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Con nombre propio
Leonardo Da Vinci,
el gastrónomo |
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El 2 de mayo de 1519 fallecía en Amboise, a las orillas del Loira, Leonardo Da Vinci, el genial creador renacentista que destacó, de manera sobresaliente en la pintura, pero también en otras múltiples facetas, como la ingeniería militar, la astronomía, la hidráulica, y hasta la por entonces innata e impensable aeronáutica. Así ocurrió que muchos de sus estudios e inventos de todo orden se demostraron clarividentes precursores de avances tecnológicos que habrían de asombrar al mundo siglos más tarde. Sin embargo, y en lo que nos interesa más aquí, hay una faceta de Leonardo muy poco conocida, cual la de su afición, y hasta dedicación, culinaria. También en eso fue innovador clarividente, y hasta cabría decir que, de tan avanzado, a él corresponde el título de primer precursor de la cocina minimalista y de la “nouvelle cuisine”.
Por Manolo Méndez @ (*) |
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Esta faceta culinaria del gran Leonardo tiene, no obstante, una reserva
importante que hemos de advertir, cual la de que su “descubrimiento” y
afloración es sospechosamente reciente. Tanto, que nada se sabía de ella
hasta 1980, cuando misteriosamente salió a la luz un presunto manuscrito
de su puño y letra (cuyo original se guarda –también presuntamente,
porque nadie lo vio- en el museo Ermitage, de San Petersburgo). La
traducción de tal supuesto manuscrito de Leonardo se dio a conocer en
1987, editado bajo el título de “Notas de cocina y del cuidado de la
mesa de Leonardo da Vinci”.
Pues bien, con todas estas reservas, que no son pocas, en las páginas de
este delicioso libro descubrimos a un Da Vinci visionario e innovador en
casi todas las artes de la cocina, desde la elaboración de recetas, a la
invención de mil artilugios culinarios, pasando por su propio modelo de
usos y recomendaciones que deben seguirse para el buen yantar y el
servicio correcto en la mesa.
La gastronomía, en todo caso, no le era ajena a Leonardo, ya que su
padrastro, esto sí se sabe, tenía como oficio el de pastelero. Como
también se sabe que el joven aprendiz de pintor, en el taller de
Verrocchio, se ayudaba a sufragar los gastos de su estancia empleándose
como camarero por las noches en la taberna “Los Tres Caracoles”, negocio
que acabó por ser suyo, en sociedad con otro aprendiz de pintor, también
llamado a la gloria, Sandro Bottichelli. Ambos le cambiaron el nombre al
local, que pasó a ser “La huella de las tres ranas”, decorado en su
interior con pinturas murales de ambos, y que acabó sus días
comerciales, y los de la sociedad, tras un aparatoso incendio.
Pocos años más tarde, Leonardo vuelve a encontrarse entre fogones, ahora
al servicio de Ludovico Sforza “El Moro”, en calidad no de pintor sino
de consejero de fortificaciones y maestro de festejos y banquetes de la
corte lombarda. Su primer encargo fue un rotundo fracaso, no obstante lo
cual Ludovico no le despidió, y logró mantenerse en aquel servicio
algunos años más. La cuestión que aquí viene al caso es que le fue
encargada la organización de la boda de una sobrina de Ludovico. Y
Leonardo tuvo la ocurrencia de disponer para la ocasión un menú
absolutamente insólito y extravagante para la época, integrado por un
sinfín de pequeños bocados, al modo de nuestra cocina de hoy más
rabiosamente actual. Algunas de las delicatesses minimalistas que
proponía Da Vinci nos dan la medida de su premonitoria inspiración
futurista: anchoas con brotes de col, puré de nabos con anguila,
testículos de cordero con crema fría, pata de rana sobre hoja de diente
de león, pezuña de oveja hervida y deshuesada ...y así hasta dos
centenares de pequeños bocados sibaritas.
El banquete nupcial en cuestión no llegó a materializarse como Leonardo
proponía, porque El Moro rechazó de plano aquellas modernidades
excéntricas y optó finalmente por la ortodoxia de la época, encargando a
otro cocinero la elaboración de salchichas de sesos de cerdo de Bolonia;
patas de cerdo rellenas; pasteles de Ferrara; terneras, capones y gansos
asados; 60 pavos reales, cisnes y garzas reales, y 2.000 ostras de
Venecia.
Ludovico Sforza, al fin, harto de tanta modernidad extravagante, decidió
prescindir de los servicios culinarios de Leonardo, enviándolo una
temporada a San¬ta María delle Grazie, donde Da Vinci pintaría una de
sus obras maestras, “La Última Cena”.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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