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Con nombre propio
Tiempo de
cerezas |
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El escaparate culinario de la primavera nos ofrece un abigarrado muestrario de productos en su plena sazón. Uno de ellos, el que hoy nos ocupa, es –son- las cerezas, uno de los pocos productos que entre nosotros mantiene, todavía, su tradicional carácter de estacionalidad: llegando puntualmente en la tardo-medianía de mayo, para irse con el arrebato de calor de agosto.
Por Manolo Méndez @ (*)
Fotografías:
Anel Fernández
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En
lo que hace a su historia, bien antigua, las cerezas pasan por ser un
producto originario del Lejano Oriente, no obstante lo cual ya era un
producto conocido –aunque un tanto exótico, todavía- en los tiempos de
la más antañona cultura clásica griega. Para los paladares más
occidentales, el cerezo fue traído, según se cuenta como botín de
guerra, por aquel personaje tan célebre en hitos gastronómicos que fue
el romano Lucio Licinio Lúculo –sí, el mismo: aquel del famoso dicho,
“Lúculo, hoy…come en casa de Lúculo”-. Y, a propósito de esta
celebérrima frase, les contaré, muy resumida, su historia, que es, por
otra parte y como bien se adivina, lo que más me gusta y motiva:
contarles cosas de presunto interés y curiosidad. El tal Lúculo,
efectivamente, era un apasionado sibarita, que no reparaba en gastos a
la hora de disfrutar de la buena mesa. Con mucha frecuencia gustaba de
invitar a amigos y a compromisos sociales y políticos a comer con él, en
su casa. Cuando decidía esa invitación, probablemente en la calle, en
las termas o en el foro, ordenaba a uno de sus criados que siempre le
acompañaban, que corriera a casa a informar al cocinero de tal
eventualidad. Pero, como muchas veces ese encargo al criado tenía que
hacerlo en presencia del que iba a ser invitado, tenía un truco
convenido con el cocinero: En su casa disponía de cinco comedores, y la
clave estaba en que, al especificar el encargo, indicaba no lo que
quería comer sino en qué comedor de los cinco quería ser servido. Con
ese código acordado, el cocinero entendía, y se daba por enterado de
cuál era el nivel de gasto que Lúculo quería hacer en la comida en
cuestión. Pues bien, un día Lúculo comió en su casa solo, sin ningún
invitado, y el cocinero aprovechó para ofrecerle el menú más sencillo.
Fue entonces cuando Lúculo, queriendo significar que él era siempre el
invitado de más honor y compromiso de aquella casa, y que como tal tenía
que ser tratado siempre, pronunció la famosa frase: “Hoy Lúculo come
...en casa de Lúculo”.
Pues
bien, hecha la salvedad, y de vuelta a las cerezas, el tal Lúculo,
además de uno de los sibaritas de mayor predicamento de los refinados
tiempos de la República Romana, fue también general, y tras la exitosa
campaña que, como procónsul, dirigió contra Mitríades, el no menos
famoso rey del Ponto, se trajo de allí, de aquellos confines orientales
de Asia Menor, el cerezo a Roma, como gran novedad cuyo fruto alcanzó de
inmediato un éxito tremendo en las mesas de los patricios romanos. De
hecho, los etimologistas dudan de si la palabra “cereza”, derivada del
latín cerasius, toma su origen en la ciudad de Cerasonte, en el Mar
Negro, rendida por Lúculo y donde presumiblemente descubrió el árbol y
su novedoso fruto; o bien deriva de cerum, es decir, de “cera”, en razón
de ese típico revestimiento con apariencia cérea que caracteriza a las
cerezas, que les da su brillo peculiar, y que les sirve, como gran
utilidad, para defenderse de las lluvias excesivas, haciendo que el agua
resbale fácilmente por la superficie del fruto. En todo caso, en lo que
hace a nosotros, la historia cuenta que el cerezo llegó mucho más tarde
a España, en el alto medievo, y que fueron los árabes sus introductores
en la Península, implantándolo, primero, en las taifas del Valle del
Ebro; y también, y sobre todo, en tierras de Cáceres, con particular
incidencia en el Valle del Jerte.
Las
cerezas, desde las intensamente rojas hasta las pálidas nacaradas,
pasando por las negras brillantes, son, ya no sólo en su sabor sino en
su estampa, los frutos más hermosos y sugerentemente atractivos de toda
la amplia y colorista panoplia frutal de la primavera-verano. O sea que,
no desaprovechen el momento, que están en él, y atibórrense de dulces
cerezas, que son sanísimas, y muy dietéticas (apenas 45 calorías por
cada cien gramos), aunque con un espléndido aporte de vitaminas,
abundantes minerales y, además, de probados efectos diuréticos. Qué más
se les puede pedir. Gracias, Lúculo.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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