenta, aquellos amilanados y horrorizados animales
fueron cazados a sablazos o ensartados en las lanzas de los coraceros de
uno y otro bando, y en ambos campamentos, al llegar la noche forzando el
aplazamiento de la sangría humana hasta el siguiente amanecer, todas las
hogueras lucían rodeadas de jugosos espetones de liebre.
La carne de liebre, con su peculiar sabor fuerte y algo “grueso”, como
juzgaba nuestro clásico Alonso de Espinar, es de las pocas carnes
venatorias que nos van quedando ciento por ciento originales en su sabor
secular. De momento, y por fortuna, sólo cabe catarla “salvaje”. No hay
de ella criaderos, ni dietas a pienso ni engordes controlados. Su
mercado es, pues, mínimo, selectivo y ocasional.
En fresco “f fresco” ya se sabe que en la conveniencia de las piezas de
caza tiene muchos matices-sólo cabe hallarla en restaurantes
especializados, y también en muchos –por lo menos algunos, y cada vez
más-de la nueva vanguardia, que presentan, cuando es su tiempo, siempre
invernal, interesantísimas innovaciones y adecuaciones sobre recetas
clásicas, como el civet, en el que la salsa se liga con el concurso de
la propia sangre del animal; o la liebre a la Royal, la más rancia y
trabajosa, sin duda alguna, de las formulaciones clásicas, al punto de
que en algunos recetarios llega a ocupar su simple descripción
metodológica hasta ocho páginas.
Pero, para cualquier tiempo y época del
año, sin necesidad de implicarnos en engorrosos fogones, cabe un modo
ideal de catar ese sabor peculiar de liebre en plenitud. Por ejemplo, es
nuestra sugerencia de hoy, un “paté de liebre”, facilísimo de untar sin
ningún esfuerzo en una rebanada de pan tostado. Una liebre española,
cazada, por ejemplo, en los Montes de Toledo, donde desde hace unos años
viene funcionando, con modélica artesanía, un ejemplar Taller
Gastronómico especializado en enlatados, de preciosísima factura, de
todo tipo de carnes de piezas venatorias. Buen provecho.
Receta de liebre con patatas
- 700 g de liebre
- 1.500 ml de vino tinto
- 1 cebolla
- 1 pimiento rojo
- 1 diente de ajo
- 1 tomate
- 1 vaso de aceite de oliva
- 2 vasos de brandy
- 2 litro de caldo de verduras
- 5 patatas grandes
- pimienta y sal
Trocear la liebre, lavar bien y disponer en un recipiente cubierta con
vino 24 horas antes de la elaboración. Pelar y picar la cebolla, el
pimiento , el ajo y el tomate.
En una olla, estofar las verduras, escurrir la liebre e incorporar a la
olla. Dorar ligeramente, salpimentar, incorporar el brandy y cubrir con
el caldo, dejar cocer 90 minutos a fuego medio, agregando más agua si
fuera necesario.
Pelar y trocear en dados las patatas, incorporar a la olla y continuar
la cocción 30 minutos más; retirar del fuego, comprobar el punto de sal
y dejar reposar.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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